Capítulo 1
La luz blanca del aro de luz era lo único que dividía la penumbra de la habitación de techos altos. Frente al lente, ella mantenía una postura impecable, con el cabello castaño cayendo como una cortina de seda sintética sobre sus hombros. Mientras Satoru Gojo estaba recostado en la cama, justo fuera del encuadre, mirándola con una mezcla de fascinación y hambre, escaneaban cada milímetro de de ella mientras hablaba a la cámara.
—Me siguen etiquetando en posts que dicen: “Menciona a una chica que sea naturalmente linda” —comenzó ella, dibujando comillas en el aire con sus uñas acrílicas perfectamente esculpidas—. ¿Natural? ¿Pensaron que esto era natural? Chicos, tengo la nariz hecha, los labios hechos, tengo lipo de mentón, relleno en el mentón, bótox en la cara, bótox en los trapecios...
Satoru soltó una risa nasal, corta y seca. Le encantaba esa letanía de modificaciones. Para un hombre que había nacido con una perfección genética que rozaba lo insultante, ver a alguien construirse a sí misma con la precisión de un arquitecto era el mayor de los fetiches.
—Tengo las tetas hechas, lipo 360, mi cabello es falso, mis uñas son falsas —continuó ella, señalando cada parte de su cuerpo con una honestidad brutal que cortaba el aire—. Uso maquillaje en cada video. Y si no, uso un filtro. E incluso con maquillaje, suelo tener un filtro puesto. Así que no hay nada realmente natural aquí, desafortunadamente. Lo siento.—

Ella bloqueó el teléfono y la habitación quedó sumida en la luz cálida de las lámparas de noche. Satoru se levantó, su figura era imponente; los hombros anchos y la mandíbula tensa proyectaban una sombra que parecía devorar el espacio de ella.
—¿“Desafortunadamente”? —repitió Satoru, su voz bajando un octava, arrastrando las palabras con esa arrogancia juguetona que lo caracterizaba—. No pidas disculpas por haber creado una obra maestra como tú muñeca.—
Ella dejó el teléfono en el escritorio y giró su cabeza para verlo a los ojos. Satoru no apartó la mirada; la recorrió de arriba abajo, deteniéndose en la línea de su mandíbula y bajando hacia la curva de su cintura, allí donde la liposucción había dejado una forma que ninguna genética promedio podría replicar.
—Me importa un carajo la naturaleza —continuó él, estirando sus largas extremidades—. Me fascina que seas un capricho caro. Me encanta que cada curva de ese cuerpo haya sido diseñada específicamente para ser perfecta. El bótox en tus trapecios... —Satoru humedeció sus labios, recordando la tensión de los hombros de ella bajo sus manos—. Los deja tan suaves, tan listos para que yo los muerda sin que nada se mueva de su sitio. Y esa lipo 360... Dios, la firmeza de tu abdomen cuando te agarro por la cintura para empujarte contra el colchón es otro nivel.

Él se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. Sus ojos brillaban con una intensidad eléctrica.
—No hay nada como la sensación de estar dentro de ti y saber que nada en este mundo se siente así de ajustado, así de... hecho a medida. Tus labios falsos se sienten mucho mejor cuando están envueltos alrededor de mi pene que cualquier boca natural que haya probado. Eres un producto de alta gama, y me encanta que seas mi vicio privado.—
La habitación parecía haberse quedado sin oxígeno. El aire vibraba con la tensión de las palabras de Satoru, que no eran solo un cumplido, sino una reclamación de propiedad sobre cada retoque, cada cicatriz de cirugía y cada gota de relleno.
Ella no se intimidó. Al contrario, una sonrisa lenta y cargada de confianza se dibujó en su rostro. Se levantó de la silla con movimientos calculados, dejando que la tela de su ropa se ajustara a sus formas mientras caminaba hacia él. Cada paso era una provocación, el sonido de sus pies sobre la alfombra era el único ritmo en el cuarto.
Llegó hasta él, sin romper el contacto visual con esos ojos azules que parecían querer desvestirla capa por capa, separó las piernas y se sentó a horcajadas sobre el regazo de Satoru. Sintió la dureza inmediata de sus muslos y el calor que emanaba de su cuerpo, una fuerza de la naturaleza enfrentándose a su perfección artificial.
Ella apoyó las manos en los hombros anchos de él, sus uñas largas rozando la nuca de Satoru, justo donde el cabello blanco era más corto.
—Me alegra que sepas apreciar el valor de lo que tienes enfrente, Satoru. —susurró ella, acercando su rostro al de él hasta que sus alientos se mezclaron—. Porque este cuerpo "falso" te va a dar el placer más real que vas a sentir en tu vida.—
Sin esperar respuesta, ella acortó la distancia y estrelló sus labios contra los de él en un beso hambriento, rudo y posesivo, mientras las manos de Satoru se cerraban con fuerza sobre su cintura, hundiendo los dedos en su carne. El beso fue un choque de voluntades. Satoru no besaba con gentileza; reclamaba su boca con una lengua invasiva y experta que buscaba dominar cada rincón. Ella respondió con la misma agresividad, enredando sus dedos en el cabello albino de él, tirando con fuerza mientras sentía el calor abrasador de su cuerpo. La lengua de Satoru recorría la suavidad de sus labios con relleno, disfrutando de la textura tersa y la resistencia elástica que ofrecían.
Las manos de Satoru bajaron con urgencia. Sus palmas, grandes y ásperas por la pura masculinidad de su anatomía, se cerraron sobre la cintura de ella. Recorrió los flancos de su Lipo 360; la piel estaba tensa, firme, esculpida artificialmente para crear una curva que desafiaba la gravedad. Él bajó más, hundiendo los dedos en la redondez de sus nalgas. Las apretó con una fuerza que habría dejado marcas, deleitándose en la densidad del tejido. No era la flacidez de la carne natural; era una firmeza diseñada para el impacto, para el placer visual y táctil.

—Estás tan sólida —gruñó Satoru contra sus labios.
Sus dedos subieron por la columna de ella, deteniéndose en la zona de los trapecios. Acarició la piel donde el Bótox había silenciado cualquier tensión nerviosa. Se sentía suave, como mármol cálido. Mientras tanto, las manos de ella se perdían en el pecho de él, sintiendo el latido rítmico de un corazón que bombeaba sangre con una potencia sobrenatural. Satoru se separó apenas unos milímetros de su boca. Con un movimiento fluido, agarró el dobladillo de la camisa de ella y la tiró hacia arriba, despojándola de la prenda en un solo gesto.

El sostén voló segundos después. Al liberar sus pechos copa D, la gravedad apenas pareció afectarlos; la cirugía los mantenía en una posición perfecta, desafiante. Él bajó la cabeza hacia su hombro, dejando un beso húmedo y caliente mientras sus manos ascendían para atrapar la carne abundante de sus tetas. El contraste era obsceno: la palidez de los dedos largos de Satoru contra el bronceado artificial de ella. Él empezó a succionar su piel, bajando hacia los pezones.
Sluurp, smack, sluurp.

El sonido de su boca trabajando sobre su pecho llenó el silencio de la habitación. Ella arqueó la espalda, soltando un gemido ronco mientras sentía la estimulación directa de su lengua juguetona.
Satoru estiró el brazo hacia la mesa de noche sin dejar de chupar su pezón izquierdo. Sus dedos cerraron sobre un frasco de cristal. Era un aceite de sándalo y vainilla, un aroma denso y caro que ella siempre usaba para seducirlo. Con un movimiento rápido, vertió una cantidad generosa sobre el pecho de ella. El líquido resbaló por el valle entre sus tetas, brillando bajo la luz del aro.
Él usó ambas manos para masajear el aceite, distribuyéndolo con movimientos circulares y firmes. El roce del aceite redujo la fricción, permitiendo que las manos de Satoru se deslizaran con una suavidad eléctrica. Alternaba entre masajearlas con fuerza y llevárselas a la boca, tragando el aroma y el sabor de su piel. Besó su mandíbula, subiendo por el cuello, dejando un rastro de saliva y aceite mientras ella perdía el sentido de la realidad.
—Tu turno, muñeca —susurró él, soltando el botón de su pantalón.
Ella se deslizó del regazo de Satoru y se dejó caer de rodillas en la alfombra, frente a él. La erección de Satoru se liberó con un golpe seco, imponente, una "big dick" que parecía vibrar con la misma energía infinita que su dueño. Ella lo miró un segundo, admirando la simetría de su anatomía, y luego lo envolvió con su mano. Estaba caliente, pulsante.
Ella abrió la boca y lo tomó de un solo golpe. El sonido fue inmediato:
Gulp, schlop, schlop.

La mamada era ruidosa, sin pretensiones de elegancia. Ella usó la saliva acumulada y el aceite que le quedaba en las manos para lubricar el eje de Satoru, moviendo su cabeza con un ritmo frenético.
Cough, gluck, gluck.
El tamaño de él la obligaba a forzar la garganta, provocando arcadas ruidosas que a Satoru le resultaban increíblemente excitantes. Él hundió los dedos en el cabello de ella, guiando el movimiento, respirando con dificultad mientras veía cómo su creación perfecta se entregaba a su placer más básico. Satoru gruñó cuando ella succionó la punta con una fuerza que amenazaba con vaciarlo ahí mismo. Se separó antes de llegar al límite, dejando un hilo de saliva conectando su boca con la cabeza de él.

Sin decir palabra, ella se puso de pie, deshaciéndose de sus pantalones y de su ropa interior con una eficiencia gélida. Su cuerpo estaba ahora totalmente expuesto, una visión de curvas quirúrgicas y piel aceitada que brillaba como el sudor. Satoru no esperó. Se levantó, la tomó de la cintura y la llevó hasta la cama de la habitación. Se sentó y la atrajo hacia él. Ella lo montó de inmediato, guiándolo dentro de sí con un suspiro de alivio que se transformó en un grito cuando él la penetró de golpe.
La cama bajo el peso de ambos. Ella comenzó a rebotar, sus tetas saltaba rítmicamente, salpicando gotas de aceite sobre el pecho de Satoru. Él la sujetó por las caderas, clavando los dedos en su piel, marcando su territorio mientras el sonido del cuero chocando con sus cuerpos llenaba la habitación. Ella echó la cabeza hacia atrás, entregada al ritmo salvaje que Satoru dictaba, mientras él la miraba desde abajo con esos ojos que veían cada fibra de su ser, disfrutando de cómo su mundo artificial se quemaba en el fuego de un placer que no conocía límites.