Prólogo
Con la audacia propia de un reptil, el humo se cuela por mi nariz y se expande lentamente a mi alrededor, reclamándolo todo. El oxígeno desaparece. No soy capaz de respirar bien; todo me sabe a óxido caliente y gasolina.
La cabeza me da vueltas. Y me siento perdida dentro de mis propios pensamientos...
¿Dónde estoy?
Me pesan demasiado los párpados como para abrirlos y averiguarlo. Mis extremidades están tan agotadas que ni siquiera intentan moverse.
Con lentitud, comienzo a ser consciente de que el auto está inmóvil, aunque en mi pecho permanece impresa la sensación de estar cayendo en un abismo con cada exhalación.
A lo lejos se escucha algo.
Me esfuerzo por concentrarme...
¿Una voz?
Sí. Alguien grita.
Intento agudizar el oído, pero el dolor se intensifica y me arrepiento de inmediato. Es como estar bajo el agua, donde todo se escucha distorsionado por la presión. Abrir los ojos es imposible. Moverme aunque sea un milímetro, trae consigo un eco de dolor, un quejido agudo y silencioso de mi propio cuerpo.
Un gemido a mi izquierda me taladra la cabeza.
¿Qué hacía hace apenas un momento?
La carretera.
El coche.
Una curva.
No... no, no, no...
Mamá conducía.
Íbamos de regreso a casa.
¿Qué pasó?¿Por qué me duele todo?
Exhalo despacio, intentando encontrarle sentido a esta bruma que amenaza con arrastrarme. Me aferro. Me obligo a permanecer aquí.
Y de pronto, ahí está.
Mi nombre.
Se repite una y otra vez, como un grito apenas audible en la distancia.
Logro identificar la voz, desesperada, rota: Es mamá.
Los recuerdos vuelven a golpes. Precipitados. Dolorosos.
La lluvia se estrella contra la carrocería, la humedad se cuela por mis fosas nasales y solo atino a apretar los ojos con fuerza tratando de despejar mi mente.
Entonces lo siento.
Un dolor punzante en mi pierna derecha.
Algo me aplasta. Me machaca la extremidad.
Abro los ojos de golpe y parpadeo frenéticamente. Parece que pasan mil años antes de que mi visión se aclare.
Y entonces lo veo todo.
El metal retorcido hundiéndose en mi pierna. La sangre escurriendo desde mi sien, caliente, lenta. Las bocanadas de humo saliendo del capo. El olor insoportable a gasolina. Y en el asiento trasero...
El pequeño cuerpo inerte de mi hermanito.
El aire deja de existir dentro de mí.
Mi pecho sube y baja de manera mecánica, pero no entra nada. Inhalo lo más que puedo... y lo escupo de inmediato. Está caliente. Está sucio. Apesta. Me ahoga.
Mis ojos se llenan de lágrimas. No sé si es por el dolor, por el humo... o por el terror absoluto de la escena.
—¿Ari...?
La voz de mi madre suena baja y entrecortada, como si algo le oprimiera el pecho.
—¿Ari? ¿Estás despierta?
Abro la boca para responder, pero no sale nada. Las palabras se me quedan pegadas en la garganta, ahogándome con lentitud.
Muevo apenas la cabeza y logro ver el rostro sucio de mamá. Me mira con ansiedad, con una urgencia que me rompe por dentro. Sé que el tiempo apremia, pero no puedo hablar. Quiero gritarle que estoy aquí, rogarle que se tranquilice y decirle que la amo, que todo saldrá bien. Pero me atraganto con mi propia voz.
Y no hay nada, solo silencio.
Alzo una mano con la intención de tocarla, quizá por última vez.
Su piel se siente fría, paso mis dedos por el nacimiento de su cabello y percibo algo viscoso y caliente, no necesito verla para saber que es sangre; aun así, no retiro la mano, incluso cuando ella hace una mueca de dolor.
—No hay mu... mucho tiempo... —susurra.
Bajo la mirada.
El tronco de un árbol oprime su pecho; pero no necesito mirar demasiado para entender que no solo la aplasta... la atraviesa.
Siento como un sollozo me sacude y el nudo en mi garganta es casi imposible de tragar. Las lágrimas empiezan a amontonarse nuevamente y su rostro se desdibuja tras ellas mientras mi garganta se cierra al comprenderlo todo.
—Necesitas sa-salir... —jadea.
—No... —logro articular a duras penas.
—Prométeme... que cui... cuidarás de la fa-familia...
Su voz se vuelve más lejana. Más ahogada; como si ya se estuviera yendo.
Parpadeo con fuerza para limpiar mis ojos. Necesito verla, porque siento que cada vez está más lejos y no sería capaz de concebir un mundo sin mi madre, sin sus abrazos en la mañana, sin sus consejos, sin sus caricias...
Cuando los abro, los ojos color miel de mi madre me miran fijamente, pero ahí ya no hay nadie.
Abro la boca para gritar su nombre, pero se me queda pegado a la garganta.
Ya no hay nada que hacer.
Los ocres dorados de mi madre se apagan.
Su mirada queda vacía.
Y mientras una última lágrima se desliza por su mejilla, solo soy capaz de susurrar:
—Lo prometo.