El miliciano (ONE SHOT)

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Summary

La guerra no solo mata cuerpos, sino almas. Miguel, un campesino arrancado de su hogar, es lanzado a un mundo de sangre y violencia que transforma su espíritu. A medida que la brutalidad se vuelve rutina y el saqueo una recompensa, su humanidad se desmorona. ¿Es la guerra la que lo corrompe, o siempre tuvo dentro el monstruo que ahora abraza?

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Capítulo 1

El miliciano

«Yo no debería estar aquí».

Para terror de mi madre y mis hermanos menores, un reclutador llegó a nuestra aldea. Era un hombre grande, de aspecto intimidante y cubierto por una cota de malla que solo había visto en desfiles.

A mi padre lo mataron unos forajidos en un asalto hace años.

Yo tuve que ocupar su lugar como jornalero en el mantenimiento del molino local, mi trabajo consistía en levantar sacos de granos, reparación de utensilios básicos y apoyo para transporte de suministros. Nada emocionante, pero lo bastante seguro para mantener mi cabeza sobre mis hombros.

Al menos así era hasta que fui reclutado por la fuerza hace seis meses.

—Muchacho, tráenos cerveza ya mismo. —Uno de los soldados me llamó con un gruñido mal humorado. A diferencia de mí, que solo portaba harapos viejos que difícilmente podrían considerarse como “ropajes”, el miserable de aspecto grotesco sí contaba con equipo completo: cota de malla, grebas de hierro, guanteletes del mismo material, todo cubierto por un tabardo simple sin heráldica. La típica apariencia de un hombre de armas corriente.

—Voy… —respondí tímidamente.

No quería sacar su peor lado y recibir una tunda como en mi primer día.

Caminé hacia el depósito de alcohol, lugar donde los intendentes guardaban el licor y otras bebidas. Todo el campamento militar era una fortificación independiente, cubierta con decenas de casas de campaña, fogatas y letrinas.

—¿A dónde crees que vas? —La bodega estaba custodiada por un soldado mejor equipado que mi abusador. Éste contaba con una brigantina roja, grebas ribeteadas, guanteletes del mismo estilo y un yelmo nasal que protegía su nariz. La mirada de pocos amigos que me dio casi me hizo orinarme encima.

—M-Me mandaron por cerveza, mi señor…

—¿Te crees que nací ayer?, no serías el primer idiota que viene a robarnos alcohol. Solo los intendentes pueden solicitar acceso a los suministros y tú, rata inmunda, no lo eres. ¡Desaparece de mi vista o te corto una mano!

No le respondí nada, solo salí corriendo de allí, temeroso por si cambiaba de opinión y decidía ejecutarme ya mismo.

Para un campesino como yo, sin experiencia ni riquezas, esta vida podía ser muy corta.

—Mocoso, ¿y nuestras cervezas? —Al soldado matón se le habían unido cuatro más, todos sentados alrededor de una mesa mediana y llena de bocadillos robados a otro regimiento.

—H-Había un guardia custodiando el lugar, no pude traer nada…

— ¡Eres un inútil! ¿De dónde saca el barón a estos buenos para nada? —El matón armado se puso de pie y caminó directo hacia mí. Quise salir corriendo, pero mis músculos no quisieron moverse. Me quedé allí, parado como un estúpido, mientras su guantelete metálico me impactaba en la mejilla derecha.

—¡Ah! —De puro milagro no me tumbó un diente, pero sí sentí el sabor de la sangre recorriendo mi cachete entero.

Maldición.

¿Qué hice para merecer este castigo?

Como pude logré arrastrarme hasta recorrer tres metros, me sentía humillado y las ganas de llorar se amotinaron en mi garganta.

Solo tenía 16 años, mi complexión delgada, casi esquelética, me daba una apariencia raquítica y miserable. Tenía el pelo negro revuelto y con manchas de tierra; no llevaba armadura y mi única “arma” era una lanza vieja que me proporcionaron cuando me enlisté y un cuchillo de cocina que mamá puso dentro de mis ropas por si alguna vez lo necesitaba.

Una parte de mí quería acuchillar a ese bastardo que me pegó.

Pero no podía enfrentar un juicio dentro del campamento.

Si asesinaba a alguien aquí, me terminarían colgando al día siguiente.

—¿Estás bien, Miguel? —Una de las mozas me habló desde la distancia.

Giré mi rostro ensangrentado hacia ella, tan pronto me vio, vino corriendo con un paño húmedo y una mirada llena de estrés. Era Hillary, mi vecina.

De aspecto sencillo: cabello castaño, complexión seca, piel pálida con rastros de tierra y mugre, vestido café y ojos trigueños, Hillary encajaba a la perfección con el estereotipo de joven campesina. Sus padres fallecieron debido a una peste y ella pasó a encargarse del templo local como asistente de tareas varias. Una vez que llegó el reclutador, decidió llevársela para efectuar labores no combatientes, entre las cuales resaltaba la cocina, limpieza y atender heridos.

Para su buena fortuna, la falta de voluptuosidad y “encantos” femeninos, le mantenían relativamente a salvo de las miradas lascivas que se lanzaban por todo el campamento. De igual modo, las prostitutas también acampaban aquí; servían de distracción para los soldados y gracias a ellas, esto no se convertía en una brutal batalla campal.

—No, sí me ha dolido… —susurré a mi vecina.

—No te muevas, voy a curarte.

Un paño húmedo recorrió la herida, seguido de un ungüento hecho de hierbas desconocidas para mí.

—Listo, no sanarás de inmediato, pero te permitirá seguir tu vida normal sin tantas molestias. Cielos, esos soldados son unos salvajes. —Hillary suspiró con pesadez, no era la primera vez que atendía novatos por culpa de esos miserables y ciertamente, tampoco teníamos forma de pararlos.

—Gracias, será mejor que vuelva a mis funciones, no quiero que te castiguen por hablar conmigo. —Me despedí de ella y luego retomé mi guardia cerca de la fogata.

Quería reflexionar acerca de todo esto.

Mi vida cambió de repente, sin aviso alguno…

¿Cómo podía digerir esto?

Ser arrojado al matadero, carente de voz y voto en mis circunstancias, lo hacía peor que las pesadillas más absurdas.

—¡Atención!

Un ladrido gutural nos sacó a todos de la flojera.

Si había algo peor que los malos tratos era el entrenamiento.

Nuestro sargento era un hombre de mediana edad, musculoso y con cara de pocos amigos, portaba una brigantina roja, con guanteletes grises, grebas ribeteadas y un escudo de lágrima colgando en la espalda. La enorme barba café con manchas blancas, cubría la mitad inferior de su rostro y la otra superior, yacía protegida por un yelmo nasal que le daba un aspecto más intimidante.

—¡A correr! ¡Corran!

Maldita sea.

Comencé a trotar junto al resto de la tropa, debajo del sol y sin darme la oportunidad de quitarme la camisa. Cuando el sargento ordenaba algo, nosotros debíamos cumplir al pie de la letra, de lo contrario, acabaríamos azotados el resto del día o peor aún, muertos.

—¡Corran! ¡Señoritas de mierda! —exclamó con su asquerosa y repugnante voz.

Gracias a mi experiencia como jornalero, el sol no me afectaba tanto como a mis pobres compatriotas de oficios más pausados. Por ejemplo, el panadero de nuestro poblado vomitó numerosas veces en nuestros primeros días de adiestramiento.

El régimen se componía de trotes, marchas, uso de la lanza con escudo y técnicas básicas de bracamarte, la “espada” de los plebeyos. Pero a mi punto de vista, esa cosa era un machete, no muy distinto al que usábamos para cortar la hierba durante la primavera.

—¡Formen muro de escudos! —exclamó el sargento.

Tal como ordenó, levanté mi escudo al frente y puse mi lanza por detrás. Los otros compañeros hicieron lo mismo hasta formar una muralla de madera. Odiaba admitirlo, pero me sentía confiado al tener a un compañero enfrente, al lado y detrás.

Esto era el poder de los grandes números.

—¡Fila 1! ¡Ataquen! —La vanguardia bajó ligeramente su escudo, posteriormente, lanzaron una estocada con sus lanzas y luego, subieron la guardia.

—¡Fila 2! ¡Ataquen! —Los que se acomodaron detrás dieron un paso al frente, al mismo tiempo, lanzaron su estocada, mientras sus compañeros retrocedían con los escudos levantados.

Este mismo proceso se repitió con las filas tres, cuatro, cinco y seis.

Maximizando así la energía y eficiencia de las tropas.

Repetimos el mismo ejercicio por casi cuatro horas. No hubo espacio para charlas pequeñas o distracciones. Según el sargento, cualquier distracción podía ser letal en el campo de batalla.

—El entrenamiento terminó, vuelvan a sus labores.

Como pude, me arrastré hacia mi tienda de campaña y acosté en un trozo de heno que me asignaron como “cama”. Honestamente, era mejor que dormir sobre piedras, solo debía sacudirlo de vez en cuando para correr a las ratas y otras alimañas que pudiesen acercarse.

Cerré mis ojos y me dejé llevar por el mundo de los sueños.

Vi a mi aldea, el rostro sonriente de mamá, las travesuras de mis hermanos, los regaños inocentes de Hillary.

Todo se veía tan lejano ahora, como un sueño de primavera que jamás volverá a ser el mismo.

«Tengo que volver a casa, definitivamente mi familia me espera».

Desertar no era una opción, solo podía sobrevivir y para ello, seguir las órdenes del sargento al pie de la letra era mi máxima prioridad.

. . .

—Miguel, Miguel, despierta. —La voz de Hillary me sacó del sueño.

Aún era de noche, pero pude escuchar movimiento repentino en el campamento.

—Ah, ¿qué pasa?, aún es de noche y falta para mi guardia… —susurré, totalmente desganado por este prematuro despertar.

—Miguel, nos movemos, llegó un mensajero al barón y pude escuchar bien lo que dijo: “Nos uniremos al ejército real del Rey Ulric”

—El ejército del rey, ¿eso significa que saldremos de Etrica? —Poco a poco fui recuperando la energía. Tuve que darme palmaditas en las mejillas para estar cien por ciento consciente.

—Así parece, escuché a los sargentos platicar mientras les servía vino y poco después, ordenaron levantar el campamento. Ay, Dios mío, Miguel, marcharemos más lejos de casa… Cada vez pienso que quizá no volvamos al pueblo. —El rostro de Hillary empalideció, sus palabras hicieron mella en mi estado de ánimo y como respuesta, solo pude asentir con la cabeza.

Cruzar la frontera hacia lo desconocido me alejaría aún más de casa.

Detestaba admitirlo, pero las posibilidades de supervivencia disminuían conforme nos alejábamos de nuestra aldea.

—Tenemos que sobrevivir, Hillary, vamos, llegó el momento de marchar.

Tal como dijo mi preciada amiga de la infancia, el campamento fue levantado en punto de las ocho de la mañana y para el mediodía, ya estábamos marchando hacia el Ducado de Tales, primer bastión enemigo perteneciente al Reino de Apolo.

Sin embargo, el escenario no cambió en lo absoluto, seguía siendo una enorme planicie llena de matorrales amarillos y horizontes que parecían infinitos. Sin un mapa de por medio, cualquiera podría pensar que seguíamos en Etrica.

Lo que inició siendo una campaña defensiva, pasó rápidamente a ser una ofensiva.

Tardamos tres semanas en unirnos al grueso del ejército.

Nuestra mesnada parecía una simple banda de matones a comparación del ejército real. Incluso el líder de esta partida de guerra, el Barón Cristóbal, se quedaba corto ante los grandes señores que cabalgaban junto al Rey Ulric I.

Allí fue donde conocí a soldados verdaderos, no a esos abusivos cubiertos de poco acero que nos hacían la vida imposible a mí y a Hillary. La crema innata de Etrica estaba aquí, caballeros recubiertos en armaduras de placas, estandartes nobles decorando las planicies como si de una ciudad pequeña se tratase y a lo lejos, la visión de un trabuquete cargado y listo para disparar me hizo comprender rápidamente a dónde nos estábamos metiendo: Un asedio.

El Rey Ulric pensaba tomar la capital del ducado por la fuerza.

Y nosotros éramos sus refuerzos…

. . .

Apenas conocía el rostro de mi señor, para mí, la figura del rey era un total misterio que quizá jamás vería de cerca. Los plebeyos como yo no tenían derecho a verlo y honestamente, tampoco me importaba demasiado. A los reyes no les interesaba el pueblo llano y como consecuencia, a mí ni me va ni me viene ese sujeto.

Aun así, sus acciones terminarían por afectar a los campesinos de un modo y otro.

—Miliciano Miguel. —De repente, la voz de mi sargento llegó a mis oídos.

—Sí, señor, ¿en qué puedo ayudarlo? —Respondí con rapidez y formalidad, si algo había aprendido en mis meses enlistado, era que los sargentos no llegaron a su rango siendo pacientes. Debía atender rápido sus palabras o de lo contrario, acabaría apalizado el resto del día.

—Hay un cambio de planes, nuestra mesnada se fusionará con el ejército real, así que formarás parte de un regimiento bajo las órdenes de otro capitán.

—Entendido, sargento, ¿con quién debo reportarme?

—Ve a la vanguardia, allí serás recibido por Lady Alda. Los vecinos de tu aldea serán reasignados allí.

Esto no era buena señal.

Todos mis compañeros de la aldea y poblaciones cercanas, éramos milicianos sin experiencia real de combate. Formar parte de la vanguardia también podía interpretarse de la siguiente forma: carne muerta.

Tragué saliva mientras me movía dentro del campo de asedio.

A diferencia de mi propia mesnada, aquí nadie se metió conmigo.

Quizá porque tenían al enemigo justo en sus narices y no había tiempo de peleas banales o discusiones fuera de tono.

—Miguel, espera. —Hillary me habló desde atrás, la jovencita lucía llena de sudor y cansada. Me detuve para darle espacio de jadear un poco, posteriormente, se reincorporó y habló —. A mí también me asignaron como intendente de vanguardia, volveremos a estar juntos en un regimiento. ¿Suerte o desgracia?

—Yo creo que un poco de ambas, estar en la vanguardia no es el trabajo más seguro del mundo. —Le sonreí para ocultar mis nervios.

Joder.

¿Por qué mandaban novatos al matadero en lugar de soldados profesionales?

Bah, yo sabía la respuesta.

Hillary lo sabía.

El Rey Ulric lo sabía.

«Nuestras vidas valen menos, para ellos, solo somos cuerpos que lanzan a la muerte antes de comenzar a luchar».

—A-Al menos no estaremos solos, la vanguardia es un regimiento numeroso, habrá soldados profesionales cuidándote, estoy segura. —Los tristes intentos de Hillary por animarme fueron inútiles, de todos modos, hice mi mayor esfuerzo para volver a sonreír y tranquilizarla.

—Tal vez las fuerzas atacantes lleguen a un acuerdo con los defensores y ya no tengamos que luchar. No lo sé, mantengamos algo de esperanza. Ahora vamos, que debemos reportarnos con Lady Alda.

Cuanto más nos acercamos al frente de asedio, mejor era el panorama de la situación. El trabuquete que divisamos desde la distancia no fue el único empleado para azotar las puertas del ducado, conté cerca de ocho máquinas desde aquí; desconocía si del otro lado de la muralla colocaron más o decidieron centrarse nada más en un punto.

De repente, mis pensamientos se detuvieron cuando por fin llegamos con nuestra nueva comandante.

Era una mujer joven, de cabellos negros largos y piel clara, sus ojos azules afilados como los de su espada larga, nos voltearon a ver. Sentí un escalofrío recorriendo mi espalda, mis instintos de supervivencia se activaron tan pronto hicimos contacto visual. Hillary retrocedió, fue una reacción natural propia de una campesina ajena a la mirada de una guerrera real.

Casi vomité.

E-Esta aura era diferente a la del Barón Cristóbal, o mi sargento de armas, ni siquiera el matón de mi regimiento anterior podía competir en intensidad con esta mujer aterradora.

—¿Quiénes son ustedes? —cuestionó la mujer.

Tuve que usar toda mi fuerza de voluntad para mover los labios y poder responderle adecuadamente.

—S-Somos los nuevos miembros de tu vanguardia, y-yo pertenezco al cuerpo principal y mi amiga, Hillary, al de soporte. —La mirada brutal y sanguinaria despareció. La chica se relajó y nos dio una sonrisa amable.

Toda esa intensidad se fue como si nunca hubiese estado allí.

—Ah, es cierto, solicité refuerzos de infantería para mi nuevo pelotón, muchísimas gracias por venir. Soy Lady Alda, ¿y tú cómo te llamas?

—S-Soy Miguel.

—Y-Ya me presentaron, pero lo hago nuevamente, soy Hillary.

— ¡Un gusto!, Miguel, tú eres un miliciano sin experiencia, ¿es correcto?

—S-Sí mi señora —respondí, aún nervioso por mi primera impresión.

—Entiendo, ¿antes te desempeñabas como jornalero?, ¿cierto? —Lady Alda llevó su mano diestra al mentón, me miró atentamente, como si estuviera examinando la mercancía antes de comprarla.

—Así es, mi señora, yo trabajaba como jornalero en un molino.

—Excelente, justo lo que necesito. Eres el indicado para la vanguardia.

—V-Vanguardia, ¿vamos a escalar la muralla? —Me tapé la boca luego de soltar aquellas palabras.

Un campesino como yo no podía contradecir a un superior, mucho menos a una dama de caballería tan aterradora como Lady Alda. Sin embargo, ella sonrió y negó con la cabeza.

—No, sería estúpido de mi parte si los mando a las escaladas. Eres jornalero, así que estás muy bien capacitado para el trabajo físico; tu misión y la de tus vecinos, es abrir el portón principal.

— ¿Portón principal? —susurró Hillary, confundida por las órdenes de Lady Alda.

—Sí, desgraciadamente no se llegó a una conclusión satisfactoria en las negociaciones, así que atacaremos la ciudad con nuestros trabuquetes y marcharemos hasta el castillo. Mandé a construir un ariete, pero es una máquina pesada y necesito a hombres jóvenes y fuertes para moverlo y azotar la puerta principal. Además, hemos recubierto el artefacto con arena seca para evitar que los arqueros llameantes lo quemen. —Lady Alda hizo una pausa a su discurso para tomar aire, posteriormente, siguió hablando —. Tu sargento me ha informado acerca de tu desempeño en los entrenamientos; eres el más joven y fuerte de tu edad, sin contar a los soldados profesionales. Por favor, Miguel, ayuda a Etrica en esta gran batalla…

Oh.

El plan de Lady Alda tenía sentido.

—M-Me honra, mi señora, ¿pero por qué precisamente mi aldea?, hay muchos otros milicianos aquí.

—Es correcto, pero solo ustedes han tenido entrenamiento previo, el resto ni siquiera ha tocado un arma.

Eh.

Aquella frase me dejó sin palabras.

Fue ahí donde entendí lo privilegiada que era mi situación.

Nosotros habíamos entrenado durante casi seis meses desde mi reclutamiento forzado.

Entrenamos formaciones básicas, trabajo físico y tácticas menores a la hora del combate. Un adiestramiento sencillo, pero que, visto de otro modo, podía ser la diferencia entre la vida y la muerte.

Una triste mayoría de milicianos ni siquiera recibieron formación básica, se les arrastró directo al conflicto con pésimo equipamiento y nula noción militar.

Odiaba reconocerlo, pero ahora le estaba agradecido a ese sargento miserable.

Entre todos mis vecinos y conocidos de la aldea, yo era el físicamente más fuerte. Los soldados regulares del Barón Cristóbal no contaban, ellos tenían su propia misión en el grueso del ejército.

«Bueno, esté de acuerdo o no, nada puedo hacer para negarme».

—Lo haré —respondí, mientras tragaba saliva por los nervios del momento.

—Excelente, en cuanto a ti, señorita Hillary, me gustaría que formases parte de los intendentes. Tengo una amiga que podría ponerte tareas útiles, ve al fondo del campamento y la encontrarás de inmediato, es una joven de cabello blanco y ojos color miel. Es difícil de perder.

—A la orden, mi señora.

—Muy bien, eso sería todo, prepárense para recibir órdenes en cuanto sea la hora, voy a seguir buscando a los miembros del regimiento para darles sus instrucciones. Que tengan bonito día.

Lady Alda se fue, dejándonos pasmados por la impresión.

¿Cómo podía una chica tan amable tener esa aura asesina?

De un momento a otro, su disposición cambió.

—D-Debo irme, Miguel, ¿me prometes que volverás sano de la batalla? —susurró mi pobre amiga.

—Claro que sí, no podemos morir aquí. Debemos volver a la aldea… Hasta luego, Hillary.

. . .

La primera vez que vi a un trabuquete disparar, no pude creerlo.

Lanzó una roca enorme, cubierta de paja llameante, hacia las murallas del castillo.

Sin embargo, no todos los proyectiles impactaban en las defensas del lugar, una gran mayoría se pasaba y terminaba golpeando edificaciones civiles. Desde aquí, resultaba imposible escuchar los gritos y la desesperación cada vez que un disparo acertaba en un blanco civil, como casas, patios y mercados.

Pero estaban allí, de eso no tenía ninguna duda.

Duramos tres días completos bombardeando al Ducado de Tales.

La intención del ejército no era destruir la infraestructura, solo matar a sus habitantes. Las casas, murallas y edificios, debían quedar en su mayoría intactos para su posterior ocupación. Aquella fue la orden que recibimos cuando el bombardeo acabó.

—Infantería, ¡ocupad el ariete! —La orden de Lady Alda por fin llegó.

Me había preparado psicológicamente para esto desde que los trabuquetes dispararon. Pero a la hora de la verdad, casi me cagué encima.

Corrí dentro del ariete con forma de casita y sin más demora, comencé a empujarlo hacia adelante. El resto del regimiento hizo lo propio; pesaba como un demonio y era verdaderamente difícil moverlo. Además, el sonido de las flechas y virotes impactando el techo del arma no lo hacía más fácil.

Tragué saliva y mantuve la mirada baja.

Afortunadamente, llevaba conmigo un yelmo cónico que me dieron para proteger mi cabeza de proyectiles asesinos. La armadura de arena impidió que las llamas se propagasen por el arma de asedio.

CRACK.

Los defensores nos lanzaron de todo.

Incluso un líquido negro que se incendió tan pronto tuvo contacto con el fuego. Pese a la arena que recubría al ariete, pudimos sentir el calor aumentando por encima de nosotros. Casi grité del miedo, pero estaba tan cansado por empujar esta mierda que no tuve tiempo de caer en pánico; centré mi mente solo en un objetivo: llegar hasta la puerta principal. Nada más, nada menos.

Los gritos desaparecieron en la distancia.

Por un momento pensé que me había quedado sordo por los constantes gritos de batalla que provenían desde ambos bandos. Pero no, mi concentración alcanzó un nivel casi sobrehumano; todo cansancio desapareció, impulsado por una descarga absurda de adrenalina.

No solo fui yo.

Todos los encargados de mover el ariete sufrimos lo mismo.

De lo contrario, ¿cómo podríamos haber movido esta cosa tanta distancia?

La lógica dejó de tener sentido.

El mundo a mi alrededor desapareció y en su lugar, solo quedaba este trozo de madera pesada capaz de tumbar un portón.

—¡Ariete! ¡Golpeen! —La orden de Lady Alda llegó tan pronto alcanzamos nuestro destino.

Me moví en medio de los proyectiles para sujetar la parte trasera del ariete, de inmediato, mis compañeros hicieron lo propio. Soltamos las riendas y nos dispusimos a mover la cabeza del mismo. Ésta carecía de decoraciones, era solo un tronco puntiagudo con la fuerza suficiente para romper puertas.

—¡Empujen! —grité, mientras movíamos la madera de atrás hacia adelante, aprovechamos la energía del peso para impactar el portón una vez.

Dos veces.

Tres veces.

Las flechas pasaron cerca de mí, pero Lady Alda nos cubrió con un buen equipo de ballesteros que colocaron sus paveses detrás para montar tapaderas y así disparar a los tiradores de las murallas. Como resultado, en número de defensores se vio mermado y eso nos permitió golpear con más fuerza.

Cuatro veces.

Cinco veces.

Seis veces.

¡Diez veces!

—¡Vamos! ¡Vamos! —exclamé a todo pulmón.

Entonces, el portón se agrietó y tras el onceavo impacto, cayó…

—Retiremos el ariete, ya, ya, ya. —Yo no era comandante ni nada por el estilo, mi cuerpo se movió solo y mi mente trabaja más rápido que mi consciencia. Estaba lleno de adrenalina, al punto de imitar a mis sargentos.

Los miembros de mi regimiento me hicieron caso, más por instinto de supervivencia que por respeto.

Movimos el ariete lejos de la puerta, permitiendo así la entrada de Lady Alda y su infantería pesada. El mismo Rey Ulric también iba detrás, junto a la Guardia Real y otros caballeros de alto nivel.

Tardamos casi veinte minutos en dejar la máquina lejos de la puerta; debido a la entrada de los soldados, los tiradores se centraron en disparar a la infantería pesada y debido a ello, se olvidaron temporalmente de nosotros.

Respiré profundamente y recuperé el aliento.

La adrenalina aún no se iba, probablemente no lo haría por el resto del día.

—¡Muévanse! ¡Regresen con la vanguardia! —Un capitán nos ordenó volver a la acción.

Quise rechistar, pero en estos momentos mi cerebro parecía apagado. Obedecí la orden tan pronto me llegó. Mis labios no se movieron, solo asentí con la cabeza y junto al resto del pelotón, corrimos nuevamente a la puerta para buscar a Lady Alda.

—Hey, vanguardia. —Otro sargento de armas nos llamó tan pronto llegamos al portón. Allí vi mi primera escena de carnicería: decenas de cadáveres decoraban el suelo circundante a la puerta que derribamos.

—Sí —contesté, jadeando por la sorpresa y el terrible escenario que nos recibió.

Los cadáveres estaban llenos de cortes, contusiones y algunos aún tenían espasmos horrendos. Era una visión aterradora, sin embargo, en lugar de congelarme como un idiota, me lancé sobre una cota de malla pegada al cadáver de un soldado que ya no la necesitaría nunca más. Ni siquiera le vi la cara al tipo, solo le arranqué la armadura tan rápido como pude y me la puse encima de la ropa.

Me llené de sangre ajena e incluso tuve que sacarme trozos de tripas.

Un poco de suciedad jamás mató a nadie.

Mis compañeros reaccionaron e hicieron lo propio, saqueando a los cuerpos sin vergüenza alguna. También agarré una espada corta que ni siquiera lograron desenvainar y un escudo de mediana calidad, superior al trozo de madera que me dieron cuando salí de la aldea.

—Bien pensado, muchacho. —El sargento me felicitó —. Lady Alda se ha ido al otro lado de la ciudad, ustedes vendrán conmigo y serviremos como refuerzo a su compañía. ¿Han terminado de equiparse?

—¡Sí señor!

—Entonces… ¡Conmigo!

Las señales del combate… No, de la masacre, se veían por todos lados.

Vi entrañas flotando en medio de ríos ensangrentados, cabezas clavadas en lanzas rotas, extremidades pudriéndose y siendo mordidas por cuervos ansiosos de darse un festín. Pero lo peor apenas estaba por venir.

Nos formamos hombro con hombro, empleando los escudos al frente para detener proyectiles extraviados y desanimar cualquier indicio de contraataque enemigo. Las fuerzas defensoras habían retrocedido a la plaza principal, aun así, todavía quedaba uno que otro defensor rezagado que hacía hasta lo imposible para retrasar el avance de Etrica.

—Lady Alda ya viene. —El sargento señaló una de las torres en las murallas que servía como fuerte de armas.

Nada pudo detener la fuerza de nuestro ariete; pensar que fui yo quien golpeó las puertas del ducado me hizo sentir realmente poderoso. Era un sentimiento difícil de explicar, quizá jamás tendría palabras para describirlo. Solo sucedió.

. . .

Al cabo de unos minutos, Lady Alda bajó de la muralla junto a un puñado de caballeros acorazados. La antes plateada armadura de la mujer, había adoptado un color rojo como la misma sangre de sus adversarios. Noté pequeños trozos de entrañas escurriendo de sus guanteletes y la coraza apenas conservaba centímetros de su color original. Lo que sucedió allá arriba en las murallas y las torres, fue una masacre de proporciones absolutas.

—Infantería, conmigo, apoyaremos a las fuerzas del rey por atrás. —La mujer retomó el mando y sin más demora, marchamos junto a ella directo al centro de la ciudad. Allí, los aldeanos desesperados se atrincheraron en medio de la plaza central, levantaron pequeños muros de madera que servían como coberturas para sus arqueros. Desde los tejados aledaños, amas de casa, niños y ancianos, nos lanzaban cosas; ya sea flechas, piedras o aceite caliente, cualquiera de esos proyectiles tenía la posibilidad de ser letal.

—¡Ballesteros! ¡Disparen a los tejados! —Lady Alda ladró la orden asesina.

Los tiradores dejaron de acosar a la infantería pesada enemiga y centraron sus esfuerzos en los civiles que atacaban desde los techos.

Dado el pequeño tamaño de las techumbres, los ballesteros de Etrica no tuvieron dificultades en disparar y matar a esos miserables que se atrevieron a atacarnos.

Cayeron peor que moscas al humo, sus cadáveres retumbaron en el piso al desplomarse a semejante distancia y aquellos desafortunados en sobrevivir, fueron rematados por la misma infantería que marchaba. No valía la pena describir cómo lo hicieron, después de todo, aquella era una visión asquerosa que incluso Lady Alda consideró innecesaria. De todos modos, no detuvo esas ejecuciones y posteriormente, avanzamos hasta llegar a la plaza principal.

—Allí vamos…

Por primera vez en mi vida me vería involucrado en combate cuerpo a cuerpo.

«Ok, llegó la hora».

Solo debía reproducir las órdenes de mi viejo sargento en la cabeza: hombro con hombro, escudo al frente y arma detrás.

Si seguía ese lema al pie de la letra, en teoría, mi cabeza debería seguir posada sobre mis hombros.

Las tropas de infantería pesada (conmigo incluido), atacamos a la línea defensiva. Lady Alda se puso adelante, junto a sus confiables caballeros. Nosotros, la segunda línea, avanzamos con nuestras lanzas estiradas, listos para brindar soporte.

—Manténgase firmes, sigan avanzando. —El sargento de armas nos ordenó seguir empujando con nuestros escudos. La distancia que nos separaba de los caballeros era de apenas dos metros, en caso de emergencia no tardaríamos nada en cargar y cubrir una posible retirada estratégica. Esto, sin embargo, no sucedió…

Lady Alda mostró su poderío en combate, vi como un sujeto con un hacha trató de clavársela en pleno rostro. Pero la mujer de armas ni siquiera parpadeó, su cuerpo se movió como un río embravecido y sin más demora, clavó la hoja de la espada larga en el cuello del contrario. El pobre diablo soltó su hacha, luego, observó como Alda sacaba su arma del gaznate y rajaba a un segundo adversario que intentó sorprenderla con una estocada.

Uno tras otro, los cuerpos que dejó Lady Alda me indicaron una cosa: esa mujer era un monstruo aterrador. No sufría ningún prejuicio por matar personas, hasta parecía acostumbrada a hacerlo.

¿Cómo podía alguien perder la sensibilidad a la vida tan pronto?

—¡Segunda fila! ¡Al ataque! —No hubo tiempo de reflexiones.

Los caballeros retrocedieron para tomar aire y entonces llegó nuestro turno de ir al frente.

El daño provocado por la nobleza fue significativo, pero al verlos retroceder, los defensores sobrevivientes se envalentonaron y decidieron atacar cara a cara.

—¡Al ataque! —exclamé a todo pulmón ese grito de batalla, pues la verdad… Me estaba pudriendo de miedo. ¿Quién no lo estaría?, ni todo el entrenamiento del mundo podría prepararme para enfrentar a la muerte.

Levanté el escudo justo cuando lo dijo mi sargento, segundos después, un hacha robusta quedó atorada en el centro del mismo. Como reacción inmediata, lancé una estocada con mi lanza y entonces, escuché un grito ahogado.

—AGH. —Al elevar mi rostro, pude ver a un hombre de mediana edad con la punta de mi arma penetrando su corazón. Durante unos instantes mágicos, el tiempo pareció detenerse. Lo miré a los ojos; sus pupilas se dilataron y su semblante perdió el color tan pronto retiré la punta de su humanidad. No había nada destacable en su apariencia, era un campesino común y corriente que bien pudo haber sido mi vecino.

Quizá mi padre se habría visto así de no haber sido asesinado.

El enemigo cayó hacia atrás.

No bajé la mirada para ver cómo se retorcía, pues no debía distraerme con nimiedades.

Todo sucedió tan rápido, que mi cerebro no procesó lo más relevante del momento: había matado a un ser humano.

No hubo llanto ni gritos, nada, solo acciones controladas gracias al entrenamiento marcial que recibimos tan pronto salimos del pueblo.

—¡Mantengan la formación! —exclamó mi sargento una vez más.

La siguiente arremetida no tardó en llegar.

Para este punto, los caballeros y soldados profesionales enemigos se habían replegado al castillo principal. Solamente los civiles y habitantes del poblado se quedaron para defender sus hogares y familias, por lo tanto, estábamos en igualdad de condiciones.

Aplicamos la misma táctica: escudos al frente, lanzas detrás y luego estocadas.

Maté a dos personas más.

El primero, fue un joven de cabello rubio y pecas rojas; intentó embestirme con un martillo de guerra que saqueó de un cadáver. No tenía experiencia usándolo y el peso le jugó en contra; cuando elevó sus manos para lanzar un golpe, yo le clavé mi lanza en la garganta y lo maté. Fue una muerte limpia, incluso mis compañeros de escuadrón se sorprendieron con aquella maniobra tan natural.

Había repetido ese movimiento mil veces en los entrenamientos y gracias a ello, me salía tan fácil como respirar.

El segundo fue más complicado.

Un hombre adulto, de cabello negro y con una cota de malla sobre su torso.

En esta ocasión, el sujeto desvió mi lanza con su propio escudo.

Me vi forzado a soltarla y desenvainar la espada que cargaba conmigo, luego, ataqué al defensor con una estocada justo al pecho. Pero fallé, el miliciano enemigo se desplazó hacia la derecha, soltó su escudo para tener mayor movilidad y entonces lanzó un garrotazo contra mi cara. De no ser por mi rápida reacción, allí mismo habría muerto.

Me tiré al piso y rodé en medio de los cadáveres. Ya en el suelo, rajé los tobillos desprotegidos del miliciano y éste solo pudo gritar de dolor antes de desplomarse.

— ¡Muere! —grité con todo el odio que pude acumular.

Agarré mi escudo machacado y sin piedad, lo utilicé como un garrote improvisado para desfigurar su cara. Lo golpeé más veces de las necesarias, en un principio, el pobre diablo trató de empujarme y golpearme con la maza que se negó a soltar. Pero luego de unos impactos soltó su arma, dejó de patalear y finalmente, se detuvo. Cuando incliné la mirada, solo encontré un trozo de carne inflamado; las cuencas de sus ojos yacían vacías y en mis manos, la sangre decoró mis guantes de cuero.

«La cota de malla no te protege de esto».

Cuando por fin lo maté, me puse de pie y caminé junto a mi escuadrón.

Para este momento, las fuerzas de Tales ya habían sido vencidas.

—No dejen a nadie vivo, ¡saqueen y maten!, ¡pero no destruyan las casas y edificaciones! —Ordenó Lady Alda.

Tras ese comando, la formación se rompió y todos corrieron hacia la zona residencial en búsqueda de un buen botín. Yo hice lo propio, mi mente trabajaba en modo automático. Solo quería llenarme los bolsillos de riquezas.

. . .

Caos.

No había otra manera de describir lo que vi.

Pese a las advertencias de Lady Alda, los soldados de Etrica incendiaron las residencias y forzaron a los aldeanos a salir para no ser presas del fuego. Una vez fuera, los masacraron sin piedad; no hubo cuartel para mujeres y niños; los pasaron por la espada tan pronto tuvieron la oportunidad.

Algo se apoderó de mis sentidos.

No sabía si era la ambición o el deseo de hacer daño.

A mi alrededor, todos robaban, violaban y mataban sin descanso.

Recordé las palabras de mi madre, aquellas que me dijo antes de partir: “No olvides quién eres”

Quizá porque sabía que me vería en esta situación tarde o temprano, o tal vez solo lo dijo para no olvidar el camino a casa. De todos modos, esa charla parecía una memoria lejana, un recuerdo de una vida pasada que se había disociado de mi mente tan pronto puse un pie aquí.

Los gritos de dolor y angustia solo eran opacados por las risas de ambición.

La nobleza no quiso saquear aquí, ellos fueron a rodear el castillo donde el Duque de Tales se resguardó junto a sus mejores hombres. Permitieron a la soldadesca común hacerse con un buen botín de guerra como recompensa a nuestro servicio y honestamente, no podía estar más agradecido.

Entré a una casa al azar, tuve que patear la puerta algunas veces para poder acceder. Allí vi a una mujer acurrucada con una bolsa entre sus brazos, debía ser más o menos de mi edad, tenía el cabello negro y la piel morena; era relativamente bonita. A juzgar por el vestido blanco de una pieza que tenía como vestimenta, podía inferir que sus ingresos no eran malos, probablemente una ciudadana acomodada.

Por un instante fugaz, la idea de darme la vuelta y dejarla en paz pasó por mi cerebro.

«Esto no es bueno, yo…».

Pero descarté las ideas nobles en mi cabeza.

Yo mismo me esforcé por llegar hasta aquí, este saqueo era mi justa recompensa; bajo una vida honesta y tranquila como jornalero, mi única aspiración real era tener dolor de espalda por cargar costales diariamente. Nunca tendría a una mujer hermosa entre mis brazos o los bolsillos llenos de oro, tampoco vería más allá del molino que alimentaba al poblado.

Odiaba reconocerlo, pero esta vida de soldado me permitió vivir más allá de mis posibilidades.

—N-No, vete de aquí, ¡vete! —gritó la plebeya, mientras su cuerpo temblaba como gelatina.

Caminé hacia ella con una sensación de poder extraña. La tenía totalmente a mi merced, nada ni nadie podría ayudarla en este momento.

¿Acaso se sintieron así los bandidos que mataron a mi padre?

Joder, puta madre, esto era adictivo, me sentía poderoso, como si el niño asustado de hace unos meses nunca hubiese existido. Le miré por encima del hombro, desde el privilegio de la fuerza y la injusticia.

Rápidamente la empujé hasta impactarla con su pared de madera, entonces, rasgué sus ropas mientras la fémina gritaba de terror. Ella sabía bien lo que se venía y yo también. Mi cuerpo se movió en modo automático, no me detuve a pensar en las consecuencias del acto, tampoco en mi vida pasada como jornalero. Nada de eso importaba…

—¡Deja de resistirte! —Le grité.

CLANK.

— ¿Eh? —Sin embargo, el sonido del metal me sacó de mi trance.

Al inclinar la mirada, pude ver como la desgraciada clavó un cuchillo en mi pecho.

—N-No… —balbuceó.

Mis sentidos se alarmaron.

De no ser por la cota de malla que robé, esa maldita daga habría penetrado mi pecho hasta matarme. La mujer estaba tan asustada que no logró apuñalarme lo suficientemente fuerte para penetrar la armadura. Su técnica de puñalada fue mala, producto de la inexperiencia y la desesperación.

— ¡Maldita imbécil! —Perdí los estribos.

Desenvainé mi propio cuchillo, el mismo que mamá me dio para protegerme.

Presa de la ira por esta afrenta, clavé mi arma diez veces en el abdomen de la chica. Ella gimió de dolor en los primeros dos picotazos, pero luego dejó de moverse y simplemente cayó hacia atrás. No me contuve en lo absoluto; ¿por qué debería hacerlo?, ella era un enemigo y trató de matarme tan pronto tuvo la primera oportunidad.

Como respuesta natural, debía matarla primero.

—Qué desastre —murmuré, asqueado por la cantidad de sangre que manchó mi armadura y mis manos.

Guardé el cuchillo entre mis ropas y sin más demora, empujé el cadáver.

La herida mortal dejó irreconocible su vientre, ni siquiera alcanzó a cerrar los ojos, por el contrario, pedazos de tripas escurrieron alrededor de su torso.

«Ha muerto».

Ya no podía violarla en ese estado, así que me limité a saquear sus bolsillos y tomar la bolsa que tanto abrazaba. Una pena, pero aún quedaba mucho pueblo por cubrir y este saqueo apenas iniciaba…

—Excelente, con esto podré comprar una nueva armadura. —Dentro del saco había monedas de plata, una gran cantidad, lo suficiente para costearme una panoplia decente. Busqué un costal más grande dentro de la casa y afortunadamente, lo encontré. Tenía una cuerda larga que me permitió llevarlo como si fuese una mochila. También dejé espacio suficiente para seguir obteniendo botín.

«Obtuve en un día lo que un plebeyo gana en toda su vida, quizá más».

Maldita sea.

La guerra era un negocio lucrativo.

Antes de salir, di un último vistazo a la mujer que tanto protegió sus bienes materiales antes de ser asesinada por mi daga.

Ya no había espasmos y su rostro pálido ganó un color azulado, vi una mancha amarilla en su entrepierna, probablemente incontinencia debido al horror de sus últimos momentos.

Endurecí mi corazón al máximo, ellos no merecían vivir, eran animales rastreros que desafiaron a nuestro rey. Verlos como humanos con sueños y metas era todo un error.

(Mentira)

Merecían esto y más.

(Mentira)

(Mentira, mentira, mentira, mentira, mentira, mentira, mentira, mentira, mentira, mentira, mentira, ¡puta mentira!)

Tras desvalijar la casa, volví a las calles para continuar con el saqueo.

Lo que pasó después fue un festival de muerte y destrucción, entré a numerosas casas junto a mis compañeros de escuadrón, matando a tantos civiles como pude. Clavé mis armas en sus indefensas carnes una y otra vez, sin descanso ni arrepentimiento. Violé a más de 15 mujeres diferentes, desde jóvenes hasta maduras, no conforme con esto, les rajé el gaznate una vez alcanzado el orgasmo forzado.

Me sentía tan poderoso y lleno de vida, que por un momento dudé de las enseñanzas divinas.

Esto se sentía tan bien.

¿Por qué los sacerdotes lo condenaban?

Toda esta adrenalina, toda esta emoción, bajo una vida simple jamás habría tenido este nivel de placer.

Me acosté con más mujeres de las que un jornalero podría aspirar, obtuve tanto oro para enriquecerme por tres generaciones. Maldición, incluso llegué a sentirme realmente vivo. Cargar mierda y granos en el molino parecía una tortura inhumana ahora.

¿Cómo podía vivir la gente esa existencia tan miserable?

Aquí, en medio del fuego y la destrucción, conocí lo que realmente era vivir de verdad.

Y al final, los matamos a todos, no hubo sobrevivientes.

. . .

Al día siguiente, cuando las llamas mermaron y la adrenalina dejó mi cuerpo, finalmente volví a la realidad.

Compré con los armeros del campamento una panoplia completa: gambesón azul, cota de malla larga, brigantina roja, grebas, hombreras y guanteletes del mismo material y un yelmo de placas abierto. También adquirí un escudo sin adornos, una maza y espada de armas. Ya no parecía un simple miliciano, con este equipamiento podía declarar abiertamente que era un hombre de armas.

—Supongo que ascendí —murmuré, mientras veía a los pobres milicianos cargando los cadáveres desfigurados hacia el centro de la ciudad.

El Rey Ulric ordenó a la infantería acumular todos los cuerpos y prenderles fuego en una enorme pira comunitaria para prevenir enfermedades. Gracias a que lucía como un soldado profesional no tuve que acarrear difuntos, eso se lo dejamos a los milicianos verdes que apenas vieron acción durante el asedio.

Aun así, me quedé viendo la pira de principio a fin.

Tardaron casi 24 horas completas en llenarla toda.

En ese lapso, los caballeros rodearon la vivienda del duque y formaron escuadrones para asaltarla con el mismo ariete. Sin embargo, mis órdenes eran montar un campamento dentro de la ciudad y asegurar el perímetro.

«Los caballeros se repartirán el botín del duque, bueno, tampoco me importa, con lo que he saqueado podré darme la gran vida por al menos 5 años».

—¿Ya prenderán fuego? —Una voz conocida me llamó por la espalda.

Era Hillary.

Sus ojos habían perdido el brillo y la amabilidad que la caracterizaban.

Al igual que yo, su vida no volvería a ser la misma.

—Sí, ven a ver. —Los intendentes rodearon la enorme montaña de cuerpos y luego, vi a una joven de blancos cabellos dirigir la cremación.

Decenas de antorchas cayeron y en menos de diez minutos, el fuego purificó esas almas desdichadas.

—Supongo que así es la guerra —susurré, mientras luchaba con todas mis fuerzas para no llorar.

No podía llorar ahora, no cuando cometí esas barbaries inhumanas.

Mostrar humanidad sería hipócrita de mi parte y al menos quería guardar algo de dignidad.

—Sí, tienes razón, Miguel. —Hillary suspiró con pesadez, la joven castaña me miró a los ojos y finalmente, sacó lo que tanto quería decir —. ¿Por qué sucedió esto? ¿Por qué Etrica y Apolo han entrado en guerra?

—No lo sé, los nobles juegan su juego y al final, nosotros casi siempre perdemos. Pero hoy no.

—Creo que ya no volveremos a casa nunca más, Miguel.

—Pensaba lo mismo, el “Miguelito” de mami ha muerto. Ya no hay nada para nosotros allí. —Caminé hacia la pira de muertos, entonces saqué el cuchillo de cocina que mamá me dio antes de partir y sin ningún arrepentimiento, lo arrojé al fuego.

El último lazo que me ataba a mi vieja vida desapareció junto a los miles de cadáveres que ardían hasta llegar al más allá.

—¿No te disculparás con aquellos que mataste? —Preguntó Hillary, con la mirada pérdida y carente de emociones.

—Perdí ese derecho cuando decidí tomar el camino violento, no me disculparé ni lamentaré lo que ha sucedido aquí. Todo esto es parte del orden natural de las cosas y cambiarlo es imposible.

—Entonces es verdad, Miguelito ha muerto y yo también. Atendí las heridas de nuestros compañeros, les brindé fuerzas para cometer atrocidades y en cierto sentido, soy casi tan responsable como tú. Yo tampoco puedo hacer la vista gorda y fingir que aquí no pasó nada. —Hillary sacó de su bolsillo un pañuelo gris y al igual que yo, lo arrojó directo a las llamas para dejar atrás su antigua vida como campesina.

—Nuestros pecados no desaparecerán, tarde o temprano recibiremos un castigo por lo sucedido aquí. Pero de mientras, debemos seguir viviendo en esta guerra y llegar hasta el amargo final. —Tomé su mano como un acto de reflejo, pese a tener mi palma enguantada de acero, ella no me empujó ni resistió a mi agarre.

Rodeó sus dedos por completo y finalmente, mostró una débil sonrisa que era tan suave como la luna.

—Viviremos, aunque no lo merezcamos…

Elegimos este camino para sobrevivir, o al menos eso me dije a mí mismo para no enfrentar la realidad: Tuve una elección y yo escogí este resultado.

En lugar de tomar la guerra como una tragedia, decidí usarla como una oportunidad para escalar en la sociedad. Rompí las cadenas del destino que me ataban a una vida de servidumbre en el molino y ahora podía decir, con toda confianza, que mi futuro era solo mío. Ya sea uno glorioso, o fatal, la decisión de cómo terminaré será solo mía y de nadie más.

¿Era peor que un bandido?

Por supuesto que sí.

¿Sentí arrepentimiento?

Claro que no.

¿Valió la pena destruir las enseñanzas de mamá y dejar atrás la persona que fui?

¡Obviamente sí!

Ambos nos quedamos viendo la pira arder como última señal de respeto por todas las vidas que tomamos. Las cenizas danzaron en el aire y el olor a quemado reemplazó la peste producida por tanta muerte. No dijimos ninguna palabra durante horas, dejamos que nuestros pensamientos estuviesen en blanco para no ser víctimas de reflexiones innecesarias y culpabilidad inexistente.

«Adiós mamá, hermanos y sobre todo… Adiós, inocencia».

Cuando el espectáculo terminó, caminamos hacia una fogata donde un grupo de soldados asaban salchichas.

Grande fue mi sorpresa, cuando vi al abusón de mi primer regimiento. Había cambiado su malla por una coraza de metal y también adquirió unos guanteletes de placas.

—Hey mocosos… —La voz del granuja se detuvo cuando su mirada se topó con la mía —. No, discúlpenme, ¿cómo se llaman?

—Soy Hillary —respondió mi amiga.

—Miguel —contesté yo, sin mayor entusiasmo.

—Un placer, soy Guillermo. Tenemos salchichas recién asadas, ¿por qué no se unen con nosotros?, aún hay espacio junto a la fogata.

—Claro, nos uniremos con gusto. —Me acomodé en un tronco recién cortado y Hillary tomó lugar en una silla saqueada. Posteriormente, Guillermo nos entregó salchichas calientitas y un par de bebidas frescas.

Y así, mientras las cenizas se desvanecían con el viento, el calor de la fogata me hizo olvidar el frío por un momento y permitió disfrutar un poco de paz en medio de tanta tragedia.

Mi historia como miliciano terminó, pero mi vida como soldado apenas comenzaba...

FIN