Capítulo 1
Viernes 27 de diciembre, 2025
Ruta 41, Buenos Aires, Argentina
Los rayos de sol que entraban por las ventanas del micro me despertaron avisando que ya estaba amaneciendo. Con cuidado de no golpear a nadie que esté en el pasillo, estire mi cuerpo para salir de la ensoñación y volví mi vista a la ventana, concentrándome en como los colores del cielo cambiaban de sus hermosos tonos naranjas a un tono amarillo chillón que te arruina la vista y te quita las ganas de dormir.
Perdiéndome entre la ensoñación y la expectativa de lo que me deparaba, me volví a quedar dormida, siendo despertada por la amable señora del otro lado del pasillo, preguntándome si quería un mate, mientras que a lo lejos se podía observar el cartel de la terminal de autobuses del lugar.
Gustosa, acepté la bebida a la vez que le sacaba charla a su esposo, el cual volvía de hablar con el chofer.
Esta se trataba de una pareja de ancianos de no más de 65 años que viajaban a la costa con la intención de pasar año nuevo con la familia de su hijo mayor. Me contaron que solían tener una librería cuando vivían acá, pero al mudarse hace unos años debido a tratamientos médicos, su hijo quedo a cargo del local y le agrego un sector de cafetería para aumentar las ventas fuera y dentro de temporada.
Antes de que me diera cuanta ya me encontraba recibiendo mi maleta y en camino a la salida de la terminal. Despidiéndome en el proceso de la pareja que me acompañaba, luego de asegurarles que tenía quien me venga a buscar.
Me pareció escuchar a alguien llamar mi nombre, así que lentamente me giré para encontrarme a mi tía Lola agitando una mano alegremente en forma de saludo mientras estaba apoyada en la puerta de su hermoso jeep cj-5.
Alegre, me acerqué a ella y la saludé con un abrazo y un beso en el cachete.
—Dios mío, nena, que grande que estas. Mirá, ya sos más alta que yo— dijo mientras me agarraba de los hombros y se ponía de puntitas para probar su punto.
—Bueno, tía, vos tampoco sos tan alta que digamos —agarre su cabello al notarlo distinto— ¿te teñiste el pelo? Me gusta, te hace ver más joven
—Ay, gracias Jaz—dijo con ternura para después separarse y abrir la puerta del copiloto y permitirme entrar al auto. — ¿Tenés hambre? Si querés podemos pasar por la cafetería de María —preguntó una vez se puso el cinturón.
—No te das una idea del hambre que tengo. Tomé mucho mate para lo poco que comí -dije hundiéndome en el asiento- ¿Pero, podemos pasar por la casa primero? Quiero dejar las cosas y necesito arreglarme, lo último que quiero es cruzarme con alguien y que me vean con todo el rímel corrido.
Con una mirada divertida de parte de mi tía se acabó la conversación, siendo el resto del viaje protagonizado por las canciones que pasaban en la radio.
…
El vehículo se encontró frente a una modesta casa blanca con porche americano, situada enfrente de esta y rodeada por una cerca de madera, que mi tía utilizó para proteger a su mascota Nala, la pastora alemana que adoptó hace unos años, en mi última visita. Se encontraba el modesto jardín de flores de diversos colores y luego había unos arbustos tan antiguos como mi abuela que se dedicaban a rodear la casa y desempeñar el papel de reja.
"No recordaba la casa tan linda" comenté para mis adentros
La nostalgia me recorrió inmediatamente mientras mis pies seguían trabados en el pequeño portón, sin poder pasar.
Rápidamente, me dirigí al interior de la casa cruzando el jardín y el recibidor con una velocidad digna de flash, salvándome de los arañazos que la cálida bienvenida de Nala me iban a dejar.
Con cuidado de no tropezar con las escaleras comencé a subir yendo directamente a la puerta al final del pasillo a la izquierda en donde se encontraba mi habitación. Esta estaba totalmente ordenada e inmediatamente noté que mi tía se había tomado el trabajo de remodelarla. Había cambiado el color verde pastel de las paredes por un gris claro, los estantes con mis viejos libros estaban igual a como los recordaba, la única diferencia es que estos se encontraban ordenados por color y género. Nada que ver a como mi yo de 15 años los había dejado. Estaba segura de que encontraría algunas cosas mías dentro de estos si me tomaba el tiempo de revisarlos.
La cama que antes estaba al lado de la puerta frente al armario se encontraba frente a la ventana y agregaron un nuevo "puff" y estante vacío en su lugar, que también funciona como mesa de luz, puesto que ya contaba con una lámpara.
Contenta, dejo la maleta a un costado para tirarme sobre el colchón. En la caída mi celular rebota sobre la cama y decide que es más cómodo el suelo. Me estiro sobre mi estómago para intentar agarrarlo sin tener que levantarme cuando algo más capta mi atención. Sobre el "puff" se encontraba una remera toda desparramada, rápidamente pude reconocer el dibujo que se situaba en el pecho de esta y con emoción decidí que esta iba a formar parte de mi outfit del día, sin ponerme a pensar antes como llegó eso ahí.
Al final me decidí por cambiar el jogging gris que estaba usando durante el viaje por un short de jean negro, mis converse color beige que tengo desde hace siglos y un cinto negro con tachas. Para combinar con las vibras, me entienden. O como dirían los villeros de mi barrio, que les gusta tirar berretines, ya tú sabe.
Mientras retocaba mi maquillaje en el espejo redondo que mi tía puso junto a la puerta, note como algo se movía rápidamente en la habitación frente a la mía. Sabía perfectamente de quién se trataba, era él. No había sabido nada de el en años. Unos dos meses despues de volver a Buenos Aires,la última vez que vine.
Utilizando la excusa mental de que todavía no terminaba de maquillarme, seguí mirando por el espejo a mi vecino, quien parecía buscar algo sin éxito. Rendido, pude ver como suspiraba y agarraba una chomba blanca a la vez que procedía a sacarse la negra que estaba usando. Rápidamente, volví mi vista hacia mi rostro, sin poder evitar desviar la mirada para notar lo definido de su espalda y como los músculos de esta y sus bíceps se marcaban con cada movimiento.
¨ Que mal que no estaba de frente, seguro que también...¨
—Qué horror. ¡No!— dije en voz alta regañándome mentalmente por lo que estaba pensando.
Horrorizada con lo sucedido, me apuré para agarrar mi bandolera y bajar las escaleras para encontrarme a mi tía al final de esta.
— Al fin bajás, nena. ¿Tanto vas a tardar?
—Perdón. Es que me colgué— dije mientras terminaba de bajar las escaleras— gracias por la remera. ¿Cómo supiste que me gusta Deftones?
—no sabía - responde con sinceridad.— pero me alegró que te guste.
—gracias. — le respondí con una sonrisa un tanto extrañada por la forma en la que dijo esa última frase.
El viaje al centro del pueblo fue tranquilo, puesto a que estaba a unas cuantas cuadras de la casa. Pero tardamos bastante debido a que tuvimos que llevar a Nala a la peluquería canina para su baño mensual.
Casi llegando a nuestro destino, mi tía decidió que era buena idea cambiar nuestra conversación sobre mis notas en la escuela por lo que estaba usando.
—Así que te gustó eso— dijo señalándome con la misma mirada rara que me había dado en la casa
—sí, es de una de mis bandas de rock favoritas ¿Qué? —me interrumpo ante su sonrisa— no me mires así, escucho esto desde hace años
—La última vez que te vi todavía cantabas canciones de martina stondel en la ducha.
—es Tini, Lola.— dije rodando los ojos— y, ¿qué tiene? Todavía lo hago. Solo que también escucho rock.
— me haces acordar mucho a alguien que conozco
— ¿a quién?
Ella solo me respondió con una sonrisa y se dedicó a cruzar la calle para dirigirse a la cafetería que se encontraba en la esquina de esta. Dejándome pensativa, puesto que sabía muy bien a quién se refería, y sabía qué hacerme la boluda no servía de nada.
Resignada ante la situación y frustrada por no saber que hacer, solo pude esperar a que pasen los autos que me impedían cruzar para seguirla.
El lugar era hermoso y no solo era una cafetería, también era una librería. Era como un sueño hecho real.
Las antiguas paredes de madera se mezclaban las nuevas de color blanco y unos ventanales gigantes que dejaban a la vista un pequeño jardín interior lleno de plantas y con algunas mesas típicas de cafetería ya ocupadas por clientes. El interior de esta se dividía en dos, en la parte más moderna se encontraba la zona de la barra, en donde se atiende a los clientes que pueden elegir entre tomar su pedido en las mesas frente a este sector, las del exterior o en los cómodos sillones que se encontraban en la zona de libros. Y en la zona de biblioteca, en donde podía tanto comprar, como leer libros tranquilamente. En esta había otra barra de madera que le daba el toque rústico necesario para mantener el orden visual del lugar. Al rededor de este había estantes llenos de libros que se dividían por categorías.
Quedé tan ensimismada con la belleza del lugar, que no me di cuenta de que todavía seguía en la puerta de este hasta que una chica pelirroja y con ojos azules tocó mi hombro llamándome la atención.
—Disculpá, pero tengo que pasar— dijo mirándome de arriba a abajo.
Incómoda me moví hacia un costado dándole vía libre para ir hacia donde sea que vaya. Ahí me percaté del delantal gris que llevaba con un logo de una taza de café y un libro en el medio.
Ella parece haber notado algo en mí también porque en vez de seguir por donde iba, se giró para quedar cara a cara y decirme:
— ¿Sos nueva por acá?, no te había visto antes
—Sí más o menos. Pero, no se supone que es normal estar viendo a gente nueva por acá?
—Lo que pasa es que vos no tenés esa pinta de turista. Se te nota en el aura.— dijo señalándome con ambas manos.
—Gracias, supongo— estaba bastante confundida por el delirio de confianza que estaba teniendo esta piba de la nada. Para mi suerte alguien interrumpió la conversación, diciéndole a la colorada que vuelva a su trabajo.
Me giré para quedar cara a cara con María, una mujer de unos 40 años con rulos y piel morena. Ella era la mejor amiga de Lola y también la dueña de la cafetería, junto con su esposo Juan, sin olvidar mencionar que era nuestra vecina.
—Jaz, ¿cómo estás?— dijo dándome un abrazo corto— mirá que linda que estas, hace años no nos vemos, los chicos se van a poner muy contentos cuando te vean
Al hablar de "los chicos" se refería a su hija Anabella de 13 años, y a su hijo mayor Lucas de 18 años, al cual no estaba muy emocionada por ver.
—¿Por qué no pasamos adentro? Tu tía nos está esperando en una mesa del jardín.-dice guiándome con una mano en mi espalda mientras me cuenta cuanto se emocionó cuando supo que vendría a pasar lo que quedaba de vacaciones.
Y así pasamos la tarde, bajo preguntas dirigidas hacia mí para saber como me estaba yendo en la escuela y chismes ocasionales de gente del pueblo.