CAPÍTULO 1
El calor llevaba tres semanas estancado sobre la ciudad. No había viento, solo una humedad sucia que se pegaba a la ropa y a las sábanas. A las dos de la mañana, la pantalla del celular marcaba unos ridículos treinta grados.
Pierino se rindió.
Guardó el portátil sin cerrar las líneas de código que llevaba horas revisando. Un error de sintaxis en alguna parte, invisible. Como el calor. Apagó el ventilador, un aparato inútil que solo removía aire caliente, y arrastró una sábana hasta el salón.
Las baldosas eran el único lugar honesto del departamento.
Se tumbó boca arriba, con los brazos en cruz, buscando la frescura acumulada en la piedra. La superficie estaba dura, pero fría.
Se escucharon las uñas sobre el suelo. Gabriel apareció desde el pasillo. El beagle lo miró con los ojos caídos, la lengua fuera, respirando con un jadeo rápido y superficial. El animal tampoco podía dormir. Dio dos vueltas sobre sí mismo y se dejó caer junto a las costillas de Pierino.
—Ya sé, Gabo —susurró Pierino—. Ya sé.
Se quedaron así, en silencio. Dos cuerpos derrotados por el verano. La pantalla negra del televisor les devolvía un reflejo estático.
Pierino cerró los ojos. Intentó visualizar el código en su mente, buscando el fallo, ordenando las variables para inducir el sueño.
No escuchó el zumbido.
No sintió el aterrizaje minúsculo sobre su antebrazo derecho.
Solo notó, segundos después, un pinchazo agudo. Limpio. Como la entrada de una aguja hipodérmica o una línea de código maliciosa ejecutándose de golpe.
Se golpeó el brazo por instinto. El sonido de la palmada retumbó en el living algo vacío. Gabriel levantó la cabeza y gruñó suavemente hacia la oscuridad del techo.
Pierino se miró la piel. No había nada. Ni mosquito, ni araña. Solo un punto rojo que empezaba a latir, irradiando un calor distinto al del verano. Un calor interno.
Se rascó. Volvió a apoyar la cabeza en el suelo. «Mañana», pensó.
Pero el sueño llegó antes de lo previsto. No fue un descenso gradual. Fue un apagón del sistema.
La oscuridad no duró.
De repente, hubo luz. Una luz fría, de tubo fluorescente. Pierino no estaba en su cuerpo. Era solo una lente. Un ojo flotando.
Vio unas manos. Eran manos de hombre, velludas, con las uñas mordidas hasta la carne. Las manos sostenían un destornillador. Estaban desmontando el panel trasero de un microondas viejo. No había sonido. La imagen tenía una nitidez insultante, superior a la realidad. Las manos retiraron la tapa metálica. Dentro, entre los cables y el magnetrón, empujaron un fajo de billetes sujetos con una banda elástica azul. Luego, volvieron a atornillar la tapa. La visión se cortó.
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Pierino abrió los ojos. La luz del sol entraba horizontal, violenta, por la persiana mal bajada. Estaba en el suelo. Tenía la boca seca y un sabor metálico en la lengua. Se incorporó despacio. Le crujieron las vértebras. Miró el reloj de la pared: las nueve. Había dormido siete horas de un tirón. Hacía años que no le pasaba.
Buscó a Gabriel. El beagle no estaba a su lado. Lo encontró en la cocina, bebiendo agua con desesperación. Cuando Pierino entró, el perro se detuvo. Lo miró de reojo, con las orejas gachas, y se alejó hacia el balcón sin saludar. —Buen día a vos también, Arcángel —murmuró Pierino.
Se hizo un café. Negro. Sin azúcar. No tuvo que desplazarse para ir al trabajo. Solo tuvo que girar la silla del comedor hacia el escritorio rincón donde se amontonaban dos monitores y una torre ruidosa. Su oficina distaba dos metros de donde había dormido.
Movió el ratón para reactivar las pantallas. El código de la noche anterior seguía ahí. Las líneas de colores sobre el fondo negro le parecieron jeroglíficos. Por un segundo, no reconoció su propio trabajo. Se frotó el brazo. La picadura. El punto rojo había crecido. Ahora tenía el tamaño de una moneda de diez centavos y un tono violeta pálido. No picaba. Ardía, como si tuviera fiebre solo en ese centímetro de piel.
Se sentó. Intentó teclear.
function init() { ‘
Sus dedos se detuvieron. La imagen de las manos y el microondas volvió a su mente. No como un recuerdo de un sueño, sino como un recuerdo de algo que acababa de ver en YouTube. Recordó el detalle de la banda elástica: azul. Y un detalle más que no había notado antes: en la muñeca de las manos velludas había un reloj con la correa rota, pegada con cinta aislante.
Pierino sacudió la cabeza. —Concentración —se dijo. El perro, desde el balcón, soltó un ladrido seco al aire vacío.
La mañana se arrastró. El sol trepó por el cielo y convirtió el departamento en un invernadero. Pierino encendió el ventilador de nuevo. El ruido de las aspas cortando el aire caliente se mezcló con el zumbido de la torre del ordenador.
Intentó trabajar. Tenía que entregar un parche para un cliente bancario antes del mediodía. Una tarea mecánica: cerrar puertos, validar entradas. Rutina. Pero los dedos no le obedecían. Sentía los antebrazos pesados, como si estuvieran llenos de agua. O de mercurio. El punto violeta en su piel latía al mismo ritmo que el cursor en la pantalla. Pum. Pum. Pum.
A las once, la realidad empezó a parpadear.
Estaba revisando una línea de código simple:
if (balance < 0) { return error; }
Parpadeó. Por una fracción de segundo, las letras blancas sobre el fondo negro cambiaron. No decían eso. Leyó:
if (banda_azul == true) { hide_in_magnetron; }
Se frotó los ojos con fuerza. Miró de nuevo.
if (balance < 0) { return error; }
Todo normal. —Café —dijo en voz alta. Su propia voz le sonó ajena, como si saliera de una radio mal sintonizada.
Se levantó. Las rodillas le fallaron un instante. Un mareo rápido, vertical. Se sostuvo del borde del escritorio. Gabriel lo observaba desde el pasillo, a salvo en la penumbra. El perro no movió la cola. Tenía los ojos fijos en el brazo de Pierino. —¿Qué miras? —le soltó, irritado.
Volvió a sentarse. El calor interno era peor que el del ambiente. Decidió ignorarlo.
Doce y cuarto. El segundo fallo fue más agresivo. No fue texto. Fue una imagen superpuesta. Mientras arrastraba una ventana del navegador, el monitor se volvió transparente. Detrás de la hoja de cálculo, vio una calle. Asfalto gris, agrietado. Un coche rojo estacionado en doble fila. Una matrícula: AE 455 LP. Vio una mano saliendo de la ventanilla del coche. La mano tiraba una colilla de cigarrillo al suelo.
Pierino soltó el ratón como si quemara. La visión desapareció. La hoja de cálculo volvió a ser una cuadrícula de números aburridos.
Se miró las manos. Le temblaban. El corazón le iba a mil. No era una alucinación abstracta. Era aburridamente real. Anotó la matrícula en un post-it amarillo y lo pegó en la base del monitor. AE 455 LP.
¿Por qué su cerebro inventaría eso? El veneno ya no estaba solo en el brazo. Sentía un cosquilleo en la nuca, en la base del cráneo, justo donde se conectan los nervios ópticos.
Cerró los ojos. Esperó ver colores, luces, formas geométricas. Pero solo vio oscuridad. El espectáculo era exclusivo para cuando tenía los ojos abiertos.
Abrió los ojos. La oscuridad desapareció. La "doble exposición" regresó con violencia.
Sobre la pared blanca de su estudio, se proyectó otra realidad. Vio la misma calle de antes. El coche rojo, AE 455 LP, ya no estaba en movimiento. Estaba detenido frente a una casa baja, de rejas oxidadas y jardín seco. Dos hombres bajaron del vehículo. No usaban máscaras. Usaban gorras viseras caladas hasta las cejas. Pierino escuchó sus voces. No con los oídos, sino dentro del cráneo, resonando en el hueso. —Es la del fondo —dijo uno. Voz ronca—. El viejo guarda los verdes en el microondas. El dato es firme. Entramos y salimos.
Pierino se agarró el brazo. El punto violeta ya no era un punto. Algo se movió bajo su piel. Una presión física, sólida, reptando por su tríceps hacia el hombro. El veneno no se disolvía; caminaba. Tenía voluntad.
La imagen cambió de ángulo. Un corte de cámara brusco. Ahora estaba dentro de la casa. Vio, a través de ojos ajenos, la cocina que había soñado la noche anterior. El microondas viejo. La banda elástica azul sobre la mesa. Sintió el miedo. No era su miedo. Era un terror ajeno, viejo y cansado. El dueño de esos ojos estaba sentado en una silla, paralizado, escuchando los ruidos en la puerta de entrada. «Me van a matar.. Me van a matar.» El pensamiento del viejo retumbó en la mente de Pierino como un grito.
—No —dijo Pierino.
Se puso de pie. La silla del escritorio cayó hacia atrás. Gabriel empezó a ladrarle a la pared, como si él también pudiera ver a los intrusos.
Pierino se concentró en la visión. El "bicho" en su brazo palpitó al llegar al hombro. Se sintió como conectar un cable de fibra óptica. La señal se limpió. Podía ver a los ladrones forzando la reja. Podía sentir el corazón del viejo fallando en su pecho.
—¡Levantate! —gritó Pierino.
No le gritó a la pantalla. Le gritó al vínculo. Proyectó su voz por el canal que el veneno había abierto.
En la visión, el viejo dio un salto en la silla. —¿Quién está ahí? —pensó el viejo, mirando a los lados. —¡No hay tiempo! —ordenó Pierino mentalmente. La conexión quemaba—. ¡Prendé la luz! ¡Hacé ruido! ¡Ya!
Pierino vio lo que el viejo miraba: un juego de llaves con un control de alarma antipánico sobre la mesada, lejos, a dos metros. Los ladrones ya estaban en el pasillo. Se escuchaba el crujido de la madera. —¡El botón! —empujó Pierino. Sintió que su propia energía se drenaba, cruzando la ciudad para mover los músculos de un desconocido.
El viejo se movió. No fue un movimiento de anciano. Fue un espasmo inyectado por la voluntad de Pierino. Se abalanzó sobre la mesada. Sus dedos (las manos velludas y mordidas del sueño) agarraron el control remoto. Apretó el botón rojo.
WIIIIUUUUU. WIIIIUUUUU.
La sirena estalló en la visión y en la cabeza de Pierino al mismo tiempo. Un sonido agudo, insoportable. En la calle proyectada en la pared, los dos hombres de gorra se congelaron. Una luz se encendió en la casa de al lado. —¡Vámonos! ¡Se pudrió! —gritó el conductor.
Corrieron. Subieron al coche rojo. Las llantas chirriaron contra el asfalto. Desaparecieron.
En la cocina, el viejo cayó de rodillas, abrazando el control remoto, llorando sobre las baldosas. Miraba al techo, buscando al ángel o al demonio que le había gritado dentro de la cabeza. «Gracias... gracias...», pensaba el viejo. Y el pensamiento le llegaba a Pierino con sabor a sal y alivio.
La visión se desvaneció. La pared del estudio volvió a ser blanca. El ventilador seguía girando, ajeno a todo.
Pierino se dejó caer al suelo. Estaba empapado en sudor frío. Le dolía la cabeza como si le hubieran clavado un clavo entre los ojos. Miró su brazo derecho. La línea violeta había avanzado. Ya no estaba en el hombro. Ahora trazaba una curva perfecta hacia su pecho, buscando el corazón. Tocó la piel. Lo sintió ahí abajo. El veneno se acomodó entre sus costillas, pulsando con un ritmo lento, satisfecho.
No era una enfermedad. No era solo química. Pierino respiró hondo, sintiendo el aire caliente de enero quemarle la garganta. Lo que tenía dentro estaba vivo. Y acababa de aprender a usarlo.