Capitulo l: El Ruido que nadie Oye
Tengo 17 años y una edad entera latiéndome en el pecho. No es el corazón lo que hace ruido, es todo lo que no digo.
Estoy a punto de cumplir 18 y no sé si eso significa crecer o simplemente aprender a disimular mejor. A veces siento que el tiempo me empuja como una mano invisible en la espalda, apurándome a ser alguien que todavía no entiendo. Me miro al espejo y reconozco mi cara, pero no siempre me reconozco a mí.
Hay días en los que camino liviana, casi transparente, y otros en los que el peso de mis pensamientos me dobla los hombros. Nadie lo nota. Aprendí a sonreír en los momentos correctos, a decir “estoy bien” con una precisión que asusta. La gente cree en las palabras cortas; no sospecha de los silencios largos.
Dudo de mí. De lo que soy, de lo que siento, de lo que merezco. Dudo incluso cuando estoy segura, porque la seguridad también me da miedo. ¿Y si me equivoco? ¿Y si no soy suficiente para el mundo que me espera del otro lado de los 18?
A veces me siento partida en dos: la que sueña y la que se protege. La que quiere amar sin medida y la que cuenta cada latido para no romperse. Hay noches en las que el silencio me habla más fuerte que cualquier voz. Me acuesto mirando el techo y pienso en todas las versiones de mí que pude haber sido, en las decisiones que tomé por miedo y en las que no tomé por dudar.
Cumplir 18 se siente como una frontera. De este lado estoy yo, con mis preguntas, mis errores pequeños y mis esperanzas grandes. Del otro lado, un mundo que espera respuestas rápidas, pasos firmes y certezas que todavía no tengo. Me dicen que confíe, que todo se acomoda, pero nadie me explicó cómo se ordena el caos que llevo adentro.
Sin embargo, incluso en mis días más grises, hay algo que se niega a apagarse. Una chispa mínima. A veces es una canción que me entiende, otras una palabra escrita a las tres de la mañana, otras simplemente la idea de que no todo está perdido. Me aferro a eso como quien aprende a respirar bajo el agua.
No sé quién voy a ser cuando sople las velas. No sé si me sentiré distinta o si todo seguirá igual. Lo único que sé es que sigo acá, sintiendo, dudando, avanzando a mi ritmo. Y tal vez eso también sea crecer: no tener todas las respuestas, pero elegir quedarse.
Este capítulo no es una conclusión. Es apenas una confesión. Un comienzo tímido. Porque aunque hoy me sienta rota en partes, también estoy hecha de intentos. Y mientras haya intentos, todavía hay esperanza.