Prólogo
--- Ella --
Era una tarde tranquila y soleada, el tipo de día en que el calor del sol se filtraba por las ventanas y te hacía sentir perezoso. Tomaba un sorbo de café caliente mientras trabajaba en mi escritorio, disfrutando del silencio y del aroma a café recién hecho que llenaba el aire. De repente, el cielo se iluminó con un destello rojo y negro, como si un pincel gigante hubiera trazado un arco de colores oscuros en el horizonte. Al principio pensé que era un trueno, pero la luz se expandió por todos lados, como una onda expansiva que rompía la calma. El edificio empezó a temblar y vi cómo se caía a mi alrededor, como si fuera un castillo de naipes. Todo se volvió un caos y, de pronto, algo golpeó mi cabeza con fuerza. Todo se esfumó en un torbellino de dolor y oscuridad.
Todo estaba oscuro cuando retomé la conciencia. Me dolía la pierna, la cabeza y, cuando enfoqué la vista, todo era de color rojo y negro, como si el mundo se hubiera teñido de sangre y noche. Había una manada de ángeles... o eso creía, debido a que eran ángeles con piel muy pálida y con marcas de rotura, como si hubieran sido golpeados por una tormenta. Sus alas no eran angelicales; eran muy extrañas, de color negro como las de un murciélago, y parecían moverse con un ritmo lento y siniestro. Pero destacaba uno de ellos: su mirada penetrante, ojos oscuros llenos de ira, mandíbula tensa, cabello rojo —pelirrojo como el mío— y una presencia que parecía llenar todo el espacio. Cuando sentí un dolor punzante en mi pierna, me giré un poco. Mi pierna estaba gravemente herida, mi piel despegada del hueso, la sangre saliendo en un flujo lento y constante. Era pequeño pero muy doloroso, pero traté de ignorarlo y observar más.
Cuando volví a mirar hacia enfrente, lo vi. Ese ángel estaba ante mí junto a otros ángeles; pero ese ángel era muy guapo, con facciones afiladas y una belleza oscura, pero se veía arrogante y muy molesto, mirándome con una expresión de desprecio que me hizo sentir como si fuera un insecto insignificante. Se agachó para verme sin tocarme y, con un movimiento de manos, quitó los escombros sobre mi pierna. Otro de los ángeles que lo acompañaba se acercó con una expresión seria, colocándose donde no lo viera. Sentí un frío en mi pierna lastimada, mordí mi labio por el dolor y bajé la cabeza cuando ese ángel extraño habló.
—Cúrenla y llévenla con los otros —su voz tenía un toque seco, como si se tratase de un animal, mientras se alejaba.
Veía cómo ese ángel se marchaba con una elegancia gélida, mientras los que se quedaron me rodeaban, observándome con un desprecio que me erizaba la piel. Intenté incorporarme, pero un jadeo de dolor escapó de mi garganta al sentir el desgarro en mi pierna. Los ángeles soltaron una carcajada seca, un sonido metálico y carente de toda compasión, murmurando entre ellos como si yo fuera un animal herido en el arcén.
—Dejen los juegos —escupió uno de ellos con un tono cortante—. Carajo, cúrenla de una vez. No tenemos todo el puto día.
La risa cesó de golpe, reemplazada por un silencio tenso. Uno se arrodilló a mi lado con movimientos demasiado fluidos, casi inhumanos. Sentí un frío glacial invadir la herida, seguido de un ardor tan violento que me obligó a apretar los párpados.
—Ah, mierda... —gemí entre dientes, luchando por no desmoronarme.
Una risa cruel, siseante, vibró a centímetros de mi oído. Abrí los ojos y me topé con la mirada burlona del ángel. De la punta de su dedo brotaba una oscuridad espesa, como humo líquido que se filtraba en mi carne abierta. Vi con horror cómo los tejidos se retorcían y se unían a la fuerza, sellando la hemorragia en segundos. «Hijo de puta», rugí en mi mente. Mis dedos se clavaron en el suelo, cerrando el puño con una rabia que apenas podía contener, pero sabía que un movimiento en falso me costaría la vida.
El líder del grupo me rodeó el brazo con sus dedos largos y me dio un tirón violento, obligándome a ponerme en pie de un salto. Su tacto no era el de una persona; era como si el hielo me quemara la piel, dejando una marca morada que palpitaba con fuerza. Con un gesto rápido de sus manos, un humo grisáceo y pesado se materializó alrededor de mis muñecas, apretándolas como grilletes fantasmales.
Me empujaron con brusquedad, escoltándome hacia una puerta colosal que parecía haber surgido de la nada, una estructura antigua y oscura que jamás había estado en mi edificio. Bajamos varios pisos hasta llegar a un calabozo infecto, atestado de hombres, mujeres y niños. El aire allí dentro estaba saturado de terror.
—¡Por favor, piedad! ¡Tengo hijos! —gritaba una mujer, golpeando los barrotes hasta ensangrentarse los nudillos.
—¡Se supone que son menseros de Dios! ¡Ayúdennos, por el amor del cielo! —exclamaba un anciano, cayendo de rodillas con las manos temblorosas hacia arriba, buscando una piedad que no existía.
—¡Llévenme a mí, pero dejen ir a mi niña! ¡Es solo una niña! —suplicaba un hombre en un rincón, abrazando un bulto pequeño que temblaba sin parar.
Aquel despliegue de agonía me golpeó como una ola. Me arrastré hasta una esquina oscura y me dejé caer, ocultando mi rostro. Las gotas a mi izquierda eran agonía; cada gota que caía era un dolor profundo, un latido de desesperación que marcaba el tiempo en ese agujero. El sonido rítmico del agua golpeando el suelo frío se me clavaba en las sienes, recordándome que seguía viva en un mundo que ya no reconocía. Necesitaba pensar, necesitaba procesar el hecho de que el mundo se había acabado en un parpadeo, pero mi mente estaba demasiado abrumada, atrapada en el eco de los gritos y el frío de mis muñecas. Las risas de los ángeles, los murmullos y súplicas...
--- El --
El camino al mundo humano fue muy rápido. Mandé a cada uno de mis demonios a todas partes del planeta; planeo aniquilar a cada uno de ellos y convertirlos en escoria para mi deleite. El placer de sus gritos, de su agonía, de su miedo y de su absoluta desesperación es mi único motor. Desde el cielo, desciendo lentamente, observando las torturas y el caos que mis huestes y yo hemos desatado sobre este planeta. Todo es asquerosamente repugnante y, a la vez, hermoso: la sangre derramada sobre las flores cuidadas, las ciudades colapsando bajo la luz escarlata de mi poder. Ese rojo perfecto, idéntico a la sangre; ese negro absoluto devorándolo todo. Observo a mis víctimas. Mis esclavos. Mis juguetes.
Cada detalle del desastre compone el lienzo perfecto, hasta que mis ojos dieron con una mujer, sumamente estúpida y paralizada por el pavor. Era fascinante ver cómo observaba el caos, pero lo que realmente me cautivó fue su cabello: un rojo intenso, idéntico al del lienzo sangriento que yo mismo había trazado. Sentí una pulsión irrefrenable de acercarme. Vi su rostro desfigurado por el horror; su sangre, de un matiz vibrante, se derramaba en un charco denso y caliente. Tenía ojos verdes y la fragilidad de quien sabe que va a morir. Es perfecta para mis juegos. Será increíble destruir su mundo ante sus ojos y torturarla hasta que su voluntad se quiebre por completo. Al descender, me dirigí a uno de mis siervos más mediocres.
—Cúrenla ahora —ordené, observándola con un desprecio gélido.
Me incliné para detallar sus facciones; sus ojos contenían lágrimas, pero no eran de simple miedo, sino de una rabia familiar y exquisita. Me deleité en esa mezcla de odio y pavor antes de alejarme para que los demonios sellaran sus heridas. Mi atención se desvió entonces hacia otra mujer que corría desesperada. La alcancé en pleno vuelo y la apresé. Lo más patético de los humanos es su fe en el amor, la honestidad y la lealtad; conceptos vacíos que nadie entrega con sinceridad. Pero deseaban un pecado por encima de todo: el placer.
Le cubrí la boca con una mano fría mientras, con la otra, hundía las garras en la carne de sus pechos. Trazaba cortes lentos, disfrutando del sonido de la dermis desgarrándose mientras retorcía sus pezones hasta hacerlos sangrar. La arrastré hasta una zona de escombros. Ella temblaba y emitía sonidos guturales de puro terror, sus ojos se desencajaban en las órbitas buscando una piedad que no existe. De un tirón violento, le arranqué la ropa, pero la tela no vino sola: mis garras se llevaron consigo capas de piel y tejido subcutáneo, dejando expuestos los músculos intercostales y las fibras vivas que palpitaban y supuraban ante el contacto con el aire.
—¿Qué demonios me haces? Eres un maldito psicópata... se supone que son ángeles... que vienen a salvarnos, no a llevarnos a la ruina —suplicaba entre sollozos, el miedo rompiendo su voz en un eco lastimero mientras el sudor frío se mezclaba con la sangre que brotaba de su pecho.
Metí los dedos en las incisiones abiertas, empapándome en su calor. Con una fuerza inhumana, hundí mis garras en su abdomen y lo rajé de arriba abajo. El sonido fue un chapoteo viscoso y profundo, seguido del siseo de los gases internos escapando de la cavidad. Me reí, una risa carente de toda cordura.
—Estás equivocada, maldita escoria. Nosotros no somos ángeles; nunca acudimos a su llamado. Venimos a darles lo mejor que pueden recibir. Venimos a convertirlos en lienzos de sangre. Cada toque y cada tortura los perfecciona.
Ella gritaba de agonía, pataleando en un intento inútil por liberarse, sus talones golpeando el suelo en espasmos involuntarios. Sus golpes contra mi pecho eran apenas caricias que solo servían para alimentar mi excitación. Mis dedos ensancharon la herida del abdomen; los intestinos se deslizaron hacia afuera como serpientes calientes y resbaladizas, amontonándose sobre el suelo entre fluidos gástricos y bilis. La sangre subía por su garganta, impidiéndole gritar, formando burbujas de un rojo oscuro que estallaban en sus labios en un estertor final, un borboteo ahogado que indicaba que sus pulmones se estaban inundando.
Antes de que la luz se apagara en sus ojos, los arranqué. Sentí el chasquido del nervio óptico al ceder con un tirón seco. Los sumé a mi colección: dos orbes sin brillo, bañados en el horror más puro. Le desollé el torso por completo, abriendo las costillas con un crujido seco para exponer el corazón, que daba sus últimos y débiles latidos antes de detenerse en un charco de sangre hirviente que emanaba vapor en el aire frío.
Con el cuerpo transformado en una obra de arte destripada, comenzó mi verdadera pasión. Giré el cadáver, escuchando cómo los huesos rotos y los cartílagos raspaban contra el pavimento. Mi excitación era absoluta ante la visión de los órganos expuestos y la carne abierta. Me posicioné entre sus piernas, sacando mi miembro erecto y palpitante. La penetré con una fuerza brutal, hundiendo mi carne en el cadáver aún caliente mientras mis manos se hundían en sus entrañas abiertas para sujetarme. El sonido de la fricción húmeda se mezclaba con el borboteo de la sangre que aún emanaba de su vientre abierto, creando una sinfonía de fluidos y muerte mientras me follaba con frenesí los restos de mi creación.
Al terminar mi obra de arte destripada —con los tendones ya rotos y colgando como hilos de un títere deshecho—, decidí retirar mi miembro de aquel orificio inerte. La sangre, ya enfriándose, salpicaba cada rincón de la estancia. Tenía asuntos pendientes y no podía permitirme el lujo de una distracción prolongada, así que hundí mis manos en la cavidad abdominal del cuerpo, que aún conservaba un rastro de calor animal.
El aire se volvió pesado, cargado de un olor metálico y fétido; por un error de cálculo en mi frenesí, había desgarrado los órganos digestivos. Una lástima, pues la pulcritud de la muerte se veía empañada por la bilis, pero no iba a quedarme sin un aperitivo, ¿verdad? Con un gruñido de impaciencia, sujeté con fuerza los bordes de la carne desgarrada y la corté de un tirón seco, provocando que una nueva fuente de sangre hirviente me bautizara el rostro. Sonreí, pasando la lengua por el borde de la herida abierta, saboreando el matiz ferroso y amargo de ese estúpido pedazo de carne humana mientras los cartílagos crujían bajo mi presión con un sonido húmedo y rítmico. Sin dudarlo, lo llevé a mi boca y comencé a devorarlo; la textura era exquisitamente elástica, la carne crujía entre mis colmillos con cada mordisco, liberando fluidos que se escurrían por mi barbilla y manchaban mi pecho.
—Señor, ya tenemos a todos —escuché una voz trémula a mis espaldas.
Joder, cómo detesto que interrumpan mis momentos de comunión con la muerte. Me giré lentamente, sosteniendo aún el trozo de músculo entre los dientes, y lo fulminé con la mirada. Sin mediar palabra, con un movimiento fluido y letal, lo aplasté con mi abstracción. El sonido de sus huesos rompiéndose bajo el peso de mi poder fue música para mis oídos; lo dejé agonizante, respirando a borbotones de su propia sangre. Ese era el precio por profanar mi banquete.
—Iré en un momento —sentencié, arrojando el despojo de carne al suelo y comenzando el ritual de purificación de mi cuerpo.
Podía ser un desgraciado, un demonio surgido del abismo o cualquier otra etiqueta patética que los humanos quisieran ponerme, pero jamás sería un maldito sucio. Con una minuciosidad obsesiva, limpié mi abdomen y mi erección, que latía cubierta de una mezcla viscosa de sangre y fluidos vitales. Mientras lo hacía, el demonio que había aplastado seguía temblando bajo mis pies, un desecho de piel y miedo.
—¿Piensas quedarte ahí mirando, escoria? ¿No ves que tienes un trabajo que terminar? Ya te perdoné una vez, no habrá una segunda.
Lo observé con un desprecio gélido. Él se giró, el terror emanando de sus poros como un vapor ácido; sus manos temblaban de forma espasmódica, sus ojos estaban desencajados y su respiración era un silbido pesado de pura agonía. Repugnante. La próxima vez que su presencia me ofenda, le arrancaré la existencia. Una vez que me hube despojado de cada residuo de suciedad, me preparé y dediqué una última mirada a mi creación.
—Joder, qué excitante lienzo.
Los intestinos se desparramaban como guirnaldas de rubí, el corazón yacía expuesto y el enorme charco de sangre reflejaba la luz roja del cielo. Satisfecho, desplegué mis alas y me lancé hacia las alturas. Desde arriba, el mundo era un espectáculo sublime: escombros humeantes, ciudades colapsando y paisajes cubiertos de cadáveres... los lienzos perfectos del nuevo orden. Pero, entre tanta carnicería, la imagen de aquella pelirroja volvió a invadir mi mente. Su cabello tenía el color exacto de la sangre arterial: espeso, vibrante y peligrosamente largo. La recordaba aterrorizada, encogida bajo los escombros.
Sería un lienzo magnífico, pero algo en ella me susurraba que no debía destruirla de inmediato. Quería jugar con ella, saborear su desesperación gota a gota. Ella tenía una chispa diferente, algo extraño que me provocaba unas ganas violentas de romperla en millones de pedazos solo para ver cómo encajaban de nuevo. Joder. Con solo visualizar su rostro descompuesto por el miedo, mi miembro volvió a tensarse como una cuerda de acero. Tenía que llegar a mi reinado para pasar revista a mis posesiones.
En el trayecto, no pude contenerme; descendí sobre la primera mujer que encontré en las ruinas. La torturé con una precisión quirúrgica, usando su agonía para alimentar mi propio éxtasis y dándome autoplacer con el calor de su sangre brotando sobre mi piel. Fue un interludio necesario. Al terminar, tuve que someterme de nuevo a la fastidiosa pero obligatoria pulcritud. Finalmente, con el espíritu encendido y el cuerpo limpio de nuevo, retomé el vuelo hacia el sur, directo hacia mis lienzos escogidos, donde ella me esperaba sin saber que su dueño ya estaba en camino.