Lluvia
El ruido de la lluvia contra el paraguas era lo único que escuchaba.
Todos hablaban, todos lloraban… pero para mí el mundo estaba en silencio.
Miré las dos lápidas frente a mí y todavía no entendía cómo mi vida había pasado de tenerlo todo a quedarse vacía en una sola noche.
—Eran buenas personas —dijo alguien detrás mío.
No respondí.
Porque si eran tan buenas… ¿por qué terminaron bajo tierra?
El nombre de mi mamá estaba grabado en la piedra izquierda.
El de mi papá en la derecha.
Pasé la vista por las letras una y otra vez, como si en algún momento fueran a cambiar.
No cambiaron.
Quise llorar.
De verdad lo intenté.
Pero nada salió.
Era como si el dolor fuera tan grande que mi cuerpo no supiera cómo sacarlo.
La gente murmuraba cerca.
—Fue algo muy feo…
—No fue un simple robo…
—Pobre chica, quedó sola…
Apreté el mango del paraguas con fuerza.
No quería escuchar.
No quería entender.
Solo quería despertar.
Un recuerdo apareció sin avisar:
mi mamá riéndose mientras me retaba por dejar todo tirado,
mi papá cantando en el auto solo para hacerme enojar.
Cosas simples.
Cosas que ahora parecían de otra vida.
—Alma, ¿querés sentarte? —me preguntó mi tía en voz baja.
Negué con la cabeza.
Si me sentaba, sentía que no iba a poder levantarme más.
Las flores blancas estaban empapadas por la lluvia.
A mi mamá le encantaban.
Mi papá decía que parecían de hospital, pero igual siempre le llevaba.
Ese detalle me apretó el pecho.
De a poco la gente empezó a irse.
Los abrazos eran cortos.
Las miradas largas.
Hasta que quedé casi sola.
Di un paso más cerca de las lápidas.
—No sé cómo hacer esto sin ustedes —susurré.
La lluvia no respondió.
Cuando me di vuelta para irme, sentí algo raro.
Como si salir de ahí hiciera todo definitivo.
Subí al auto de mi tía en silencio.
El vidrio empañado.
El aire frío.
La ciudad seguía normal.
La gente caminaba.
Los autos pasaban.
El mundo seguía.
El mío no.
—Podés quedarte conmigo el tiempo que necesites —me dijo mi tía.
Asentí sin mirarla.
Doblar en la esquina fue lo último que recuerdo con claridad.
Un auto apareció de la nada.
Un bocinazo.
Un grito.
Después el golpe.
Mi cuerpo yendo hacia adelante.
El mundo girando.
Y oscuridad.
Cuando abrí los ojos, el techo era blanco.
Había un pitido constante.
Olor a hospital.
Luz fuerte.
Parpadeé confundida.
—Alma… —escuché la voz de mi tía— despertaste.
La miré.
Tenía los ojos llorosos.
—¿Qué pasó? —pregunté.
—Tuvimos un accidente. Pero estás bien.
Accidente.
Lluvia.
Auto.
Entonces una palabra vino a mi mente.
Funeral.
Fruncí el ceño.
—¿Funeral de quién? —pregunté.
Mi tía se quedó quieta.
Ese silencio me heló la sangre.
—Alma… —dijo con cuidado— hay cosas que quizá no recordás ahora.
Mi corazón empezó a latir rápido.
Busqué en mi memoria.
Sabía quién era.
Sabía mi edad.Recordaba mi vida.
Pero los últimos días…
eran un vacío.
—Siento que olvidé algo importante —susurré.
Mi tía tomó mi mano.
—Tuviste un golpe fuerte. A veces pasa.
Miré el techo otra vez.
Había una tristeza dentro mío que no sabía explicar.
Como extrañar algo sin saber qué era.
Y eso daba miedo.
Cerré los ojos lentamente.
Dicen que olvidar es una bendición.
Nadie me avisó que también podía ser una trampa.