Hola, papá. La auditoría del olvido

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Summary

Esteban Valbuena no dejó una carta de suicidio. Dejó una factura. 20 años de ausencia. 15 libros de filosofía abandonados. 1 sobre manila lleno de dinero sucio de carpintería. Sara es Doctora y sabe que lo que no se cura, se corta. Lily es psicoterapeuta y sabe que lo que no se dice, se pudre. Juntas, las hermanas Valbuena han pasado su vida odiando a un fantasma. Pero el fantasma ha vuelto con un cheque en la mano y una lista de gastos que empieza en 1996. ¿Es un insulto o una redención? En esta auditoría, el perdón no es gratis. Se paga al contado.

Status
Complete
Chapters
24
Rating
n/a
Age Rating
18+

Sara no podía dormir

Había llegado a su departamento después de una guardia de 12 horas en el Hospital General concluida a las 7 de la tarde; cenó y se fue a su cama. El reloj continuaba su incesante marcha: las 11, las 12, la 1. Sara solo dormitaba, sus pensamientos la estrujaban. Acostada en su cama, estiró el brazo y tomó su iPhone: marcaban las 3:57 a. m.

Era una mañana fría de diciembre, pocos días después de Navidad. Sara se negaba a quitarse la cobija que la cubría, pero sabía que ya no podría volver a dormir, así que, refunfuñando, se incorporó. Sentada al borde de la cama, con el pijama rosa de estampados navideños, se pasó las manos por la cara y se restregó los ojos para quitarse las lagañas; entonces, se puso de pie.

Empezó su rutina hogareña: yoga en la sala, un baño con champú reparador y mil productos más, cremas... Se puso unos jeans desgastados, una playera blanca, sudadera gris, calcetines de invierno rojos y pantuflas caqui. Fue a la cocina a preparar la cafetera plateada de marca italiana que tiene diez formas diferentes de preparar café, aunque ella solo utiliza la opción de expreso.

Claras de huevo, un pan de centeno tostado y fresas con yogur junto al café: su desayuno era el habitual, sus pensamientos no. Tenía días rondándole en la cabeza el mismo remolino: «Cobarde abandonador». La imagen de su padre, al que ella solo se refería por su nombre, le causaba rabia y molestia; detestaba tener su apellido y el solo pensamiento de saberse su hija le revolvía el estómago.

Sara vivía en un departamento al sur de la ciudad, en el piso 14 del Edificio Nilo. Allí llevaba tres años rentando un lugar tan bello y amplio en el que casi no estaba, pues las continuas guardias como doctora en el área de urgencias del Hospital General Español le quitaban medio día de su vida, lo cual agradecía, pues su vida social era practicámente nula.

Terminó de comer y lavó los trastes. Fue hacia su sala y se recostó en su sillón color café, que daba directo a la televisión. La prendió y puso cualquier cosa; solo quería tener ruido de fondo. Tenía la mirada perdida. Empezó a organizar mentalmente su día: visita al dentista a las 10, comprar víveres a las 12, ir al hospital a la 1, regresar a casa a las 8. No daban ni las 6 de la mañana y el sonido del reloj Bulova de pared en el vacío del departamento se sentía demasiado grande para ella sola.

Pensó en contactar a Alberto, un arquitecto que había conocido en una aplicación de citas hacía unos cuatro meses y quien se había convertido en su pareja para sexo ocasional; ambos habían aceptado y era lo más próximo a una relación de amistad que tenía. Tendría que mandarle mensaje a eso de las 9 de la mañana para ponerse de acuerdo, verse el viernes en su casa y pasar unas dos horas juntos. Tal vez le prepararía algo de comer y platicarían con la confianza que da conocer a alguien con quien te has visto desnudo: sentir confianza y cariño, pero no amor.

Seguía organizando mentalmente sus días cuando su teléfono vibró. Ni siquiera lo volteó a ver; por su trabajo, estaba acostumbrada a mensajes y llamadas a deshoras, así que siguió con sus pensamientos. No sabía qué le pesaba más, si la soledad del éxito profesional o el eco de las palabras de su terapeuta sobre ‘no sentirse suficiente’. Su historial amoroso era un cementerio de hombres y mujeres de valía a los que ella había diseccionado hasta encontrarles el fallo letal. Recordó a Marcos y su insistencia en los celos, que ella apagó simplemente tomando un turno extra en Navidad; o a Elena, cuya pasividad en la cama le resultaba tan irritante como un monitor de signos vitales en línea recta. Prefería el hospital: ahí, si algo fallaba, era por la biología, no por una carencia de su alma.

El teléfono volvió a vibrar.

Sara volteó a ver la televisión; no se había percatado de que se reproducíaAs Good as It Gets. Ella detestaba lasrom-com; pensaba que el mero acto del amor romántico era simplemente la necesidad de sentirse apreciado por alguien más para tener, con ello, un valor social mayor. Cambió la película y prefirió poner un documental sobre la Segunda Guerra Mundial que explicaba a detalle laBlitzkrieg; le apasionaba la historia. Hasta que recordó que también era la pasión de Esteban, su papá. Entonces, con un apretón fuerte al botón de apagado, dejó de ver la televisión y empezó de nuevo a pensar en su padre. El enojo y la frustración la inundaron.

El teléfono volvió a vibrar; esta vez Sara lo tomó. Con rabia, levantó la pantalla para ver quién insistía en hablarle. Se predispuso a reclamar al personal del hospital para decirles que no tenía tiempo en ese momento y que la dejaran en paz hasta que empezara su turno, pero la llamada era de un número conocido: Lily la buscaba. Sara suspiró, anticipando el tono suave y conciliador de su hermana menor, esa benevolencia que siempre le había parecido una debilidad. Deslizó el dedo por la pantalla, pero antes de que pudiera decir una palabra, el silencio del otro lado de la línea la puso en alerta.

—Sara... —la voz de Lily sonó rota, pequeña—. Tienes que venir. Él está aquí.”