|| “𝘕𝘰𝘴 𝘷𝘰𝘭𝘷𝘦𝘳𝘦𝘮𝘰𝘴 𝘢 𝘷𝘦𝘳…”
El despertador había sonado demasiado pronto esa mañana.
Eiko abrió perezosamente los ojos sintiendo una sensación de nervios y anticipación, ya que no era un día normal como los otros: era su primer día de clases en la escuela secundaria privada Crowhaven Academy, habían pasado algunas semanas desde que se había transferido a esa escuela, la idea de empezar de cero nuevamente le causaba una fuerte sensación de estrés, ella siempre había sido muy callada en sus problemas.
Lo único que la motivaba a levantarse de la cama era saber que sus amigas de la infancia vendrían con ella.
Se levantó en silencio, hizo su rutina diaria de siempre, se lavó los dientes y se duchó, unos minutos después bajó a la cocina para encontrarse con sus hermanos, Natsume, un joven de piel clara como porcelana, abundante cabellera blanca, unas pestañas blancas ligeras, de ojos negros, de personalidad relajada. Natsuki, similar a su hermano, pero con ciertas diferencias, su cabello era más corto y tenía ojeras debajo de sus párpados, de personalidad imponente. Ambos miraron a Eiko con expresiones amables, los tres pertenecían a una familia altamente religiosa (cristianos).
Afuera él aire era fresco, caminaba lentamente mientras conversaban sobre sus anécdotas de su anterior escuela con expresiones nostálgicas. En la entrada de la escuela se toparon con rostros conocidos, eran sus amigos, quienes habían decidido acompañarlos a esta nueva etapa de su vida, y eso ciertamente alivió la tensión. Caminaban tranquilos, hablando y riendo tratando de convencerse de que todo saldría bien.
—Todo va estar muy bien —dijo Samantha con esa voz entusiasta que la caracterizaba.
Eiko asintió temerosa. Al menos no estaba sola.
Al llegar a la escuela se dispersaron después de despedirse, a Eiko y a Samantha se les asignó la misma clase, Samantha fue la primera en opinar.
—¡Que alivio! Pensé que me tocaría lejos de ti, Koko. —exclamó ella con voz alegre mientras mecía su cabello castaño oscuro rizado con exageración llamando a Eiko por ese apodo que ella misma había creado cuando eran niñas.
—Si tú lo dices. —Murmullo en respuesta Eiko mientras sentía un nudo en su estómago y una pesadez en sus pies que no le permitía moverse de su posición.
Por otro lado, en el aula de décimo grado la maestra Abigail estaba dando su clase con normalidad cuando la directora entró con las chicas detrás.
—Tenemos a dos estudiantes nuevas que se suman a nuestro camino escolar. —Anunció la directora.
El aula quedó en total silencio al ver a las chicas nuevas. La expresión de Eiko se llenó de horror al ver a sus nuevos compañeros, ella pudo notar como la clase se dividía entre: demonios, ángeles y otras especies, Samantha dio un paso al frente con una sonrisa radiante.
—¡Buenos días a todos, soy Samantha Whitmore, soy de Reino Unido, tengo 17 años y me gusta ir de shopping! —exclamó ella con total felicidad llamando así la atención de la clase.
—¡Y esta chica de aquí es mi mejor amiga. Eiko Murakami, es de Japón, tiene 17 años y es muy inteligente! —añadió Samantha mientras tomaba del brazo a Eiko para que la clase la viera. Eiko bajó la cabeza con vergüenza.
—¡Qué jovencitas tan encantadoras! —Comentó la maestra Abigail con una expresión amable.
Las chicas se fueron a sentar en los asientos vacíos que estaban distribuidos por el aula, Eiko aún con la vergüenza inicial se sienta en un asiento cerca de la pizarra, ya que tenía problemas visuales (y se negaba a usar lentes), Samantha se sentó al fondo y algunos estudiantes le hablaban con curiosidad, pero Eiko permaneció callada e inmóvil en su pupitre mirando fijamente sus manos temblorosas.
—Hola. —aquella voz era suave.
La voz venía de atrás. Eiko giro lentamente la cabeza. El chico detrás de ella se presentó como Wyatt Morgan, tenía un abundante cabello negro, ojos rojos intensos y unos cuernos que no pasaban desapercibidos, acompañados de una cola que se movió con calma. Eiko lo analizó sin querer notando su mirada expectante…casi siniestra, era aterrador.
El silencio se prolongó más de lo esperado, Wyatt esbozó una sonrisa complacida por el miedo que le estaba causando a Eiko.
El receso llegó rápidamente afortunadamente para Eiko.
Los amigos se juntaron para charlar sobre sus nuevas clases, Eiko se sentía incómoda, como si algo no encajara correctamente, giró la cabeza hacia un grupo de demonios que hablaban entre risas, y entonces lo notó: Wyatt estaba allí, mirándola con esa misma mirada intensa con la del aula de clase.
Desvió la mirada incómoda.
—Ya tengo demasiada hambre. —Dijo Elizabeth con mal genio llamado a: Yessica, Samantha y Erika para ir a comprar algo para merendar.
Eiko intentó no mirar nuevamente hacia atrás mientras se escondía parcialmente detrás de su mejor amigo Benedict, pero inconscientemente miró nuevamente, Wyatt le estaba sonriendo…una sonrisa cargada de malicia. Él se acercó junto a dos chicos.
—¡Hola humanos! —la voz era amable y suave.
La voz provenía de una demonio rubio de exuberante cabello, pestañas rubias, unos ojos azules claros con un lago, llevaba lentes que le ajustaban perfectamente a su rostro, venía con su hermano gemelo, era tan iguales que sus presencias eran abrumadoras.
—Soy Chester Collins, mi hermano Charles Collins. —añadió señalando a su hermano quien tenía una expresión neutral.
Hubo un silencio breve mientras Benedict analizaba a ambos demonios con atención, su mirada se dirigió hacia Wyatt quien estaba detrás mirando con expresión fría a Benedict.
—El es nuestro mejor amigo, Wyatt Morgan —Presentó Chester formalmente— .Es el príncipe del inframundo, no es muy hablador.
Wyatt volvió a sonreírle a Eiko haciendo que ella apretara la manga del uniforme de Benedict con ligera fuerza. Wyatt intentó dar un paso adelante para hablar con Eiko, pero alguien lo empujó con brusquedad.
—Déjala en paz, Morgan.
Una chica con expresión molesta y un chico que la seguía se interpusieron. Ambos eran ángeles.
La sonrisa de Wyatt se desvaneció rápidamente.
—Débora Cross…Jeremías Solomon. —murmullo con frialdad mientras sus ojos se oscurecían con cierta intensidad.
Débora se paró firmemente frente a Wyatt, los demonios se vieron resignados a irse con expresiones molestas. Débora y Jeremías se acercaron con sonrisas radiantes.
—Disculpe si esos demonios los asustaron. —comentó ligeramente— Soy Débora Cross y el es mi mejor amigo Jeremías Solomon.
Benedict sonrió de forma elegante y con una sonrisa enigmática.
—Me llamo Benedict Whitmore, voy en undécimo grado. —respondió mientras se enderezó con elegancia.
Jeremías notó la presencia de Eiko detrás de Benedict y sonrió con entusiasmo.
—¿Tu eres Eiko, no? Vamos a la misma clase. —exclamó el, con voz suave mientras ladeaba la cabeza para ver el rostro escondido de Eiko.
Eiko giró la cabeza evadiendo el contacto visual directo.
—¡Vaya, si que eres muy difícil hacer hablar! —dijo, con voz calmada mientras intentaba no incomodar a Eiko.
Al final del día, el cansancio le pesaba en todo el cuerpo. En el parque, sus hermanos la esperaban con expresiones cariñosas, Eiko abrazó fuertemente a su hermano Natsume mientras trataba de no pensar demasiado en su día. El regreso a casa fue silencioso, pero no incomodó, había un ligero aire de calma que hacía estremecer a Eiko.
Ya en su habitación, se sentó en su cama a leer un libro que le habían dado en la escuela para que se pusiera al corriente con los temas, estaba relajada leyendo. De pronto, su teléfono vibró. Eiko ignoró la notificación mientras pasaba la página del libro con atención, pero el teléfono volvió a vibrar.
Ella frunció el ceño con una pizca de molestia y miró su pantalla.
Era un mensaje de un número desconocido.
Eiko sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo cuando abrió el teléfono y vio los mensajes.
—Hola. Soy Wyatt.
—He conseguido tu número.
Decían aquellos mensajes. Eiko apagó su teléfono rápidamente, dejó el libro a un lado y se acostó a dormir.
Pero ni siquiera en sueños pudo escapar.
La mirada de Wyatt…su sonrisa, todo se repetía una y otra vez en su mente. Eiko despertó sobresaltada, empapada en sudor. El cielo tenía tonos naranjas dando a entender que ya era de madrugada y por alguna razón presentía que ese encuentro no sería el último.