LA GÁRGOLA DE CORINTO
Tras siglos de inmisericorde pensamiento, una gárgola se dispuso a explorar el mar. Recorrió en plena noche el Templo de Apolo, evitando que las quimeras lo siguieran con la mirada. Fuera, en Corinto, se ocultó en las pedregosas paredes de las casas, hasta llegar a la costa. Una vez en la orilla, miró al horizonte, buscando en el mar Egeo un significado para su existencia.
El amanecer trajo consigo un barco cargado de perlas, zafiros, esmeraldas… Un impulso incitó a la gárgola a seguir el barco hasta el puerto de Céncreas. Escultores, joyeros y artesanos esperaban impacientes la llegada del barco. Uno de los escultores, irritado por la demora, recriminaba a los comerciantes —Habéis tardado demasiado. Si esto se repite, el rey Periandro os cortará la cabeza.
Uno de los mozos cargó los materiales hasta la galería del escultor. Quiso la gárgola curiosear entre los bustos, y de entre tantos semejantes encontró en Píramo y Tisbe el amor que a él le faltaba.
El escultor ató una tela húmeda sobre su boca, cubrió sus manos con guantes de cuero, y destapó tras un velo una enorme gema carmesí. Su trabajo prosiguió bañando el bloque en aceite de oliva. Pronto empuñó su cincel de bronce y, ayudándose de un martillo de madera, dio forma al rostro de una ninfa.
La gárgola, obnubilada por aquellos labios de aparente rubí, sintió una inquietud que trastocaba a todos sus sentidos. Sin embargo, hipnotizado por estas pasiones, dejó de percatarse de la presencia del escultor, y sin dudarlo habló.
—¡Hermosa ninfa de rubí!¿Cuántos años has velado por un triste pensamiento?
Extendió una de sus garras y trató de secar una lágrima tallada en sus pómulos. El escultor, horrorizado, advirtió la presencia de la gárgola —¡Atrás, monstruo! ¡No es rubí, sino cinabrio! ¡Si la tocas morirás!
La gárgola se detuvo ante la sentencia del escultor —¿Trabajáis con ese riesgo?
—Prefiero morir intoxicado a ejecutado por nuestro rey. Y te aseguro, gárgola inmunda, que será lo que ocurra si no termino en cinco días.
La gárgola se lamentó de su destino, en cinco días no la volvería a ver —Parece que has tenido un imprevisto y no terminarás a tiempo ¿Si te ayudará, joven escultor, aceptarías mi presencia durante estos últimos días?
—¿Y por qué me ayudaría una bestia como tú?
—No lo hago por ti, humano. Si no por ella. Sé cómo se siente estar incompleto.
El escultor aceptó a regañadientes, sabía que incluso el artista más experimentado necesitaría de un milagro para cumplir el plazo.
Para su sorpresa, la gárgola mostró una técnica tan avezada como la suya. Durante el día, el escultor cincelaba los cabellos de la ninfa, y durante la noche la gárgola pulía los detalles más ínfimos de su rostro.
Llegó la última noche y el escultor quiso despedirse de su obra. Entró en la galería y encontró a la gárgola alicaída. La ninfa resplandecía como ninguna otra gema.
—Está perfecta —dijo el escultor, quien todavía no había percibido que la gárgola sostenía un trozo de cinabrio sobre sus manos.
—Perfecta, pero incompleta, humano; por mi culpa nunca repondremos su corazón.
—No te preocupes, al rey no le importará un pequeño escollo, hemos creado una figura que recordará por el resto de sus días.
Sin embargo, las palabras del escultor no sirvieron de consuelo. Jamás podría enmendar su error, jamás la volvería a ver —Necesito pedirte un favor humano. Durante estas noches he conversado plácidamente con el amor de mi vida, pero su eco me imploraba que la liberase de la prisión de su cuerpo.
—Si lo que pides es que no la entregue sabes que no puedo.
—Lo sé, no es eso lo que te pido. El alma de toda gárgola se encuentra unida a su núcleo, es decir, el corazón de la misma. Sin embargo, he cometido un terrible error y he despojado a mi amada de esta. Pero todavía hay una manera de salvarla. Escultor, necesito que grabes el cinabrio en mi núcleo.
—¿Lo has pensado bien? Si lo hago el cinabrio te matará.
—He pensado toda mi vida hasta hartarme, lo único que deseo es seguir sintiendo este amor, aunque ello signifique mi muerte.
Grabó así el escultor el corazón de cinabrio en la gárgola, quién se resquebrajó hasta que el cinabrio se impregnase en cada una de sus grietas, y allí donde se hallaba la piedra, ahora relucía un resplandor carmesí.