EL CHISTE DE RAMSÉS II
Esta no es la historia de una guerra, ni tampoco la de una especie intergaláctica de las que atormenta a nuestra sociedad de hoy día, si no la de una búsqueda de una legumbre legendaria perdida en los anales de la historia. Erase una vez que se era, y mil años antaños fueran, un fugitivo de la justicia intergaláctica trató de esconderse de los temibles marcianos, conocidos como los “piel de roca”, en nuestro planeta Tierra.
Estos marcianos gobernaban, no solo en Marte, si no en varios planetas de la Vía Láctea. Eran los emperadores del sistema solar, e incluso esclavizaron durante sus vacaciones a gran parte de la población egipcia. Les gustaba divertirse azotando a los humanos y reptilianos que convivían pacíficamente en las orillas del Nilo.
Los “piel de roca” eran felices en las cálidas tierras de Egipto, donde podían relajarse y observar a los cocodrilos comerse a sus esclavos favoritos. Sin embargo, el faraón Ramsés II, junto a sus escribas, conspiraba contra su liderazgo.
—¡Escribas! Coged martillo y cincel, os voy a dictar un jeroglífico, —y el jeroglífico dictó así: “el faraón es grande, el faraón es hermoso, el faraón es magnánimo, el faraón es v…”; pero antes de que uno de sus escribas se dignase a preguntar sobre la forma adecuada de escribir la palabra “V”, los reptilianos irrumpieron en palacio alertados por la llegada de un ente que se escondía tras una mística capa que imitaba los colores de Júpiter.
—¡Alabado sea Ra! —dijo uno de los escribas, pero el faraón le cacheteó ante semejante ofensa.
—¡No mentes así a los dioses, bellaco! ¡Sabes que soy fan de Obelix!
—¡Pero señor, Obelix es solo una de esas cartas de papiro que entretienen a los niños!
—Por eso mismo. Obelix no pide sacrificios y entretiene a esos salvajes. ¡Qué más quieres, escriba! ¡Anda calla! Deja que hablen nuestros invitados —se dirigió al cabecilla, apodado entre los suyos como el Constriñido—. ¿A cuántos esclavos habéis azotado hoy? Ya sabéis que a los “piel de roca” les encanta.
—Los suficientes para que no molesten a los de nuestra especie —dijo Aleph Boa, el Constriñido—. ¿Cuántos meses más harán falta para terminar la pirámide? He oído que algunos están tan desquiciados que les cortan el prepucio a sus hijos.
—Eso depende de la velocidad de vuestros azotes. Los piel de roca se empiezan a cansar de vuestro mandato. Creen que sois demasiado…benevolentes.
—¿Cómo osan?
—¿Acaso no tienen razón? Unos cuántos prepucios cortados y vos os asustáis. Si hubieseis visto lo que yo sabríais que dentro de muchos años recibirán castigos peores. Nuestros azotes les protegen de sí mismos. Si tan sólo escapasen de Egipto quién sabe lo que pasaría con esos pobres herejes.
—Tiene usted razón, faraón, pero temo que no cumplan los plazos establecidos. Los ánimos están caldeados.
—Si esto sigue así la Tregua con los “piel de roca” terminará, no estamos lo suficiente preparados ¿Alguna idea sobre cómo hacer que trabajen más?
—Tal vez si les damos un poco de agua, podrían… —dijo uno de sus escribas
—Anda, no digas sandeces, que tenemos que terminar pronto. Ya tienen de sobra en el Nilo. ¿Cómo van nuestras cosechas? ¿Qué habrá mañana para comer?
—Cebada mi señor —dijo Aleph Boa, el Constriñido
—¡¿Cebada?! ¡¿Esa bazofia?! La última vez que la comí enfermé por tres días, decidme que no usáis esa mierda para alimentar a mis cerdos y mis esclavos.
—Apenas hemos podido recolectar algunos dátiles, y usted mismo dijo que estaba cansado de comer siempre lentejas. Tras la sequía de este año, lo más apropiado es la cebada.
—Tenemos un problema culinario entonces —El faraón se mostró pensativo ante sus siervos—. Escribas, os voy a dictar un jeroglífico
—¿Continuamos en la palabra “V”?
—Dejad eso de momento. Redactaremos una convocatoria: “Estimados ciudadanos, vuestro amado faraón anuncia, a modo de conmemoración por la coronación del difunto Seti I, el aclamado concurso Ernunet, de carácter gastronómico que garantizará el ascenso en la escala social a los premiados. Los habitantes de cualquier rango podrán participar, siempre y cuando se haya procedido con anterioridad al conteo de su ganado.
El presente certamen consistirá en elaborar un plato que eleve las cualidades culinarias de nuestra amada patria. Advertencia: Todos los platos serán catados por un profesional cualificado. Aquellos que ofendan o atenten contra el paladar del faraón serán castigados con la muerte por cocodrilo.
El premio será el consecuente ascenso social y económico”
—Disculpe mi faraón, pero podría deletrearme “ascenso social”, es que es mi primer día.
—Dígame su nombre, querido escriba.
—Ser Kai Amón, el cornudo mi señor.
—Bien Ser Kai Amón, no se preocupe, es un término enrevesado y desconocido para la gran mayoría. Se lo deletrearé. Escúcheme atentamente: “Hombre” “Esfinge” “Águila” “Pato”; “Cocodrilo” “Cordón” “Cordón” “Delfín” —El faraón miró el papiro del escriba novato —Tiene usted una letra espantosa Ser Kai Amón, salvo por el pato. ¿Por cierto como está su mujer?
—Lamento importunaros faraón, pero debemos resolver este asunto lo antes posible— dijo Aleph Boa mientras la piel escamosa de su garganta palpitaba ante el estrés acumulado.
— De acuerdo, pero deja de hacer eso ante mi presencia, por favor, que da grima. Ser kai, llama al eunuco real para que compruebe las faltas de ortografía. Si tienes cualquier duda él te la puede resolver. ¡Ah! Y procura no hacer mucho caso a esos viejitos, su escritura es demasiado arcaica y rimbombante.
El escriba anotó en su diario la orden del faraón. Además dibujó otro pato. Una vez se retiró, Ramsés II y Aleph debatieron sobre el devenir del país. Después jugaron a las damas en una intrincada partida. Aleph, derrotado, aplaudió al faraón, y como ya eran las cuatro de la madrugada, se marchó a su casa.
Ramsés II abandonó la sala de los escribas, y entró en el mausoleo dedicado a su hermano Thutmose, a quién tras años de su desaparición habían dado por muerto. En su epitafio ponía: “Tragado por las arenas”; aunque quizá hubieran sido los cocodrilos.
— ¿Qué habrías hecho tú, Thutmose? —se preguntaba mientras revisaba el pictograma dedicado a los “piel de roca” —Justo te fuiste después de haber matado a ese infiltrado reptiliano. Eras el mejor. Daba gusto verte azotando a los esclavos. ¡Maldita sea!
Tres noches pasaron hasta que sus dudas lo azotaron con la suficiente fuerza como para dignarse a visitar a la diosa Bastet, Los pulcros pies del faraón pisaron las losas de un templo que, al instante de su entrada, se mostró abarrotado por una gatería.
— ¿Cuál será la verdadera? —se preguntó Ramsés II.
Una gata del color de la noche se abalanzó sobre el cuello del faraón, quien temió su zarpa afilada. Asustado, arrojó a la gata contra las columnas del templo. El pelaje gatuno se deformaba ante el dolor causado.
— ¡Bastardo! Tú, maldito hereje ¿Cómo osas atacar a tu diosa? —increpó Bastet mientras su piel se deformaba mostrando su verdadera naturaleza.
—A mí no me engañas asquerosa reptiliana, tú no eres la diosa Bastet —dijo mientras agarraba su látigo para azotar a ese híbrido entre serpiente y gato.
—¿Y qué harás Ramsesito? ¿Me comerán los cocodrilos? Escaparé y te mataré antes de que esclavices a más gente.
El faraón azotó con maestría a la falsa diosa. La gata gimió de dolor. La azotó tantas veces que las cicatrices tenían forma de un ovillo de lana. Por primera vez, la falsa diosa sintió pánico —¡No!¡Por favor! ¡No me mates Ramsés!
Pero, henchido de furia, Ramsés II se dispuso a dar el latigazo final.
—¡Atrás faraón! —gritó Aleph Boa, el Constriñido, quien llegó al templo junto a un batallón de Medjays— ¡Es una traidora! ¡Una fugitiva reptiliana de armas tomar! Sin embargo… ha puesto muchos huevos, los necesitaremos para la guerra.
—¿Huevos dices? ¿Cuántos? ¿Son comestibles?
—Doscientos setenta y seis la última semana, faraón; la mayoría sin incubar. Los piel de roca pagan sobradamente por ellos
—¿Y de entre esos doscientos setenta y tantos huevos cada cuánto se engendra una hembra de tu especie?
—Cada hembra engendra una de su mismo género cada dos o tres décadas. En el Imperio apenas hay cuatro o cinco hembras de nuestra especie. Algunos nacemos hermafroditas, pero ninguno podría poner semejante cantidad de huevos.
El faraón reflexionó sobre la utilidad de los huevos. Se preguntó por qué nunca había probado una tortilla. Comprendió que si la quería pronto, debía mantener a la gata con vida.
—Has tenido suerte, tirana. Pero no creas que te librarás, hija de puta. En estas tierras hay destinos peores que los cocodrilos.
Los Medjays apresaron a la reptiliana. El faraón miró a Aleph, y tras observar más allá de su oblicua mirada supo que podía llamarlo amigo.
—¡Aleph!¡Amigo mío! ¡Ordena quemar este antro!
—Señor, pero… ¿Y los gatitos? No podemos dejarles sin un hogar.
—Tienes razón, mi querido amigo, todos los gatitos merecen un hogar.