Prólogo
Roma, 25 de julio de 1492
El olor a muerte no respetaba la santidad de los aposentos pontificios. Olía a orina, a incienso quemado y a la desesperación sudorosa de los cardenales que murmuraban en las esquinas como cuervos esperando carroña.
Giacomo di San Genesio se secó el sudor de la frente con una manga manchada. Sus manos, habituadas a la precisión quirúrgica, temblaban. Sobre la mesa de roble yacían tres cuerpos pequeños. Tres niños. Diez años de edad cada uno. Sus rostros pálidos ya no reflejaban el dolor de la incisión, solo el vacío.
El médico miró el ducado de oro que había puesto en la mano fría de cada uno. El precio de una vida. El precio de un milagro.
—¿Está hecho? —preguntó una voz desde el lecho con dosel.
No era la voz de Giovanni Battista Cybo, el hombre que el mundo conocía como Inocencio VIII. Era un sonido gorgoteante, húmedo, el ruido de unos pulmones que se negaban a colapsar.
Giacomo se acercó. Sostenía el cáliz de plata. El líquido en su interior, espeso y carmesí, aún conservaba el calor de los niños.
—Santidad —susurró el médico—, la doctrina prohíbe...
—La doctrina es para los hombres —interrumpió el Papa. Su mano, esquelética y cubierta de llagas, aferró la muñeca de Giacomo con una fuerza imposible—. Yo soy el Vicario de Cristo. Mi sangre debe ser renovada. Beberé la vida para servir a Dios.
Giacomo acercó el cáliz a los labios agrietados del anciano, una mano esquelética, cubierta de llagas y anillos de piedras preciosas, surgió de entre las sábanas. El Papa bebió. No con la solemnidad de la Eucaristía, sino con el hambre de una bestia. Tragó, se atragantó, y la sangre corrió por su barbilla, manchando las sábanas de lino.
El silencio llenó la habitación.
El pecho del Papa dejó de moverse. Los cardenales cesaron sus rezos. Giacomo retrocedió, sintiendo el peso del fracaso y la condena eterna sobre sus hombros.
—Ha muerto —sentenció el Camarlengo, acercándose con el martillo de plata para golpear la frente del difunto, como dictaba el ritual.
Desde las sombras, el Camarlengo se adelantó con el martillo de plata ceremonial, listo para golpear la frente del difunto y declarar la Tempore Sede Vacante. El Camarlengo alzó el martillo. Pero los ojos de Inocencio VIII se abrieron.
No eran los ojos lechosos de un anciano moribundo. El iris había desaparecido, devorado por una oscuridad absoluta, líquida. El Papa se incorporó, sus articulaciones crujieron como madera seca rompiéndose. Sonrió. Sus dientes parecían haber crecido, afilados, listos para desgarrar.
—Giacomo... —dijo la cosa que vestía la piel del Papa. Su voz vibraba con una potencia que hizo temblar los cristales de las ventanas—. Todavía tengo sed.
El médico retrocedió hasta chocar con la puerta cerrada. Habían buscado burlar a la muerte. Pero la muerte, ofendida, les había enviado algo a cambio.
Seis años después (1498) Laboratorio Secreto (Mazmorras del Castillo de Sant'Angelo)
El joven soldado respiraba con dificultad. Tenía el pecho abierto por una herida de alabarda, un corte sucio que ningún cirujano podía cerrar.
—Se llama Alessio Fiori —dijo el médico de la guardia—. Capitán de la infantería ligera. Dieciocho años. No pasará de la noche.
—Déjanos —ordenó una voz femenina, fría y serena.
Lucrezia Borgia salió de las sombras. Tenía dieciocho años, la misma edad que el soldado moribundo, pero sus ojos habían visto cosas que envejecerían a un anciano. Llevaba un vestido de terciopelo oscuro y sostenía un vial de cristal con un líquido espeso y negruzco.
El médico dudó, pero ante la mirada de la hija del Papa, hizo una reverencia y salió, cerrando la pesada puerta de madera.
Lucrezia se acercó al soldado.
—Tu lealtad ha sido notoria, Alessio —dijo ella suavemente—. Mi padre dice que eres el mejor espada de Roma. Y necesitamos espadas que no se rompan.
Alessio intentó hablar, pero solo salió sangre de su boca.
—La Bestia que guardamos en el sótano inferior se vuelve más fuerte —continuó Lucrezia, examinando el vial—. Su sangre es veneno y vida a la vez. He pasado años destilándola, intentando separar la locura de la fuerza.
Lucrezia vertió el contenido del vial directamente sobre el corazón expuesto y latente de Alessio.
El soldado gritó. Fue un alarido silencioso, ahogado por el dolor absoluto mientras su biología se reescribía. Sus venas se tiñeron de negro. La herida del pecho comenzó a cerrarse sola, tejiendo carne nueva a una velocidad visible.
—No vas a morir, Alessio —susurró ella al oído del joven—. Pero tampoco vas a vivir como un hombre. Te he convertido en una "mula". Un híbrido estéril. No podrás engendrar hijos, no podrás contagiar a otros, y el tiempo no te tocará.
Alessio abrió los ojos de golpe. El iris marrón había desaparecido, reemplazado por un oro brillante y letal.
Se incorporó en la mesa, jadeando. El dolor había desaparecido, reemplazado por una fuerza eléctrica que zumbaba bajo su piel.
Miró a la mujer que lo había salvado y condenado.
—¿Qué soy? —preguntó con una voz nueva.
—Eres mi obra maestra —dijo Lucrezia, acariciando su rostro frío—. Y eres mi Guardián. Júrame que protegerás los secretos de esta familia. Júrame que vigilarás a la Bestia y a sus descendientes hasta el fin de los tiempos.
Alessio bajó de la mesa y se arrodilló. No por miedo, sino por una gratitud biológica impresa en su nueva sangre.
—Lo juro —dijo—. Por Lucrezia.