Pasión Infernal - [omegaverse]

All Rights Reserved ©

Summary

Varek Bessonov debía matarlo. Zuryn Moretti era el último de su linaje, el enemigo, el final de una guerra de generaciones. Pero cuando lo vio de nuevo, no pudo hacerlo. Años atrás, compartieron una amistad secreta y más que eso... un primer amor escondido entre pasillos de un internado que los mantenia encerrados, resguardados de su propio apellido. Ahora, se reencuentran como adultos, uno convertido en líder de la organización criminal que una vez odio y el otro escapando de un destino que no eligió.

Status
Complete
Chapters
20
Rating
5.0 3 reviews
Age Rating
18+
This is a sample

𖦹Capítulo 01.



La mansión Moretti se alzaba imponente sobre la colina, vigilante y altiva como un dios de mármol al igual que la familia que llevaba dentro

La mansión Moretti se alzaba imponente sobre la colina, vigilante y altiva como un dios de mármol al igual que la familia que llevaba dentro. Su fachada de piedra clara, ornamentada con columnas corintias y balcones de hierro forjado, evocaba el estilo clásico de las villas italianas del norte, pero con la majestad de una fortaleza moderna. Los jardines simétricos se extendían como un tapiz verde esmeralda, adornados con fuentes centenarias, esculturas de mármol blanco y rosales perfectamente podados. La entrada principal estaba custodiada por portones de hierro negro con el escudo de la familia grabado en el centro, una M ornamentada, con curvas elaboradas, inspirada en el estilo barroco italiano. Podría estar enmarcada por laurel dorado y una corona en la parte superior. El símbolo de los Moretti.

Dentro, los grandes salones resplandecían bajo la luz cálida de candelabros de cristal de Murano, que pendían del techo como lluvias de diamantes. Las paredes estaban decoradas con frescos renacentistas restaurados, tapices antiguos traídos desde Florencia y vitrinas con reliquias familiares, armas de colección, y pequeñas estatuillas de oro y marfil. El piso de mármol negro y blanco reflejaba los destellos dorados de las molduras, y el aire olía a incienso suave, mezclado con el cuero caro de los muebles artesanales.

Una chimenea de piedra tallada dominaba el salón principal, sobre la cual colgaba un retrato al óleo de Salvatore Moretti en su juventud, con la misma mirada orgullosa y dura que aún conservaba. Los criados, vestidos con trajes oscuros y guantes blancos, se desplazaban en silencio por los corredores, como quien no existe, como quien no habla, no escucha ni molesta.

En el corazón de ese imperio de mármol y poder, Salvatore Moretti caminaba lentamente por el estudio, su silueta imponente envuelta en un traje oscuro perfectamente planchado. A su lado, sus dos hijos, Vito y Fausto, lo observaban desde sus asientos, cada uno con una copa de vino tinto descansando sobre la pequeña mesa de roble que compartían.

—La reunión con los Rossi está pactada para la próxima semana —murmuró Salvatore, con voz grave y segura, mientras sus dedos recorrían distraídamente el lomo de un libro forrado en cuero antiguo—. No podemos permitirnos más errores. Si perdemos ese contrato, la influencia que hemos levantado con sangre y sudor se irá en un suspiro.

Vito, el mayor, cruzó la pierna con elegancia, sus dedos tamborileando sobre el cristal de su copa.

—Los Rossi son ratas. Si no firmamos con ellos, firmaremos con los Galati —dijo sin titubeos.

—No subestimes a las ratas, hijo. Las ratas sobreviven... —añadió Fausto con una sonrisa ladeada, bebiendo un sorbo de su vino.

—Y las ratas mueren bajo nuestras botas, si hacemos bien el trabajo.

⋇⊶⊰❣⊱⊷⋇

Afuera, el aire olía a cipreses y la pólvora que aún no se detonaba se podía sentir en el aire.

Tres camionetas negras, sin placas, se habían detenido a pocos metros del portón principal. El sonido de sus motores había sido suave y controlado, casi felino. Las luces permanecían apagadas, era evidente que no querían ser notados.

—Cinco minutos —murmuró el conductor del primer vehículo, bajando la voz por el auricular—. Ya están en posición.

Los hombres de los Bessonov se desplazaron rápidamente a la orden. Vestidos de negro, con chalecos tácticos y silenciadores preparados, rodearon la mansión. Ninguna luz los delataba. No hacían ruido. Ni siquiera los perros, aquellos bravos rottweilers del jardín norte, se atrevieron a ladrar.

Desde la colina, una figura los observaba. Apoyado contra el capó de un auto oscuro, Varek Bessonov encendía un cigarro con la calma.

Vestía un abrigo de cuero largo, y sus ojos oscuros detallaban cada esquina de la mansión, esperando como quien espera su ejecución, pero en esta ocasión, la ejecución donde él era el verdugo.

—¿Cuántos dentro? —preguntó, sin girar el rostro.

—Ocho en total, tres en seguridad y el resto son los Moretti —respondió su segundo al mando, un hombre robusto de mandíbula marcada llamado Pavel.

Varek asintió, exhalando humo por la nariz.

—Esta noche se cierra el legado Moretti —murmuró, y arrojó el cigarro al suelo, aplastándolo bajo su bota de cuero negro repujado—. Que nadie toque al viejo. Ese es mío.

Pavel hizo un leve asentimiento con su cabeza. La orden ya estaba dada.

Al segundo exacto, el infierno se desató en silencio.

Ventanas traseras estallaron con precisión, los dos guardias en la galería cayeron sin tiempo a levantar sus armas, desde el ala este, otros hombres entraban rompiendo las puertas de servicio como si fueran de papel.

El olor a pólvora se hizo presente.

Los Moretti no tenían ni la menor idea. Aún se encontraban en el comedor tan sordos y ciegos como un recién nacido que a penas llega al mundo, esperando por su llegada, sin embargo los Moretti esperaban sin espera su fin.

En el jardín, el rocío se teñía de rojo.

Uno de los hombres de Bessonov clavó un cuchillo en el cuello de un escolta que había tomado su interfono para avisar lo que pasaba afuera. Otro colocó explosivos en la caja eléctrica. Las luces de la mansión parpadearon apenas un instante… y luego todo volvió a la calma.

—Avancen. Entramos por el vestíbulo —ordenó Pavel por el auricular.

Y mientras sus hombres creaban el inferno mismo, Varek caminó, lento y elegante, hasta las puertas principales de la mansión Moretti. Las bisagras ni siquiera chirriaron cuando las empujó.

Buona sera, hijos de perra… —susurró con una sonrisa torcida, y entró.

Los pasos de Varek Bessonov resonaron pesados sobre el mármol manchado de sangre. Su abrigo negro, largo y aún impecable, se abría con elegancia mientras cruzaba el salón donde los cuerpos inertes de Vito y Fausto Moretti yacían sin vida. Uno con el cráneo reventado sobre la alfombra de piel; el otro, aún convulsionando cuando el último disparo lo calló para siempre.

Detrás de él, sus hombres lo seguían en formación, todos vestidos de oscuro, meticulosos, silenciosos como la muerte misma.

En el centro de la sala, rodeado y con los brazos inmovilizados por dos de los hombres más corpulentos del escuadrón Bessonov, Salvatore Moretti forcejeaba con furia y desesperación. El rostro ensangrentado por el impacto de una culata y los cabellos grises en desorden.

—¡Bastardo hijo de mil perras rusas! ¡Te voy a mandar al infierno aunque me lleves contigo!

Varek soltó una carcajada seca y elegante, como el fino veneno que ni siquiera debe ser potente, solo letal, lo suficiente para destruir.

Che melodrammatico sei, Salvatore... —murmuró con falsa compasión mientras se acercaba.

Se detuvo frente a él, observándolo como a un trozo de carne podrida.

—¿Te duele? —preguntó en tono suave, casi amable—. Bien. Quiero que duela.

Sacó de su abrigo una pistola ornamentada. Brillaba incluso en la penumbra, bañada en oro bruñido, con filigranas rusas talladas en la corredera y el escudo de los Bessonov grabado en el mango: un cuervo negro de alas extendidas posado sobre un cráneo, con una “B” gótica sobre el ala derecha, enmarcado por ramas de abedul plateadas.

Varek llevó el arma a los labios y besó el cañón con devoción, como si se tratara de una santa reliquia.

—¿La recuerdas? —murmuró Varek, alzando el arma con una sonrisa torcida, casi reverente—. Esta belleza la mandó forjar mi abuelo en Moscú, el mismo año en que los Moretti traicionaron el pacto de sangre en San Petersburgo. Fue usada para ejecutar al traidor Ivano Rossi… y hoy, cerrará otro ciclo.

Salvatore escupió sangre cerca de sus zapatos, levantando el rostro con una mueca de desprecio, los ojos inyectados de ira.

—¡Tu familia siempre fue una plaga, Varek! ¡Sanguijuelas disfrazadas de nobles! ¡Deberían haberte ahogado en vodka cuando naciste! ¡Bastardo!

Un murmullo molesto cruzó detrás de Bessonov, tensando el ambiente. Varek levantó una mano, calmándolos, sin quitar la sonrisa de su rostro.

—Tienes razón —asintió lentamente—. Pero tuviste tu oportunidad cuando me secuestraste en ese sótano de mierda en Sicilia, cuando me colgaste como un perro durante siete días y me abriste la cara con una hoja de afeitar.

Llevó un dedo a su rostro, y deslizó el índice por la cicatriz apenas visible que corría desde la sien hasta el mentón. Su voz se volvió más baja y oscura.

—Esto. Me hiciste esto. ¿Lo recuerdas?

Se agachó un poco, nivelando su rostro al de Salvatore, que ahora respiraba agitado y lo miraba con odio puro.

—¿Sabes por qué nunca habrá paz entre Moretti y Bessonov? Porque tu generación jodida creyó que los rusos solo sabíamos disparar y callar. Que éramos salvajes sin historia.

—Podría haberlo aceptado… si otro de tus hermanos, o incluso tu maldito padre, hubiese tomado a Zuryn —escupió Salvatore con los labios partidos y la voz áspera—. Pero justo tú… el bastardo de sangre manchada, hijo del prostituto y un cualquiera. tenías que hacerlo.

Varek se quedó quieto un instante. El aire pareció detenerse en la habitación.

Su mandíbula se tensó con violencia, los músculos marcados bajo la piel, y de pronto soltó una carcajada. No una risa común, sino una explosión de histeria que llenó la sala como si acabara de escuchar el mejor chiste del mundo. Se inclinó apenas hacia Salvatore, con los ojos abiertos de par en par, brillando con locura.

Apuntó el arma directamente a su frente.

—¿Zuryn? —repitió entre risas, con una mueca torcida dibujándosele en los labios—. Ese nombre ya no significa nada para mí. Ni siquiera fue el motivo de esto… ese omega, ese maldito omega Moretti, lo olvidé hace mucho. —¿Crees que por él estoy aquí? ¿Que todo esto fue por Zuryn? —volvió a reír, más fuerte, girando la cabeza hacia los cuerpos inmóviles de Vito y Fausto en el suelo—. ¿Crees que él no correrá con el mismo destino?

Levantó el arma con un movimiento lento, casi ceremonioso, y la apuntó a la frente sudorosa de Salvatore, justo entre las cejas ensangrentadas.

—Ningún Moretti vivirá.

Apretó la mandíbula, los ojos encendidos con un odio frío.

—Y te equivocaste, viejo de mierda… porque soy más Bessonov que cualquiera.

Su voz descendió a un susurro venenoso mientras el cañón dorado tocaba su piel, dejando una marca de presión sobre la arrugada frente del patriarca.

—Ты ебаная мразь. [Eres una maldita escoria.]

Retrocedió un paso, la sonrisa aún tallada en los labios, y susurró, como si recitara una plegaria.

Dormi all’inferno, bastardo.

Y sin más, jaló el gatillo.

El disparo fue seco. Salvatore Moretti cayó hacia atrás como una marioneta rota, con el rostro congelado en esa última mueca de enojo.

El salón quedó en silencio.

Solo el eco del disparo retumbaba todavía en los candelabros.

⋇⊶⊰❣⊱⊷⋇

(Convento di Santa Gaudenzia del Silenzio)

El rugido del motor quebró el silencio sagrado del valle.

Las puertas de hierro del convento se abrieron sin que nadie las empujara. Era como si reconocieran el poder contenido en el vehículo negro que avanzaba con precisión sobre el camino empedrado. Las ruedas, limpias pese al lodo de la montaña, se detuvieron frente al pórtico principal de piedra.

Varek Bessonov descendió con la calma de un hombre que no conocía el apuro. Traje oscuro perfectamente entallado, abrigo largo con cuello de piel, gafas que ocultaban su mirada afilada. En sus manos, una caja de roble sellada con un listón rojo sangre.

Pavel, firme a su lado, no dijo palabra y se puso detras suyo para caminar en su sombra.

Del interior del convento emergió una omega. Alta, con la cabeza cubierta por un velo gris perla y las manos cruzadas al frente. No pronunció palabra. Había reconocido el apellido antes de que él lo dijera y el apellido bastaba.

Varek se detuvo a escasos pasos de ella.

—Quiero ver a Zuryn Moretti —dijo sin levantar la voz, pero sin dejar lugar a réplica.

La monja asintió en silencio y dio media vuelta. No hizo preguntas. No pidió explicaciones. No preguntó cómo había encontrado el lugar ni por qué lo buscaba.

Varek caminó tras ella con la caja aún en sus manos. El eco de sus pasos resonó en los pasillos, profanando con solo el sonido aquel lugar.

La monja no lo miró directamente a los ojos, pero habló con una voz suave y firme.

—El joven omega está en sus horas de servicio. Deberá esperar unos quince minutos.

Varek asintió sin más y fue guiado hasta una habitación completamente blanca, vacía salvo por una cruz clavada en la pared. Al ingresar, la monja extendió su mano en gesto firme. Pavel dio un paso atrás, pero se detuvo cuando entendió que no le estaba permitido acompañar a su jefe.

Varek entró solo.

El silencio del lugar lo golpeó como un eco hueco en el pecho. Había algo incómodo en esa sala o algo incomodo en él. Sintió una punzada en el centro del esternón. La ignoró.

Se sentó. Sacó un cigarrillo y lo giró entre los dedos, pero al buscar su encendedor, no lo encontró. Chasqueó la lengua. Se puso de pie con intención de salir a pedírselo a Pavel, pero justo entonces la puerta se abrió.

Zuryn Moretti entró con una bata beige ajustada a la cintura por un cordón. Su cabello castaño claro, casi rubio, caía como hilos de seda sobre su frente. Las mejillas enrojecidas, los ojos violetas encendidos como brasas suaves. Varek lo miró, y durante un segundo, uno solo, su pecho pareció contener la respiración.

Pero tragó saliva.

—Buenos días, Zuryn Moretti.

El omega se detuvo en seco. Una sonrisa cruzó su rostro, incrédula, como si no terminara de creer lo que veía.

—Varek...

Intentó dar un paso más, como si quisiera abrazarlo, pero Varek alzó una mano con firmeza. Zuryn comprendió. La emoción se moderó en sus ojos, y en su lugar extendió la mano. Varek se la estrechó con formalidad.

—Han pasado años —dijo Zuryn con voz baja—. No pude hacer nada. Quise escapar, pero mi padre me comprometió... mi única salida fue esta. No quería casarme, y...

Varek interrumpió su discurso y dio un paso adelante, cruzando la habitación con pasos medidos. Sin decir palabra, se sentó frente a la mesa donde había dejado la caja, fijando la mirada en Zuryn.

El omega entendió la señal y se sentó frente a él.

—No vine a hablar del pasado —dijo Varek, seco, empujando la caja rectangular hacia él.

Zuryn bajó la mirada, confundido abrió la caja.

Dentro había una pistola elegante, limpia y cargada. El brillo del metal parecía inadecuado en ese entorno de silencio y oración.

—¿Qué es esto?

—Zuryn, eres el único Moretti con vida —dijo Varek, mirándolo directamente—. Tu padre y tus hermanos fueron emboscados y asesinados anoche. No sabemos qué organización fue, pero tenemos nuestras sospechas. —Mintió con tanta serenidad que ni la cruz en la pared osó temblar.

—Como Bessonov, venimos a dar nuestro pésame. Nosotros compartimos destinos parecidos. Ambos hemos pagado por los pecados de nuestros padres. Pero tú, ahora... tú eres libre.

—No... no entiendo... —Zuryn titubeó, con los ojos húmedos—. ¿Qué estás diciendo?

—Vine a advertirte. Supuse que aquí no sabrías nada. Me dijeron que saldrás en una semana, y quiero dejar algo claro, entre los Moretti y los Bessonov, la guerra terminó. Para siempre. Estamos en paz.

Zuryn no bajó la mirada, ni siquiera cuando las lágrimas comenzaron a acumularse. Las sostuvo como una estatua.

Varek se acercó y, sin emoción, sacó de su bolsillo una tarjeta de presentación de marfil con letras doradas y se la extendió por la mesa.

—Cuando salgas, puedes empezar de cero. Si necesitas algo... búscame. Los Bessonov estamos para ayudarte. No dudes en acércate por ayuda.

Zuryn la tomó sin decir palabra.

Varek se levantó sin agregar más y salió de la habitación. Pavel lo esperaba en la entrada del convento. Asintieron con una mirada muda y caminaron juntos hacia el auto y subieron sin hablar.

Varek se acomodó en el asiento trasero.

—¿Qué planea hacer, señor? —preguntó Pavel desde el copiloto, mirando por el retrovisor.

—Cuando salga... —Varek miró por la ventana. —Mátenlo.

Pavel giró lentamente el rostro hacia él, pero Varek no lo miró.

—Una bala directa a la cabeza. Sin más.

⋇⊶⊰❣⊱⊷⋇

Escudo de los Bessonov:

Subscribe to inAcacia O'Hara to continue reading.