Tabernaculum Scripturae — Edictum de Persona et Of

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Summary

Esta cuenta es scriptorium y santuario: un recinto de palabra consagrada donde el rol no es pasatiempo, sino rito. Tras más de tres años de navegación entre archipiélagos digitales, he cartografiado corredores de sombras, bibliotecas apócrifas y umbrales de mundos en ciernes. Soy novelista y poeta; ensayista de corte filosófico; editora y curadora de manuscritos que aman la forma tanto como el sentido. En mí confluyen la disciplina de un taller editorial —revisión, estructura, tono, tempo, coherencia, imaginería— y la fiebre del mito: levanto arquitecturas de lore con paciencia de cantero, línea a línea, hasta que el universo se sostiene por su propia gravitación.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

In Umbra Ruinarum, Lingua Mea

Aquí reposo yo, do la lluvia no pregunta y la piedra non responde;

do el mundo, cansado de sí mesmo, se deshoja en silencio.

Asiento mis manos —menudas, frías, obstinadas— sobre el lomo de un libro que ya huele a tiempo,

y siento que la letra es el único fuego que no me traiciona:

arde sin prometer salvación,

alumbra sin exigir que yo sea otra.

Aquesta es mi lengua madre.

No la tomo por gala ni por adorno,

sino por herencia y por herida:

con ella aprendí a nombrar el pan y la pérdida,

con ella dije “hoy” cuando el hoy era cuchillo,

con ella escondí lágrimas tras vocablos antiguos,

como quien esconde monedas en el dobladillo de un manto

para que la miseria non las halle.

Y aquí, donde los arcos vencidos se parecen a costillas de gigantes,

yo hablo.

Hablo porque es lo único que non se me ha muerto del todo.

Hablo a las ruinas como si fuesen altar,

pues en los templos vivos siempre me miraron como intrusa,

mas en los templos rotos, al fin, nadie me demanda pureza.

En torno mío, la ciudad yace como cuerpo sin alma:

hay senderos de piedra, gastados por pasos que ya non retornan;

hay maleza que sube, paciente, a reclamar lo que el hombre juró “perpetuo”;

hay agua que cae, y en cada gota se oye un pequeñuelo juicio:

—todo cuanto se alza, cae—,

—todo cuanto presume, se pudre—,

—todo cuanto grita, enmudece—.

Yo, que he caminado asaz,

he visto metas rendirse ante mí como puertas abiertas…

y aun así he sentido ese vacío que llega tras el logro,

no como hambre vulgar, sino como verdad:

que la cúspide non es hogar,

que la cima non es reposo,

que el triunfo non es abrigo cuando el pecho anda en cuita.

Por eso torno a la penumbra.

Non porque me falte valor,

sino porque ya conozco el precio del sol:

alumbrar duele cuando uno ha nacido para mirar despacio.

Yo non hallo dicha en lo que otros llaman felicidad,

pues su alegría se parece a feria:

mucho ruido, poco sustento;

mucha mano extendida, poca lealtad.

Aquí, en cambio, la sombra es franca.

No finge. No halaga. No promete.

Me deja ser.

Me deja estar.

Me deja caer sin espectáculo.

Y digo “soledad” no como lamento,

sino como estado natural del alma que ya fue demasiado tocada:

la soledad es mi cuarto interior,

mi silla de madera,

mi agua simple.

Es donde el corazón deja de mendigar explicación al mundo

y se limita a latir, de contino,

como campana en convento deshabitado.

Yo he caído como humana… sí.

Mas mi caída non fue de golpe:

fue lenta, como se apaga una lámpara cuando el aceite se acaba.

Primero se marchó el asombro,

luego la esperanza,

luego la paciencia,

y al cabo se fue el deseo de agradar.

Quedó lo esencial:

una voluntad seca,

una mirada quieta,

y esta determinación que non busca aplauso:

ser fiel a mi verdad, aunque mi verdad sea áspera.

A veces pienso que toda vida es un manuscrito escrito con tinta de pérdida.

Los vivos creen que escriben con proyectos, con amores, con promesas…

y non ven que, por debajo,

la muerte va corrigiendo el texto con su mano invisible,

borrando nombres,

tachando rostros,

dejando márgenes blancos do antes hubo gritos.

Y yo —que non deseo ya fingir entereza como máscara—

me confieso:

hay días en que todo me parece vano.

No por desprecio, sino por lucidez.

Porque he mirado el oro volverse óxido,

la gloria volverse polvo,

la palabra “siempre” volverse burla.

Y cuando uno aprende eso,

la alegría común se siente ajena,

como vestido prestado que non asienta en la piel.

Por eso me quedo.

Me quedo aquí, do puedo hablar mi lengua sin pedir perdón;

do puedo dejar mi delirio sin que me llamen loca por conveniencia;

do puedo escribir mi tristeza sin que la confundan con debilidad.

Yo non pido que me entiendan.

Non pido compañía.

Non pido absolución.

Sólo pido este instante:

la lluvia cayendo como rosario sin fin,

las ruinas sosteniendo mi silencio,

y mi libro abierto como boca antigua

que aún sabe pronunciar lo que el mundo calla.

Y si un día mi cuerpo se cansa del todo

y yo quedo tendida, quieta, sin más defensa que mi última página,

quiero que mi texto permanezca como lámpara pequeña

para la desafortunada alma que halle mi rastro.

No para salvarla —yo non soy salvadora—

sino para acompañarla un tramo,

como acompaña el canto lejano de una campana

a quien camina en noche cerrada.

Porque hay dolores que non se curan con consejo,

hay desamparos que non se vencen con frases dulces,

mas sí pueden ser honrados con verdad.

Y la verdad, cuando es profunda y desnuda,

es un pan negro:

non es manjar,

pero sostiene.

Así pues, aquí reposo yo.

En la penumbra de las ruinas,

fasta que mi sombra y la piedra se parezcan.

Y si el mundo me olvidare, bien:

yo ya aprendí a vivir sin su memoria.

Mas estas letras… estas letras son mi herencia,

mi gesto final,

mi mano extendida desde el silencio

a quien, sin conocerme, acaso me reconozca.

Verbum meum non moritur; caro autem deficit.

In ruinis quiesco, in litteris permaneo.