𝟎𝟎| 𝙿𝚛𝚘́𝚕𝚘𝚐𝚘
El sol de la tarde se colaba por las ventanas del auto mientras Hiroto conducía con aparente tranquilidad. En el asiento trasero, los gemelos, Suoya y Nahoya, llenaban el espacio con risas y melodías infantiles. Sus voces se entrelazaban, vivas, como si el mundo aún fuera un lugar seguro. Aiko, sentada junto a ellos, no pudo evitar sonreír mientras retocaba distraídamente sus labios, aferrándose a aquel instante frágil de normalidad.
Todo cambió en un parpadeo.
El cielo se cubrió de nubes densas y el aire se volvió pesado. Un auto negro, sin matrícula, se detuvo bruscamente frente a ellos, bloqueando el camino. Hiroto apretó el volante con fuerza, su corazón comenzó a latir desbocado. Aiko giró la cabeza hacia los niños, y en su mirada se instaló un miedo profundo.
Un segundo vehículo oscuro cerró la salida por detrás. No había escapatoria.
Las risas se apagaron. Suoya y Nahoya dejaron de cantar al mismo tiempo. El terror reemplazó la inocencia en sus rostros. Hiroto respiró hondo, intentando mantener la calma mientras su mente buscaba desesperadamente una salida.
—Mamá… —susurró Nahoya, con la voz temblorosa.
—Tranquilos, mis niños. Mamá está aquí —respondió Aiko, forzando una serenidad que no sentía.
La ventanilla del auto delantero descendió lentamente. Un hombre con gafas oscuras y una expresión impasible clavó la mirada en Hiroto.
—Tenemos asuntos pendientes.
El estómago de Hiroto se hundió. Aiko lo supo de inmediato, el pasado había regresado. Un antiguo negocio que creían enterrado acababa de alcanzarlos.
Otro hombre se acercó por el costado del vehículo, observándolos con frialdad.
—Aiko, quédate aquí y cuida a los niños —dijo Hiroto antes de abrir la puerta.
—Abajo, niños —ordenó Aiko con desesperación—. Escóndanse debajo de los asientos. No salgan.
Cuando Hiroto bajó del auto, el mundo se congeló.
Los disparos estallaron sin advertencia. Su cuerpo cayó al suelo, inerte. Aiko soltó un grito desgarrador, tembloroso. Las lágrimas inundaron sus ojos mientras buscaba su teléfono para llamar a la policía.
No tuvo tiempo.
Un disparo seco rasgó el aire. Aiko cayó junto a Hiroto, su mano aún aferrada al teléfono. Los hombres no mostraron piedad. En cuestión de segundos, la vida de la familia se desmoronó, y el parque soleado se transformó en un escenario de tragedia.
En el asiento trasero, Suoya y Nahoya permanecían escondidos, abrazándose con fuerza, sin comprender del todo lo que acababa de suceder. El miedo brillaba en sus ojos.
—Acaben con todo —ordenó uno de los hombres.
Las balas perforaron el auto. El metal vibró, los cristales estallaron. El vehículo comenzó a gotear combustible, el olor a gasolina llenó el aire.
El pequeño Suoya asomó el rostro entre los restos de vidrio, con los ojos llenos de lágrimas.
—¡Fuera! ¡Salgan! —gritó uno de los hombres al ver a los niños.
El líquido inflamable se extendía por el suelo. La explosión era inminente.
El hombre corrió hacia el auto. Las llamas ya comenzaban a trepar por la carrocería, el calor quemaba la piel. Se abrió paso entre el metal retorcido, ignorando el dolor en sus manos.
Sacó al primer niño, su cuerpo tembloroso, cubierto de hollín y lágrimas.
Cuando regresó por el segundo, el auto explotó.
El estruendo fue ensordecedor. Fragmentos ardientes volaron por los aires. El hombre cayó al suelo, cubriendo al niño con su propio cuerpo.
El olor a gasolina y a quemado llenó el ambiente. El silencio posterior fue opresivo, roto solo por el crepitar de las llamas moribundas.
La sirena de la ambulancia rasgó el aire. Luces rojas y blancas bañaron el lugar. Suoya, con los ojos entrecerrados por el dolor, vio a los paramédicos correr hacia él.
—¡Hay un sobreviviente! —gritó uno—. ¡Es un niño, aproximadamente siete años!
No podía moverse. Cada respiración le quemaba el pecho. La explosión había dejado marcas en su piel… y en su alma.
Lo colocaron con cuidado sobre una camilla. Las lágrimas se mezclaban con el hollín de su rostro. Antes de perder el conocimiento, Suoya miró una última vez los cuerpos cubiertos por sábanas blancas, inmóviles.
Cerró los ojos.
El vaivén de la ambulancia lo arrastró lejos de aquel lugar devastado.









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