CAPÍTULO 1 — EL COLAPSO
El silencio eterno del vacío no fue interrumpido por un sonido, sino por una fractura. El tejido de la realidad, esa membrana invisible que separa lo que es de lo que no debería ser, comenzó a quebrarse con la fragilidad del cristal bajo una presión insoportable. No hubo advertencia. En un instante, los universos dejaron de ser islas aisladas para convertirse en proyectiles; las dimensiones colisionaron en un estruendo silencioso que mezcló leyes físicas incompatibles, fundiendo la magia con la ciencia y el caos con el orden.
Desde las alturas de una arquitectura que escapa a la comprensión humana, los ojos de lo divino presenciaban el desastre. No había piedad en sus miradas, solo una curiosidad milenaria. Entre ellos, la figura de Daishinkan destacaba por su inquietante quietud. Mientras las galaxias se astillaban a su alrededor, él mantenía una sonrisa suave, casi compasiva, que no lograba ocultar la frialdad de su decreto.
—No es un torneo… es una prueba de existencia —susurró, y su voz, aunque baja, vibró en el núcleo de cada superviviente.
La gravedad de sus palabras fue recibida con una respuesta estrepitosa. Zeus, sentado sobre un trono que emitía destellos de electricidad estática, soltó una carcajada que resonó como el colapso de una montaña. Para él, la tragedia era la oportunidad definitiva. Apretando el puño sobre su apoyabrazos de oro, su mirada se encendió con el hambre de quien busca un rival a su altura.
—Que el más fuerte gobierne —sentenció el dios del trueno.
El colapso apenas comenzaba.