Capítulo 1: El comienzo de todo
Era una mañana soleada. Siempre me gustaba apoyar mi espalda en un árbol tan grande que tenía una forma algo extraña pero bonita. Este árbol tenía unas flores muy hermosas, las cuales eran rosas. En ese momento, andaba dibujando en un librito en donde apuntaba y retrataba todo tipo de cosas. Me gustaba quedarme mirando la belleza de la naturaleza; se veían todo tipo de animales: bisontes, caballos salvajes, ciervos, conejos e incluso coyotes.
En esta época era muy difícil sobrevivir y, algunas veces, resultaba muy cruel. Te podían robar en cualquier momento, incluso en la posición en la que yo estaba, bajo el árbol.
Andaba dibujando una manada de caballos que estaban a lo lejos. Uno era de color blanco con manchas oscuras, y tenía la crin y la cola de color negro con un toque de blanco. Los demás eran de diferentes colores, porque cada caballo es distinto y bello. Había ejemplares cafés, grises y uno de color dorado con su hocico marrón oscuro, casi negro; su crin también era marrón oscuro, al igual que su cola. Era un caballo majestuoso y salvaje, como esta época.
Una vez me contaron una historia de un caballo similar a ese, el cual logró algo tan increíble que resultaba difícil creer que no pudiera ser domado. Ese caballo solo se dejó montar por un nativo que actualmente, gracias a gente como el coronel de esa historia, lo están pasando cada vez peor. Por lo que me enteré a través de mi padre, cada vez tienen más trabas para vivir en paz debido a personas como aquel coronel. Mi padre siempre estuvo defendiendo a los nativos americanos, haciendo todo lo posible para que vivan libres y podamos coexistir en armonía.
Tras finalizar mi dibujo de aquella manada, me dispuse a poner la silla de montar y el bocado a mi caballo andaluz, un ejemplar perlino de color crema con reflejos naranjas y rosados.
-Vamos, Garfield, vamos al campamento-dije después de silbar para que mi caballo avanzara.
Primero iba al paso, para luego, mucho después, pedirle a mi querido corcel que fuera al galope. Después de un largo camino llegamos al campamento, el cual estaba ubicado al lado de un río. A algunos metros se encontraba un pueblo de ganaderos; no era muy grande, pero era bonito, aunque a veces las cosas se ponían graves, ya que podía haber tiroteos o disputas entre ciudadanos y forajidos.
Dejé a mi caballo sin su montura ni su cabezal para que anduviera algo libre, pastando en el campamento. Más tarde, fui a un hueco donde tenía leña para avivar el fuego y luego fui a saludar a mi perro guardián, Kisu. Su raza era lo de menos, pero era un pastor alemán cruzado con husky muy bonito. Se echó encima de mí mientras me daba lametones y yo reía. Después de estar unos minutos con él, acaricié su cabecita y le toqué la barriga. Simplemente me divertía con este hermoso perro al que, en su momento, salvé de la calle cuando buscaba cómo sobrevivir.
-Sabes, Kisu, ¿qué haría sin ti? Eres un buen perro, te quiero muchísimo-le dije mientras volvíamos a jugar con un simple palo.
Me lo traía con una mirada tierna, llena de ilusión y esperanza. En ese intercambio de miradas supe que ese perro sería el compañero que me acompañaría a todos lados, fuera el camino bueno o malo; ese noble animal era más leal que muchos humanos, quienes a menudo son complicados y crueles.
-Vamos, Kisu, a Redwood Verdant. Tenemos que comprar provisiones para hacer algún guiso y más tarde deberíamos ir a cazar algún ciervo o jabalí; no me quiero morir de hambre-le comenté.
Me puse en camino y volví a ensillar a mi querido semental, al cual amaba muchísimo pues lo tenía desde que era pequeño. A Garfield le vi nacer; incluso ayudé a su madre en el parto, que fue algo complicado. Mi padre me pidió ayuda y tuve que intervenir para que el potrillo cambiara de posición y no se complicaran más las cosas. Desde entonces ayudé en su crianza y ahora me acompaña en estas aventuras.
Subí a mi corcel y empecé a andar al paso para luego pasar al trote. Alrededor de doce minutos después llegué al fin a Redwood Verdant. Parecía estar algo silencioso, lo cual era extraño; como dije, normalmente era un lugar donde forajidos y viajeros se reunían, y solía haber tiroteos o duelos. Sin embargo, a pesar de la gente de honor lamentable, también había personas de buen corazón que te ayudaban si tú las ayudabas.
Até mi caballo al poste que estaba a un lado de la entrada de la tienda de suministros. Aunque vendían munición, la tienda se dedicaba más a la comida, tabaco de mascar, licores y medicinas. Yo venía a por verduras: cinco zanahorias, dos cebollas, seis patatas y tres de apio. También agarré algo de cecina y salmón en lata para el camino de vuelta, ya que estos viajes podían ser largos y tediosos.
Me dirigí al tendero para pagar. El salmón valía 2.00$, las zanahorias 2.50$ en total, las patatas 3.90$, el apio 0.45$, las cebollas 1.00$ y la cecina 1.50$. En total gasté 9.35$. Le di la cantidad exacta y salí rápidamente para guardar todo en las alforjas de Garfield. Luego me senté en un banco de madera de nogal frente a la tienda para descansar.
Tras varios minutos sentada, regresé con mi caballo. Mientras lo acariciaba, observé a un grupo de individuos que se dirigía hacia el banco del pueblo donde se resguardaba una gran cantidad de dinero y oro. Algunos vestían trajes elegantes y otros prendas desgastadas; uno de ellos proyectaba una presencia de liderazgo. La atmósfera se cargó de tensión; su aspecto no inspiraba confianza.
En cuanto desmontaron, mi único pensamiento fue esconderme. Sentía un nudo en el estómago y una tensión terrible. Salí huyendo con mi caballo y mi perro como si no hubiera un mañana. Me alejé del pueblo esperando que las cosas se calmaran, pero pronto escuché disparos que interrumpieron la paz. La situación se volvió sombría, como cuando una nube negra cubre un día soleado. Siento que si no hubiese huido, quizás no habría un amanecer más para mí; podrían haberme tomado como rehén para el atraco.
Regresé al campamento y dejé que mi caballo descansara. Al cabo de un tiempo, escuché cascos de caballos acercándose a toda prisa. Eran los hombres de aquella banda. Uno de ellos se me acercó amablemente para pedirme suministros.
-Buenas tardes, quisiera que me dieras unos pocos suministros para mi banda, porque necesitamos comer -dijo.
Me quedé sin palabras, muda por la situación. Eran forajidos que habían venido a mi campamento sin invitación. Si les daba la comida, me quedaría sin nada; si no se la daba, tal vez me matarían. Otro de los hombres, que me pareció un ser repulsivo, intervino.
-Bueno, quítenle todo a esta muchacha, ya que no está diciendo nada. Después la matamos y nos llevamos su caballo -sentenció con desprecio.
Aquel hombre era delgado, de unos 39 años, cabello negro y piel blanca. Llevaba un sombrero blanco y una chaqueta roja con chaleco marrón. Sin embargo, el líder no parecía querer ese destino para mí.
-Thomas, basta. Si esta chica no nos da nada, no importa, porque se nota que está viviendo prácticamente como nosotros. ¿Acaso no ves el campamento? -dijo mientras daba una calada a su puro con serenidad.
Su forma de hablar era inusual. Tenía el cabello castaño y un bigote muy personalizado. Me resultó familiar; creo que lo había visto en los carteles de búsqueda de New Pierre, una ciudad más moderna a la que fui hace unos días.
-¡Luke! Vamos, esta señorita nos va a delatar, tenemos que matarla -insistió Thomas-. Piénsalo, Luke, un solo error y ya nos encontraron los sheriffs una vez. Si esto se pone más grave, nos perseguirán incluso los agentes Ferguson.
El jefe miró a sus hombres y dio la señal de retirada al ver a lo lejos a dos hombres montando caballos robustos. Eran cazarrecompensas. En un abrir y cerrar de ojos, los forajidos desaparecieron sin robar nada. Poco después, los cazarrecompensas se acercaron a preguntarme.
-Discúlpeme, señorita, pero ¿sabe hacia qué dirección se fueron estos hombres?-preguntó uno.
Sacó un papel con la recompensa por la banda entera y otro con el valor de cada miembro individual. Solo por uno de ellos ofrecían 500.00$.