Sinopsis
El apocalipsis no tuvo la decencia de esperar a que nos graduáramos; nos emboscó entre el olor a libros viejos y la rigidez de nuestros uniformes planchados. Allí estábamos nosotros: siete piezas rotas de un rompecabezas que la Tierra, en su último aliento, decidió llamar ‘esperanza’. Éramos un error estadístico con pulso, una broma suicida en un mundo que ya no sabía reír. Mientras el cielo se descosía sobre nuestras cabezas, el tic-tac de ese reloj se convirtió en el único ritmo de nuestra sangre, una cuenta regresiva que nos recordaba que el tiempo no solo pasa... el tiempo devora. Pero entonces, la desesperación alcanzó su punto de quiebre.
Y entonces, el fuego dejó de quemar para convertirse en un telón. Él caminó hacia nosotros como si el fin de los tiempos fuera solo un paisaje olvidado. Su presencia no traía paz, traía un peso absoluto que nos hundía los hombros. Al llegar al centro, el mundo se quedó en blanco. Lo miramos fijamente, buscando una señal, un rastro de odio o de piedad, pero en su rostro no se distinguía ninguna emoción. Era un vacío absoluto, una máscara de mármol en medio del apocalipsis.
Nadie podía reaccionar. El miedo nos había dejado clavados al suelo, con las palabras muriendo en nuestras gargantas, sin saber si aquel ser era nuestra salvación o el verdugo final. No sabíamos qué haría, y esa incertidumbre era más dolorosa que el mismo fin del mundo.
Desde ahí, todo quedó en un suspenso eterno... hasta que el reloj dio su último golpe.
En ese instante, la realidad se rasgó. Ya no importaba a qué bando pertenecíamos ni cuántas veces nos habíamos equivocado. El tiempo dejó de ser una cuenta regresiva para convertirse en un estallido de luz blanca que lo devoró todo. No vimos cómo ardía el mundo; vimos cómo renacía de sus cenizas bajo el mando de manos que, por fin, habían dejado de temblar. El tic-tac se detuvo, y en su lugar, comenzó el primer latido de una nueva eternidad.