Deja de distraerme.
Capitulo único
Advertencia ⚠️; este one shot contiene BDSM, diferencia de tamaño y sexo sin protección.
Miraba mis notas con detenimiento. Nada.
Absolutamente nada.
Las tiré con enojo. Una semana entera sin ninguna noticia interesante. Solo una se repetía una y otra vez: "El héroe de la noche", como yo misma lo había nombrado.
Estaba harta de ver siempre lo mismo. Por su culpa, muchas cosas importantes pasaban desapercibidas.
Suspiré con frustración. Ese imbécil solo hace mi trabajo más difícil.
—¡Ey! —Abrí los ojos con rapidez—. Debes irte a dormir, te ves horrible.
Rodé los ojos.
—Estoy bien. —Me tallé los ojos con fuerza hasta ver estrellas—. Solo necesito encontrar algo…
Bostecé, un bostezo largo que me hizo estremecer.
—Sí, claro. —Miré a mi compañera. Sostenía una taza de café y, cuando notó que la observaba fijamente, la escondió—. No, Eli. No más café y no más insomnio. ¡Vete a casa!
Refunfuñé y me puse de pie con cansancio.
—Está bien…
Agarré mi mochila y, sin cuidado, metí todos los papeles que estaban en la mesa. Mi compañera solo rió un poco y me dio paso a la puerta.
...
Durante el camino a mi departamento, sentía el cuerpo pesado. El cansancio estaba ganando la batalla.
A duras penas llegué al metro y bajé las escaleras.
Me senté en una de las bancas, esperando el siguiente tren. Cabeceaba de vez en cuando, el sueño me vencía. Necesito cafeína en mi cuerpo.
Cerré los ojos un momento. Solo un pequeño descanso…
Un estruendo me despertó de golpe.
Miré a mi alrededor, confundida. Los gritos no tardaron en hacerse presentes. Personas corrían desesperadas. Me levanté de inmediato, sin entender qué pasaba.
Entonces los vi.
Tres hombres grandes sostenían lo que parecían ser armas. Me apresuré a salir del metro al igual que todos.
La gente empujaba a cualquiera a su alrededor en su intento de escapar. Mi mente aún estaba nublada por la falta de sueño, y eso no ayudaba en lo absoluto.
Tropecé al subir las escaleras y sentí un dolor agudo en el tobillo. Caí al suelo. Intenté levantarme, pero mi cuerpo no respondía.
Las personas pasaban a mi lado, algunas incluso me pisaban en su desesperación. No los culpo.
—Mala suerte, ¿no crees, bonita?
La voz me heló la sangre. Apenas tuve tiempo de reaccionar cuando una mano áspera me tomó del cabello y me arrastró de vuelta hacia el metro.
Intenté forcejear, pero era inútil.
—¡Ey, miren esto! —El hombre jaló de mi pelo, levantándome del suelo—. ¿No la reconocen?
—¡Ja! Claro que sí. Es esa periodista.
Mi vista estaba borrosa. Aún así, intenté arañar y patear a mi atacante. Pero no me soltó.
—¿Es la perra que nos delató? —Escuché más risas—. Por su culpa nuestros rostros son conocidos.
—Esto va a ser divertido.
El pánico se apoderó de mí. Pataleé con más fuerza.
—Vaya que es escurridiza. —El hombre me soltó de golpe, haciéndome caer. Mi mochila se rompió en el impacto.
Otro de los criminales la levantó y la revisó sin mucho interés.
—Puros papeles. Esta zorra es una aburrida.
Los tres rieron. Mi vista volvía a la normalidad. Los observé mejor: vestían capuchas, pero sus rostros no me eran familiares.
Tiraron mis cosas al suelo. Me puse de pie como pude, mirándolos con furia.
Uno de ellos sacó un arma.
—Puta estúpida.
Apuntó directo a mi cabeza.
No tuve tiempo de reaccionar antes de que un puñetazo impactara contra su rostro.
Los gritos no se hicieron esperar. Se escucharon disparos, pero uno por uno los criminales fueron cayendo.
Alguien me sujetó de los hombros.
—Llegas tarde… —murmuré, relajando el cuerpo.
—No volverá a pasar.
Su voz era música para mis oídos: grave, con un toque de amabilidad y preocupación.
Me desplomé en sus brazos. Y todo se volvió negro.
...
Desperté con el fuerte olor del alcohol.
Él sostenía un trapo humedecido, con el que al parecer intentaba despertarme.
Me tallé los ojos. Mi cabeza latía de dolor.
—Veo que nunca dejaremos de encontrarnos. —Acomodé mi cabello.
—Esta vez fue diferente.
Su voz era seca y fría. Lo habitual en él.
—Sí, lo sé… —Intenté levantarme, pero mis piernas no respondieron.
—Descansa. Yo te cuido.
Le sostuve la mirada.
Como siempre, se hacía el misterioso. Vestía su armadura negra, esa que casi lo volvía invisible en la noche. Su casco tenía una forma peculiar, con lo que parecían ser orejas de oso.
Y, por supuesto, sus armas.
—Dejé mi mochila en la estación. Debo ir por ella.
Me sujeté de la pared para sostenerme en pie.
—¿En serio? —Su tono sonó molesto—. ¿Quieres volver al metro por una mochila?
—Tiene todo mi trabajo. No dejaré que se pierda.
—¡Por Dios! —Soltó una risa incrédula—. Estoy harto de ti. Siempre tengo que salvarte porque te metes en situaciones peligrosas.
—Entonces deja de seguirme como un acosador.
—Eres una descarada. Solo me estorbas en mi trabajo.
—Opino lo mismo de ti.
Le di la espalda, buscando la forma de bajar.
—No irás. La policía sigue ahí.
—Mucho mejor, así tendré una noticia. Algo bueno salió de esto, ¿no crees?
Silencio.
Lo conocía bien. Normalmente me ignoraría o se iría.
Pero esta vez fue diferente.
Me tomó del brazo y me empujó contra la pared, acorralándome.
Lo miré con fastidio, aunque algo en mi estómago se revolvió.
—Te dije que no. —Su voz sonaba amenazante.
—No te pedí permiso.
Su agarre se tensó.
—No vayas.
Su tono cambió. Ya no era una orden. Sonaba como… una súplica.
Lo miré fijamente.
Nunca antes había actuado así.
Acerqué mi rostro al suyo. Su casco estaba frío al tacto.
—¿Por qué?
Él no respondió.
Siempre había sido distante. Para él, yo solo era un estorbo.
Pero ahora… algo era diferente.
Se apartó de mí y suspiró.
—Estás débil. Te llevaré a tu departamento.
Mi ceja se arqueó ante su actitud.
¿Desde cuándo se preocupaba tanto?
Lo fulminé con la mirada e intenté negarme y salir corriendo, como si eso fuera a servir. Pero lo intentaría de todos modos.
Sin embargo, un pensamiento fugaz hizo que mis cejas se alzaran. Al igual que muchos periodistas en mi área, muchos han intentado descubrir su identidad, ya que apareció de la nada justo cuando los cuatro héroes que derrotaron a Destructor desaparecieron sin previo aviso.
—¿Qué tanto piensas? —me regañó, separándose de mí y dejándome libre—. Camina.
Dudé un momento, pero finalmente comencé a andar junto a él, a paso lento debido al mareo que aún persistía. Sin decir nada, me ayudó y esperó con paciencia.
Extraño.
Me sostuvo con firmeza por la cintura mientras bajábamos las escaleras, y entonces la vi: su famosa motocicleta. Mis ojos brillaron al instante. Era hermosa.
—No babees tanto —bromeó con altanería.
—Quisiera tomarle una foto —murmuré, acercándome para admirarla de cerca. Pasé la mano por su superficie impecable, brillaba de limpia.
—Súbete ya.
Iba a renegar y soltarle algún comentario sarcástico, pero antes de que pudiera hacerlo, ya me había sujetado con facilidad y colocado en la parte trasera de la moto.
—Qué lenta eres —se burló, a lo que respondí mostrándole el dedo medio.
Él se subió al asiento delantero, la moto se movió un poco y, sin previo aviso, arrancó a toda velocidad. Típico. Por el impulso, casi salí despedida de la moto, de no ser por el respaldo del asiento trasero.
—¡Sujétate! —gritó... ¿entre risas? ¿Le divertía que casi me caigo?
Sin apartar la vista del camino, tomó mi muñeca y la jaló hacia su pecho, obligándome a abrazarlo. No me quedó de otra. Si no quería morir, tenía que sujetarme bien.
Fue entonces cuando sentí un bulto a lo largo de su espalda. Me removí un poco, notando su dureza contra mi cuerpo. Era extraño.
Lo ignoré por el momento y me dejé llevar por la sensación del aire golpeando mi rostro, haciendo volar mi cabello. Se sentía relajante, y lo más raro de todo... me sentía segura. A pesar de la velocidad, sabía que él no dejaría que me pasara nada.
En cuestión de minutos llegamos a mi departamento. Se estacionó en un callejón cercano y bajé con cuidado de la motocicleta.
—Bien, muchas gracias por todo —le dije con una sonrisa, tratando de descifrar su expresión bajo el casco, lo cual era imposible.
Un silencio incómodo se instaló entre nosotros. Jugueteé con mis manos por un momento hasta que bajé la mirada a mi blusa. Estaba completamente sucia, y lo peor de todo, rota a la altura del pecho, dejando ver un escote maltrecho.
Bufé.
—Tengo que cambiarme de blusa —murmuré, señalándola.
Él me miró. O al menos eso creí, ya que su cabeza subió y bajó recorriendo mi cuerpo. Un escalofrío me recorrió el estómago.
—¿Quieres pasar? —logré decir, sintiendo que eso era justo lo que esperaba que dijera.
Asintió. No entró por la puerta principal, prefirió subir por la ventana.
Cuando llegué a mi departamento, él ya estaba esperándome en el alféizar. Le abrí sin decir nada, y él entró con la misma naturalidad.
¿Desde cuándo habíamos estado tanto tiempo en silencio? Normalmente nos la pasábamos gritándonos e insultándonos. "Solo estorbas" era su frase favorita. Pero ahora estábamos aquí, en mi departamento, sin decir ni una palabra.
—¿Quieres algo de tomar? —pregunté, mirándolo con seriedad.
Probablemente bajo el casco me veía con incredulidad, porque negó con la cabeza.
—¿Por qué tan callado de repente? —me giré hacia la cocina, decidida a servirle un vaso de agua de todas formas.
Lo dejé sobre la mesa de la sala. Él permanecía en una esquina, de brazos cruzados. Se veía... intimidante.
—¿Por qué tienes un bulto en la espalda? ¿Es una joroba? —pregunté con fingida curiosidad, intentando romper el silencio incómodo.
Después de todo, acababa de dejar entrar a un completo desconocido a mi departamento. Sí, me había salvado la vida un par de veces, pero seguía sin saber nada de él. Nunca había visto su rostro, ni un solo fragmento de su piel. Solo tenía su voz, áspera y casi siempre molesta, como única referencia de quién era.
Y otra pregunta rondaba mi mente. ¿Por qué quería entrar a mi departamento? Si siempre decía que mi presencia le molestaba.
—¿Posiblemente es una joroba? ¿Eso te molesta? —comentó con sarcasmo, apoyándose contra la pared.
La tensión en mis hombros se disipó. Eso era lo que me gustaba de él, su tono molesto y su sarcasmo descarado.
—No, claro que no —respondí con una sonrisa, apoyando mis manos en la mesa—. ¿A ti te molesta? Podría recomendarte unos buenos masajes.
Lo observé detenidamente. Estaba demasiado derecho como para tener una joroba que le recorriera toda la espalda.
—¿Por ti?
Su voz ronca recorrió todo el departamento, retumbando en mis oídos y haciendo que un escalofrío me recorriese la columna.
—¿No ibas a cambiarte? —preguntó de repente, con un tono más relajado.
—¿Por qué? —ladeé la cabeza sin dejar de mirarlo.
Sin decir nada, señaló su pecho con el dedo.
Lo miré confundida, tratando de entender qué quería decir.
—Se te ven las tetas —soltó, con un deje de diversión en la voz.
Tal vez le gustaba lo que veía. O tal vez le resultaba gracioso lo distraída que estaba.
Me tensé de inmediato. No sabía si por la vergüenza de no haberme dado cuenta antes o porque su voz hacía que cada palabra que pronunciaba me causara un extraño estremecimiento.
Abrí la boca en un gesto de sorpresa, luego rápidamente me cubrí con los brazos.
—En un momento regreso —le sonreí con incomodidad y me apresuré a mi habitación.
Antes de cambiarme, me miré en el espejo. Mi rostro estaba rojo como un tomate. Había pasado todo el rato con el pecho prácticamente al descubierto.
Bufé, sintiendo cómo la vergüenza me recorría por completo. Peor aún, recordé cómo había movido mi cuerpo contra su espalda en la moto. Ojalá no lo hubiera notado.
Me quité la blusa y la dejé caer al suelo. Estaba inservible. Me acerqué al clóset y busqué algo no tan escotado, ya que no había dejado nada a la imaginación. Suspiré al tomar una playera negra, pero antes de ponérmela, me senté en la cama, pensativa.
¿Por qué quería entrar a mi departamento?
Esa pregunta no dejaba de rondar mi cabeza. Él siempre era misterioso, alguien que aparecía en la noche para cuidarme la espalda. Pero yo era la única que hablaba.
Una brisa recorrió mi espalda.
Fruncí el ceño y giré hacia la puerta, recordando claramente que la había cerrado.
Ahí estaba él.
Recargado en el marco de la puerta, mirándome.
Abrí los ojos de par en par y me cubrí con los brazos al instante.
—¿Qué haces aquí? Te dije que esperaras en la sala —mi voz tembló ligeramente.- Te dije que esperarás
musité, casi como un susurro, sin saber si quería que lo oyera o si necesitaba decirlo para tratar de poner algo de orden en mi mente.
Lo fulminé con la mirada mientras me aferraba a la playera que aún no me había puesto.
¿Acaso había entrado solo para acosarme? Tal vez debí insistir más en que me dijera algo sobre él antes de permitirle quedarse.
Fruncí el ceño, a punto de gritarle que saliera de mi departamento y que no volviera a dirigirme la palabra, cuando habló con una calma exasperante.
—Tardaste mucho. Creí que te habías desmayado.
Rodé los ojos.
—Bueno, ya es algo tarde. ¿No tienes… gatitos que salvar o algo así? —crucé los brazos, sintiéndome desnuda bajo su mirada.
—Por el momento, no.
—¿Entonces? ¿Por qué sigues aquí? —solté con fastidio.
Su respuesta llegó como un susurro, casi acariciando el aire entre nosotros.
—Por ti.
Mi corazón tamborileó contra mi pecho.
El silencio se hizo espeso, como si el tiempo se hubiera detenido en esa diminuta habitación. Sentí el calor subir por mi cuello, quemándome hasta las mejillas.
Entonces lo escuché moverse. Sus pasos eran lentos, casi calculados.
Me alarmé y retrocedí instintivamente, chocando con la mesa de noche.
—No te acerques —murmuré, aunque mi voz carecía de convicción.
Pero él no se detuvo.
No lo veía bien con la poca luz de la habitación, pero su presencia se sentía envolvente. Dominante. Me quedé sin aire cuando su silueta se inclinó levemente sobre mí.
—Tienes algo aquí —susurró, señalando la clavícula, justo donde el borde roto de mi blusa había dejado una leve marca de suciedad.
Tragué saliva.
Su mano se alzó, apenas rozando mi piel. Un toque ligero, casi inexistente, pero lo suficiente para erizarme la piel.
—¿Siempre hablas tanto cuando estás nerviosa? —su tono era divertido, pero su voz ronca vibró en mi pecho como una descarga eléctrica.
Abrí la boca para responder, pero no encontré las palabras.
Solo a él.
Demasiado cerca.
Demasiado frustrante.
Apreté los puños, sintiendo el calor subir hasta mis orejas.
—No estoy nerviosa —mentí, desviando la mirada.
—Claro que no —murmuró con burla.
El casco ocultaba su expresión, pero podía imaginar la sonrisa que seguramente estaba esbozando. Esa maldita sonrisa que no podía ver, pero que sentía clavada en mi piel.
—Sigues estando sucia —susurró, señalando nuevamente clavícula con un leve movimiento de su mano enguantada.
Fue demasiado.
Demasiado misterio.
Demasiada cercanía sin poder verlo.
Demasiada rabia acumulada.
Sin pensar, me impulsé hacia adelante y tomé su casco con ambas manos.
Lo jalé.
Quise quitárselo.
Quise ver qué demonios escondía debajo.
Pero sus manos fueron más rápidas, sujetando mis muñecas en el aire, atrapándome.
Mi respiración estaba agitada.
La suya, aunque amortiguada por el casco, se sentía igual de alterada.
Por un segundo eterno, ninguno se movió.
Entonces él inclinó la cabeza ligeramente.
No podía verlo.
Pero podía sentirlo.
El calor de su aliento traspasando la rendija del casco.
El espacio entre nosotros volviéndose inexistente.
El deseo latente estallando en un impulso irrefrenable.
Y entonces sucedió.
Él no se quitó el casco.
No hizo falta.
Sus labios —aún cubiertos— presionaron contra los míos con una necesidad abrasadora, sin darle importancia a la barrera de metal entre nosotros.
Fue un beso torpe. Frustrante. Cargado de una tensión insoportable que solo se acrecentó con la imposibilidad de tocarse realmente.
Y, sin embargo, fue suficiente para dejarme sin aliento.
Mis dedos se aferraron a los bordes del casco, casi como si intentara absorber algo de él a través de aquella barrera.
Él gruñó bajo, con esa voz ronca que hacía que mi piel se erizara.
Entonces, como si de repente hubiera tomado conciencia de lo que estaba haciendo, se separó de golpe.
El frío reemplazó el calor de su cuerpo.
La distancia se sintió insoportable.
Pero él no dijo nada.
No se disculpó.
No explicó.
Solo se quedó allí, mirándome desde detrás de su maldita máscara.
Y supe que yo tampoco tenía palabras para lo que acababa de ocurrir.
La respiración de ambos estaba frenética, como si el casi beso anterior nos hubiera chupado toda nuestra energía, dejándonos con la piel ardiendo.
El silencio se alargaba, tenso, como si el aire mismo estuviera esperando algo. Mi corazón seguía acelerado, mi pecho subiendo y bajando con cada respiración. No podía dejar de pensar en él, en lo cerca que estaba.
Necesitaba algo más, algo más tangible para distraerme, algo que me alejara de la confusión que su acto había dejado. Sin pensarlo, desvíe la mirada, enfocándome en algo que me diera el control, aunque fuera solo un poco.
Miraba la blusa rota, esa que había caído al suelo, el hilo desgarrado de ella parecía un reflejo de lo que había sucedido entre nosotros.
Si quería que no descubriera su identidad... Necesitaba algo para cubrirme, algo para esconderme de esta vulnerabilidad.
Me moví con rapidez, casi impulsivamente, y pasé al lado de él.
Mi movimiento brusco pareció sorprenderlo, tal vez pensó que estaba molesta o, peor aún, que estaba arrepentida. Pero no era eso. Era más, mucho más.
Tomé la blusa rota que yacía en el suelo, entrelazando mis dedos alrededor de ella con una firmeza que reflejaba mi ansiedad.
La doblé, haciéndola más pequeña, más manejable, pero a la vez, más significativa en este momento. Sin embargo, no sabía qué hacer con ella, no tenía las palabras exactas para explicarlo.
La levanté lentamente frente a mí, a la altura de mis ojos, y mi mirada se cruzó con la suya por un segundo, buscando en la oscuridad de su casco, algo que me dijera que entendía.
También, alzándola, quería darle a entender que podría ser suya, o tal vez que podíamos usarla juntos. No quería que fuera solo un gesto cualquiera.
- Po... Podríamos usar esto...- murmuré, mi voz temblando de una manera que no pude controlar-. Como... Una venda.
La idea parecía torpe al salir de mis labios, como si, de alguna manera, lo que realmente quería decir no tuviera nada que ver con la venda, sino con un deseo mucho más profundo, más difícil de explicar.
Mi rostro se ruborizó de inmediato, sintiendo como la vergüenza me envolvía. Me sentía expuesta, pero también había algo liberador en ser tan directa, en mostrarle esa pequeña parte de mí que quería estar cerca, incluso si no sabía cómo decirlo.
Vi cómo ladeó la cabeza, pensativo, antes de dar un paso más cerca de mí.
Su mano, tan grande en comparación con la mía, alcanzó ambas extremidades de la blusa.
El roce de sus dedos sobre los míos fue como un choque de electricidad, recorriéndome hasta los huesos. Me estremecí al sentir su contacto, y aunque mi cuerpo intentaba mantenerse firme, por dentro todo estaba a punto de quebrarse.
El silencio entre nosotros ahora era diferente, como si estuviéramos atrapados en un espacio donde todo lo que podíamos hacer era mirarnos, tocar algo frágil, pero real. No me atreví a moverme. Mis ojos se quedaron fijos en la blusa que él sostenía, sin saber si estaba esperando que lo guiara o si simplemente quería que todo se desbordara.
En su silencio, pude leer algo más que curiosidad.
Había algo que no se atrevía a decir, pero que podía sentir.
Un roce más profundo de sus dedos, un suspiro que se escapó sin querer. Era como si estuviéramos más cerca que nunca, pero a la vez tan alejados.
Finalmente, su voz rompió el silencio, baja y suave, casi un susurro.
-¿Estás segura de esto?.
Mi corazón dio un vuelco, y sin saber por qué, asentí ligeramente.
No había necesidad de palabras, porque en ese momento, lo entendíamos. No necesitábamos el mundo, solo el uno al otro, y tal vez, la venda que sosteníamos en nuestras manos era más que solo un gesto.
Era la forma en que ambos estábamos tratando de ocultar la verdad, lo que realmente sentíamos, sin ponerle nombre.
Sin atrevernos a más.
Con delicadeza la coloco en mis ojos dejándome en una oscuridad total, sentí el como la aseguro atrás de mi cabeza haciéndola un nudo.
Unos pequeños segundos en los que al parecer estaba confirmando en qué no veía nada me parecieron eternos.
Escuché un leve movimiento para después escuchar como algo pesado caía al suelo.
Mi estómago sintió mariposas, un cosquilleo demasiado intenso, casi insoportable.
Se había quitado el casco.
Rápidamente me sujetó detrás de mi cuello y me acerco rápidamente a el, besándome pero ahora sintiéndolo.
Sus labios se sintieron suaves y cálidos contra los míos, un toque gentil pero que parecía esconder una intensidad que no podía dejar de percibir.
Mis manos, temblorosas, no sabían dónde ir, pero su contacto firme detrás de mi cuello me hizo perder toda capacidad de pensar.
Su aliento se mezclaba con el mío, un susurro de calor que aceleraba mi pulso.
De pronto, sus labios se apartaron un poco, solo para acercarse de nuevo, esta vez con más fuerza, como si quisiera mostrarme algo que no se podía expresar con palabras.
Un estremecimiento recorrió mi cuerpo, mientras mis labios respondían torpemente al suyo, dejándome guiar por la intensidad de su deseo.
El sabor de su boca era nuevo, pero me atrapaba, y sentí que me perdía en ese momento, en ese beso, sin importar lo que viniera después.
Pronto su intensidad aumentó como si no logrará controlarse, introdujo su lengua dentro de mi boca.
Esta era demasiado calida y algo grande al igual que larga, me dejaba sin aliento recorria cada parte de mi boca sin cansancio.
Pronto me quedé sin aliento y con leves golpes en su hombro pedí que parara, haciéndome caso se espero de mi.
Pronto sentí un vacío pero pude recuperar el aliento.
Nuevamente nuestras respiraciones estaban descontroladas como si aún necesitaramos del otro.
- Ugh... Mierda .- murmuró molesto aún con su respiración entrecortada.
♡♡
Sin previo aviso, me levantó con rapidez, haciéndome sobresaltar.
—¿A... adónde vamos? —pregunté con nerviosismo, intentando recuperar el aliento.
No respondió. Solo me dejó caer con cierta brusquedad sobre la cama. No poder ver nada solo aumentaba mi inquietud.
Escuché el sonido de un cierre, quizás el de su chaqueta, seguido del suave golpe de la tela al caer al suelo. Antes de que pudiera reaccionar, se posicionó entre mis piernas, dejándolas al borde del colchón.
Sus labios comenzaron a recorrer mi cuello con besos pequeños y desesperados, como si temiera dejar de sentirme. Pronto descendieron hasta mis pechos, apenas cubiertos por el sostén.
Un escalofrío me recorrió al sentir su aliento cálido tan cerca. El pánico me golpeó de golpe, y sin pensarlo, lo detuve aferrándome a su hombro.
—E-espera... un poco... —murmuré con la voz temblorosa—. ¿Por qué estamos haciendo esto? Ni siquiera sé tu nombre.
Un largo bufido escapó de sus labios. Temí haberlo molestado, y mis labios temblaron al no saber qué haría.
Lo escuché alejarse y, sin pensarlo, extendí los brazos para alcanzarlo. No quería que se fuera.
Pero en lugar de apartarse, se acercó más. Logré rodearlo por el cuello, y una de sus piernas se subió al colchón, obligándome a sujetarlo con las mías alrededor de su cintura.
Sin querer, lo sentí. Su piel era lisa, sin cabello, y su espalda tenía algo... algo que no podía identificar.
—Si sigues tocándome, tal vez te arrepientas de esto —susurró en mi oído.
Se había colocado a mi altura, su voz gruesa y áspera enviando un escalofrío por todo mi cuerpo. Sin pensar, dejé de explorar su piel.
— Raphael… Y si sigues provocándome, te enseñaré a decirlo como es debido.
Eso fue suficiente para mí, al parecer al ver qué me relajaba nuevamente comenzó dejando un camino de besos ahora desde mi oído hasta mi pecho.
Con rapidez tomo con solo una mano mi cintura levantandome y así lograr desabrochar el sostén.
Sentí el como casi lo arrancaba de mi, por instinto me cubrí ya que sentía pena.
No podía verle el rostro, pero aún así me daba mucha pena y un poco de miedo.
- Eres demasiado hermosa...
Murmuró con su voz ronca, mis mejillas ardieron.
Con delicadeza tomo mis muñecas y las llevo arriba de mi cabeza dejandome al descubierto.
Sentí el aire frío chocar en mis pechos haciéndome estremecer.
Pronto fueron cubiertos por una respiración calida, Raphael comenzó a estimularlos, lamiendo mis pezones y con su mano libre acariciando el otro.
Arquee instintivamente la espalda, un leve gruñido salió de su boca.
Con desesperación comenzó a debutar mi pecho metiéndolo a su boca succionando.
Mientras que en el otro no dejaba de estimularlo pellizcando mi pezón ya duro.
- Mmm....- un leve jadeo escapó de mi, instintivamente mordí mi labio inferior.
- Nah, nena… no te calles ahora. Me encanta cómo suenas cuando te hago sentir así .- susurro aún en mis pechos.
Joder si tan solo lo pudiera verlo. Sería tan jodidamente sexy.
Supongo que sintiendo mi desesperación comenzó a bajar los besos de mis pechos hasta mi ombligo.
Un suspiro se escapó de mi boca casi quedandome sin aliento al sentir como acariciaba mi cintura.
De un movimiento desabrochó mi pantalón y con delicadeza comenzó a bajarlo con cuidado.
De un tirón me quitó ambos zapatos nuevamente aventandolos y por fin quitándome el pantalón.
Quedando solo en bragas para el.
¿Esto es justo? Estoy desnuda ante un hombre desconocido y ni siquiera puedo verlo.
- ¿Por qué no puedo verte? .- murmuré, extendiendo nuevamente los brazos, ahora libres.
Quería sentirlo, verlo, besarle cada rincón de su rostro, agradecerle por salvarme y, de alguna forma, por soportarme.
- No quiero asustarte.- Su voz grave susurró mientras sujetaba mis muñecas.
Para mi sorpresa, las colocó suavemente sobre su rostro, dejándome explorar su piel.
Se sentía extraña, suave, pero al mismo tiempo algo áspera, como si su cuerpo hubiera pasado por más de lo que podía imaginar.
Guié mis manos hacia sus labios, que eran grandes, húmedos, pero con una dureza latente que no pude ignorar.
Bajé lentamente, siguiendo la curva de su cuello, hasta llegar a su pecho, firme, áspero, marcado por cicatrices profundas.
Cuando mis manos llegaron a la zona de su pantalón, él gruñó, como si la acción lo incomodara, pero también la provocara.
—¿Algo en mí se siente humano? .— Gruñó, su tono grave cargado de una mezcla de frustración y algo más.
Mordí mi labio, ansiosa, no sabía que responderle por qué no se sentía así. Era extraño, en su abdomen parecía tener placas duras, algo que no lograba explicar.
- ¿Que eres? .- murmuré ansiosa.
- Ni yo lo se...- ahora su tono se escuchó melancólico, como si creyera que lo rechazaría.
Sin decir nada comencé a intentar quitar su pantalón algo que pareció tomarlo por sorpresa, aunque seguía sin ver nada logré hacerlo.
Hasta me sentí orgullosa de mi misma.
- Tienes manos hábiles .- gruñó.
Tome su pantalón y creo que su boxer y lo baje dejando escapar su pene de lo que parecía una cárcel muy apretada.
Con miedo lo sujete, estaba demasiado caliente, comencé a subir.
Un jadeo escapó de mi boca.
- ¿Por qué es tan grande? .- pregunté con miedo, poco a poco tomaba ritmo masturbandolo.
Pero no podía dejar de pensar en el tamaño, era inhumano.
Pequeños gemidos salían de su boca, al parecer los estaba conteniendo.
Deje de masturbarlo y me inque en la cama separándome de el.
Un gruñido de disgusto salió de su boca, me puse a gatas.
Busque nuevamente su pene para hacer mi cometido pero no lograba encontrarlo.
Una risa ronca inundó la habitación.
- No te burles, tu eres el que me tiene a ciegas .- refunfuñe, reincorporandome.
Su mano me tomo bruscamente del rostro apretando mis mejillas con fuerza.
- No me burló, solo que te vez jodidamente sexy que no logro soportarlo .- gruño .- Abre la boca, Eli.
Un cosquilleo apareció en mi parte baja, su voz me hipnotizaba.
Abrí la boca sacando la lengua.
- Buena chica.
Guío mi cabeza a su miembro, y al parecer con su otra mano lo sostenía ya que lo hacía chocar contra mi mejilla.
- Chupalo.
Ordenó nuevamente, sin renegar comense a lamer su punta sabía algo extraño, un poco dulce pero la textura era rara.
Llene la punta con pequeños besos y luego comenzando a succionar su punta.
-Mierda... Eli...
Antes de que pudiera apartarme para tomar aire, él lo empujó con fuerza hasta el fondo de mi garganta, arrancándome un jadeo ahogado mientras mi cuerpo se tensaba instintivamente.
Cada embestida era más profunda, más brusca, haciéndome soltar fuertes arcadas mientras la saliva resbalaba sin control por mi barbilla, ensuciándolo todo. Mis manos temblaban al aferrarse a sus muslos, sin saber si intentar alejarlo o sostenerme.
Un último movimiento, más intenso que los anteriores, me hizo retroceder de golpe, tosiendo y jadeando con desesperación mientras trataba de recuperar el aliento.
- Aguantastes más de lo que esperaba .- su voz sonaba juguetona .- Deja regresarte el favor.
Sin dejarme musitar una sola palabra, nuevamente me acostó de un empujón leve en mi hombro.
Hizo a un lado mis bragas y comenzó a estimular mi vulva llegando sus dedos de mis fluidos.
- Vaya que estás mojada ¿Te excita no ver nada? ¿O que te trate como yo quiera? .- murmuró con voz ronca.
Tape mi boca al sentir como jugueteaba con mi clítoris, arquee un poco la espalda.
- Ya te dije que no te contenga .- con brusquedad introdujo un dedo en mi vagina comenzando a moverlo en el interior de forma circular.
No aguante más y comencé a jadear y gemir, fue tan inesperado que no logré reaccionar bien.
-Mhp... Raph....- Apenas logré articular palabras.
Era un caos, una mezcla de sensaciones que me hacían perder el aliento. De repente, se detuvo.
Retiró su dedo de mi interior, dejándome con una sensación de vacío y una desesperación abrumadora.
-¿D-dije algo malo? .- Musité con timidez, buscando recuperar mi voz.
- Todo lo contrario...
Sostuvo mi pierna, atrayéndome hacia él. La colocó sobre su hombro, mientras con la otra mano abría mi piernas por completo, dándose a sí mismo una vista privilegiada y el acceso total a mi cuerpo.
Senti pena al instante, no me había depilado.
Quería cubrirme pero ya era demasiado tarde.
Sentía su punta en mi entrada, ahogue un grito mordiendo mi labio al sentir como lo introducía lentamente.
Por lo menos teniendo piedad por mi, pero aún así dolía demasiado.
- Raph... Más lento... Duele .- lloriquie, se sentía extraño.
- Tal vez no te prepare lo suficiente.- gruñó .- pero es que maldita sea... escuchar mi nombre salir así de tu boca me ponía al borde de la locura.
Extendí los brazos, indicándole que se acercara. Cuando lo hizo, su movimiento provocó que un pequeño chillido escapara de mis labios.
Comenzamos a besarnos de nuevo, está vez yo guíe el beso, haciéndolo más suave y cálido para apaciguiar el dolor.
Comenzó a acariciar mi cuerpo, mis caderas mis brazos al igual mis piernas.
Sus dedos se sentían callosos pero extrañamente el tacto era suave y tranquilo.
Nos separamos por un momento para recuperar el aliento.
—Sabes… Desde la primera vez que te vi, supe que serías una piedra en mi zapato —comentó con un deje divertido en la voz.
—¿La primera vez? ¿Cuando lo del banco? —pregunté, tratando de recordar.
—No, cuando dejaron a los ladrones en el parque —murmuró mientras apartaba un mechón de mi cabello con suavidad.
Aunque no podía verlo, sabía que intentaba tranquilizarme. Ese gesto, tan inesperadamente tierno, hizo que mi pecho se apretara.
—¿Eras tú? —susurré sorprendida.
—Sí, te recuerdo bien —rió entre dientes, su risa ronca vibrando en el aire—. Cabello esponjado, ropa formal pero cómoda… y lentes. Escribías en tu cuaderno como si tu vida dependiera de ello, y cuando diste la noticia, ni siquiera te trabaste.
Sentí el calor subir a mis mejillas, algo que creí imposible a estas alturas.
—Era mi primera noticia, me lo tomé en serio —sonreí, tratando de controlar mi respiración.
—¿Y por qué dejaste de usar lentes? —murmuró contra mi piel antes de dejar un beso en mi cuello, su aliento cálido causándome un leve escalofrío.
—Empecé a usar lentes de contacto… Mi trabajo me obliga a estar de un lado a otro y los lentes me estorbaban —contesté en voz baja, mordiendo mi labio al sentir cómo sus labios recorrían mi piel.
—Me pareciste interesante desde el principio —susurró sobre mi clavícula, su voz grave haciéndome temblar—. Luego fuiste subiendo de nivel… Atracos, robos, tiroteos… siempre estabas ahí, metida en el peligro.
—Me tomé mi trabajo en serio —respondí con una sonrisa fugaz—. Después de que el Clan del Pie desapareciera, las noticias se volvieron… aburridas.
Él rió contra mi piel, su risa profunda haciéndome estremecer.
—Al principio pensé que solo serías una piedra en mi zapato, alguien a quien siempre tenía que salvar porque se metía en problemas… —Hizo una pausa, demasiado larga.
Sin pensarlo, llevé mi mano a su cabeza y comencé a acariciar su piel áspera. Entonces, sin saber por qué, me incliné y dejé un beso sobre su rostro… o al menos eso creí.
—Pero hoy fue diferente —su voz salió más baja, casi ronca—. Verte ahí, indefensa, y sentir que no llegaría a tiempo… Me llenó de furia, pero también de miedo.
Un cosquilleo recorrió todo mi cuerpo, y mi corazón, que momentos antes había logrado calmarse, volvió a latir con fuerza.
Mis caderas instintivamente se movieron, ya no sentía dolor.
Al sentir eso Raphael comenzó a moverse lentamente, de mi boca salieron jadeos ahogados.
- Eres mía. Desde hoy y para siempre. Y que el infierno se trague a cualquiera que se atreva a tocarte.
Me todo de las muñecas poniéndolas sobre mi cabeza.
Comenzó a moverse más intensamente llenando todo mi interior.
Jadeos, lloriqueos y gemidos salían de mi boca, no paraba de retorcerme era demasiado.
Llegaba a puntos que ni siquiera yo lograría. Con mi mano libre tomo mi espalda baja levantandome un poco haciendo las embestidas más profundas pero lentas.
Me pareció una tortura, las embestidas eran más intentas pero necesitaba más, necesitaba sentirlo más profundo.
- Raph... Más rápido...
Susurré casi en súplica.
- Mierda... Eli...
De un momento para otro comenzó a moverse salvajemente empujando mi interior haciendo que mis entrañas se retorcieran.
Arquee la espalda mientras soltaba pequeños gemidos.
- Joder... Eli... Estás demasiado estrecha...
- Es que ya casi...- Jadee mientras movía mis caderas hacia el .- Raph... no pares.
Se movió frenéticamente soltandome para después sujetar mis caderas, hizo las penetraciones más profundas.
Mi estómago se sentía lleno y mi interior sentía cosquilleo.
- Si sigues apretandome así no aguantaré más...
Las embestidas tomarán un toque más salvaje, siendo rápidas o lentas cosí si nunca quisiera terminar.
Pronto en mi interior se sintió un cosquilleo intenso casi doloroso y solo bastó una última enbestida para correrme.
Mi pecho subía y bajaba, me sentía cansada al igual que sabia que había hecho un desastre.
- Oh preciosa .- murmuró roncamente.
Mientras me giraba colocando mi pierna en su hombro dejándole paso libre.
- Es mi turno .- se inclino sobre mi para susurrarme en el oído, pero ahí se mantuvo logrando embestidas profundas y continuas.
Comenzó a morder el lóbulo de mi oído, un cosquilleo paso por mi cuello.
Pero me era imposible pensar, no paraba de gemir, sus embestidas eran como si quiera volverse uno conmigo.
Rápidas, profundas llegando a ese punto exacto llenándome completamente, nuevamente me iba a correr si seguía así.
- ¿Otra vez? Muñeca vas a hacer que me vuelva loco. Pero ya casi termino.
Susurró, haciendo las embestidas continuas disminuyendo un poco la velocidad.
Unas últimas embestidas fueron mi límite nuevamente haciéndome correr de nuevo.
- Mmhp... Elizabeth....- gimió en mi oído para después sentir en mi estómago una descarga de líquido caliente llenándome por completo.
Ambos caímos a la cama tratando de recuperar el aliento. Mi cuerpo se tenso, el cansancio de no haber dormido ya estaba cobrando factura.
Raphael salió de mi interior, un leve movimiento de la cama me hizo saber que el se acostó a mi lado, me gire a así dirección.
Me rodeo con un brazo acercándome a el. Mi cuerpo se sentía adormilado y el calor ya se estaba llendo.
Rápidamente me cubrió con una cobija.
—Raph… ¿Ya puedo quitarme la venda? —me acomodé entre su brazo, buscando su calor.
—Si lo haces… tal vez te arrepientas de lo que acaba de pasar.
Su voz grave retumbó en la habitación, envolviéndonos en una tensión casi palpable. Me sentía agotada, pero antes de quedarme dormida, quería verlo. Saber cómo era en realidad.
Con algo de esfuerzo, llevé mi mano a la venda y la retiré lentamente.
Sentí cómo el cuerpo de Raphael se tensó en cuanto la tela cayó a un lado. Tragué saliva, parpadeando varias veces hasta que mis ojos se acostumbraron a la penumbra de la habitación.
Me incorporé un poco y giré la cabeza para mirarlo.
Una extraña sensación se instaló en mi pecho, como si algo me oprimiera. Mi respiración se volvió más pausada, mis ojos se abrieron con sorpresa.
No era humano.
Su piel, bajo la tenue luz, parecía verde. Cubría su rostro con una mano, evitando mirarme. Su ceño estaba fruncido, pero no por enojo… era miedo.
Bajé la vista, siguiendo la línea de su cuerpo. El bulto en su espalda… ¿era un caparazón? Su abdomen, firme y marcado, no era piel, sino una especie de plastrón.
Él giró el rostro apenas, preocupado por mi reacción. No sabía qué decir. No sabía cómo reaccionar. Estaba demasiado cansada para pensar con claridad… pero una cosa era segura:
No sentía miedo.
Lo observé por un momento, dejando que mi cerebro procesara lo obvio. Luego, solté aire por la nariz en una pequeña risa.
—Bueno… eso explica muchas cosas.
Raphael me miró con el ceño aún fruncido, pero esta vez parecía más confundido que preocupado.
—¿Eso es todo?
—¿Esperabas que gritara o saliera corriendo? Este es mi departamento —arqueé una ceja, cruzándome de brazos—. Por favor, Raph, ya deberías conocerme.
Sus labios se curvaron en una pequeña sonrisa, apenas perceptible.
Con cuidado, llevé mi mano a la suya y la aparté de su cara. Sus ojos ámbar se encontraron con los míos.
—No me importa cómo luces —dije en voz baja—. Sigues siendo tú.
Besé sus labios con delicadeza. Fue un beso lento, fugaz, pero lleno de ternura.
Luego, me acomodé a su lado y me acurruqué en sus brazos. No importaba cómo se veía… seguía siendo él.
Mi salvador. Mi protector.
—Eres rara —murmuró con una risa baja, acomodándose a mi lado con una sonrisa apenas perceptible.
El calor de su cuerpo me envolvió, y poco a poco, el cansancio comenzó a vencerme.
—Si despiertas antes… no quiero que te vayas. Quédate conmigo —susurré, sintiendo cómo el sueño me arrastraba.
—Está bien.
Eso fue suficiente. Con su respuesta flotando en el aire, cerré los ojos y, antes de darme cuenta, me sumergí en un sueño profundo, segura en sus brazos.