CAPITULO 1
El campo, aquella mañana de mayo de 1887, amaneció cubierto de luz. El murmullo de los vendedores se alcanzaba a escuchar desde lejos, mezclado con el canto de los pájaros. En una casa humilde, una mujer daba a luz. El esfuerzo la dejó exhausta, el sudor cubría su frente, pero sus ojos brillaron al recibir en brazos a la niña que acababa de llegar al mundo.
-¿Y su nombre? -preguntó la partera.
La madre sonrió con ternura, como si todo lo que había pasado se desvaneciera por un instante.
-Se llamará Mia -dijo, soltando un suspiro que parecía contener toda la esperanza que aún le quedaba.
Los años pasaron y Mia creció siempre pegada a ella. Juntas iban al río, recogían frutas, ordeñaban vacas. La dulzura de su madre era un refugio, pero en la misma casa habitaba la sombra de su padre, cuya crueldad se manifestaba cada noche en golpes, gritos y amenazas. La niña aprendió pronto a temer el sonido de sus pasos.
Una de esas noches, alrededor de las nueve, el hombre llegó con el aliento cargado de vino y la mirada encendida de furia. La madre, sabiendo lo que vendría, tomó a Mia y la escondió bajo la cama.
-No hagas ruido, hija... -le dijo con un temblor en la voz-. No importa lo que escuches, no salgas. ¿Me oyes? No salgas.
La puerta se abrió de golpe.
-¿Dónde está la escuincla? -escupió el hombre, con una calma cruel que helaba la sangre.
La madre se interpuso, frágil pero firme, como si todo el amor por su hija le diera valor.
-¡No permitiré que la toques! -le gritó con la voz quebrada, cortando la oscuridad con cada palabra-. ¡Antes tendrás que matarme a mí!
Lo que siguió fue brutal. Los golpes resonaron en la casa, los gritos llenaron el aire. Mia, con los ojos desbordados de lágrimas, veía desde la penumbra cómo su madre resistía, cómo cada embate la derribaba y aun así volvía a levantarse.
-¡No dejaré que la lastimes! -alcanzó a gritar con un jadeo desesperado, antes de caer por última vez.
El silencio que siguió fue insoportable. Mia salió corriendo hacia ella.
-¿Mamá?... ¿Mamá?... -repetía, con las manitas aferradas a su rostro ensangrentado-. ¿¡Mamá!?
Pero no hubo respuesta. Sus ojos, antes llenos de vida, se habían apagado para siempre.
El padre la miró entonces. Comprendió lo que había hecho y retrocedió con el rostro desencajado. Sin decir palabra, salió huyendo de la casa, dejando a su hija sola en medio de aquel vacío.
Fue en ese momento, entre el dolor y el llanto, que Mia creyó verla. Una mujer se inclinó sobre ella, no vieja ni marchita, sino joven, de una belleza tan intensa que parecía imposible. Tenía los ojos oscuros, profundos, y el cabello negro le caía como un río sobre los hombros. Sus manos, cálidas y firmes, levantaron a Mia con una suavidad imposible de olvidar. La envolvía un aroma de humo y hierbas, y una voz susurrante que no alcanzó a comprender.
Antes de quedarse dormida, Mia creyó ver que aquella mujer le sonreía con ternura, como si la conociera desde siempre.
Después, nada. Solo el despertar en un lugar distinto, con el recuerdo confuso, como un sueño entre brumas. Únicamente la certeza de aquella aparición permaneció: la de una mujer joven y hermosa que había surgido de la nada para salvarla.
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Como por arte de magia, la niña apareció frente a la puerta de un hombre humilde, un campesino pobre que apenas tenía lo justo para subsistir. Al verla allí, dormida y frágil, su primera intención fue deshacerse de ella. Con cuidado de no despertarla, la tomó en brazos y la llevó al bosque, decidido a abandonarla entre los árboles. Pero al contemplar su carita ( Tan inocente, tan Serena, tan parecida a la de un angel), su corazón se quebró. No pudo hacerlo. La abrazó contra el pecho y, desde ese momento, decidió quedarse con ella.
Pasaron los años, y la niña creció bajo su cuidado. El hombre se llamaba José Luis. No tenía riquezas ni lujos, pero sí podía ofrecerle leche fresca, huevos, verduras de la huerta y, de vez en cuando, un pedazo de carne. Lo curioso era que Mia nunca aceptaba más carne que la de pollo, cualquier otro tipo la rechazaba con obstinación infantil, escondiéndola bajo la mesa o dejándola intacta en el plato.
-Ah no, señorita -decía José Luis, con un gesto severo que en el fondo no escondía enojo alguno-. Termina la carne y después saldremos a cosechar un poco de fruta.
Era casi un ritual, repetido día tras día, como una especie de juego entre ambos.
José Luis tenía una amiga de la infancia que aún lo visitaba. Ella tenía un hijo, un muchacho llamado Tyler. Al principio, el chico no mostró entusiasmo alguno al convivir con una niña. Y Mia, con su timidez natural, tampoco sabía cómo reaccionar.
-Hija, él es Tyler, salúdalo -le dijo José Luis con una sonrisa cálida.
-Ho-hola... -murmuró Mia, con las mejillas rojas como un tomate.
Siempre había sido penosa. Cuando acompañaba a su padre a vender, fingía estar dormida o decía que le dolía la garganta para no hablar con nadie. Nunca fue reprendida con dureza ni castigada; José Luis la consentía tanto que, poco a poco, Mia fue olvidando el pasado sombrío y al hombre que había destruido su infancia.
Los años siguieron su curso: diez, once, doce, trece, catorce, quince. A punto de cumplir dieciséis, Mia había forjado un lazo cada vez más fuerte con Tyler. Aunque él parecía disfrutar molestándola a cada oportunidad.
-Te dije que así no era, boba -soltaba con una sonrisa burlona.
-¡Calla, Tyler! -respondía ella, jadeando mientras intentaba cortar un tronco con el hacha tratando de soportar el peso.
A veces la asustaba con sus travesuras.
-Te traje un parche para tu melena de león -anunciaba con fingida seriedad, entregándole un trapo.
Mia, confiada, extendía la mano con una sonrisa. Pero en lugar de un parche, una rana saltaba hacia ella. Su grito llenaba el aire, y Tyler estallaba en carcajadas.
-¡Ojalá te estanques en el estiércol de vaca! -le gritaba ella entre sollozos y risas.
Con el tiempo, las bromas se transformaron en gestos distintos. Tyler comenzó a regalarle flores, a recitarle versos torpes, a mirarla de una manera diferente. Mia, reservada como siempre, no comprendía del todo qué significaba el amor, pero cuando sus ojos se cruzaban con los de él, sentía su corazón latir de una forma nueva, impaciente. Sin darse cuenta, empezó a corresponder, aceptaba su mano cuando la invitaba a bailar, lo acompañaba al río, le compartía las historias que inventaba en su imaginación.
-¿Gusta bailar conmigo esta pieza, linda dama? -decía Tyler, inclinándose en una reverencia.
Ella, con una sonrisa tímida, aceptaba la mano tendida.
-Claro.
Y así, entre juegos y secretos compartidos, llegó el momento inevitable.
-Oye... -balbuceó Tyler, con las mejillas encendidas.
-¿Sí? -respondió ella, curiosa.
-Es que... eres muy linda, y tu forma de ser... tus ojos son... -se detuvo, nervioso.
-Ya ve al grano, Tyler -lo interrumpió, impaciente.
-¿Quieres ser mi novia?
La felicidad en el rostro de Mia fue inmediata. Casi saltaba de emoción, pero se contuvo. Tomó su mano, la observó un instante y levantó la vista con los ojos brillando.
-Acepto.
Nunca había tenido otras parejas, ni siquiera había pensado demasiado en el amor. Tal vez era pronto, tal vez precipitaba el tiempo, pero no le importaba. En su corazón solo estaba él, el único que no la miraba con morbo, que no la trataba como objeto, el único dispuesto a cuidarla y entregarse por completo.
-Sabes -dijo Tyler, con esa sonrisa que parecía eterna-, cuando seamos más grandes me gustaría tener hijos contigo.
Ella no respondió con palabras. Solo asintió con suavidad, y en ese gesto sencillo se reflejaba un anhelo profundo, el de una niña que, a sus pocos años, ya comenzaba a soñar con un futuro compartido.