Sed de Cristal

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Summary

Elara entra a un torneo de magia para salvar a su madre de la muerte, aunque todo esté en su contra. A el ganador del torneo se le otorgará el Cristal del Origen, capaz de cumplir cualquier deseo de quién lo posea. En el camino, Elara se enamorará de su contrincante y rival llamado Lobo, un chico albino de la alta nobleza. Historia ambientada en la época medieval y la modernidad del siglo XXI.

Genre
Fantasy
Author
Domipq
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1


El aire dentro de la tienda era tan espeso que se podía cortar con una daga. Era una mezcla de sándalo con polvo acumulado en estanterías llenas de frascos sin etiqueta y ese olor a humedad que impregna los lugares que no han visto la luz del sol en años. Me piqué la nariz, intentando no estornudar mientras observaba las manos de la anciana.

Eran manos nudosas, con manchas de la edad y uñas amarillentas que se movían en sinfonía sobre la baraja de tarot.

—Las cartas no tienen piedad, Elara —murmuró—. Pero tú ya lo sabías, ¿verdad?

Yo no respondí. Me limité a ajustar los cordones de mi bustier. Lo había apretado tanto esa mañana que las varillas de madera me presionaban las costillas, obligándome a mantener una postura rígida.

—Solo dígame lo que ve, Vora. No he venido por consuelo.

La anciana giró la primera carta. La Torre. Luego la segunda. El Cuatro de espadas. El sonido de las cartas chocando contra la mesa parecía un trueno en el silencio de la habitación.

—La salud de tu madre es como una vela que se apaga en medio de la oscuridad —dijo finalmente, clavando sus ojos nublados en los míos—. La Maldición de las Curanderas no es algo que se cure con té de jengibre y esperanza. Su sangre se está volviendo negra, muchacha.

Sentí una punzada de frío en el estómago. Sabía que era verdad, pero escucharlo en voz alta era como recibir un bofetón. Apreté los puños, sintiendo la aspereza de la tela de mi falda bajo las uñas.

—Tiene que haber una forma —insistí, mi voz intentaba no romperse—. Mi familia ha servido a este pueblo por generaciones. Mi padre, mis abuelos... todos dieron su vida por curar a gente que ahora nos cierra la puerta en la cara. No voy a dejar que ella sea la siguiente.

—Tu suerte va a cambiar pronto —la anciana sacó otra carta con un movimiento fluido, la rueda.—Pero el destino tiene un sentido del humor muy retorcido para las gatas negras. No busques la cura en la tierra, búscala en el cielo de los que se creen dioses.

Pagué con mis últimas monedas de cobre, y tomé la bolsa de hierbas medicinales que traía conmigo. Caminaba sintiendo el peso de la decepción en cada paso mientras salía de la tienda. El pueblo se extendía ante mí como una mancha gris bajo el cielo plomizo. Observaba la madera podrida de las casas mientras el lodo de las calles manchaba mis botas. Me aseguré de caminar con la barbilla en alto. En un lugar al que parece que la modernidad abandonó, la dignidad es lo único que no te pueden quitar.

No había avanzado dos calles cuando el sonido de unas risas cristalinas me hizo tensar los hombros.

—Vaya, si es la gatita de la mala suerte. —su voz era tan aguda que me dolían los oídos, no pude evitar girar mis ojos. Era la indistinguible voz de Cici.

Me detuve. Ella y sus dos amigas estaban apoyadas contra una pared de piedra labrada, justo donde termina el pueblo y empieza la ciudad, luciendo capas de lana fina con broches de plata. Sus cabellos estaban perfectamente peinados, sin un solo mechón fuera de lugar. Me miraron de arriba abajo, deteniéndose en mi mi ropa y riéndose entre ellas. En sus manos sostienen hojas de papel que repartían a los transeúntes del piso de piedra.

—Vaya, no encontraste a nadie más a quién molestar?—dije, esbozando una sonrisa que era más una advertencia que un gesto amable.

—Me atrevería a decir que, de todo este pueblucho —señala vagamente las casas de mis vecinos, mirando con asco el suelo lleno de barro por la lluvia y mis zapatos manchados.— Tú eres la única que no reconoce su lugar. Alguien tiene que recordártelo. ¿Qué vas a hacer?, ¿maullarme?.—Cici dio un paso adelante, manteniéndose en la última piedra del camino que la separa del barro y la tierra. Su perfume de rosas chocando contra el olor a tierra húmeda del suelo—. Dicen que tu madre ya está en las últimas. Qué desperdicio de magia, morir por curar a personas que ni siquiera saben su apellido.

El calor de la rabia me subió por el cuello. Podían burlarse de mi ropa, de mi pueblo, incluso de mis ojos amarillos, pero no de ella.

—Hablar de mi madre es lo más cerca que estarás nunca de conocer a un mago de verdad —respondí, mi voz bajando a un tono peligroso. Cici sonríe.— Y si creen que sus burlas me asustan, es que son tan cortas de mente como de talento con la magia.

Cici bufó ofendida. Sus amigas jadearon, escandalizadas. Con un gesto brusco, Cici sacó el fajo de papeles que llevaba bajo el brazo y con ellos me golpeó en el pecho.

—¡Toma! —gritó mientras los folletos volaban por el aire y caían al barro—. Es una competencia de hechicería de verdad. Pero solo para gente con linaje. Quédate en tu choza esperando a que tu madre deje de respirar, porque es lo único que vas a heredar.

Se alejaron a toda prisa, sus risas perdiéndose en la esquina. Me quedé sola en medio de la calle, respirando agitadamente. Mis manos temblaban un poco mientras me masajeaba el golpe. Estaba a punto de marcharme, ignorando los papeles que se ensuciaban en el suelo, cuando el viento hizo girar uno de ellos.

Quedó atrapado bajo la punta de mi bota. Me agaché para recogerlo, dispuesta a hacerlo pedazos, pero una palabra escrita en letras doradas, que parecían brillar incluso bajo el barro, me detuvo:

"...DESEO..."

Sentí un escalofrío. Estiré el papel con cuidado, limpiando el lodo con la punta de mis dedos.

"Gran Torneo de Hechicería"

"Premio único: El Cristal del Origen. Un solo deseo para quien sea capaz de reclamarla."

Guardé la hoja en mi bolsillo, sintiendo cómo el papel crujía contra mi costado. Un torneo para hechiceros, ¿un simple mago como yo podría entrar?.