Kilómetros hacia ti

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Summary

Entre mapas, aeropuertos y decisiones que asustan, Roma cruza fronteras buscando libertad. En Argentina descubre que algunos destinos no se planean: simplemente te encuentran... y cambian tu corazón para siempre. 𓆩♡𓆪

Status
Ongoing
Chapters
18
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

Siempre creí que el tiempo pasaba por mí sin pedirme permiso.

Tenía veinticuatro años, una edad que sonaba adulta en voz alta, pero que por dentro aún se sentía temblorosa. Me miraba al espejo cada mañana y veía a Roma: 1.72 de estatura, cabello castaño cayendo sobre mis hombros, ojos marrones grandes que decían más de lo que yo me atrevía a hablar, piel clara y un cuerpo delgado que cargaba no solo mi peso, sino mis dudas.

La gente solía decir que era guapa. Yo no sabía si creerles. A veces me veía hermosa; otras, simplemente cansada.

Vivía en la Ciudad de México, esa ciudad inmensa que nunca duerme y que, aun así, lograba hacerme sentir pequeña y perdida entre su ruido. Mi vida era “normal”: levantarme, trabajar, volver a casa, repetir. Y aunque tenía todo lo que debía tener, sentía que algo dentro de mí estaba estancado.

Había noches en las que miraba el techo y pensaba:

¿Esto es todo lo que me espera? ¿Rutina y más rutina?

Mis padres siempre estuvieron ahí. Me apoyaban, me escuchaban, me decían que confiara en mí. Ellos fueron los primeros en notar que mi corazón quería más. No más cosas, sino más mundo.

Un día, mientras limpiaba mesas en el restaurante por la mañana, me detuve por un segundo. El sonido de los cubiertos chocando, las risas, el café recién hecho… todo se volvió distante. Y lo supe.

Quería viajar.

Quería Argentina.

Quería Buenos Aires, Mendoza, calles llenas de vida, cielos distintos y experiencias que me hicieran sentir viva.

Quería irme sola.

La idea me asustó y me emocionó al mismo tiempo. Pero esa noche, al llegar a casa, decidí que ya no solo iba a soñarlo: iba a hacerlo realidad.

Así empezó mi plan.

Primero acepté el trabajo que apareció frente a mí. No era el empleo de mi vida, ni el que siempre imaginé, pero pagaba bien y eso era lo único que importaba. Aprendí rápido, me adapté al ritmo, al estrés y a las largas horas.

Pero mientras trabajaba, comprendí algo importante: si realmente quería viajar, necesitaba más que un solo sueldo.

Por eso tomé un segundo empleo.

Por las mañanas trabajaba como mesera en un restaurante. Corría entre mesas, bandejas y pedidos, con una sonrisa que muchas veces ocultaba mi cansancio. Veía familias, parejas, viajeros… y cada una de esas escenas me recordaba por qué estaba ahí: por mi propio viaje.

Por las tardes me iba directo al Oxxo. Turnos largos, pies adoloridos, luces fluorescentes y clientes que parecían no notar mi agotamiento. Pero cada peso que ganaba lo guardaba con un propósito claro.

No era solo dinero.

Era mi libertad.

Además de trabajar sin descanso, empecé a organizar mi sueño con la seriedad de quien se prepara para algo que puede cambiar su vida.

Separé mi dinero en pequeñas metas: una parte para el pasaporte, otra para los vuelos, otra para la maleta, el hospedaje, la comida y, por supuesto, los gastos extra que siempre aparecen cuando menos los esperas.

Planearlo todo se volvió casi tan emocionante como el viaje mismo. Dividía mis ahorros con cuidado, anotaba cifras en mi libreta, hacía cuentas una y otra vez y tachaba números cada vez que lograba reunir un poco más.

No podía fallar.

No esta vez.

Mi plan era claro: veinte días en Buenos Aires y diez en Mendoza.

Treinta días para perderme y encontrarme, para caminar calles nuevas, probar sabores distintos, mirar cielos que nunca había visto y sentir que, por primera vez, el mundo también me pertenecía.

No era solo turismo; era mi manera de demostrarme que sí podía, que no estaba destinada a quedarme estancada, que mi vida podía ser más grande que la rutina que me había acostumbrado a aceptar.

Había días en los que quería rendirme. Días en los que pensaba que estaba siendo ingenua por soñar tan alto. Pero entonces miraba mi libreta y releía lo que había escrito con tinta azul:

“Roma, vas a viajar. No porque sea fácil, sino porque lo mereces.”

Y seguía adelante.

Mientras trabajaba, soñaba.

Mientras me cansaba, imaginaba.

Mientras dudaba, seguía avanzando.

Porque cada peso ahorrado me acercaba no solo a Argentina… sino a una nueva versión de mí misma.

Y sin saberlo aún, ese camino también me estaba acercando a alguien que cambiaría mi vida para siempre.