Day

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Summary

Un callejón en sombras. Un hombre que domina sin levantar la voz. Y un anillo de compromiso brillando como una advertencia. Day creía tener el control de su vida… hasta que el pasado volvió para tocarla donde más duele: en el cuerpo y en la voluntad. ¿Qué pasa cuando el deseo no pide permiso y la culpa llega siempre después? Esta no es solo una historia de erotismo, sino una experiencia sensorial donde la mente lucha, el cuerpo recuerda y cada elección tiene un precio. A veces, la verdadera entrega no es rendirse… es dejar de huir.

Genre
Romance
Author
FranSL
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Day: Un suspiro que te domina.

Hoy quiero contarte algo que me pasó.

No sabría decirte si es bueno o malo, pero sí sé que necesito saber qué pensás.


Volvía a casa después del trabajo. Caminaba por la calle de la ciudad cuando empecé a sentir que alguien me seguía. Me di vuelta. Delante mío vi una figura negra, avanzando con pasos firmes pero suaves. Con cada uno estaba más cerca.


No me asusté. Algo me decía que a esa silueta ya la había visto antes. Me quedé quieta en la vereda, mirándolo acercarse. Mientras más cerca estaba, menos miedo sentía. Su forma de caminar, tan segura, tan imponente, no me generaba inseguridad; me despertaba curiosidad. Quería saber quién era.


Un auto pasó rápido y levantó polvo. Algunas motas se me metieron en los ojos y perdí la visión por un instante. Me los froté, y cuando volví a ver con claridad, él ya estaba frente a mí.


Me quedé pasmada. No podía moverme.


Empecé a escuchar mi respiración. El corazón se me aceleró, no por miedo ni por sorpresa, sino porque esa persona no era cualquiera. El hombre que tenía enfrente era el único que supo complacerme más que cualquier otro en este mundo. Su altura, sus hombros anchos, el rostro sin emociones, el mentón levemente elevado, como si me estuviera sobrando.


Si me quedé quieta no fue por miedo, fue por él. Sin decir una sola palabra, supo dominarme. Sin tocarme todavía, sin agredirme, logró volverme su sumisa. Y después de dos años, lo tenía otra vez frente a mí.


Me miró fijo con esos ojos marrones oscuros. Los labios inmóviles. No dijo nada. Solo tomó mi mano y empezó a caminar.


Pensarías que debería haberme resistido. Que un hombre aparezca de la nada, me tome de la mano y camine sin decir una palabra es peligroso. Y tendrías razón. Pero no me resistí. No fue un descuido: fue una decisión. Dejé que me llevara.


Caminó una cuadra y media. En todo ese tiempo no me miró ni habló. Me sujetaba la muñeca con firmeza, sin lastimarme, pero lo suficiente como para que sintiera su fuerza. A través de ese apretón parecía decirme: *acá estoy, solo seguime*.


De golpe se detuvo y giró hacia un callejón. La luz de los faros llegaba hasta la mitad; el resto era oscuridad pura. Entramos hasta donde la luz dejaba de alcanzarnos y me apoyó contra la pared.


Mi respiración se aceleró todavía más. El corazón también. Mis ojos temblaban buscando los suyos, pero él seguía firme, inexpresivo, como siempre. Con su mano izquierda tomó mis muñecas. Son tan grandes que pudo sujetarlas sin esfuerzo. Las apretó y las levantó por encima de mi cabeza, dejándome inmóvil.


Se acercó despacio. En un momento dejé de escuchar mi respiración, dejé de sentir los latidos. Cuando sus labios tocaron los míos entendí que ya era tarde para escapar. Cuando él empieza a besarme, no hay vuelta atrás. Y siendo sincera, tampoco quería escapar.


Apoyó su mano derecha en mi rostro y me lo acarició. Me besó, recorrió mi cuello como si llevara tiempo buscándome. Mientras lo hacía, su mano bajó por mi cuello, mis hombros, hasta llegar a la cintura. El roce de sus dedos era tan suave que me provocaba un cosquilleo leve, constante.


Cuando llegó a mi cintura, me apretó y acercó su cadera a la mía. Centímetro a centímetro. Hasta que de pronto ya me estaba frotando contra él. La piel se me erizó. Su cuerpo se sentía cada vez más caliente. Sus besos eran húmedos, lentos; incluso el aire se sentía distinto donde sus labios habían pasado.


Después de unos minutos reaccioné y le dije:

—Por favor, esperá… estamos en la calle, no podemos hacer esto acá.


No respondió. No me miró. Solo me apretó más la cintura. Esa presión fue su forma de pedirme silencio.


Me dio la vuelta, se apoyó detrás mío y me tomó del pelo. No es tan largo, pero pasa los hombros. Esa noche lo llevaba atado con una colita violeta. Me gusta combinar el color de las colitas con la ropa interior, y justo esa noche tenía ese color puesto. Su favorito.


Tiró suavemente hacia atrás y siguió besándome el cuello mientras su entrepierna se frotaba contra mi trasero. Sentía cómo se iba poniendo más duro, perdiendo el control de a poco. Con cada beso bajaba un poco más, hasta que con los dientes deslizó mi blusa y dejó mi hombro al descubierto. Lo besó, lo mordió suave, no para lastimarme, sino para marcarme. Para decirme que en ese momento estaba bajo su control.


Y confieso que eso me gustaba.


Me volvió a dar la vuelta y rompió los botones de mi blusa, dejando mis pechos al descubierto. No me importó que fuera costosa. Nada importaba en ese momento.


Me levantó y me apoyó contra la pared, besándome el cuello mientras desabrochaba el corpiño. Cuando lo logró, el aire frío rodeó mis pechos y me estremecí, pero la molestia duró poco. El calor de su boca los envolvió enseguida. Sus labios recorrían cada rincón, sin dejar ninguno solo. Mordía suave, firme, provocando un calor que opacaba el frío del ambiente.


Después me subió a un contenedor que estaba al costado. El metal estaba helado cuando me acostó ahí. Me quitó el pantalón, subió mis piernas a sus hombros y empezó a besarlas. Desde los tobillos, despacio, con besos y pequeñas mordidas, acercándose a la parte más caliente de todo mi cuerpo.


A medida que avanzaba, una electricidad me recorría entera. Desde los dedos hasta el abdomen. Todo mi cuerpo lo esperaba. De pronto dejó de besarme. Sentí una brisa más intensa. Era su respiración.


Me quedé sin aire.


Me miró, y con esos ojos marrones volvió a hablarme sin palabras: *ahora sos completamente mía*. Bajó la mirada y empezó a besarme con una intensidad que anuló el frío, el metal, el mundo. Solo existía ese calor expandiéndose por mi cuerpo.


No podía controlarme. Mi cuerpo empezó a temblar. Los músculos de mis piernas se contraían solos, la espalda se me arqueaba, los ojos se me iban hacia atrás. Estaba sobre metal frío, pero la presión de su lengua borraba todo lo demás. Mi cuerpo pedía más, sin preguntarme nada. En ese callejón, ya no me pertenecía.


Mis piernas temblaban. Sus manos me sujetaban los muslos, su cuello hacía fuerza para no despegarse de mí. Yo ya no podía resistir nada. Se me cortó la respiración de golpe y sentí cómo me desarmaba entera. Fue como soltar todo de una vez. Me quedé sin fuerzas, dejándome llevar por ese calor que me atravesaba.


Quedé vacía. Ida. Me quebré y le entregué todo, sin oponer resistencia.


Fue como aquella primera vez que él me hizo suya.


Me quedé tirada sobre el metal, tratando de recuperar el aire. Mientras volvía en mí, lo vi ponerse de pie. Se limpió la boca y el rostro con un pañuelo que luego guardó en su saco, se acomodó la ropa y caminó hacia la salida del callejón.


Cuando logré enfocar mejor la vista, lo miré. Estaba de espaldas. Giró la cabeza por encima del hombro derecho y rompió el silencio que había mantenido desde el primer segundo.


—Esto no se terminó —me dijo—. Voy a volver por vos.


Como pude, me vestí y acomodé la ropa para que no se notara nada. No podía volver caminando ni tomar el colectivo, así que te llamé para que me buscaras.


Cuando llegaste, me subí al auto y apoyé la cabeza contra la ventanilla del acompañante. Suspire. Vi un destello en mi mano. El anillo de compromiso brillaba con la luz de la calle.


Después de un minuto en silencio, te dije:


—Hoy quiero contarte algo que me pasó… No sabría decirte si es bueno o malo, pero sí estoy segura de que necesito saber tu opinión.