《 Mordecai 》
Advertencia: Contenido explícito +18, sexo consensual entre adultos, lenguaje directo.
★~•★~•★~•★~•★~•★~•★•~★
Atrapados en el Ascensor
El Space Tree era un caos organizado esa tarde. La reunión de Fist Pump en el auditorio flotante del nivel 87 había atraído a medio parque y a un montón de aliens con entradas VIP. Mordecai y tú habían conseguido pases gracias a que Benson, en un raro momento de buena onda, les dijo “vayan, pero no hagan nada estúpido”. Obvio que Rigby se había quedado abajo peleando con un guardia por un hot dog radiactivo, así que esta vez eras solo tú acompañando a Mordecai al concierto.
Subieron al Lift Master, el ascensor VIP que tardaba una eternidad pero evitaba la fila de las Space Tubes. Mordecai pulsó el botón del nivel 87 y se apoyó contra la pared de vidrio, mirando cómo el parque se alejaba bajo sus pies, convertido en un punto verde entre nebulosas.
—Esto va a ser épico —dijo, con esa media sonrisa torcida que siempre te aceleraba el pulso—. Hace años que no vemos a Fist Pump juntos.
Tú asentiste, tratando de no mirarlo demasiado. Llevabas una camiseta ajustada de la banda y jeans rotos, el pelo suelto cayéndote sobre los hombros. Habían pasado meses desde que la tensión entre ustedes había empezado a acumularse como estática. Besos robados en el sofá cuando nadie miraba, manos que se quedaban demasiado tiempo en la cintura, miradas que duraban segundos de más. Pero nunca habían cruzado la línea del todo.
Hasta hoy.
El ascensor zumbó suavemente durante los primeros minutos. Mordecai tarareaba “The Power” en voz baja, moviendo la cabeza al ritmo. Tú estabas sentada en el pequeño banco del fondo, con las piernas cruzadas, cuando de repente un estruendo metálico sacudió todo.
El ascensor se detuvo en seco.
Las luces parpadearon. Un silencio pesado cayó.
—¿Qué carajos…? —Mordecai se acercó al panel y apretó el botón de emergencia—. ¿Hola? ¿Alguien? ¡Estamos atrapados!
Silencio absoluto. Ni siquiera el típico “tranquilos, ya vamos” de los técnicos del Space Tree.
Mordecai golpeó el panel una vez más, frustrado.
—Genial. Justo hoy. —Se giró hacia ti, pasándose una mano por la cresta—. Creo que vamos a estar aquí un rato.
Tú te levantaste despacio. El espacio era ridículamente pequeño ahora que estaban parados frente a frente. Podías oler su colonia mezclada con el aroma a soda y palomitas que siempre llevaba encima después de un día en el parque.
—¿Y ahora qué? —preguntaste, con la voz un poco más baja de lo normal.
Él se encogió de hombros, intentando mantener la calma.
—Supongo que… esperamos. O nos volvemos locos. —Sonrió, pero había algo diferente en sus ojos azules. Algo hambriento.
El silencio se estiró. Cinco minutos. Diez. El aire empezó a sentirse más denso, más caliente. Mordecai se quitó la sudadera, quedándose solo con la camiseta negra ajustada que marcaba cada músculo de su pecho y brazos. Tú sentiste un calor subirte por el cuello.
—¿Te molesta si me siento? —preguntó, señalando el banco donde estabas antes.
—No, para nada.
Se sentó a tu lado. Sus muslos se rozaron. Ninguno se movió.
Pasaron otros minutos. Mordecai giró la cabeza hacia ti.
—¿Sabes? —dijo de pronto, voz ronca—. Siempre me pregunté cómo sería… estar realmente a solas contigo. Sin Rigby, sin Benson, sin nadie gritando “¡Mordecai, Rigby!” cada cinco segundos.
Tú tragaste saliva.
—¿Y qué imaginabas?
Él se acercó un poco más. Su rodilla presionó contra la tuya.
—Algo como esto… pero sin el ascensor detenido. —Sus ojos bajaron a tus labios—. Aunque… ahora que lo pienso… esto no está tan mal.
El corazón te latía en los oídos. Lentamente, levantaste una mano y la pusiste en su mejilla, sintiendo la leve aspereza de su piel.
—Mordecai…
No hizo falta decir más.
Se inclinó y te besó. Fue lento al principio, casi tentativo, como si temiera que lo rechazaras. Pero cuando abriste la boca y le devolviste el beso con la misma intensidad, algo se rompió dentro de él.
Sus manos grandes te tomaron por la cintura y te levantaron sin esfuerzo, sentándote a horcajadas sobre su regazo. El banco crujió bajo el peso de ambos. Tú enredaste los dedos en su cabello azul ya con una raices negras, tirando suavemente mientras lo besabas con más urgencia. Él gruñó contra tu boca, un sonido profundo que te hizo apretar los muslos alrededor de sus caderas.
—Joder… ___ —susurró, mordiendo tu labio inferior—. Llevo meses queriendo hacer esto.
Bajó las manos por tu espalda hasta meterlas bajo tu camiseta. Sus palmas eran cálidas, ásperas. Te arqueaste contra él cuando rozó la curva de tus pechos por encima del sostén. Con un movimiento rápido, te quitó la camiseta por la cabeza y la tiró al suelo del ascensor.
—Mírate… —murmuró, recorriendo con la mirada tu cuerpo semidesnudo—. Eres perfecta.
Tú sonreíste, traviesa, y le quitaste la camiseta a él también. Su pecho era firme, marcado por el entrenamiento constante de park maintenance y peleas absurdas. Pasaste las uñas suavemente por su piel, dejando líneas rojas tenues. Él siseó de placer.
Te inclinaste y lamiste una línea desde su clavícula hasta su cuello. Mordecai echó la cabeza hacia atrás, gimiendo bajito.
—No pares… —pidió.
No pensaste hacerlo.
Bajaste las manos hasta el botón de sus jeans. Lo desabrochaste con dedos temblorosos de anticipación. Él levantó las caderas para ayudarte a bajárselos lo suficiente. Su erección saltó libre, dura y caliente contra tu vientre. Era más grande de lo que imaginabas, gruesa, con una gota brillante en la punta.
—Dios… —susurraste, rodeándola con la mano.
Mordecai jadeó, empujando instintivamente contra tu palma.
—___… si sigues así no voy a durar mucho.
—Entonces no duraremos mucho los dos —respondiste, sonriendo contra su boca.
Te levantaste un segundo para quitarte los jeans y la ropa interior. Cuando volviste a sentarte sobre él, tu humedad rozó directamente su longitud. Ambos gimieron al mismo tiempo.
Mordecai te tomó por las caderas, guiándote. La cabeza de su miembro se presionó contra tu entrada. Lentamente, muy lentamente, bajaste sobre él.
La sensación de llenarte fue abrumadora. Centímetro a centímetro, hasta que estuvo completamente dentro. Te quedaste quieta un segundo, adaptándote al grosor, a la presión deliciosa.
—Estás… tan apretada… —gruñó él, con los ojos cerrados y la mandíbula tensa.
Empezaste a moverte. Primero despacio, subiendo y bajando, sintiendo cada vena, cada pulso. Mordecai te siguió el ritmo, empujando hacia arriba con fuerza contenida. El ascensor se sacudía ligeramente con cada embestida, pero a ninguno le importó.
Las manos de él subieron a tus pechos, masajeándolos, pellizcando tus pezones hasta hacerte gemir alto. Tú aceleraste, clavándole las uñas en los hombros.
—Más fuerte… —suplicaste.
Él obedeció.
Te levantó por las caderas y te dejó caer con más fuerza, una y otra vez. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenaba el pequeño espacio. El calor era insoportable. El vidrio del ascensor se empañaba con su respiración agitada.
—Mordecai… voy a… —jadeaste.
—Hazlo —gruñó él, metiendo una mano entre tus cuerpos para frotar tu clítoris con el pulgar en círculos rápidos—. Quiero sentirte venirte alrededor de mí.
Eso fue suficiente.
El orgasmo te golpeó como una ola. Te tensaste alrededor de él, temblando, gritando su nombre mientras las contracciones te atravesaban. Mordecai maldijo en voz baja, aguantando apenas.
—Joder… ___… —susurró, y entonces se vino también.
Te abrazó fuerte contra su pecho mientras se derramaba dentro de ti, pulso tras pulso caliente. Sus caderas se sacudían con espasmos, vaciándose por completo.
Se quedaron así varios minutos. Sudados, jadeantes, pegados el uno al otro. El ascensor seguía sin moverse.
Finalmente, Mordecai rompió el silencio con una risa baja.
—Creo que esto supera el concierto de Fist Pump.
Tú reíste también, apoyando la frente contra la suya.
—Definitivamente.
Lentamente, se separaron. Se vistieron entre besos perezosos y caricias suaves. Justo cuando terminaban de abrocharse los jeans, el ascensor dio un tirón y empezó a subir de nuevo.
Ambos se miraron.
—¿Crees que alguien nos escuchó? —preguntaste, medio horrorizada, medio divertida.
Mordecai sonrió de lado.
—Si nos escucharon… que se jodan. Valía la pena.
Las puertas se abrieron en el nivel 87. La música de Fist Pump retumbaba a lo lejos. Mordecai te tomó de la mano.
—¿Lista para bailar? —preguntó.
Tú entrelazaste los dedos con los suyos.
—Solo si después volvemos a quedarnos atrapados en algún lado.
Él se rio y te besó una última vez antes de salir.
—Trato hecho.
---
Espero que les haya gustado, cualquier otro pedido en los comentarios y no se olviden de votar