Doctor perfecto - KookV (2)

Summary

Un jefe, su ayudante, una tormenta de nieve y una sola cama. ¿Qué más podría salir mal? Lo llaman Doctor Perfecto. Yo lo llamo Doctor Distante, Doctor Arrogante, Doctor Si-vas-a-despedirmehazlo-de-una-vez. Si tuviera otra opción, presentaría mi dimisión, pero por desgracia para mí, necesito el trabajo. Así que decidí aprovechar la oportunidad de impresionarle entregándole en persona unos documentos importantes.

Genre
Erotica
Author
Annie
Status
Complete
Chapters
37
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1


Taehyung


Me cierro bien el abrigo para intentar evitar que la niebla se me cuele por el cuello y me acerco a una enorme puerta negra en Wimpole Street. Me siento como si fuera el candidato a ser la primera víctima de una película de terror, la que prepara el escenario para que se desate el verdadero pánico sobre la protagonista femenina, que es lo que de verdad interesa al público.

Temblando, tomo nota mental para buscar algo de Reese Witherspoon o Sandra Bullock que ver en cuanto llegue a casa. Tengo que dejar ya las adaptaciones que Netflix hace de los libros de Harlan Coben.

Saco el móvil y busco el último correo que me ha enviado el que va a ser mi nuevo jefe, el doctor Jeon Jungkook. Siguiendo sus precisas instrucciones, pulso el telefonillo etiquetado con el nombre del doctor Williams.

Se oye el sonido del timbre en el interior, pero no responde nadie.

—¡¿Hola?! —grito.

Cuando oigo el familiar sonido del desbloqueo de la cerradura, se me acelera el corazón. Intento canalizar vibraciones parecidas a las de Sandra Bullock en La proposición y bloquear las de tipo Sandra Bullock en La red.

Respiro hondo y empujo la puerta para abrirla.

Es solo niebla.

No es más amenazadora que la lluvia. No significa nada. Esto solo puede acabar con mi asesinato, no es para tanto.

El parquet del pasillo está desgastado, aunque probablemente era bonito cuando lo instalaron, y podría volver a serlo si alguien se esforzara en adecentarlo un poco. Entro, dejo que la puerta se cierre a mi espalda y no intento amortiguar el ruido de mis tacones al subir las escaleras hasta el primer piso. Mi trabajo consiste en sentarme tras un escritorio en la sala de espera de una clínica privada, atender el teléfono, concertar citas, registrar nuevos casos, mecanografiar lo que se me dicte y realizar cualquier otra tarea administrativa necesaria para apoyar a un médico que atiende a sus pacientes dos días a la semana en su clínica privada. Ha sido el único puesto con un sueldo superior al salario mínimo, y dado que mi experiencia se limita a gestionar la carrera de Shane, agradezco cualquier trabajo.

Según los cálculos meticulosos que he llevado a cabo, con este sueldo conseguiré ahorrar lo que me hace falta en solo diecinueve meses, y eso lo convierte en un empleo que no quiero perder. No me importa lo que me pidan. Hace un par de semanas vi, pegado a una farola, un folleto que ofrecía trabajo a tiempo parcial. Como añadían en letras mayúsculas en negrita que el sueldo era excelente, apunté el número. Después de colgar, entendí que sí tengo líneas rojas, y mi límite está en colaborar con el tráfico de drogas. Pero si se trata de una tarea legal y bien pagada, estoy dispuesto a hacerla sin rechistar.

Como explica mi jefe en el correo, en la segunda puerta del pasillo, cerca del final de las escaleras, hay un cartel transparente de material acrílico en el que se lee «Doctor Jeon» en negrita y «Especialista en Medicina Interna» en versalitas más pequeñas. Suspiro aliviado y relajo los hombros al entender que me encuentro en el lugar correcto.

No conozco a mi jefe personalmente, solo he hablado con él por teléfono, pero en la agencia me aseguraron que era normal presentarse a un puesto temporal sin pasar ningún tipo de entrevista cara a cara. Aunque el doctor Jeon haya mencionado que el trabajo puede convertirse en permanente, solo lo preciso durante diecinueve meses; veintiuno como máximo, considerando algunos gastos imprevistos. Si he hecho bien las cuentas —⁠y así ha sido, porque es lo único a lo que me he dedicado desde que conseguí este trabajo el lunes⁠—, cobrar este sueldo durante diecinueve meses significará que habré ahorrado ya el dinero suficiente para seguir con mi vida.

Hace diez años tomé la terrible decisión de dejar la universidad para dirigir a tiempo completo la floreciente carrera como speedway de mi exnovio, aunque en realidad no tengo ninguna cualificación específica para ello, y mi experiencia laboral, al parecer, no cuenta mucho. Existen un montón de peculiaridades intangibles y difíciles de explicar en el hecho de «dirigir» a alguien, algo que descubrí cuando me puse a redactar el currículum por primera vez. Y además, por supuesto, no dispongo de referencias porque mi anterior jefe es también mi ex, y preferiría quedarme desnudo, a horcajadas sobre un caballete publicitario, en medio de Oxford Circus, antes que pedirle nada.

Bloqueo el pasado en mi mente y abro la puerta de la consulta. En el último correo el doctor Jeon me comentaba que aparecerá sobre las diez y que me vaya «acomodando».

La estancia es luminosa, lo que me pilla por sorpresa. Tal vez porque he llegado atravesando una niebla espesa, me esperaba un espacio sin ventanas, vacío salvo por una camilla desvencijada y una bandeja llena de bisturíes. Sin embargo, parece que he salido de la película de terror y me encuentro en una sala de espera anodina. Da a la fachada de una casa de estilo georgiano, y tiene tres grandes ventanas de guillotina que dan a la calle. No es una sala enorme —⁠es evidente que la planta se ha dividido entre diferentes consultas médicas⁠—, y la pared situada en el centro hace que las ocho sillas y el escritorio reduzcan el espacio y parezca un poco estrecho. Nunca había estado en la consulta de un médico privado, pero esperaba que fuera un poco más… elegante y glamurosa. Me quito el bolso del hombro y lo dejo sobre el escritorio, pero no me quito el abrigo; hace frío. Examino el radiador de estilo victoriano que hay bajo la ventana en busca de una rosca. Cuando la giro, empiezan a producirse algunos sonidos. Lo tomo como la señal de que se está calentando. Luego repito el proceso en el radiador de detrás del que supongo que será mi escritorio.

Sigo examinando la estancia. Está claro que la distribución parecería más amplia si hubiera una silla menos y el escritorio estuviera girado hacia la ventana. Será la primera sugerencia que le haga al doctor Jeon cuando llegue.

Veo una mesita con revistas en un rincón, y también una palmera de buen tamaño justo al lado que parece dar sombra a Country Living y… (empiezo a hojear las revistas) a Vogue Australia; esta última es de noviembre de 2005.

Creo que deberíamos actualizarlas un poco.

Tomo asiento en la silla de detrás del escritorio y giro trescientos sesenta grados. El tiempo que fui la agente de Chen trabajaba desde la cocina, por lo que nunca he dispuesto de una silla de oficina en condiciones. Los cajones del escritorio están vacíos, salvo por una moneda de un penique y un clip. No hay ordenador ni nada. Ni siquiera un bloc de notas, un bolígrafo o un taco de notas adhesivas. Menos mal que llevo en el bolso un cuaderno y un bolígrafo, como siempre. Solo hay algo mejor que una tarta de manzana recién salida del horno, y es un buen artículo de papelería.

Me levanto y me planto delante de la puerta con solo dos pasos. Debe de ser la sala donde el doctor Jeon atiende a sus pacientes, pero está cerrada.

¿Cómo voy a «acomodarme» si no hay nada que hacer? Me acerco a las ventanas, que están bastante sucias. Tal vez haya productos de limpieza en algún sitio.

Salgo del despacho dispuesta a explorar los alrededores. Las demás puertas de esta planta están cerradas y no se oyen ruidos, ni siquiera cuando pego la oreja a la que veo justo enfrente de las escaleras. Sin embargo, alguien me ha dejado entrar; seguro que quien sea sigue en el edificio.

—¡¿Hola?! —grita alguien cuando estoy en la mitad del segundo tramo de escaleras.

—Hola —respondo.

Entonces una mujer de pelo negro y flequillo recto se asoma por la barandilla.

—¿Kim Taehyung?

Sonrío. Alguien me está esperando.

—Sí. Soy el nuevo ayudante del doctor Jeon.

—Ay, sí…, el doctor Jeon. —⁠Y hace un sonido como si estuviera saboreando un trozo de chocolate⁠—. Todavía no lo he visto en la consulta, pero lo he buscado en internet.

¿Por qué no se me ha ocurrido a mí? Seguramente porque me puse a mirar en Google qué hacen las asistentes de los médicos. Por cierto, la descripción del trabajo no es muy específica.

—Sube. El office está aquí arriba.

Desaparece y voy en pos de ella.

Cuando llego al final de la escalera, veo que agita la mano desde la puerta que hay más arriba del rellano.

—Aquí…

Voy hacia allí y la encuentro en una cocina diminuta, donde apenas cabemos las dos. Se ha aplicado un pintalabios rojo tan brillante que yo nunca podría llevarlo, aunque contrasta a la perfección con su pelo negro y su piel blanca como la nieve.

—Soy Jen, y tú eres Taehyung, ¿verdad? Te enseñaré ahora mismo todo este lugar, aunque tampoco es que haya mucho que mostrar. Esta es la primera parada; aquí es donde sucede todo. Sé que parece un armario, pero está bastante insonorizado si cierras la puerta. Cada vez que quieras desahogarte o airearte, ven aquí. Por cierto, no uses los baños bajo ninguna circunstancia. Siempre te encontrarás en ellos a algún paciente. No sé si están al acecho o qué, pero a mí me han pillado muchas veces quejándome del doctor Oh. —⁠Suspira como si deseara poder echar pestes contra su jefe donde quisiera. Jen me cae bien al instante⁠—. Este es el lugar al que debes venir. Además, normalmente te encontrarás con alguna de nosotras y podrás desahogarte. Básicamente compartimos todas las crisis.

Lo dice como si trabajáramos para Elon Musk o algo así. ¿En serio que los médicos pueden ser tan feroces?

—Espero que sea agradable trabajar para el doctor Jeon. No lo conozco…

Levanta la palma de la mano para interrumpirme.

—Es médico. Por lo tanto, será difícil trabajar para él. Es un hecho comprobado. La parte positiva es que solo viene dos días a la semana. Como todos los demás, se creerá Dios, y como tú no tienes el título de Medicina, supondrá que no posees ni dos neuronas. Según mi experiencia, son todos iguales.

—¿Hace mucho que trabajas aquí?

Se encoge de hombros.

—Llevo dos años con el doctor Oh. Antes de eso, estuve con el doctor Jung en Harley Street.

—Esta es la primera consulta privada que pone el doctor Jeon, ¿verdad? —⁠me intereso.

—Sí, es un novato. Lo que significa que es joven. —⁠Me guiña un ojo como si compartiéramos un secreto, pero no es así⁠—. La mayoría empiezan a su edad. Obtienen una plaza fija en la sanidad pública y luego ejercen un par de días en la práctica privada.

—¿Por el dinero? —pregunto.

—Sí, sobre todo, pero a algunos les gusta más el contacto con los pacientes en una consulta que en el hospital, donde deben asistir a mucha más gente en un tiempo limitado. Y se enfrentan a menos trámites administrativos porque nos pagan para que los hagamos nosotras.

—Solo es un empleo temporal —⁠le confieso⁠—. Solo voy a quedarme un tiempo. —⁠Al menos el tiempo que me lleve reunir el dinero suficiente para matricularme en Le Cordon Bleu.

Se encoge de hombros.

—A los médicos se les da tan mal el tema administrativo que o se olvidan de pagarte o se olvidan de despedirte.

El corazón me da un vuelco. ¿Se olvidará el doctor Jeon de pagarme?

—¿Puedo saltarme la primera opción y escoger la segunda?

—Por supuesto.

No me queda más remedio que ser el mejor asistente del mundo, hasta el punto de que el doctor Jeon no pueda trabajar sin mí. Que sienta tal terror ante la idea de que me vaya que, en todo caso, me suba el sueldo. Si pude gestionar la carrera de Shane como speedway, puedo gestionar la agenda de un médico que solo ve pacientes dos días a la semana y conseguir que me pague a tiempo. Nada puede ser más difícil que lograr que Shane hiciera lo que no quería aunque fuera bueno para su carrera, como no llamar «cielo» a todas las mujeres con las que se cruzaba. Por no hablar de ese incidente en Twitter en el que retuiteó un gif de @lasmujeresnodeberíanvotar.

—Gracias por el aviso. Tendré que conseguir que no se olvide de mí.

—Esa es la actitud —dice—. Además, mientras no te tomes su mal humor y sus malos modos como algo personal, te irá genial.

Sonrío.

—Gracias. Acabas de comentar que has buscado al doctor Jeon en internet. ¿Encontraste algo interesante?

—Nada aparte de lo evidente. No ha protagonizado ningún escándalo ni ha sido objeto de ninguna investigación del colegio de médicos. —⁠Abre la puerta⁠—. Vamos, te enseñaré dónde están los baños.

¿Aparte de lo evidente? Debería haberlo buscado yo mismo.

—Bueno, en realidad solo venía a coger papel de cocina y… —⁠Abro los armarios de la cocina uno tras otro hasta dar con un limpiacristales⁠—. Y esto. Las ventanas están un poco sucias. —⁠Tomo nota mental para llevar también un poco de agua para la palmera.

—Hay servicio de limpieza.

—No importa. No estaba haciendo nada y tengo que volverme inolvidable, ¿recuerdas?

Sigo a Jen para salir de la pequeña cocina por el pasillo.

—Tienes un fregadero en la consulta; lo que no hay es cafetera. Es lógico, porque el doctor Jeon está empezando, pero en algún momento comprará una.

Asiento. Puede que al final tenga que gestionar también un pequeño presupuesto.

—El doctor Oh tardó dos años en adquirir una de esas maquinitas, pero por fin la tenemos desde hace un par de meses. A los pacientes les encanta. Les da algo con lo que entretenerse si él se retrasa.

—¿Son frecuentes los retrasos? ¿Es por esperar los resultados de las pruebas o…? —⁠Me detengo al darme cuenta de que no tengo ni idea de si los pacientes esperan los resultados de las pruebas en la consulta o no. ¿Los internistas solicitan análisis de sangre?

—Por supuesto. Ah, y me he encargado de que el doctor Jeon trabaje con TBC, el laboratorio de análisis que hay más allá de Wimpole. Todos los médicos del edificio recurren a ellos. Si los pacientes necesitan hacerse pruebas, debes enviarlos allí.

—Gracias —respondo—. ¿Debería saber algo más? Incluso lo más evidente podría no serlo para mí. —⁠Quería saber qué era tan evidente para ella, tanto sobre el trabajo como sobre el doctor Jeon.

Señala los lavabos cuando llegamos al final de la escalera.

—Ahí los tienes, pero si necesitas algo, estaré por aquí.

Nos detenemos ante la puerta.

—Supongo que no sabes dónde puedo conseguir un ordenador…

Niega con la cabeza.

—Lo siento, no. Quizá el doctor Jeon te mande a comprar uno. Todos son bastante despistados en lo referente a las cosas banales. Sin embargo, todos los médicos con consulta en el edificio disponen de un número de soporte técnico.

Algo que me será útil cuando por fin tenga un ordenador. Tal vez el doctor Jeon es uno de esos tipos anticuados a los que les que le gusta hacerlo todo en papel. Dios, espero que no.

—Vale, bueno, voy a limpiar las ventanas y me pondré al día más tarde.

—Ciao! —Me lanza un beso y yo sonrío, como si fuera algo normal en una casi desconocida.

Vuelvo a la sala de espera y empiezo a limpiar los cristales. No pienso ponerme a reorganizar la sala de espera hasta que conozca al jefe y sepa lo que le gusta y lo que no. No quiero alterar el orden tan pronto. Sin embargo, nadie se quejaría de tener las ventanas limpias.

Llevo una falda negra por la rodilla que me aprieta un poco, pero si me la subo, puedo encaramarme a una de las sillas de la sala de espera para llegar a la parte más alta de las ventanas. Estoy seguro al setenta y ocho por ciento de que ninguno de los peatones que pasean por la calle verá mi ropa interior, sobre todo porque ese porcentaje de paseantes no mirarán hacia arriba.

En ese momento, la puerta de la sala de espera se abre de golpe y, al igual que le ocurrió a mi hermano cuando mi madre lo pilló mirando la sección de lencería de la página web de Next, lanzo un grito y me caigo al suelo.

Lo siguiente que recuerdo es abrir los ojos y ver a un dios griego a mi lado.

—¿Qué está haciendo? —pregunta.

Miro con intensidad la boca más perfecta que he visto nunca. Sus labios son carnosos y del color de las cerezas maduras, y el arco de Cupido tiene picos que provocarían los celos del Everest.

—Creo que me hace falta un boca a boca. —⁠Las palabras salen de mis labios antes de que mi cerebro pueda encajar todas las piezas y me dé cuenta de que seguramente estoy hablando con mi jefe.

—Solo ha estado inconsciente un segundo. Lo que necesita es sentarse.

Definitivamente no es un príncipe azul, porque ni siquiera me ofrece la mano. Me incorporo y la realidad me golpea como un mazo. Tengo la falda casi a la altura de las orejas, increíble. Espero que este hombre sea el doctor Oh, que ha venido a ver cómo va la palmera, y no el jefe nuevo al que intento impresionar. No solo me he caído, sino que también acabo de enseñarle las bragas al Doctor Boca Perfecta.

—Estoy bien —digo.

—¿Qué hacía ahí subido?

—Estaba limpiando las ventanas; están un poco sucias. —⁠Entrecierro los ojos e intento averiguar qué parte de la cabeza me duele.

Frunce el ceño.

—No lo vuelva a hacer. El edificio dispone de servicio de limpieza, igual que un montón de edificios por la zona. Pídale el número a Jen.

De nada. Lo pienso, aunque no lo digo.

Me pongo de pie, y retrocede como si esperara que me abalanzara sobre él. Acabo de poner fin a una relación de diez años, así que, si alguna vez estoy preparado para volver a salir con alguien y para abalanzarme de forma inapropiada sobre un hombre al que acabo de conocer, en especial uno tan atractivo como este, no va a ser hoy. A este tipo solo quiero impresionarlo, no besarlo. O eso creo…

—¿Es usted el doctor Jeon? —⁠Los dos hemos asumido que sabemos quién es el otro, pero una presentación formal tampoco me parece una idea descabellada⁠—. Yo soy Taehyung.

—Le he comprado un portátil. —⁠Señala con la cabeza la caja precintada que hay sobre el escritorio y yo intento concentrarme en lo que dice en lugar de en la barba incipiente que le cubre la mandíbula. Una vez, después de tener una discusión con Shane, me pasé toda la tarde husmeando en Google para investigar sobre la idiosincrasia masculina.

Al parecer, el atractivo de un hombre tiene mucho que ver con su mandíbula. Y lo que provoca que esa parte de su anatomía sea más atractiva es el ángulo gonial o, lo que es lo mismo, el ángulo entre la línea de la rama y la línea mandibular. El doctor Jeon tiene la línea de la rama más larga y el ángulo gonial más agudo que he visto nunca. Y eso lo convierte en un ejemplo andante de esa teoría, porque es guapísimo. Tan guapo que, cuando habla, resulta un poco molesto, porque solo quiero mirarlo a la cara.

—Por el momento, usaremos el calendario de Google para programar las citas.

Trago saliva y miro hacia otro lado, como si su mandíbula no fuera para tanto.

—Vale.

Quiero preguntarle si no debería ir al hospital, dado que hace nueve segundos estaba inconsciente. ¿Puedo tener la certeza de que, como es médico, si corriera peligro, me lo diría? ¿Qué saben los internistas sobre conmociones cerebrales?

—Ah, y no se vaya sin decírmelo. Tengo que observarlo durante unas horas para asegurarme de que no tiene una conmoción.

Antes de que pueda responder, cruza la puerta a su despacho y la cierra.

¿Eso es todo? ¿Nada de establecer expectativas sobre mi papel en la consulta o de decirme cómo va a ser la semana? Y yo estaba tan hipnotizado por su mandíbula que me he olvidado de hacerle las preguntas más básicas.

Ni siquiera sé cuándo llegará el próximo paciente.

Echo los hombros hacia atrás y cambio de actitud. Estoy dispuesto a ignorar las miradas del doctor Jeon y el hecho de que me haya visto las bragas hace pocos minutos, así que atravieso la estancia y llamo a su puerta.

—Adelante —dice.

Este lugar está más desnudo incluso que la sala de espera, solo hay un escritorio y una silla frente a la ventana de estilo georgiano que ocupa una pared, además de una camilla para reconocimientos, un lavabo y un par de armarios. Él ni siquiera tiene una palmera.

—¿Podría decirme cuándo espera a su próximo paciente? —⁠pregunto, centrándome en sus ojos para no ser víctima de nuevo de esa mandíbula hipnótica. Me pilla desprevenido de nuevo, porque sus ojos son muy azules y tienen una intensidad casi melancólica. Malditos sean él y su belleza⁠—. ¿Podríamos sentarnos para repasar algunos temas?

Sale un chillido de su teléfono y me doy cuenta de que lo sostiene en la mano. He interrumpido una conversación. Cierro los puños. Tengo que arreglármelas para arrasar en el trabajo, todo mi futuro depende de eso, y no me está yendo nada bien.

—No tengo pacientes por el momento, se lo comunicaré a su debido tiempo. Sin embargo, podemos repasar cualquier duda que le surja.

Asiento y salgo de su despacho.

Debo recuperarme y elaborar la mejor estrategia para interactuar como un asistente capaz y proactivo, porque la realidad es que tengo un jefe muy atractivo con una actitud brusca.

Quizá pueda sugerirle que se ponga una bolsa de papel en la cabeza mientras hablo con él.




Comenzamos con el segundo libro de Doctors.

Aqui Jungkook es Yoongi en la historia anterior.