Prólogo
Algunos recuerdos no desaparecen.
Se quedan. Rebotan en mi cabeza una y otra vez, como un eco que nunca muere, imposible de callar.
Ocho meses han pasado desde aquel día.Ocho meses de ausencia de mí misma.
No he vuelto a ser yo.
Cada día me miro en el espejo y veo a alguien que todavía está rota, intentando sostenerse, intentando respirar con normalidad, pero con un hilo invisible que me ata a aquel momento.
Recuerdo su cara, aunque no quiero.
Recuerdo cómo sus ojos parecían buscar algo, cómo sus manos se movían con intención, aunque ahora todo eso solo es un fantasma en mi memoria. Recuerdo el frío de la habitación del hospital, el olor a desinfectante mezclado con la fragancia tenue de las flores que alguien había dejado, intentando alegrar el aire que ya estaba cargado de miedo.
La doctora intentó acercarse. Intentó explicarme lo que pasó, pero sus palabras eran como lluvia sobre piedra: rebotaban en mí, sin penetrar.
—Hicimos todo lo que estaba en nuestras manos —repitió, como si eso pudiera reparar lo irreparable—. Lo siento...
No la escuché. Apenas la escuché.
Todo lo demás desapareció. Cada pensamiento razonable se esfumó en cuanto comprendí la verdad.
Lily estaba muerta.
Mi mundo se rompió en ese instante, en un millón de pedazos que todavía no se han juntado. No recuerdo cómo llegué a casa. No recuerdo cómo volví a mi habitación. Solo recuerdo la sensación de vacío que se quedó pegada a mi pecho, como si cada latido fuera un recordatorio de lo que ya no podía arreglar.
Y con esas palabras, todo se quebró. Todo lo que yo creía seguro, todo lo que conocía de mi vida, se derrumbó.
No hay vuelta atrás desde algo así. No hay reparación posible.
Algunas pérdidas no desaparecen. Solo aprendes a convivir con ellas.