EL REY HA CAÍDO
En la enorme capital Mordragon. La noticia ya había sido esparcida. ''Lo envenenaron'' decían algunos. ''Fueron los Vorthen'' decian otros.
—¿Es verdad? ¿Murio? —pregunto un hombre alto, de complexión firme y cabello plateado. tan blanco como la nieve. —Si. Lo encontraron muerto esta mañana, no parece que lo hayan matado. —respondió un joven parecido al hombre. El mismo cabello plateado, los mismos emblemas en la ropa. Solo que el tenia la piel pálida, ojos muy grandes y de color grises.
—el reino esta débil ahora, con Daegar muerto el trono esta vacante. —dijo el hombre.
—Daerrion tomara el lugar de su padre. Es la tradición —comento aquel joven a su padre.
—No si tomamos el trono primero.
La dinastía Draygon había reinado por siglos. Daegar reino por mas de dos décadas, su reinado fue largo, pero vacío. El rey gobernó más por inercia que por voluntad, y durante años el reino avanzó sin rumbo, sostenido únicamente por la memoria de lo que su familia había sido alguna vez.
Era un hombre de gesto torpe y mirada apagada, incapaz de imponer respeto incluso sentado en el trono. Sus palabras solían llegar tarde o mal dichas, y cuando hablaba en consejo, pocos escuchaban con verdadera atención.
Muchos susurraban —aunque algunos ya lo decían sin temor— que la corona le había sido concedida por sangre y no por mérito. No fue un tirano ni un monstruo; fue algo peor: irrelevante.
El siguiente en la fila para gobernar era Daerrion Draygon. Las demás familias lo sabían y viven con eso, excepto la familia Vorthen.
El castillo se alzaba como una mole imposible de ignorar, construido en piedra tan blanca que parecía resistirse al paso del tiempo. Sus muros reflejaban la luz con una frialdad casi sagrada, como si la fortaleza hubiera sido tallada para recordar al reino quién gobernaba desde allí.
La sala era vasta y silenciosa, sostenida por columnas colosales del mismo blanco pulido, lisas y perfectas, sin grietas visibles. El suelo de mármol claro estaba trazado con vetas apenas perceptibles, y el techo se elevaba tan alto que las sombras se perdían antes de alcanzar su final.
Grandes estandartes inmaculados portaban el emblema de una de las casas más poderosas del reino, dominando la estancia con una presencia austera y absoluta.
Allí se encontraba Lord Drazkart, junto a sus hijos. Valtor Vorthen, el menor de los tres y el mas arrogante. El unico con ojos grises, alto para su corta edad. Menth Vorthen, el mayor y el mas fuerte de los tres. Mide el doble que Valtor y tiene unos ojos verdes como los jardines de Vory. Vestía un traje elegante pegado al cuerpo, como si fuera una segunda piel. Hecho para el combate, era color blanco. Líneas plateadas por todo el traje, como el de su hermano. En los hombros tenia el emblema de su familia, el dragón blanco de ojos azules. Es el próximo Lord de la familia Vorthen, aunque puede que eso no le guste a Valtor. Nyra Vorthen, la mediana. Una chica de ojos morados, pelo largo hasta la cadera blanco como el de sus hermanos. Era muy baja pero fuerte mentalmente, y con un buen corazón para ser una Vorthen.
—Daegar a muerto. El trono necesita un rey —Ya tienen uno. —interrumpió Valtor a su padre.
Drazkart lo miro con un toque de furia. —La guerra entre el dragón blanco y el negro siempre ha estado presente. No empezó con nosotros, hijos míos, ni terminará fácilmente. Mucho antes de que ustedes nacieran, los Draygon y los Vorthen ya se miraban con desconfianza, como bestias destinadas a enfrentarse tarde o temprano.
Yo era joven cuando los Draygon decidieron que nuestro poder era una amenaza. Nos acusaron de conspiración para justificar lo que ya habían decidido hacer. Ejecutaron a mi padre, confiscaron nuestras tierras y nos obligaron a jurar lealtad con la espada aún manchada de su sangre.
Aprendí entonces que los reyes no siempre gobiernan por justicia, sino por miedo. Y aprendí algo más importante: que sobrevivir no siempre significa resistir, a veces significa esperar.
Durante años mantuvimos la cabeza baja. No porque olvidáramos, sino porque recordábamos demasiado bien. Mientras la dinastía Draygon se debilitaba, nosotros reconstruimos en silencio, piedra por piedra, alianza por alianza.
Ahora el tiempo ha hecho su parte. La sangre Draygon se agota y el trono ha quedado vacío. No les hablo de odio, sino de memoria. No les hablo de venganza, sino de lo que nos fue arrebatado.
Recuerden esto: no buscamos destruir un nombre, sino terminar una historia que nunca debió escribirse de ese modo. Si llega la guerra, no será porque la deseamos, sino porque siempre estuvo destinada a ocurrir.
El castillo de los Draygon estaba en silencio. Excepto por el llanto de Lady Draydon, aun lloraba la muerte de su esposo y su hijo. Su estúpido hijo ya manchaba el nombre de su dinastía con decisiones que empezaban a afectar al reino.
En su primer consejo como rey, decidió hablar antes de escuchar.
Se permitió sonreír cuando los informes fueron presentados, como si las advertencias fueran exageraciones de hombres temerosos. Llamó rumores a los movimientos de tropas, viejas rencillas a las tensiones entre casas, y repitió más de una vez que el reino no necesitaba guerra.
Cuando uno de los lores intentó insistir, el nuevo rey alzó la voz y lo interrumpió con un gesto impaciente. Dijo que no gobernaría guiado por miedos heredados ni por conflictos antiguos que ya no le concernían.
Hubo silencio en la sala. No por respeto, sino por incredulidad.
El heredero terminó su discurso recordándoles que la autoridad del trono no debía ser cuestionada, y que quienes sembraban alarma solo buscaban protagonismo. Algunos bajaron la mirada. Otros apretaron los puños.
Aquella mañana no declaró la guerra.
Declaró, sin saberlo, su propia debilidad.
—¡No llevas ni un día como rey y ya manchaste nuestro apellido Daerrion! —grito su hermana Dusskhara. —¡Tu no has gobernado nada Dusskhara, así que cállate! —Y aun así lo haría mejor que tu inútil. Daerrion tenia una mirada de enojo, algunos dirían que era de odio pero Daerrion amaba a su hermana. —¡Le hablas a tu rey! —¡Le hablo a mi estúpido hermano! —¡Basta ya! ambos jóvenes voltearon en seguida. Era su madre, Aeryndra Draygon. Aun sollozaba la muerte de su esposo y sus hijos ya peleaban por quien reinaría mejor, y eso le molestaba bastante. Ninguno era digno del trono que los Draygon habían resguardado durante años. Y parecía que sus hijos arruinarían todo. —El cadáver de su padre aun no se enfría ¿Y pelean por quien reinaría mejor? ¿Quieren saber quien los haría mejor? Ninguno. Los dos no son mas que unos niños tontos, jugando a ser reyes. Así que por los dioses, cierren sus malditas bocas. Los jovenes Draygon se quedaron callados observando como se marchaba su madre, se miraron entre ellos sintiéndose muy idiotas.
Los Keldryn eran anchos de hombros, de cuerpos pesados y firmes, como hombres hechos para resistir y embestir. Su piel era blanca, aunque curtida por el sol, con ese tono ligeramente bronceado de quienes pasan más tiempo al aire libre que bajo techos dorados. El cabello café, espeso y áspero, era un rasgo común en toda la familia, tanto en hombres como en mujeres.
Había en ellos una mezcla inquietante de elegancia y brutalidad. Sabían comportarse en la corte, medir palabras y vestir con sobriedad, pero nada en su presencia ocultaba lo salvaje. Eran osos vestidos de nobleza.
El Lord Baldrek Keldryn rompía cualquier ideal romántico: era gordo, de andar pesado y respiración lenta, con manos gruesas cargadas de anillos. Su rostro siempre parecía burlarse de quien tuviera enfrente. No era torpe ni ingenuo; era cruel, astuto y profundamente despreciable.
Un hombre que sonreía mientras traicionaba y que disfrutaba el poder no por gobernar, sino por aplastar.
—Daegar está muerto. Daerrion es rey ahora.
Y seguramente los Vorthen piensan quitarle ese título. Pero ellos no merecen ese trono. Lo merecemos nosotros.
Los Draygon han gobernado Mordragon durante generaciones creyendo que la sangre basta para sostener una corona. Hoy esa mentira se ha quebrado. Un rey débil ocupa un trono cansado, y los cuervos ya vuelan sobre él aunque aún respire.
Los Vorthen creen que el vacío es su oportunidad. Se envuelven en viejas heridas y en un honor que solo usan cuando les conviene. Pero no son mejores que los dragones negros. Solo esperan heredar lo que nunca supieron conquistar.
Nosotros no esperaremos.
Sacaremos a los dragones de Mordragon.
Derribaremos cada estandarte Draygon y borraremos su nombre de la memoria del reino. Y cuando los Vorthen intenten alzarse, caerán junto a ellos, porque este trono no será compartido ni disputado.
No luchamos por tradición.
No luchamos por justicia.
Luchamos porque somos los únicos dispuestos a hacer lo necesario.
Reinaremos sobre todas las familias de los Nueve Reinos, no como salvadores, sino como dueños. El reino no recordará nuestros discursos, recordará nuestro rugido.
Que lo entiendan bien, hijos míos:
cuando el fuego de los dragones se apague y el orgullo de los Vorthen se hunda en cenizas,
el oso será rey... por siempre.
Dusskhara caminaba lentamente hacia la puerta del rey. Toco lentamente. —Pasa. —dijo Daerrion. Ella entro y vio a su hermano sentado al borde de su cama, tenia la cabeza agachada se le notaba algo triste, vio a su hermana a los ojos. Dusskhara noto el arrepentimiento en sus hojos. —No quise gritarte —dijo al fin. —Ni yo quise llamarte estúpido. Ambos sonrieron ligeramente. —madre tiene razón —confeso Daerrion—. No soy digno de esta corona, no soy digno de que las familias de los nueve reinos me llamen rey.
Dusskhara le toco el hombro con miedo. No a el, sino a el futuro del reino. —Ahora no es momento de ver quien es digno o no hermano, tienes que gobernar nueve reinos. Hay familias que quieren nuestras cabezas, el trono. Quieren acabar con nuestro reinado —¿Quienes? —pregunto Daerrion. —no es un secreto que los Vorthen nos han querido muertos desde que la dinastía Draygon comenzó. Ahora es un momento perfecto para acabar con nosotros y tomar el trono. Tu no sabes gobernar un ejercito en una guerra, y los consejeros son inútiles. Padre nunca peleo, le temían. En los últimos días de su reinado no fue el mejor rey. Pero mantuvo al reino a sus pies. Y eso, querido hermano. Es lo que tienes que hacer.
Los jardines de Vory se extendían como un mar ordenado de verde y color, tan vastos que la vista se perdía antes de alcanzar sus límites. Senderos de piedra clara los atravesaban con simetría perfecta, flanqueados por setos cuidadosamente recortados y árboles antiguos cuyas copas ofrecían sombra generosa.
Cerca de ellos corrían ríos de agua cristalina, tan claros que dejaban ver el fondo pedregoso y reflejaban el cielo como espejos en movimiento. Su curso serpenteaba junto a los jardines, aportando frescura y un murmullo constante que se mezclaba con el canto lejano de la naturaleza.
Fuentes de mármol se alzaban entre parterres rebosantes de flores, y el agua corría con un sonido limpio y casi solemne. Rosales, arbustos aromáticos y plantas traídas de tierras lejanas crecían en perfecta armonía, como si la tierra misma hubiese sido domada con paciencia y riqueza.
El aire estaba impregnado de un aroma suave y fresco, mezcla de flores abiertas y hierba recién cortada. Todo allí hablaba de control y esplendor: cada hoja en su sitio, cada camino trazado para ser recorrido sin prisa.
A veces, al alzar la mirada, podían verse dragones volando por encima, siluetas enormes cruzando el cielo con lentitud majestuosa. Su sombra recorría los jardines como un recordatorio silencioso de que incluso en un lugar tan bello, el poder siempre observaba desde lo alto.
Nyra Vorthen caminaba por los jardines a un lado de Kael Varyon. Kael Varyon no era un hombre que pasara desapercibido. Alto, de complexión firme y movimientos seguros, caminaba como alguien que sabía exactamente quién era y lo que valía. Su rostro tenía rasgos marcados y una belleza peligrosa, de esas que no buscan agradar, sino imponer. El cabello oscuro, casi siempre despeinado, contrastaba con unos ojos atentos y burlones, capaces de leer a los demás con facilidad inquietante.
Vestía con la sobriedad de quien no necesita demostrar su estatus. Kael hablaba poco, pero cuando lo hacía, sus palabras eran certeras. No era un guerrero impulsivo ni un cortesano vacío: era inteligente, irónico y calculador. Leal, sí, pero solo a quienes consideraba dignos.
Su relación con Nyra no nacía del romance ni de promesas vacías. Se conocían desde hacía años, unidos por alianzas silenciosas, secretos compartidos y una comprensión mutua poco común. Kael no intentaba domarla ni suavizarla; la respetaba tal como era: fría, poderosa y despiadada cuando era necesario.
Entre ellos existía una cercanía que no necesitaba explicaciones. Se encontraban cuando el peso del poder se volvía insoportable y se separaban sin reproches ni ataduras. Kael era para Nyra un refugio momentáneo, no una debilidad. Y Nyra, para Kael, era una mujer a la que jamás intentaría poseer.
—Mi padre planea invadir Mordragon y proclamarse rey. —¿Planea acabar con un reinado de mas de cien años? —pregunto Kael en un tono burlón. Ella lo vio a los ojos furiosa. —¿Crees que no puede hacerlo? —Los Draygon han gobernado por mucho tiempo, tienen un ejercito fuerte. Dragones —nosotros también tenemos dragones y un ejercito muy fuerte. El niño que llaman rey no sabe lo que es dirigir un ejercito, lo mas seguro es que envié a sus dragones a pelear y de ser así, ganaremos nosotros. —no dudo el poder de sus dragones mi lady. Dudo de que las demás familias apoyen esto —no necesitamos la aprobación de las demás familias —contesto Nyra.
—no. Pero los Draygon pedirán ayuda a las familias mas poderosas de los nueves reinos. Y los lores de las mismas, no serán tan tontos para rehusarse a ayudar a su rey. Sera difícil pelear contra una familia pero ¿Con mas de cinco? es un suicidio.
Kael no mentía.
Si los Vorthen atacaban a los Draygon, no se enfrentarían solo a un rey joven ni a una dinastía debilitada por la muerte. Se enfrentarían a todo lo que esa corona arrastraba detrás. A juramentos antiguos, a favores nunca cobrados y a casas que habían crecido bajo el estandarte del dragón.
Decenas de familias se alzarían en defensa de Daerrion Draygon. Los Vorthen lo sabían. Las casas más poderosas y fieles no necesitarían ser llamadas; entenderían el ataque como una amenaza al orden mismo de los reinos. No por amor a los Draygon, sino por supervivencia.
Un golpe precipitado provocaría una respuesta inmediata. No una guerra abierta, sino algo peor: aislamiento, presión constante, alianzas cerradas en silencio. Las rutas comerciales se volverían hostiles, los aliados dudarían, los territorios fronterizos empezarían a tensarse sin que se derramara una sola gota de sangre.
Atacar ahora sería un error.
Los Vorthen entendían que, mientras el dragón viviera, su sombra protegía a muchos más de los que estaban dispuestos a admitirlo. Derribarlo requería paciencia, desgaste y el momento exacto.
Por eso aún no avanzaban.
No por miedo...
sino porque sabían que un solo paso mal dado los pondría contra medio reino.
El castillo de los Vhassaryn se alzaba como una herida verde en la roca. No era una fortaleza hecha para impresionar por tamaño, sino por intención. Sus muros, cubiertos de piedra oscura con vetas verdosas, parecían húmedos incluso bajo el sol. Torres delgadas, altas y curvadas se elevaban como colmillos, y estandartes verde profundo con la serpiente bordada colgaban inmóviles, como si observaran a quien se atreviera a entrar.
Nada allí era casual.
Todo estaba pensado para intimidar.
En la sala principal no había trono. Solo una larga mesa de piedra pulida, fría, rodeada de columnas talladas con serpientes entrelazadas. El aire era denso, cargado de un silencio calculado.
Allí aguardaba Lord Draeven Vhassaryn.
Era un hombre delgado, de postura recta y mirada venenosa. Su voz no necesitaba alzarse; estaba hecha para deslizarse y quedarse. Vestía de verde oscuro y negro, sin joyas innecesarias. Todo en él hablaba de control.
Frente a él, con pasos pesados y presencia imposible de ignorar, estaba Lord Baldrek Keldryn.
—No esperaba que vinieras tú mismo —dijo Draeven, sin ofrecer asiento—. Los Keldryn suelen mandar perros antes que ensuciarse las manos.
Baldrek sonrió. Una sonrisa lenta, cargada de burla.
—Los perros muerden sin pensar. Yo vengo a hablar —respondió—. Y tú no recibes mensajeros cuando el asunto importa.
Draeven lo observó unos segundos más de lo necesario.
—Habla. Pero no pierdas mi tiempo —dijo finalmente—. No lucharemos tu guerra.
—No te he pedido que luches —replicó Baldrek—. Aún.
Eso despertó interés. Apenas un destello en los ojos de la serpiente.
—Los Draygon siguen sentados en Mordragon —continuó Baldrek—. Con un rey joven, rodeado de casas que dicen ser leales... hasta que dejan de serlo.
—Todos odian a los Draygon —interrumpió Draeven—. Pero odiarlos no es motivo suficiente para suicidarse.
Baldrek apoyó ambas manos sobre la mesa de piedra.
—¿Recuerdas cuando tu familia pidió apoyo al dragón? —dijo—. ¿Recuerdas la respuesta?
El silencio se volvió más espeso.
—Recuerdo promesas —contestó Draeven—. Y recuerdo que nunca se cumplieron.
—Exacto —asintió Baldrek—. Nosotros no venimos a pedir promesas. Venimos a ofrecer tiempo. Paciencia. Un lugar cuando el dragón caiga... sin que la serpiente sea la primera en morder.
Draeven caminó lentamente alrededor de la mesa.
—Los Keldryn son brutales —dijo—. Ruidosos. Impacientes. Eso los hace peligrosos... y previsibles.
—Y a ti te gusta observar desde la sombra —respondió Baldrek—. Esperar a que otros sangren primero.
Draeven se detuvo frente a él.
—No habrá alianza —sentenció—. No hoy.
Baldrek no se inmutó.
—No esperaba que la hubiera —dijo—. Solo vine a asegurarme de que, cuando llegue el momento... recuerdes quién te habló primero.
Draeven sostuvo su mirada. Larga. Fría.
—Vete de mi castillo, Baldrek Keldryn —dijo—. Pero no olvides esto: las serpientes no olvidan las ofensas... ni las oportunidades.
Baldrek sonrió una vez más antes de girarse.
—Ni los osos —respondió—. Y cuando despertemos, no habrá árbol que nos detenga.
En cuanto Lord Baldrek salio Draeven dio una orden. —envíen un cuervo a Mordragon. Díganle a los Draygon lo que sucedió.