Capítulo 1
Ella odiaba las matemáticas. Las odiaba con toda su alma. Y aunque todo mundo dice que el álgebra, las raíces cuadradas y todo ese tipo de cosas, no sirven para nada, en su caso, habían transformado por completo su vida.
Parecía una locura, pero las matemáticas la tenían en esa posición: Escondida bajo la cama de su madre, escuchando todo aquel ruido, todo el escándalo que dos cuerpos en llamas pueden hacer. A un lado de la cama, sobre el piso, yacía tirada una almohada y un paquete de preservativos roto. La paciencia de Esmeralda no era una de sus máximas virtudes. Constantemente volteaba a mirar el reloj en su teléfono. Le parecía raro que aquella mujer madura, tuviera tanta energía a la hora de hacer el amor:
- ¡Qué bueno que has traído condones de sabores! – dijo Raquel, la madre de Esmeralda.
- Sabía que te gustarían - dijo el muchacho.
“Esa voz… yo conozco esa voz…”, pensó Esmeralda. Y mientras trataba de reconocer al muchacho, se escuchó un auto estacionándose afuera de su casa:
- ¿Es el auto de tu marido? – dijo el muchacho.
- No lo creo. Se supone que llega hasta mañana. Debe seguir en Monterrey. De volver antes, me hubiera avisado – dijo la mujer.
- ¿Estás segura? – dijo el muchacho, con visible preocupación en su rostro, levantándose de la cama, dejando ver su jovial desnudez y asomándose por la ventana que daba a la calle.
- Sí, estoy segura – dijo la mujer, tomando su teléfono de un buró y revisando la pantalla -. ¡Mierda! Tengo tres llamadas perdidas. Olvidé quitar el vibrador del celular.
- El hombre bajó del auto – dijo el muchacho.
- ¿De qué color es el auto?
- Negro.
- ¡Por una chingada! – dijo la mujer, saltando de la cama, con el cuerpo sin ropa, y yendo a mirar también por la ventana.
Cuando la madre se asomó a la calle, el hombre de afuera la miró y le sonrió; ella correspondió la sonrisa y volvió hasta su cama:
- ¡Rápido, vístete! – le dijo al muchacho.
- ¿Entonces sí es él?
- ¡Claro que es mi esposo! No sé cómo reaccionaría si te encuentra conmigo. No puede hallarte aquí. Tiene un carácter de los mil demonios. Sé que tiene una pistola escondida entre sus cosas, pero no sé en dónde – dijo la mujer, visiblemente desesperada, mientras trataba de hallar el arma en unos cajones.
- ¿Por dónde me voy? – dijo el amante, que ya había terminado de vestirse.
La puerta de entrada de la casa se abrió y se volvió a cerrar. La madre tomó una bata de baño, se cubrió con ella y le dijo al muchacho:
- Voy a bajar con él. Cuando veas la oportunidad, te vas a la recámara de al lado, a la de mi hija, y te quedas allí, hasta que mi esposo vaya a bañarse. Siempre lo hace cuando regresa de un viaje.
- ¡Mi amor, ya llegué! – gritó el esposo desde la planta baja de la casa, en donde buscaba agua en la cocina.
Luego de beber agua en un vaso, el hombre fue hasta la sala y le dijo a su esposa:
- ¡Me estoy muriendo de hambre! ¿Qué comiste hoy?
- ¿Tienes hambre? – dijo la mujer desde afuera de su habitación -. Pues ya verás lo que he preparado para ti. Te tengo un postre muy rico.
La mujer bajó las escaleras, llegó hasta su esposo, a quien empujó con los brazos, haciéndolo caer bruscamente sobre un sofá; se arrodilló frente al hombre, mientras lo veía con lujuria; retiró el cinturón de su pantalón, el cual desabrochó y abrió su cierre; luego metió una mano bajo la ropa interior de su marido, sujetó su miembro con fuerza y lo sacudió algunas veces; enseguida soltó el pene, se puso de pie y dejó caer al suelo la bata que llevaba puesta, dejando expuestos sus senos y su pubis rasurado.
El hombre quiso pararse, pero ella lo impidió, poniendo su pie sobre el pecho de su marido:
- Pero ¿qué te ha pasado hoy? Si tú apenas me dejas tocarte. ¿Y desde cuándo te afeitas allí? – dijo el esposo, visiblemente sorprendido.
- ¿No dijiste que tenías hambre? Pues cómeme – dijo la mujer, montando sus caderas en el cuerpo del hombre y contoneándose con fuerza.
Mientras tanto, el muchacho, al escuchar los gemidos de los esposos, que se oían por toda la casa, entreabrió la puerta de la habitación en la que estaba, se asomó a la sala, y al ver su oportunidad, se escabulló a la recámara de al lado. Esmeralda, que seguía bajo la cama de sus padres, también abandonó la habitación para ir hasta la suya.
Una vez dentro de su recámara, Esmeralda no miraba al muchacho, pero debía estar allí:
- Sé que estás aquí. Sal de tu escondite. No te preocupes, no le diré a mi padre que estás cogiendo con mamá – dijo Esmeralda, mientras se asomaba bajo su cama, sin hallar al muchacho -. ¿Sabes?, papá no es precisamente un ángel. Una vez se atrevió a coquetearle a mi mejor amiga, ¡y justo en su cumpleaños número veinte! La abrazó muy fuerte, y le dijo: “¡Qué bonita te has puesto!”. ¿Puedes creerlo? Mi padre conquistando a una chica de mi edad. Es un viejo rabo verde. ¿Y quieres saber más? Cuando regresa de sus incontables viajes, con frecuencia su ropa tiene manchas de labial o huele a perfume barato. Te sorprenderían las cosas que puedes encontrar esculcando en los bolsillos de sus sacos o revisando su celular. Definitivamente, no es un santo. Bien, ya no quiero aburrirte con mi plática. Mira, si papá coge con otras, ¡pues al diablo! Mamá también puede tirarse a quien quiera, ¿no? Jamás pensé que diría esto, pero prefiero ver a mi madre feliz, teniendo orgasmos con un extraño, que verla llorando cuando lava las camisas de su esposo. Oye, si sales ahora, prometo ayudarte a salir de casa, sin que papá se entere. Verás, sólo tengo curiosidad por saber quién es la aventura de mamá… ¿Sabes qué?, si no sales en este momento, voy a gritarle a papá que un pervertido entró a mi habitación…
- ¡No! Espera – dijo el muchacho, asomándose entre la ropa del closet.
- ¡No mames! ¡No puede ser! Yo sabía que conocía tu voz. ¡No mames! ¿Por qué tú? ¿Por qué mi mamá? – dijo Esmeralda, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.