El precio de liberar a mamá

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Summary

La trama trata de dos jóvenes adultos que cazan leyendas del folklore en busca de llenar un vacío y liberar una alma encadenada en el plano terrenal

Status
Ongoing
Chapters
9
Rating
n/a
Age Rating
18+

CAPÍTULO 1: ALTA MÉDICA

El tictac del reloj era el único sonido en aquella oficina demasiado blanca.

El doctor ajustó sus anteojos, hojeó unos papeles y luego sonrió.

—Felicidades, Matías. Ya puedes irte —dijo con tono cálido—. Después de tantos años aquí… creo que te lo ganaste.

Matías lo miró desde el otro lado del escritorio.

Sus ojos estaban apagados, pero no vacíos.

Entre sus manos, el gato dorado de decoración movía su pata una y otra vez.

Click. Click. Click.

—Gracias, doctor —respondió al fin, sin emoción, apenas moviendo los labios—. Estoy… feliz de poder irme.

El psiquiatra lo observó un momento más, frunciendo el ceño con una mezcla de preocupación y ternura.

—No te ves tan feliz —dijo al levantarse—. Y es normal, ¿sabés? Volver al mundo después de tanto tiempo… puede ser abrumador.

Se acercó a la ventana. Afuera, la ciudad amanecía en calma. Personas caminando, charlando, riendo en las veredas.

Una realidad tan viva que dolía mirarla desde ese lado del vidrio.

—Eres libre, Matías —continuó el doctor, sin apartar la vista del exterior—. Podrás volver a tu casa, hacer tu vida, encontrar amigos… incluso una pareja.

Su voz se suavizó.

Caminó hacia él y le puso una mano en el hombro.

—Ahora estás mejor. Vas a poder ser feliz. Y no te lo digo solo como tu psiquiatra —añadió con una sonrisa cansada—. Te lo digo como un amigo. Fuiste alguien querido para mí… solo espero que encuentres paz en tu nueva realidad.

El hombre retiró la mano lentamente y se dirigió hacia la puerta.

Giró el picaporte y se volvió una última vez.

—Podés irte, Matías —dijo, con esa amabilidad que dolía—. Podés hacerlo ahora.

Matías se quedó mirando el gato dorado sobre el escritorio.

La pata seguía moviéndose.

Click. Click. Click.

Como un reloj marcando el fin de algo… o el inicio de otra cosa.

Matías se levantó lentamente del asiento. Por un momento, su mirada se cruzó con la del doctor: una mezcla de respeto y gratitud flotaba en el aire. Luego asintió en silencio y caminó hacia la puerta.

—Chao… fue de gran ayuda, doctor. Realmente me ayudó mucho… gracias —dijo con una voz tranquila, casi apagada.

El doctor sonrió y le dio unos pequeños golpes amistosos en la espalda.

—No me agradezcas, Matías. Es mi trabajo después de todo —rió suavemente—. Vamos, ve y disfruta tu joven vida.

Matías lo miró unos segundos, con esa expresión serena y distante que lo había acompañado durante tanto tiempo. Luego giró la cabeza y salió del consultorio. El doctor lo siguió con la mirada hasta que la puerta se cerró.

“Matías… espero que realmente estés bien. Que disfrutes la vida… la vida que realmente te merecés”, pensó en silencio mientras el eco de sus pasos se desvanecía por el pasillo.

Con una mochila al hombro —las pocas pertenencias que las enfermeras le habían devuelto, recuerdos de una vida antes del encierro—, Matías caminó por los pasillos del hospital. Algunos pacientes lo saludaban con gestos amables; otros lo observaban con curiosidad. Él respondía los saludos con una leve inclinación de cabeza, sin alterar su semblante.

Al llegar al portón principal, se detuvo. El viento le golpeó el rostro y movió su cabello desordenado. Levantó la vista hacia el cartel oxidado que colgaba sobre el portón: “Hospital Psiquiátrico Ragone”.

Por un instante, permaneció quieto, mirando esas letras que lo habían definido durante años. Luego, sin pensarlo más, empujó las rejas y dio un paso afuera.

El aire libre le golpeó con fuerza. Matías se quedó quieto, respirando profundo. Entonces, de repente, algo dentro de él se rompió.

—¡¡¡SÍIIIIIIIIII SALÍIIIIIIIII, VAMOS CARAJOOOOOO!!! —gritó con una euforia desbordante, levantando los brazos al cielo y dando saltos sobre la vereda.

Las personas que pasaban se detuvieron, mirándolo con extrañeza.

—¿¡Qué miran, eh!? ¡SOY LIBRE, JAJAJAJAJAJAJA! —vociferó entre risas, agitando la mochila como si fuera un trofeo.

Y sin pensarlo, comenzó a correr calle abajo, cruzando avenidas, esquivando autos que frenaban de golpe mientras seguía gritando a todo pulmón.

El mundo lo miraba raro, pero por primera vez en mucho tiempo, Matías no sentía miedo. Solo libertad.

Matías seguía corriendo cuesta abajo, con una sonrisa desbordante y los brazos abiertos, como si el aire mismo lo abrazara. Saltaba, giraba, reía sin motivo aparente más que el simple hecho de estar vivo.

Hasta que, entre un salto y otro, chocó de lleno con una mujer.

—¡Fijate por dónde vas, pelotudo! —exclamó la chica, con el ceño fruncido mientras se agachaba a recoger su bolso.

—¡Lo siento! A la próxima me fijo, jaja —respondió Matías, aún con esa risa contagiosa, levantando las manos en señal de disculpa antes de seguir corriendo sin mirar atrás.

—Pelotudo… —murmuró ella entre dientes, negando con la cabeza. Su teléfono había caído al suelo, y al recogerlo soltó un suspiro de fastidio.

La calle por la que caminaba era una de esas típicas avenidas de ciudad que nunca dormían. Autos pasando, colectivos llenos, música escapando de un bar abierto en la esquina, y el aroma de pan recién horneado mezclándose con el humo de los escapes. Los murales en las paredes estaban llenos de color y frases que hablaban de amor, lucha y desilusión. Gente caminando apurada, vendedores callejeros ofreciendo medialunas, y algún que otro perro callejero olfateando restos de comida.

Melissa —porque ese era su nombre— subió la pequeña cuesta que llevaba a una esquina donde un cartel color café y letras gastadas decía “Cafi”.

Abrió la puerta de vidrio, y una campanita tintineó, anunciando su llegada.

—¡Melissa! Pensé que no llegarías, jaja. Vamos, ven rápido o te van a dar otra advertencia por llegar tarde —dijo una mujer desde el mostrador, sonriendo con complicidad. Llevaba un delantal beige y una gorrita que combinaba con el logo del local.

—Sí, sí, lo sé… lo siento, Lucía. Un pelotudo chocó conmigo y me retrasó —respondió Melissa, dejando su bolso en la parte trasera mientras se acomodaba el pelo con una mano.

—¿En serio? —preguntó Lucía, levantando una ceja con una risita—. ¿Era lindo al menos?

Melissa bufó mientras abría su casillero y sacaba su uniforme.

—Ni idea, estaba tan molesta que ni lo miré —dijo colocándose el delantal negro alrededor de la cintura y ajustando la gorrita con el logo de Cafi.

Lucía soltó una carcajada.

—Bueno, si vuelve por un café, avísame. Capaz te debía una disculpa.

Melissa solo negó con una sonrisa forzada antes de salir al salón, lista para enfrentar otro día más.

Afuera, sin saberlo, el chico con el que había chocado seguía corriendo, celebrando su libertad…

Y el destino ya había empezado a entrelazarlos.