Akharta "La tierra de los Doce"

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Summary

El poder siempre se justifica a sí mismo. En Akharta, esa justificación se llama historia. Doce casas nobles gobiernan un continente levantado sobre mentiras heredadas y verdades mal contadas. Cada decisión deja cicatrices, cada traición engendra rencor, y todos están convencidos de ser los justos. Pero cuando el pasado se abre paso entre mitos y leyendas, cuando lo que se creía olvidado lucha por salir a la luz, incluso los linajes más antiguos comienzan a resquebrajarse. Entonces surge una pregunta que nadie se había atrevido a formular: ¿Y si toda historia fuera el eco de un recuerdo real?

Genre
Fantasy
Author
Akharta
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

CAPÍTULO 1 El principio

CAPÍTULO I

El principio...



Para muchos hombres, el aroma que desprende una mujer es cautivador; en algunos casos, incluso enloquecedor. Un olor tan único y puro que puede arrebatar la compostura incluso al más íntegro. Sin embargo, aquella noche, ningún hombre rudo a la vista era capaz de percibirlo. El aire estaba dominado por otro perfume, más antiguo y más honesto: el del fuego. Leña ardiendo, resina quemada. Un olor que no seducía, sino que advertía. Que se adhería a la memoria como una herida.


Las emociones flotaban densas, casi visibles, como el vaho que escapaba de los labios de los guerreros ramenses. Frente a la muerte, las ideas dejaban de ser abstracciones: el miedo, la lealtad y la traición adquirían peso, textura, temperatura.


Y ninguno de ellos ignoraba lo que aquello significaba.


El castillo negro de Rebhu Moot nunca había conocido un silencio tan espeso. El viento reptaba entre las almenas con un lamento bajo, acompañado por el golpeteo irregular de la lluvia y el canto resignado de los grillos. Las plazas, las tabernas y los burdeles permanecían cerrados como bocas cosidas. La ciudad entera, con sus murallas de piedra oscura y callejones retorcidos, se asemejaba más a un sepulcro que al corazón palpitante de Akharta, como lo había sido apenas unos años atrás.


Sobre sus cabezas, el cielo parecía un sudario de oscuridad. Nubes cargadas y pesadas garbeaban con la violencia de un animal herido, ansiosas por devorar cualquier atisbo de la luz de Ilíun. Sus reflejos —un tono hematita roja mezclada con destellos de naranja azafrán— pintaban el firmamento como si ardiera en llamas vivas.


Más allá de los muros, un mar de antorchas avanzaba en silencio. Eran tantas que resultaba imposible contarlas. Desde lo alto, parecían luciérnagas malditas marcando el paso firme y ritual de los hombres de Adam Lowe. No marchaban con furia desordenada, sino con una determinación casi litúrgica. Para Zenon Ymïr, aquellos puntos de fuego no eran simples luces en la noche: eran las bocas abiertas de miles de condenas que gritaban su nombre en silencio.


Imperturbable, Rebhu Moot se alzaba descomunal. Era el mayor bastión del continente. Su planta hexagonal evocaba una perfección fría, casi antinatural, como si hubiese sido diseñada por Dioses más bien que por hombres. En cada vértice, las torres negras duplicaban la altura de unas murallas ya colosales, tan anchas que cinco jinetes podían cabalgar hombro con hombro sobre ellas.


Pero por encima de todo se alzaba la Ymïrūt, la torre del homenaje. Una columna ciclópea de roca volcánica, oscura y porosa, que perforaba el horizonte como un dedo acusador hacia el cielo. Allí residían el rey Zenon, la reina Ágata, sus hijas… y el único heredero, Igür. Desde aquella cima, el mundo parecía contenerse en un único latido. Un latido que comenzaba a pararse.


En lo alto de la torre de guardia, la más cercana a la barbacana sur, los Buitres Carmesí aguardaban en silencio. Eran arqueros de élite, hombres entrenados para matar sin vacilar, pero aquella noche sus rostros no tenían nada de cazadores. Parecían mártires que aún no habían sido llamados por su nombre. En cada pupila se adivinaba una historia que quizá no tendría final.

La bruma les empapaba los mantos y la humedad se filtraba bajo las corazas, enfriándoles los huesos mientras observaban el avance de las antorchas al otro lado de los muros.


Ninguno hablaba.


No por disciplina, sino porque no quedaban palabras útiles.

Uno de ellos rompió la formación. Se inclinó entre dos almenas, aferrándose a la piedra como si pudiera arrancarle una respuesta. El corazón le golpeaba en la garganta, y sus ojos, enrojecidos por la vigilia y el miedo, buscaron desesperados a su general.


—¿Por qué no se escucha nada? —preguntó, con un hilo de voz que rozaba el ruego—. Tal vez están muertos… quizá el miedo los mató antes de llegar.


La respuesta fue inmediata.


—¡Póngase firme!


La voz de Geis estalló como un trueno contenido. No gritó para imponerse, sino para no derrumbarse. Dio un paso al frente, lo agarró de los hombros y lo sacudió con brusquedad, como si pudiera arrancarle el pánico a golpes.


—Con suerte, los únicos que moriremos hoy seremos nosotros —añadió, ya más bajo—. Y aun así, tendremos el honor de hacerlo aquí. Vuelva a su puesto. Es miembro de la élite del rey. Guardián de esta torre.


El arquero obedeció sin replicar. No porque creyera en aquellas palabras, sino porque necesitaba creer en algo.


Geis se dio la vuelta. Durante un instante, la dureza de su gesto se resquebrajó. Solo un parpadeo. Lo justo para que la duda asomara.


Ojalá estuviera él aquí.


Sabría qué decir. Sabría cómo sostenerlos… no como yo.


Se colocó el yelmo en forma de buitre, dejando que el hierro frío ocultara la duda que había asomado por un instante. Bajo aquella máscara, su mente regresó seis inviernos atrás, a otra noche tan oscura como aquella.


Recordó la risa grave de su padre, la calidez de su abrazo tras los entrenamientos, esos ojos firmes que parecían contener el amanecer.


Adam Lowe lo había matado.


Atravesado por la espada dorada de los Alya, el gran general de los Buitres Carmesí había caído sin una sola súplica.


Su padre.


El primer hombre al que había jurado no fallar jamás.


Desde entonces, Geis llevaba aquel recuerdo clavado en el pecho como una astilla que no podía extraer. Ahora, cada memoria lo mantenía en pie… y lo hundía un poco más.


Avanzó a lo largo de la línea de arqueros. Su capa ondeaba mientras hablaba.


—Los Doce nos observan esta noche —dijo, con voz áspera—. Nos juzgan. Y todos los que descansan en sus jardines quieren saber si somos dignos.


Geis alzó la vista un instante, como si buscara algo más allá de las nubes.


Se detuvo.


Alzó el arco con mano firme, aunque la respiración le temblaba por dentro como un vendaval atrapado en una jaula.


—Y ahora os lo pregunto yo —continuó—. ¿Sois dignos? ¿Sois hombres del rey? ¿Hombres de honor?


Un murmullo recorrió la formación, apenas audible.


Una lágrima silenciosa se deslizó por el cuello de Geis, perdiéndose bajo el yelmo.


—¡Luchad! —rugió al fin—. ¡Matad a todos los que podáis y la eternidad será vuestra! ¡Ganaos el favor de los Doce!


El grito no encendió entusiasmo.


Encendió resignación.


Y fue entonces cuando, más allá de los muros, el mundo respondió.


Un estruendo profundo sacudió la noche, como si mil forjas hubieran despertado al mismo tiempo. El ejército de Adam Lowe comenzó a moverse. El hierro de las armaduras rechinó como un enjambre de avispas metálicas, y el sonido se propagó por la llanura con una cadencia lenta, implacable, ritual.


Los estandartes se alzaron como lenguas de fuego. Había escudos nobles: dueños de campos, señores de pequeños castillos, linajes vasallos respetados en todo el territorio, familias que aún conservaban el polvo de los primeros días. Ocho de entre las Doce marchaban bajo los emblemas de la rebelión, avanzando con un orgullo que no pedía permiso.


El avance redujo la distancia con una calma casi reverencial. No había gritos ni cantos de guerra. Solo el roce del metal, el resoplido de las bestias y el barro cediendo bajo el peso de miles de destinos alineados.


Entonces, una voz se alzó desde el frente.


—¡Alto!


La orden atravesó la llanura como un golpe seco.

Las primeras filas se detuvieron.


Durante un instante, nadie se movió. El silencio que siguió a la orden parecía irreal, como si incluso la noche aguardara instrucciones. Las antorchas crepitaban con timidez, y el vapor de los caballos ascendía en columnas breves antes de deshacerse en la oscuridad.


Adam Lowe avanzó unos pasos, separándose del frente. No necesitó alzar la voz; cuando habló, el sonido se abrió paso por la llanura con la misma firmeza que su ejército.


—¡Zenon Ymïr!


El nombre golpeó la piedra de Rebhu Moot y regresó multiplicado desde las murallas.


—Has traído muerte y desolación a Ramé —continuó—. Has convertido a tu pueblo en un sacrificio. Hoy responderás por ello.


Adam alzó la espada, no como amenaza, sino como señal.


—Hoy morirás tú… y los tuyos.


La frase cayó pesada, sin furia ni júbilo. Una sentencia, no un grito.


Entonces, Adam bajó la hoja.


—Pero aún existe una salida.


La grieta se abrió en silencio.


—Entrégate —dijo—. Entrégate tú y tu familia, y Rebhu Moot vivirá.—Su voz no tembló—. Hombres, mujeres y niños no pagarán por tu necedad. Solo morirán los Ymïr.


La oferta se deslizó por el aire como un veneno.


En las murallas, los soldados ramenses intercambiaron miradas. No eran miradas de traición, todavía, sino de cálculo. De supervivencia. La idea, recién nacida, empezó a filtrarse entre las piedras, arrastrándose de oído en oído como un susurro.


—…si el rey cae.


—¿Lo has oído…?


—Podemos sobrevivir…


—Solo quiere a los Ymïr…


Alguien apretó la empuñadura con demasiada fuerza. Otro bajó la mirada. La disciplina, tan firme como las piedras que los sostenían, crujió apenas un instante.


Y en ese crujido, el miedo aprendió a respirar.


El ejército entero se convirtió en un único latido enfermo, a punto de estallar.


Una chispa recorrió las filas. La tensión se transformó primero en rabia, luego en una desesperación mal contenida. Los soldados se agitaban, lanzaban miradas frenéticas, sudaban bajo los yelmos.


Un joven del sur, apenas un muchacho con la barba como un susurro sobre el mentón, se rasgó el jubón; sus labios murmuraban un rezo ahogado a su madre. Otro, con los nudillos abiertos de apretar el asta de su lanza, alzó la voz como un lobo herido.


—¡Vayamos a la Ymïrūt! ¡Saquemos a la familia real! —vociferó Edran, el de ojos claros, la voz rota por la fiebre y el miedo.


—¡Que mueran los Ymïr! —respondieron otros.


El murmullo creció. Al principio tímido, luego insistente, hasta convertirse en un clamor que empezó a trepar por las calles del castillo. Las casas abrieron sus ventanas; las mujeres, con niños encogidos en brazos, gritaban pidiendo misericordia. Entre los alaridos se mezclaban sollozos, maldiciones y rezos, junto al olor del aceite hirviendo y la ceniza húmeda.


Era el preludio de un motín. El crujido final antes de que algo se rompiera para siempre.


En el patio de armas, el aire parecía ahora más espeso. No por el humo ni por la lluvia, sino por las miradas. Los soldados se agrupaban en corros irregulares, con las lanzas apoyadas en el suelo y los escudos húmedos pegados al antebrazo. Nadie reía. Nadie hablaba en voz alta. El murmullo persistía, bajo y nervioso, como el crujido del hielo que cede pero no termina de romperse.


Dos hombres se refugiaron junto a un muro cubierto de musgo. La piedra estaba fría y rezumaba humedad, pero aun así apoyaron la espalda contra ella, agradecidos de no quedar expuestos en medio del patio.


—Dijo que nos salvaría… —murmuró el más joven—. Que la rebelión nunca llegaría a formarse. Que nadie osaría desafiar a los Ymïr.


El veterano se quitó el yelmo y lo dejó a sus pies. Tenía el pecho cruzado por cicatrices mal cerradas.


—Las palabras bonitas son baratas —dijo—. ¿Por qué llevas esa armadura?


El joven bajó la mirada, examinando el metal como si no le perteneciera.


—Mi madre me envió a la capital para aprender con los escribas —confesó—. Yo quería escribir. No esto.


Miró la lanza como si fuera un objeto ajeno.


—¿Cómo se llama? —preguntó.


—¿Mi madre?


Asintió.


—Lía.

El hombre dudó un instante.


Hubo un silencio breve, cargado de cosas que herían sin ser pronunciadas.


—¿Y tú? —preguntó el muchacho—. ¿Quién te espera?


El veterano bajó la mirada.


—Nadie. Mi mujer se fue hace años. Junto a mis hijos.


El muchacho tragó saliva.


—Lo siento.


El hombre esbozó una mueca cansada.


—Entonces, si hoy vamos a morir… me alegra que sea juntos.


No hubo gesto heroico. Solo un asentimiento cansado.


Ninguno dijo nada más. Las palabras, como los hombres, sabían cuándo habían cumplido su propósito.


Y esa paz se quebró en el mismo momento en el que lo hizo también la voluntad de los soldados. Las picas se alzaron. Las voces también. Ambas buscando justicia.


A lo lejos, una voz volvió a alzarse.


—¡Entregad al rey!


Otra respondió.


—¡Adam ha hablado! ¡Si el rey cae, la ciudad vivirá!


Un oficial se abrió paso entre los hombres, la espada en la mano.


—¡Vuelve a tu posición! —rugió—. ¡Has jurado lealtad!


—¿Lealtad? —escupió uno de los soldados—. ¿La tuvo él cuando nos llevó a esto?


La hoja descendió, temblorosa.


—¡Una palabra más y morirás!


—¡Moriremos igual! —respondió otro—. ¡Toda Akharta está ahí fuera!


El patio se descompuso en empujones, gritos y miradas enloquecidas. Alguien gritó el nombre de la Ymïrūt. Otro lo repitió.


—¡A la Ymïrūt!


—¡Saquemos a la familia real!


Las voces se multiplicaron. El miedo ya no se ocultaba; se propagaba sin freno.


El motín era inminente.


Entonces llegaron los Vacíos

.

No hubo trompetas ni advertencias. Sus pasos resonaron sobre las losas mojadas con una cadencia uniforme. Las armaduras negras, sin heráldica ni adorno, parecían absorber la luz de las antorchas. Ningún rostro era visible bajo los yelmos oscuros y cerrados. No había expresión. No hacía falta.


El patio se detuvo en seco.


—¿Qué ocurre? —preguntó el único que llevaba el yelmo plateado.


Goeg avanzó hasta quedar frente al grupo más agitado. No alzó la espada. No gritó. Se limitó a observarlos, uno a uno, como si ya estuvieran muertos y solo estuviera eligiendo el orden.


—Vamos a morir por un necio —escupió un soldado—. ¡Si no vais por Zenon, apartaos!


—Rey Zenon Ymïr —corrigió Goeg, sin elevar la voz.

Se acercó un paso más.


Desenvainó.


El acero negro se hundió en el vientre del hombre con un movimiento limpio. No hubo furia. No hubo prisa. El soldado abrió la boca, pero solo escapó un hilo oscuro. Goeg lo sostuvo por el cuello, acercó su rostro al suyo.


—Rey… Zenon… Ymïr… —masticó cada sílaba.


Lo soltó. El cuerpo cayó como un peso muerto.


Goeg se volvió hacia el oficial que mandaba aquella centena.


—¿Estos son tus hombres?


—S-sí…


—¿Conoces el castigo por traición?


—La muerte.


—¿Y por qué no hiciste justicia?


—Me habrían matado…


—Entiendo.


Goeg alzó la espada.


—Vacíos.


No hizo falta más.


La cabeza del oficial se separó del cuerpo con un tajo limpio. Un chorro caliente salpicó a los más cercanos, mientras el cráneo rodaba por las losas mojadas dejando un rastro de sangre que la lluvia no conseguía borrar.


Durante un instante, nadie respiró.


Luego los Vacíos se abalanzaron.


No fue una lucha. Fue una ejecución organizada. Movimientos precisos, casi inhumanos.


Antes de que alguien pudiera acabar una plegaria, redujeron a los amotinados en un simple susurro. Gargantas abiertas con la misma calma con la que se corta un hilo. Pechos atravesados sin esfuerzo.


Los gritos duraron poco. La esperanza menos.


Cuando terminaron, regresaron a su formación.


Envainaron al unísono.


El silencio volvió.


Goeg alzó la espada manchada.


—¡Larga vida al rey Zenon!


—¡Larga vida al rey Zenon! —respondieron los Vacíos, sin emoción.


El resto del patio repitió las palabras con voces rotas.


El miedo había impuesto el orden.


En la Ymïrūt, el silencio era tan denso que parecía absorber el aliento mismo. El mundo se detenía en los aposentos reales, como si el tiempo se negara a avanzar entre aquellos muros.

Ágata sostenía con fuerza la mano de su hijo Igür. El niño, de apenas once inviernos, se aferraba a ella con los ojos abiertos, buscando en su madre un refugio que ya no existía.

—Mamá… ¿por qué papá no viene? —preguntó, con una voz tan fina que apenas superaba el crujir de las brasas.

Ágata bajó la mirada. El suspiro que contuvo le quemó el pecho. Sus hijas aguardaban en un rincón, arropadas con mantos pesados, agrupadas como cervatillos durante una tormenta. Nadie lloraba. El miedo era tan espeso que ni siquiera las lágrimas encontraban salida.

—Tu padre está protegiéndonos —respondió al fin, forzando una sonrisa que no logró sostener.

—¿Nos van a matar? —insistió Igür, sin apartar la vista de la ventana alta, donde la noche parecía un monstruo vivo.

La pregunta cayó sin rodeos, desnuda.

Ágata parpadeó. Aun así, no rehuía la verdad.

—¿Recuerdas lo que decía tu abuelo? —susurró, acariciándole el rostro—. Un Ymïr no teme a la muerte. Cuando muere, regresa a su hogar, a las estrellas. Nuestra madre nos espera allí.

—Pero… yo no la veo, mamá. Todo está cubierto de nubes rojas.

Ágata se arrodilló y lo abrazó con fuerza.

—Entonces la imaginaremos —dijo—. Aunque no podamos verla, siempre estará ahí.

La hija menor, Jynara, apenas una niña de cabellos finos y ojos azules tan eléctricos como vidriosos, se acercó arrastrando la manta. Sus pasos eran tan leves que apenas alteraron el silencio.

—Entonces, ¿vamos a ir ahora al cielo, mamá? —preguntó, con la inocencia colgando de cada sílaba.

Ágata la miró. Durante un instante quiso mentir. Protegerlos con un cuento. Pero recordó quién era: madre de los Ymïr, reina de Akharta, última guardiana de un linaje que debía mirar a la muerte sin apartar la vista.

—No lo sé, mi amor —respondió, llenando el pecho de aire.

Se incorporó despacio y llevó la mirada más allá de la ventana de piedra.

—Aunque es probable que sí.

Sus nudillos blanquearon sobre el marco.

—Preparad las oraciones —dijo al fin—. Puede que esta noche nos reunamos con los Doce.

En los ojos de los niños brilló una mezcla imposible: miedo y una chispa tenue de esperanza, como si aquella promesa pudiera, aunque solo fuera por un segundo, protegerlos del abismo.

Entonces, una luz comenzó a deslizarse bajo la puerta. Avanzaba con rapidez.

Ágata tragó saliva. Cubrió a sus hijos bajo sus brazos y cerró los ojos.

Jynara no.

La niña clavó sus ojos violetas, imposibles, como el último destello de un relámpago atrapado en un cristal roto, y los dejó fijos en las hojas de madera que separaban su dormitorio de lo desconocido.

Y esperó.

De pronto, desde lo alto del torreón noroeste resonó el gran cuerno de Rebhu Moot. Su sonido grave se propagó como un rugido que atravesó la península, retumbando hasta las costas de Béqueath.

Sobre la barbacana principal apareció una figura.

Era un hombre enjuto, de tez pálida, rostro afilado como un puñal y cabello gris que caía hasta los omóplatos, empapado por la bruma nocturna. Sus ojos, negros y hundidos, parecían alimentarse de la luz de las antorchas del ejército que esperaba frente a él.

Vestía la coraza blanca de los Ymïr, dura como la voluntad de un dios traicionado que se niega a quebrarse. Forjada —según las leyendas— con fragmentos de una estrella caída, transfigurada en mujer y entregada en matrimonio, convirtiéndose así en la madre de la Serpiente.

La figura avanzó hacia las almenas.

Una capa de lino negro colgaba de sus hombros, gastada como un juramento antiguo, ondeando con el viento. Al llegar al borde de la muralla, apoyó las manos huesudas sobre la piedra musgosa.

La lluvia dibujó surcos sobre su rostro.

—¡Adam! ¡Adam! ¡Adam! —tronó—. ¿Cómo osas desafiar a tu rey? Hoy te mataré con mis propias manos, igual que hice con...

Por un instante, una grieta cruzó su expresión. El nombre atravesó su mente como una herida abierta. No era culpa, no del todo. Era justicia, se repetía. Lo que cualquier rey haría para cortar la podredumbre antes de que infectara todo el cuerpo.

Y aun así, el eco de aquella noche ardía como hierro al rojo en su pecho.

No podía olvidarla.

No debía.

Se aferró a esa certeza como un condenado a su última oración y dejó que la furia lo consumiera.

—¡Hoy extinguiré a los traidores de Akharta! —bramó—. ¡Terminaré lo que debí hacer aquel día!

Alzó el brazo.

—¡Arqueros! ¡Pedernal y fuego!

Miles de cuerdas se tensaron al unísono. Un sonido seco, cruel, que recorrió la muralla como una orden imposible de desobedecer.

Después, el silbido.

La noche se oscureció aún más.

Una nube de flechas surcó el cielo como una legión hambrienta. Durante un segundo eterno, parecieron perseidas cayendo del cielo: un firmamento invertido precipitándose sobre los hombres de Adam.

Y la luz de Ilíun se apagó.