Prólogo
El hospital nunca se había sentido tan pesado, con el alma saliendo en cada respiración pesada, Sora trotaba por los pasillos blancos que dejarían ciego a cualquiera; se detuvo justo enfrente de la puerta de aquella habitación a la que odiaba meterse, pero, tan pronto vio una silueta conocida, no tardó en girar sobre sus pies, poniéndo su espalda contra la pared, a un costado de la entrada.
Suspiró por última vez, mirando sus pies se perdió en sus pensamientos.
Buscaba encontrar forma a aquello que percibía como susurros tras la pared, pero dejó de intentarlo tras recriminarse a si mismo.
──── Obāya, necesito que hables con él, de otra forma yo. . . ──── Ren negó cabizbajo, sintiendo en esos segundos una mano cálida y temblorosa posarse sobre su cabellera.
──── Ren-san. . . ────
──── Me está volviendo loco, claramente no comprende nada de esto, nada de lo que ha pasado. ────
────. . . Ren. ────
──── Yo. . . ────
──── ¿Estás seguro de esto? ────
──── Está situación me enferma, nana, sólo. . . Dile. ────
──── ¿Decirme qué? ──── dijo Sora, una vez ya habiendo abierto la puerta de la habitación.
En esos momentos, un silencio sepulcral se apoderó del lugar, con la nana mirando a quien estaba de pie, en el marco de la puerta.
Un suspiro por parte de Ren, y se levantó de aquel banco limpiando sus lágrimas con molestia.
──── Tengo que irme. ──── dijo Ren. ──── Por favor, si algo sucede, no dudes en llamarme. ──── el joven tuvo que agacharse, y dar un pequeño beso sobre la frente de la anciana, acomodando la corbata en su traje impecable.
Luego se dio la vuelta, sin dedicar una sola palabra a su gemelo. Sora apenas lo siguió con la mirada, hasta que Ren abandonó la habitación y cerró la puerta tras de sí.
Fueron largos los segundos, antes de que Sora le dirigiera la mirada a su nana, y se acercara para tomar asiento donde su hermano estuvo sentado antes.
──── ¿Estás bien? Cuando me llamaron, preguntando por mi, imaginé lo peor, y vine lo más rápido que pude. ──── su alma al fin puedo descansar teniéndola frente a él.
El joven chico, con mirada triste, tomó aquella delicada mano y la dirigió lentamente a su propio rostro, apenas colocando la palma contra su mejilla, cerrando sus ojos en un suspiro de calma que, podría jurar, salió desde su corazón.
──── Sora, mi niño, hay algo que te aqueja. ──── hizo una pausa, contuvo la respiración, y suspiró ──. Y a mi también. ──── dijo con voz quebrada y ojos tristes.
Se pudo observar, en aquella expresión calma del muchacho, como si algo se hubiera presionado en su interior, y una mueca de dolor apareciera por apenas unos milisegundos.
──── ¿Y que es eso que tanto te aqueja, nana? ──── susurró, dirigiendole la mirada decaída.
──── ¿Alguna vez te conté cómo conocí a tu 'mamá'? ────
El reloj en la pared resonaba en los pasillos, el olor al desinfectante del suelo perforaba su nariz, y la voz en su garganta se quedó atorada en ella.








