UNO
Dicen que las mariposas son sagradas.
Que no se les debe tocar las alas, porque ahí vive su alma.
Y que aquel que se las arranca…
no solo las mata, se queda con una parte de lo que un día fueron.
Junio del 2007
Era una tarde calurosa de verano en Neustadt. Bill, un joven pelinegro, delgado y alto caminaba con la mochila a un solo hombro, con las manos en los bolsillos, la mirada en el piso y con un ojo morado. Resultado de la paliza de bienvenida que le habían propinado en su primer día de clases, en la nueva escuela.
El párpado amoratado le ardía por el sol que le daba en el rostro, así que prefería no levantar la cabeza.
—¡Estúpida escuela de mierda!— pensó con un nudo en la garganta lleno de rabia y para rematar su mala suerte, durante la paliza que recibió a manos de tres cabrones, perdió las llaves de casa.
—Menuda suerte la tuya Bill— maldecía— caminando sobre su propia sombra, que se dibujaba en el piso.
La madre del joven trabajaba turno doble en el hospital aquel día y tampoco tenía manera de comunicarse con ella, pues su celular le fue retirado por su padre después del incidente con Shane, un chico de su clase con el que fue sorprendido haciéndole una mamada en un salón vacío.
La maestra mojigata casi se desmaya cuando encontró a Bill con la polla bien dura de Shane en su boca, lo peor de todo fue que por la interrupción, Shane se corrió en la boca de Bill sin lograr apartarse antes de soltar su orgasmo. El azabache se tuvo que tragar los fluidos de su compañero y además se llevó las manos hasta su entrepierna para intentar disimular la gran carpa que tenía bajo sus pantalones.
Aquello fue todo un espectáculo, la mujer gritó como histérica y llevó a los chicos a la dirección, bajo la mirada atenta de los mirones que estaban cerca. Bill fue expulsado porque ya tenía bastantes cuentas pendientes y añadir actos sexuales en un salon de clases fue solo la gota que derramó el vaso.
Después del numerito que se cargaron en la escuela, perdió todos los privilegios de los que había gozado hasta entonces con su padre, quien no tomó de la mejor manera la noticia de tener un hijo “maricon”, como lo llamó con la voz cargada de asco, como si ante él estuviera la “cosa” más repugnante del mundo. Esa misma tarde el hombre llamó a su ex esposa y madre de Bill cediendole la responsabilidad del muchacho, como si se tratase de un objeto que ya estorba y que es necesario enviar a otro lugar, para que no siga ocupando espació.
Charlotte nunca fue la mejor madre, pero al menos no se metía con él y no le reclamó nada sobre lo sucedido en la anterior escuela.
Así que ahí estaba él, con una madre que era una completa extraña y en una ciudad que no conocía.
Cuando llegó a la casa de dos plantas, observó con cuidado si podía subir y poder entrar por el patio trasero, pero algo pasó, pues en lugar de intentarlo, fue directo a una cancha que estaba a una cuadra de distancia. ¿Qué fue?... tiempo después ni siquiera él mismo habría podido entender, tal vez fuera el destino moviendo sus hilos para que el joven conociera al ser que sería su perdición.
El parque estaba vacío a esa hora del día, caminó y se sentó bajo la sombra de un árbol para escuchar un poco de música.
—Más tarde lo intentaré— pensó.
Sacó su ipod—lo único que pudo conservar— y se colocó los audífonos acostándose en el escaso pasto, con su sudadera como almohada, cerró los ojos por un momento y respiró profundo. La canción “Sugar” de “System Of A Down” sonaba a todo volumen, aislando todos los otros ruidos a su alrededor.
Error.
A poca distancia del parque caminaba un joven alto, de cabello trenzado, de ojos oscuros y de un atractivo claramente visible. A su lado iba Max, un cane corso negro que avanzaba con paso firme, atento a cada movimiento a su alrededor. Tom no paseaba al perro para relajarse, lo hacía para vigilar que ningún miembro de otras pandillas entrara en su territorio para vender su mercancía, porque en esa parte de la ciudad los únicos que movían la droga eran él y su pandilla.
Avanzaban como de costumbre cuando de pronto el perro se detuvo, Tom sintió el tirón casi imperceptible de la correa y bajó la vista, molesto. Max no hacía eso, nunca, ell perro caminaba siempre a su ritmo, atento a él, a sus órdenes, al territorio que conocía de memoria.
—Vamos —murmuró Tom, intentando retomar el paso, pero Max no obedeció, por el contrario, tensó el cuerpo, movió las orejas y el hocico apuntó hacia la cancha. Entonces, sin aviso, se soltó de la tensión de la correa y avanzó unos pasos por su cuenta.
Tom frunció el ceño—Max —llamó, con voz baja pero firme, y el perro por primera vez no respondió. Aquello era extraño, el animal nunca se alejaba de su dueño, era un perro de guarda, de vínculo fuerte, de lealtad casi obsesiva. Max, era todo un ejemplar.
Tom siguió su mirada y entonces lo vio, bajo la sombra de un árbol, recostado sobre el pasto caliente, yacía un joven que Tom no pudo reconocer, no había forma de confundirlo con alguien del barrio, tampoco parecía alguien de un barrio rival, era joven era demasiado delgado, demasiado pálido, demasiado quieto. Su piel blanca contrastaba con la ropa oscura y eso llamó su atención, Tom avanzó sin darse cuenta, hasta quedar muy cerca.
El chico llevaba los audífonos puestos, respiraba despacio, ajeno al mundo que lo rodeaba. La playera se le había subido un poco, lo justo para dejar al descubierto un poco de su abdomen plano y ahí estaba. Una mariposa tatuada en la piel, no era grande, no era llamativa, pero estaba ahí, negra, delicada, casi fuera de lugar.
Max se acercó hasta quedar a pocos centímetros del joven, olfateó el aire, despacio, sin gruñir, sin mostrar tensión solo curiosidad. Tom lo observó desde arriba, en silencio. Reparó en la postura vulnerable, en las manos laxas, en el pecho que subía y bajaba con un ritmo tranquilo.
Vio el moretón, vio la mariposa, vio todo lo que no encajaba.
—No deberías estar aquí —pensó.
Max levantó la cabeza y miró a Tom, como esperando permiso, pero Tom no lo dio, no dijo nada. Solo sonrió, lento, apenas un gesto torcido en la comisura de los labios.








