PRÓLOGO
Tenía cuatro años cuando paso todo.
Lo recuerdo todo, aunque me hubiera gustado no recordarlo. Estábamos en un parque. Él me sostenía la mano y yo iba dando saltitos porque me había prometido algo, no sé qué, algo pequeño, algo que un niño olvida en un minuto. Y de pronto alguien me levantó del suelo y el mundo se dio la vuelta. Grité su nombre hasta que dejé de tener voz. Él no llegó.
Ese fue mi primer castigo: gritar y que nadie viniera.
Después, un cuarto gris. El cemento frío contra mis pies descalzos, una voz que me decía que llorar era de débiles. Lloré igual, todas las noches, hasta que aprendí lo que costaba. Aprendí a llorar sin ruido, y luego a no llorar. Eso es lo que más me duele todavía: no los golpes, no el hambre, no la oscuridad donde me encerraban cuando fallaba. Lo que más me duele es acordarme del día en que dejé de pedir que me vinieran a buscar.
Y una noche me dormí en ese cuarto gris, y desperté en otro lugar.
No era el mismo cuarto. No eran las mismas caras. Ni siquiera el aire olía igual. Nadie me explicó nada, nadie me preguntó nada. Otra vez me habían llevado a la fuerza, y otra vez nadie vino por mí.
Antes querían que fuera fuerte. Ahora ya no. Ahora querían que dejara de ser yo.
Lo intentaron con agujas que me quemaban por dentro, con máquinas que me vaciaban la cabeza, con una voz que me repetía que no tenía a nadie, que nadie me había buscado nunca, que nadie iba a hacerlo.
Y yo casi lo creí.
Pero había algo que no lograron sacarme, aunque lo intentaron muchas veces. Una mano grande, tibia, áspera, cerrándose alrededor de la mía. Un olor a flores blancas. Una canción sin letra que alguien me cantaba muy cerca del oído. Eran los únicos pedazos míos que seguían enteros, y los escondí en el fondo, donde nadie podía tocarlos.
Esos pedazos fueron lo único que me mantuvo viva.
Esta no es la historia de lo que me hicieron. Es la historia de cuando alguien, por fin, me miró y no vio un arma. De cómo se sobrevive a haber sido usada. De que volver a casa duele casi tanto como haberla perdido, porque nadie te enseña cómo se abraza a alguien después de tantos años.








