Una noche tranquila
El gato dormía, ajeno al mundo de los vivos.
El humo se elevaba perezosamente hacia las estrellas mientras el crepitar de la fogata acompañaba el constante chhht, chhht del cuchillo contra la piedra.
El cazador afilaba su viejo bowie con diligencia, sosteniendo el mango con firmeza y desplazando el filo en un ángulo perfecto. Admirando su letal belleza sin perder de vista las hamburguesas que se asaban sobre la parrilla.
La bruja, por otra parte, rasgueaba las cuerdas de su guitarra, invocando a la esquiva inspiración. Al principio no siguió ningún patrón reconocible, pero enseguida la melodía de Send Me On My Way se extendió fuera del instrumento.
Mientras tanto, el gato seguía durmiendo.
Distrayéndose de su tarea, el cazador levantó la mirada. La bruja sonreía al ritmo de la canción mientras tarareaba, exagerando la pronunciación.
—¿Esas fueron palabras?
—Es el idioma universal de las buenas vibras —susurró ella, sin dejar de tocar—. Canta conmigo.
El cazador dudó durante un segundo, pero finalmente comenzó a cantar. No tanto con timidez como si con cautela. Ella soltó el coro de forma casi incomprensible, de la misma e inocente manera en la que lo recordaba.
—I would like to hold your little hand…
Él se atrevió a cambiar un poco la letra sin pensarlo demasiado. Durante una fracción de segundo, la bruja dejó de tocar y frunció el ceño al darse cuenta de lo que había dicho.
—¿Eso dice la canción?
—Ahora sí.
Ella sonrió y, como una chispa, encendió el rostro del cazador de la misma alegría. Recompuso su interpretación, retomando el canto un poco más bajito esta vez. Evitando que el rubor de sus mejillas se hiciera notar.
Se dejaron llevar por la música. Permitiéndose disfrutar tan inusual momento de libertad y ligereza. El mundo era vasto y peligroso, pero a un lado de la carretera, con el aroma a tofu de las hamburguesas y una fogata bajo las estrellas, era suficiente con que estuvieran juntos.
El gato aún dormía.
Mordiéndose el labio inferior, ella tocó las últimas notas con amabilidad antes de qué el silencio subiera al escenario. Llegó de lo lejos el ronroneo del motor de un camión que atravesaba la carretera. Una lechuza ululó en respuesta, arrullando la noche que parecía querer inquietarse.
—Es una noche tranquila. —dijo el cazador finalmente.
—Sí que lo es. —susurró la bruja, con la mirada perdida en las luces del cielo.
Y en sus vidas, una noche tranquila era un tesoro que valía la pena atesorar.