Prólogo
Era muy tarde cuando el mundo se quebró y el caos y la anarquía emergieron. Para muchos fue un alivio haber vivido al inicio de la decadencia; la mala suerte fue nuestra, los condenados a cargar con las consecuencias de gobiernos centrados únicamente en su propio beneficio.
Pasaron generaciones. Incontables. Y con cada una, como si se tratara de un susurro, la historia que marcó el inicio de nuestro nuevo estilo de vida se fue deformando, hasta que llegó un punto en el que ya nadie supo cuál era la versión correcta.
Mi hermano —o así lo consideró— siempre ha sido más simple que yo. Me dice que no me agobie con pensamientos tan deprimentes, que agradezca vivir en una nueva era donde la ley que prevalece es la del más fuerte, la del más astuto y la del más audaz. Supongo que es fácil decirlo cuando puedes domar a una serpiente y hacer que cumpla tu voluntad con un simple gesto.
Tal vez por eso lo llamo poético. Porque pasó de ser un don nadie al cabrón más impredecible y astuto que he conocido. Forjó, cimiento tras cimiento, un imperio que funciona dentro de un reino donde goza —parcialmente— del respeto y la protección de la reina, aunque eso signifique ser odiado y temido por muchos.
Puedo discrepar con él en casi todo, pero hay algo innegable: siempre logra salirse con la suya.
Y esta es la historia que vengo a contarte.