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+18 | CASEY'S ZONE | ONE-SHOTS | ROTTMNT

Summary

💚 Fem reader x Casey Jr 💚 Relatos NSFW | Lemon | +18 | Smut 💚 One-shots y drabbles 💚 Distintos escenarios ⚠️ Advertencia: posible out of character, lenguaje vulgar, cada capítulo tendrá sus respectivas advertencias. ʕ⁠'⁠•⁠ᴥ⁠•⁠'⁠ʔ No hago pedidos, pero tomo en cuenta sus comentarios 💖

Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Clan | Casey Jr

⭐ Casey Jr x Fem T/N

⭐ Casey edad: 24 años

⭐ 🔞 NSFW | Smut

⭐ Nota: Ambientado en línea temporal alternativa.

⚠️ Advertencia: T/N dominante, Casey versátil, discusión, sexo rudo, cachetadas leves, sexo sin protección, lenguaje vulgar.


En la nocturna metrópolis de Nueva York, la luz de la luna llena eclipsaba la tenue luminiscencia de los faroles urbanos. Aunque las calles se encontraban desiertas, te movías con sigilo y rapidez entre los callejones, alerta ante la posibilidad de que un alma curiosa pudiese estar vigilando desde la oscuridad a esas horas de la noche.

Llegaste al edificio donde se encontraba tu apartamento, te acercaste a la estructura metálica del exterior, escalaste y subiste por la escalera de incendios hasta tu ventana. Ahí, deslizaste el marco hacia arriba y entraste al interior. Suspiraste liberando la tensión acumulada en tu cuerpo fatigado, pero sabiendo que ahora estabas en casa. Te estiraste un poco, permitiendo que tus músculos se relajaran y te despojaste de la máscara que ocultaba parte de tu rostro; te dirigiste hacia la mesa central de la sala para dejarla allí, solo para descubrir otra máscara sobre el mueble, una máscara de hockey que conocías muy bien.

—Creí que hoy no nos veríamos —hablaste en alto, rompiendo el silencio que inundaba tu hogar.

—No pensaba verte hoy —te giraste en dirección a su voz. De las sombras, emergió el dueño de la máscara, cruzado de brazos y con una mirada desaprobatoria... aquella mirada que tanto te disgustaba—. Pero para mí sorpresa, te ví... adivina en dónde.

—Casey...

—No puedo creer que sigas involucrada con el Clan del Pie.

Otra vez lo mismo.

—Entonces por eso no podíamos vernos... —dijiste, cruzándote de brazos con irritación— porque estarías jugando a ser el gran vigilante.

—No son juegos, son patrullajes para...

—Mantener segura la ciudad —lo interrumpiste.

—Como sea —frunció el ceño y lo imitaste—. ¿Qué hacías en la Choza del Pie?

—Es confidencial.

Casey rodó los ojos ante tu respuesta predecible, esa que siempre soltabas cuando se te cuestionaba. Se sentía ingenuo, pero era su propio error confiar en que alguien del bando enemigo pudiera ser sincero.

—Si es tan secreto, deberías ser más cuidadosa la próxima vez y asegurarte de que nadie te vea —más que una recomendación, era un regaño—. Si no fuera porque no alerté a los chicos, podrían haberte atrapado.

—Oh, qué considerado de tu parte no delatar a tu novia —replicaste con sarcasmo.

¿Por qué la persona que más amabas en este mundo era, a su vez, tu enemigo?

Tienes vívidos recuerdos del comienzo de su compleja relación. Retrocedes en el tiempo, recordando cómo te escapabas por los callejones luego de que otro plan de tu grupo fuera frustrado por esos mutantes verdes. Admitámoslo, subestimaste al quinto miembro de su equipo; después de todo, un chico con equipamiento de hockey no parecía muy amenazante comparado con tortugas ninja. Sin embargo, fue precisamente ese chico quien te acorraló entre las paredes del callejón, dejándote sin salida. Pelearon cuerpo a cuerpo, forcejearon y lograste quitarle su máscara; pero al hacer contacto visual, quedaste completamente cautivada de sus ojos, sus facciones y bueno, todo de él. Te abrumó la sensación que experimentaste y te asustó el hecho de que no pudieras seguir atacándolo, así que optaste por huir. En los siguientes encuentros, la dinámica se repitió, pero con el tiempo, parecía que ambos se dejaban atrapar o vencer deliberadamente, hasta que finalmente sucumbieron ante sus sentimientos...

Con el paso del tiempo –y como era de esperarse–, los conflictos de interés surgieron rápidamente. Casey, por su parte, era un alma bondadosa, guiada por un firme sentido moral y una insaciable necesidad de proteger a su familia a toda costa. En contraste, tú representabas exactamente todo lo que la familia de Casey repudiaba: una joven devota, dispuesta a hacer cualquier cosa o sacrificar a quien fuera necesario para cumplir con los objetivos de tu clan, sin importar las consecuencias que esto trajera.

—Dijiste que abandonarías el clan —hacía tiempo, en una conversación íntima sobre sus sueños y planes a futuro, en un momento donde te sentías feliz, amada y afortunada de tener a Casey a tu lado, habías insinuado la posibilidad de abandonar la vida que siempre habías conocido, renunciando a la maldad en tu vida y aquello que impedía que su relación saliera a la luz—. Pero hasta ahora, no he visto ni un solo rastro de intención de dejarlo.

—¡No es tan sencillo! —desviaste la mirada—. Servir al clan es lo único que conozco, pero pronto lo dejaré, solo necesito más tiempo.

—¿Más tiempo? —resopló, claramente irritado. Siempre le pedías lo mismo: más tiempo. Llevabas meses repitiéndole esa promesa y hoy había llegado al límite de su paciencia.

—¡Sí! —respondiste con frustración—. ¡No puedo convertirme en un héroe como tú de la noche a la mañana!

—¡Por dios, amor! No salgas de nuevo con el tema del «héroe» —remarcó entre comillas con sus dedos— no te pido que salves al mundo, te pido que pienses por un momento en nosotros.

—¡Claro que pienso en nosot...!

—¡No, no lo haces! —tu corazón se encogió—. ¿Sabes lo difícil que es tener que hacer de la vista gorda para no meterte en más líos de los que ya estás? Quiero un futuro contigo, pero no puedo imaginarme manteniendo esto en secreto por más tiempo.

—¿¡Qué hay de malo en mantener esto en secreto!?

—¡Estoy traicionando a mi familia por estar contigo!

¿Traición? Entendías perfectamente a qué se refería. Durante los enfrentamientos entre el Clan del Pie y el Clan Hamato, Casey siempre se mostraba dócil contigo; sus ataques más bien parecían una danza coreografiada para mantener las apariencias ante su familia. Solo se veía obligado a enfrentarte con seriedad cuando la atención estaba sobre él o cuando resultaba imposible fingir que no te veía. Su labor incluía patrullar, vigilar y notificar cualquier indicio de actividad sospechosa por parte de tu clan, pero en numerosas ocasiones, eligió guardar silencio y encubrirte para protegerte, y aunque eso le dolería, lo convertía cómplice.

Te esforzabas por entender la perspectiva de tu novio, pero siempre llegabas a la misma conclusión: si estuvieras en su lugar, no te importaría mantener el secreto. Sin embargo, no servía de nada, porque no eras él y carecías de la capacidad para emular su corazón bondadoso, ni siquiera para imaginarte en su lugar.

—¡Bien! Si tanto te afecta esto —tu voz se quebró y tus ojos se llenaron de lágrimas— ¿¡Por qué no terminamos de una vez por todas!?

El rostro de Casey cambió, su enojo se desvaneció dejando paso a una expresión seria y melancólica; podías ver la tristeza en sus ojos y la dificultad con la que tragaba saliva. ¿Acaso así se resolvería la acumulación de tensiones y problemas que habían soportado durante semanas? ¿Con un arrebato impulsivo?

—Bebé... —pronunció con dificultad el apodo que te había puesto con cariño.

Ignoraste a Casey y pasaste a su lado, dejando claro que la discusión había terminado y con la intención de encerrarte en tu habitación. Pero Casey te tomó del brazo con fuerza, iniciando un forcejeo que evocaba recuerdos de aquella vez en el callejón.

—¡Suéltame! —gritaste, luchando por liberarte.

El propósito de Casey no era hacerte daño, solo quería contenerte. Sus manos sujetaban tus brazos con firmeza, impidiéndote cualquier movimiento. En un instante, te atrajo hacia sí, envolviéndote en un abrazo. Al levantar la mirada, sus labios encontraron los tuyos con urgencia, como si temiera que fuera la última vez que te besara. Aunque seguías resistiéndote, el enojo pronto se disolvió, y tus defensas cedieron ante el repentino cambio de clima, danzando de una pelea a una reconciliación apresurada. Por un instante se separaron, mirándose fijamente en ese intercambio silencioso. Con ese beso, reducían la discusión a una mera tontería, igual que las anteriores.

—Quédate conmigo —musitó cerca de tus labios. No solo se refería a quedarte en la sala, sino en que permanecieras en su vida.

Solo asentiste a su petición. Más tarde hablarían, pero en ese momento, necesitaban mostrarse cuánto se amaban.

Abrazaste su cuello y él tu cintura, retomando el apasionado beso. Sus pulgares recorrían el contorno de tu figura, ejerciendo una suave presión para pegar tu cuerpo al suyo. Al mismo tiempo, tus dedos acariciaban con delicadeza su nuca, atrayéndolo hacia ti y aumentando gradualmente la intensidad con la que sus bocas se fundían. Hacía tiempo que no probabas sus labios de esa manera; ambos habían olvidado lo bien que se sentía dejarse llevar por las caricias y daban cuenta de lo mucho que se necesitaban y de lo mucho que sus roles en sus clanes los habían alejado afectivamente respecto al otro.

De pronto, el beso adquirió tintes de la discusión anterior; sus lenguas se enzarzaban en una batalla por dominar la boca del otro, mientras tus dedos se enredaban en su cabello y sus manos descendían tentadoramente hasta tu trasero. Se conocían lo suficiente como para entender sus deseos en ese instante. Con un hábil movimiento de tus yemas, desataste su capa, lo que le dio luz verde para comenzar a liberarte de tu ropa. Prenda tras prenda caía al suelo, junto al poco equipamiento que llevaba encima. Mientras se besaban apasionadamente, desataste tu mono, el uniforme de tu clan, y él desabrochó su pantalón. Mutuamente se desvistieron hasta terminar en ropa interior, una de las pocas cosas que hacían colaborativamente. Te atrajo hacia sí de nuevo, como si cada segundo separado de ti quemara su piel. Con facilidad te levantó y rodeaste sus caderas con tus piernas. Tus dedos jugueteaban con su cabello mientras te llevaba al sofá, donde se sentó y te acomodó a horcajadas sobre él.

Le dedicaste una mirada pícara, sabiendo que él entendía perfectamente que, cuando tú estabas encima, el juego sería cualquier cosa menos suave.

⁠♡

Corriste su cabello hacia un lado y hundiste tu rostro en la curva de su cuello, deslizando tu lengua y succionando con avidez su piel. Sus manos descansaban en tus glúteos, dándote suaves palmaditas para indicarte que te movieras. Emitiste un suave quejido de protesta, ya que no te gustaba recibir órdenes de él, especialmente cuando se suponía que acababa de otorgarte el control. Te empezaste a mover, no porque él lo hubiera pedido, sino porque deseabas sentir su erección; te meneabas hacia adelante y hacia atrás, rozando tu intimidad contra la suya, con solo las finas telas de sus ropas interiores como barrera. A su vez, tu boca dejaba un rastro de pequeñas mordidas que culminaban en su hombro.

—Tsk, bebé... —se quejó cuando lo mordiste con fuerza—. Ten más cuidado... —solo soltaste una risa suave, sabías que en el fondo le encantaba cuando eras ruda con él.

Conforme te movías, su bulto crecía y se endurecía debajo de ti; era como un anticipo del placer que estaba por venir. Casey insistía en mantener la delicadeza de sus caricias, apenas dando ligeros apretones en tus nalgas, sin caer en las provocaciones de tus mordidas. Sin embargo, se rendía ante el roce de tu vulva, dejando escapar gemidos profundos que hacían erizar tu piel y humedecer tu entrepierna. Al ejercer presión sobre su regazo, comenzaste a dar pequeños saltitos, simulando el acto coital. El juego previo, lejos de desesperar a tu pareja, aumentaba tu impaciencia; carecías del don de la espera y de la paciencia que él poseía.

—Quítatelo —le susurraste al oído, haciendo referencia a su bóxer.

Él obedeció, tomando el borde del elástico y deslizándolos lentamente hacia abajo, hasta dejarlo caer por sus piernas. Tomaste su rostro entre tus manos y besaste sus labios con brusquedad, mordisqueándolos y lamiéndolos. Al mismo tiempo, frotabas tu trasero contra su erección, sintiendo cómo el preseminal humedecía tus bragas y tu propia humedad se filtraba a través de la tela. Casey no reprimía ningún sonido; suspiraba contra tus labios y se entregaba a la fricción que producías. Sus manos subieron hasta el borde de tu calzón y comenzó a bajarlo. Abandonaste momentáneamente su regazo para desnudarte frente a él, quitándote las únicas prendas que te quedaban: tus bragas y tu sostén.

Al colocarte encima de nuevo, posicionaste su polla cerca de tu entrada, permitiendo que su glande acariciara tus pliegues. Poco a poco, descendiste a lo largo de su tronco, disfrutando de cada centímetro hasta que te encontraste completamente sentada sobre él, con su miembro profundamente dentro de ti. Casey recostó su cabeza en el sofá, mirándote con ojos entrecerrados y llenos de lujuria, esos ojos de cachorro enamorado que hacían que tu corazón se estremeciera. Sus manos sujetaron tus caderas y comenzaste a menearte hacia adelante y atrás, sintiendo su longitud rozando tus paredes y acariciando tu límite vaginal.

—¿Te gusta? —siseaste cerca de su boca.

—Sí, bebé~

Deslizaste tus dedos por su melena, agarrándola firmemente por la raíz para atraerlo hacia ti y tus pechos que se balanceaban con cada movimiento. Casey abrió la boca y atrapó uno de tus senos, besándolo y succionando tu piel mientras su lengua jugueteaba con tu pezón erecto. La estimulación de tus pezones, junto al leve golpeteo en tu interior empezaba a desatar pequeñas descargas placenteras por todo tu cuerpo.

—Mmn~ ¿Quieres que me mueva más rápido, amor? —preguntaste y este solo consintió con un gemido ahogado por uno de tus pechos.

Te apoyaste en sus hombros, comenzando a deslizarte hacia arriba y hacia abajo sobre su polla, dejándote caer con fuerza sobre su regazo, generando un sonido rítmico y húmedo con el choque de sus pieles. Casey se recostó hacia atrás, cerrando los ojos, disfrutando de cómo te embestías con cada saltito. Tus jadeos se entrelazaban con sus gemidos que brotaban ásperos desde lo más hondo de su garganta. Con tu mano, agarraste con firmeza sus mejillas, obligándolo a que te mirara directamente a los ojos; deslizaste tu pulgar hacia sus labios y él comenzó a chuparlo. Su faceta sumisa te volvía loca, aunque estabas consciente de que tenía la suficiente fuerza como para dominarte y someterte. Era simplemente delicioso verlo rendirse ante ti, sabiendo que en cualquier momento podría tomar el control e invertir los roles. Por el momento, Casey dejó que siguieras divirtiéndote.

No era para nada extraño que tu naturaleza agresiva también se presentara cuando follaban. Morderlo y dejarle marcas eran tu pan de cada día –sin considerar los moretones que le habías provocado en sus peleas en las calles de Nueva York–. Subías y bajabas repetidas veces con rapidez, provocando que sus gemidos se tornaran más ruidosos. Ocasionalmente lo callabas besándolo e introduciendo tu lengua; también le propiciabas una que otra palmadita o cachetada ligera en el rostro, modulando tu fuerza para no causarle verdadero dolor. Sin embargo, la dinámica era latente y se plasmaba en las reacciones de sus cuerpos: estaban tan acostumbrados a pelear y discutir, que incluso en este momento parecía que estaban en una batalla, tú causándole «daño» y él respondiendo ya fuera con nalgadas o aferrándose a tus glúteos con sus uñas; y a su vez, comiéndose a besos y mordiéndose con cierta malicia.

—¿T~te gusta que te trate así... —lo abofeteaste con suavidad— ...verdad amor?

—Mm~m s~sí bebé ah~

No entendías cómo ni por qué habían terminado de esta manera, considerando que hace un momento estaban enfadados el uno con el otro. Estabas segura de que Casey tampoco lo comprendía, pero ahora parecía no importarle haberte visto conspirando con los de tu clan, y a ti, te daba igual haber sido reprendida por eso.

Tus manos se deslizaron hacia atrás, encontrando apoyo en sus rodillas, sin detener el intenso vaivén. Tu pelvis se alzaba y descendía al unísono con las embestidas de tu novio, quien empezaba a tomar el control. Cerraste los ojos con fuerza, dejando que el insistente golpeteo de su verga y el placer invadiera tu cuerpo. Casey te atrajo hacia él abrazándote con fuerza, pegaste tu frente con la suya mientras él bombeaba dentro de ti con movimientos rápidos de sus caderas.

—¡Mnh! C~casey~ —escucharte gemir su nombre le ponía muchísimo; aquello fue el impulso que necesitaba para arrebatarte el mando.

Permaneciendo dentro de ti, te levantó y te recostó a lo largo del sofá. Tus piernas rodearon su cuerpo, y tus manos intentaron aferrarse a su cuello; pero Casey, ahora en un papel dominante, inmovilizó tus muñecas a tus costados, sujetándolas con una fuerza. Sonreíste divertida y dejaste que terminara el trabajo a su modo. Eras adicta a su dualidad: tenías de novio a un chico cariñoso y amoroso, que a su vez, podía ponerte en tu lugar utilizando la fuerza, mostrándote un lado más dominante.

Casey se movía dentro y fuera de ti con una energía desenfrenada, haciendo que tu cuerpo temblara y se arquease bajo él. Lo sentías profundamente en tu interior; su polla deslizándose entre tus paredes, empapándose de tus fluidos, provocando un sonido húmedo cada vez que se enterraba en ti. Su piel rozaba la tuya, aumentando la temperatura entre ustedes y haciéndolos sudar.

La batalla entre ustedes se intensificaba, manteniendo la mirada fija y desafiante, conscientes de que apartar los ojos sería un signo de rendición. Con cada embestida soltabas un siseo de placer; Casey se inclinaba hacia ti, buscando tus labios para besarte, solo para ser interrumpido por sus propios gemidos.

Soltó tus muñecas y por fin pudiste abrazar su cuello, acercándolo todavía más a ti. Casey escondía su rostro en tu cuello y jadeaba contra tu piel. Jamás te defraudaba con el placer que te ofrecía; podías sentir cómo poco a poco te acercabas al clímax. Sin embargo, disminuyó la velocidad de sus embestidas, al punto de dejar de moverse.

—Mm —gemiste a modo de queja—. ¿Por qué te detienes?

—No tengo prisa por acabar.

No estaba exhausto ni nada parecido, pero si continuaba a ese ritmo, acabaría pronto, y lo que él deseaba era permanecer más tiempo dentro de ti. Podías entender que quería prolongar el momento tanto como fuera posible, pero sabías que detrás de esta dulce intención había un castigo implícito: Casey conocía muy bien lo frustrante que era para ti que retrasara tu orgasmo. Te preguntabas si esta era su manera de castigarte por haber tardado tanto en dejar tu clan. ¿Te mantendría esperando hasta agotar tu paciencia tal y cómo hiciste con él?

Casey se divertía mimándote con pequeños besos en tus labios mientras tú jalabas ligeramente sus mechones; aún te sentías muy caliente y su polla aún húmeda y palpitante dentro de ti no cooperaba en este tonto ejercicio de paciencia.

—Amor... —murmuraste con una dulzura engañosa, capturando de inmediato toda la atención de Casey—. Si no comienzas a moverte ahora mismo, te juro que lo nuestro se acaba de verdad —tu amenaza no hizo más que hacer reír a tu novio.

Retomó el vaivén de sus caderas, subiendo la velocidad gradualmente hasta alcanzar el ritmo que casi desataba el placer en tu interior hace rato. Cada embestida alcanzaba tu punto más profundo, rozando tu límite y canal vaginal. Los gemidos de Casey se intensificaban, al igual que los tuyos, una clara señal de que el clímax estaba cerca. No existía mejor sensación para tu novio que sentir cómo te contraías alrededor de su miembro; podía sentir cada uno de tus espasmos y cómo tu cuerpo temblaba. Además, se deleitaba observando las expresiones de placer que se dibujaban en tu rostro.

Se agachó sobre ti y lo abrazaste, aferrándote a su espalda, dejando marcas de tus uñas sobre su piel. Recibiste cada estocada hasta que, en un orgasmo sincronizado, ambos culminaron; Casey se detuvo, permaneciendo profundamente dentro de ti mientras se corría, descargando hasta la última gota de su semen en tu interior. Durante un largo rato permanecieron así; Casey te besaba con una ternura mientras tus manos recorrían suavemente su espalda. Sus discusiones eran desagradables, pero sus reconciliaciones siempre eran dulces.

A la mañana siguiente, hablaron con calma sobre su relación y resolvieron sus diferencias. Días después, para sorpresa de Casey, habías dejado el Clan del Pie definitivamente. Con el paso de las semanas, tu novio se mudó contigo y te presentó formalmente como su pareja ante su familia. No podías negar que era extraño convivir con quienes antes eran tus enemigos, pero ver la felicidad de Casey te motivaba a no volver a tu antigua vida.

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Good Writing

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