𝘁𝗵𝗲 𝗱𝗶𝘀𝗮𝗽𝗽𝗲𝗮𝗿𝗮𝗻𝗰𝗲 𝗼𝗳 𝗺𝗮𝘁𝘁𝗵𝗲𝘄 𝗰𝗹𝗲𝗺𝗲𝗻𝘁𝘀
Invierno, 4 de enero de 1962. Cuatro meses antes.
‘matty’
“Problemas, problemas, problemas...”
La luz del proyector parpadeaba en la pantalla, iluminando la sala oscura del cine Capitol con destellos intermitentes que bailaban como fantasmas en las paredes desconchadas. El aire estaba cargado de un olor a palomitas rancias y humo de cigarrillos clandestinos, y el zumbido constante del ventilador en el techo parecía un susurro conspirador.
“Madres de River City, escuchen antes de que sea tarde.” El hombre en la película, con su traje beige impecable y una pajarita que parecía estrangularle el cuello, hablaba con una voz grave y urgente, como si estuviera advirtiendo al mundo entero de un apocalipsis inminente. Detrás de él, se erguía una estatua de algún héroe olvidado, polvorienta y solemne, con los ojos vacíos clavados en la nada. No tenía idea de quién era ese tipo en la pantalla, solo sabía que sus palabras sonaban importantes, cargadas de un peso que me hacía apretar los puños en el regazo. “Presten atención a las señales de corrupción. En cuanto su hijo sale de casa, ¿vuelve a acomodarse sus bombachos por debajo de las rodillas? ¿Hay una mancha de nicotina en su índice? ¿Una novela barata escondida en el granero? ¿Empieza a memorizar chistes de la revista Captain Billy’s Whiz-Bang? ¿Ciertas frases se filtran en su conversación? ¿Algo como ‘de lujo’?”
Yo lo observaba todo con el chupete amarillo entre los labios, succionando suavemente para calmar los nervios que me atenazaban el estómago. El sabor a goma vieja, desgastada por el uso constante, me reconfortaba como un viejo amigo en medio de la tormenta, especialmente cuando las cosas se ponían feas en casa. Era mi secreto, mi ancla en un mar de gritos y silencios opresivos.
De repente, una mujer mayor, con el cabello recogido en un moño severo y arrugas profundas que le surcaban el rostro como grietas en la tierra seca, se giró en su asiento y me lanzó una mirada fulminante, como si yo fuera el responsable de todos los males del mundo.
“Shhh”, siseó entre dientes, con los labios fruncidos en una línea de desaprobación. Me dio una última advertencia con los ojos entrecerrados, y me saqué el chupete de la boca con un gesto audible, escondiéndolo en el bolsillo. No quería problemas. No hoy, no cuando el cine era mi único refugio temporal.
La película continuaba su curso, con diálogos que resonaban en la sala como ecos lejanos, pero entonces oí pasos acercándose por el pasillo central, crujientes sobre el suelo pegajoso. Una linterna me iluminó el rostro de golpe, cegándome con su haz blanco e implacable. Me sobresalté, el corazón latiéndome como un tambor desbocado.
—Ven acá, niño... —susurró el joven ujier, con una voz frustrada y ronca, como si estuviera conteniendo un grito—. Te he dicho que vengas ahora.
No. No iba a dejar que me atraparan así. Salí corriendo, agarrando mi abrigo raído y mi mochila con manos temblorosas, sintiendo cómo el pánico me impulsaba hacia adelante. Corrí por el pasillo, zigzagueando entre las filas de asientos, sintiendo las miradas de los adultos clavadas en mí como agujas: algunos con curiosidad, otros con irritación, y unos pocos con una piedad que me revolvía el estómago. Al fin, alcancé la puerta de salida, empujándola con todo mi peso hasta que cedió con un chirrido metálico.
Jadeando, con el aliento formando nubes blancas en el aire frío del vestíbulo, me escondí detrás de un cartel gigante de la próxima película, una imagen descolorida de actores sonrientes que prometían aventuras que yo nunca viviría. Me quedé quieto, sin respirar apenas, el pulso retumbando en mis oídos como un tren lejano.
Oí los pasos del ujier detenerse cerca, pesados y deliberados.
— ¿Cal? ¿Qué pasa? —preguntó un hombre mayor, con una voz grave y cansada, marcada por años de humo y risas forzadas. Era Hank Grogan, el padre de Ronnie, un tipo robusto con bigote grisáceo y ojos que siempre parecían estar calculando el costo de todo.
—Es ese niño Clements, Hank. Es la tercera vez que entra sin pagar esta semana —gruñó Cal, barriendo el área con su linterna como un faro en la niebla.
—Déjalo en paz. ¿Has visto a su familia? —replicó Hank, con un tono que mezclaba resignación y compasión, como si estuviera hablando de un perro callejero.
Ronnie, apoyada en el mostrador de dulces con dos paletas rojas en la boca, chupándolas con una indiferencia estudiada, me miró de reojo. Su cabello corto y oscuro enmarcaba un rostro astuto de rasgos afrodescendientes, con piel morena que brillaba suavemente bajo la luz tenue del vestíbulo.
—La lástima no paga las cuentas, Hank —insistió Cal, con la voz endurecida por la frustración.
—Mmm... Oye, Ronnie, ¿viste a un niño por aquí? ¿De tu edad? —preguntó Hank, volviéndose hacia su hija con una ceja arqueada.
—Sí, papá —respondió ella, sin inmutarse, sacando una de las paletas con un pop audible.
Sentí que el estómago se me encogía como un puño cerrado. Me iban a pillar, estaba seguro. El sudor me perlaba la frente a pesar del frío.
—Se fue por allá —añadió Ronnie, señalando con el dedo pegajoso la dirección opuesta, hacia la salida trasera.
Sonreí en la oscuridad, un alivio cálido extendiéndose por mi pecho como un sorbo de chocolate caliente.
Oí a Cal correr hacia allá, sus botas resonando en el suelo como martillazos. Salvado. Por ahora.
—Vamos, de vuelta al trabajo —le dijo Hank a su hija, dándole una palmada suave en la espalda—. ‘Vivir de ilusión’, ¿dirigida por...?
—Morton Decosta —completó Ronnie, con una sonrisa ladeada que revelaba un diente torcido.
—Exacto, mi chica lista.
Los vi alejarse, sus siluetas difuminándose en la penumbra del vestíbulo. Agarré mis cosas con fuerza y salí corriendo del cine, empujando la puerta principal con el hombro.
El viento helado de enero me azotó la cara como una bofetada, cortante y despiadado, cargado de copos de nieve que se adherían a mi piel como agujas heladas. La nieve crujía bajo mis zapatos desgastados mientras caminaba por las calles vacías de Derry, envueltas en una oscuridad opaca que solo rompían los faroles amarillentos, parpadeando como ojos somnolientos. El letrero gigante a lo lejos rezaba:WELCOME TO DERRY, MAINE. Birthplace of Paul Bunyan.Lo miré un rato, como siempre, hipnotizado por esa figura imponente del leñador con su hacha reluciente, sonriendo con una dentadura perfecta como si nada malo pudiera pasar en este pueblo olvidado por Dios.
Suspiré profundamente, el aliento escapando en una nube blanca, y volví a ponerme el chupete en la boca, succionando con urgencia para calmar el nudo en la garganta. Teagan, la niñera, ya me estaría buscando, con esa preocupación suya que siempre parecía un escudo invisible. O peor, papá, con su temperamento que estallaba como un trueno inesperado.
Seguí caminando, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo raído, el frío colándose por cada costura rota como dedos invisibles. Oí el tren pasando por las vías elevadas, chirriando como un grito metálico que reverberaba en la noche. Ningún auto pasaba por la calle principal, desierta y espectral. Hasta que uno lo hizo: una camioneta roja que me rozó al pasar, salpicándome con nieve sucia. Nadie paró, nadie se molestó en mirar atrás.
Entonces, otro vehículo. Se detuvo a mi lado con un chirrido de frenos, las luces delanteras iluminándome como un interrogatorio.
Bajó la ventanilla con un zumbido eléctrico. Una pareja adulta me miró con pena, sus rostros iluminados por el resplandor del tablero: el hombre con barba incipiente y ojos cansados, la mujer con labios pintados de rojo y una expresión maternal que me hizo tragar saliva.
— ¿Estás bien, jovencito? —preguntó el hombre, con una voz ronca por el tabaco.
—S-sí... —balbuceé, tiritando incontrolablemente, los dientes castañeteando—. ¿Podrían...llevarme?
—Pobrecito, estás congelado —dijo la mujer, inclinándose hacia la ventana con una sonrisa compasiva—. Entra antes de que te mueras de frío.
—Gracias...
Abrí la puerta trasera con manos entumecidas. Dentro había dos chicos: una niña de piel pálida como porcelana fina, con trenzas perfectas que caían como cuerdas doradas, y un niño con cara inocente, demasiado inocente, con ojos grandes y una sonrisa que no llegaba a ellos.
Me dio un escalofrío que no era solo por el frío.
—Cúbrete con esto, cariño —dijo la mujer, pasándome una manta tejida a mano, áspera pero cálida.
—Gracias.
—Dinos dónde está tu casa —preguntó el hombre, girando el volante con manos firmes—. Te llevaremos con tus padres sano y salvo, ¿okey?
Tragué saliva, dudé un instante y decidí contestar, la voz salió en un susurro ronco.
—Adonde sea menos a Derry.
Los adultos se miraron entre ellos, un intercambio silencioso cargado de comprensión.
—Bien, vamos a Portland, así que... es el camino correcto —dijo la mujer, con un tono tranquilizador.
Asentí, hundiéndome en el asiento. De fondo, una canción suave en la radio, melancólica y lejana, como un eco de otro mundo. El auto arrancó, devorando la carretera nevada. La noche era larga y helada. ¿No?
𝜗ৎ
Verano, 1960. Un año y medio antes.
El sol de Derry quemaba como un hierro al rojo vivo ese julio, colgando en el cielo como una amenaza constante, y el aire olía a hierba recién cortada mezclada con el hedor dulzón y estancado del canal que serpenteaba por el centro del pueblo, un riachuelo turbio que arrastraba secretos olvidados. Yo tenía doce años entonces, pero me sentía mucho más pequeño, como si el mundo me aplastara con cada paso que daba sobre el asfalto agrietado. Mi casa en la calle Neibolt era un lugar que evitaba tanto como podía; las paredes desconchadas guardaban secretos que nadie quería oír, ecos de discusiones que se filtraban por las grietas como humo tóxico, y papá...bueno, papá tenía sus días malos. Días en los que el cinturón hablaba más que las palabras, dejando marcas que ardían como fuego lento. Por eso, cuando mamá me dijo que había contratado a una niñera para el verano, no supe si sentir alivio o miedo renovado.
—Teagan Novak —anunció como si fuera una bendición caída del cielo—. Vive a unas cuadras, con su familia. Es responsable, y tú necesitas alguien que te vigile mientras trabajo en la fábrica textil.
Teagan apareció esa primera tarde como un torbellino de energía contenida, irrumpiendo en la puerta con una confianza que llenaba la habitación como una brisa fresca. Era alta para sus quince años, con una figura atlética y esbelta que sugería horas de movimiento constante, músculos tonificados por el esfuerzo y una postura erguida que transmitía una determinación inquebrantable. Su cabello ondulado y largo, de un castaño oscuro que capturaba la luz del sol como un río de chocolate derretido, le caía por la espalda en ondas rebeldes, enmarcando un rostro de rasgos afilados y exóticos, con pómulos altos y una piel olivácea que hablaba de herencias lejanas. Sus ojos verdes oscuros —del color de un bosque profundo en la penumbra, con un brillo penetrante que te hacía sentir visto, realmente visto, como si pudiera leer tus pensamientos con una sola mirada— me miraron con una calidez genuina que no estaba acostumbrado a recibir. Era mitad checa por parte de su madre, que había emigrado durante la guerra con historias de resiliencia grabadas en el alma, y británica por su padre, un mecánico corpulento que hablaba con un acento grueso y contaba anécdotas de Londres como si fueran epopeyas antiguas. Pero Teagan no era de las que se quedaban quietas contando cuentos; ella vivía para la acción, siempre un paso adelante, como si el mundo fuera un desafío que estaba dispuesta a conquistar.
—Hola, Matty —dijo, extendiendo una mano firme pero gentil, con uñas cortas y manchadas de grasa de motor. Su voz era clara y resonante, con un leve acento que rodaba las erres de manera suave, como si cada palabra fuera una invitación a una aventura inesperada—. Soy Teagan. Tu mamá dice que eres un chico listo. ¿Quieres ir al parque? He traído mi kart para probarlo en la colina; vamos a ver si puedes seguirme el ritmo.
Yo me quedé ahí, paralizado por un momento, con el chupete escondido en el bolsillo —un secreto que nadie sabía, algo que me calmaba cuando el mundo se ponía demasiado ruidoso o doloroso—, y asentí tímidamente, sintiendo un calor extraño en el pecho. No era común que alguien me hablara como si yo importara, como si mis opiniones contarán en el gran esquema de las cosas.
Teagan era así: valiente sin ser imprudente, siempre dispuesta a defender lo que creía justo, como si llevara una armadura invisible forjada en fuego. Competitiva hasta el hueso, especialmente cuando se trataba de velocidad; practicaba karting en un circuito improvisado que su padre había armado en el garaje con chatarra recolectada, y ganaba carreras locales contra chicos mayores que ella, dejando atrás nubes de polvo y egos heridos. Pero no era solo eso; tenía una lealtad feroz, protectora, como si el mundo fuera un campo de batalla y ella estuviera lista para escudar a los suyos con su propio cuerpo. Conmigo, era compasiva, paciente, notando mis silencios prolongados y mis moretones ocultos sin presionar demasiado, solo ofreciendo una mano cuando la necesitaba, con una sonrisa que iluminaba la habitación como un faro en la tormenta.
Ese verano se convirtió en un remanso en medio del caos constante de mi vida. Teagan vivía con sus tres hermanos en una casa modesta en la calle Jackson, un hogar ruidoso pero lleno de risas estridentes y aromas a comida casera que contrastaba con el silencio opresivo y el olor a cerveza rancia de la mía. Wesley, su hermano mayor, nacido en 1944, era un año mayor que ella y ya un prodigio en el hockey sobre hielo. Alto y fornido, con el mismo cabello ondulado pero cortado corto y práctico, y una piel oscura que brillaba bajo el sudor de los entrenamientos, pasaba los días en la pista del pueblo, patinando con una determinación juguetona que inspiraba a Teagan. Era el tipo de chico que siempre tenía una broma lista para romper la tensión, con una risa contagiosa que hacía eco en el hielo, y una agilidad sorprendente para su complexión robusta, esquivando golpes con gracia felina mientras animaba a sus compañeros con un entusiasmo inagotable.
—Wes es como un tanque en movimiento —me dijo Teagan una vez, mientras lo observábamos practicar desde las gradas, el vapor de nuestro aliento mezclándose en el aire frío de la pista—. Nunca se rinde, ni siquiera cuando le duele todo el cuerpo. Siempre encuentra una forma de hacer que parezca divertido.
Jason, de diez años (nacido en 1950), era el bromista de la familia, con ojos traviesos que centelleaban como estrellas pícaras y una risa explosiva que llenaba la casa; siempre inventando juegos locos que involucraban pelotas rebotando por el jardín o carreras improvisadas que terminaban en caídas hilarantes. Alto para su edad, con piel olivácea heredada de la familia y ojos verdes oscuros que brillaban con picardía, era una bola de energía constante, retando a todos a duelos imaginarios con espadas de palo. Y Oscar, el menor, de ocho (nacido en 1952), era el callado del grupo, con una curiosidad infinita por los insectos y las máquinas, siguiéndonos a todas partes como una sombra adorable y silenciosa. Su cabello castaño caía en rizos desordenados sobre una frente pensativa, y sus ojos verdes oscuros observaban el mundo con una intensidad prematura, desarmando juguetes para entender cómo funcionaban, siempre con una pregunta lista en los labios.
Pasábamos las tardes en su garaje, un caos organizado de herramientas oxidadas y piezas de metal, donde Teagan me enseñaba los secretos de su kart: un armatoste rudimentario de metal y ruedas que su padre había ensamblado con piezas de desecho, pintado de un rojo vibrante que gritaba velocidad.
—Mira, Matty, el truco está en el equilibrio —explicaba, ajustando los frenos con manos expertas, manchadas de grasa negra que se adhería a su piel como tatuajes temporales—. No se trata solo de ir rápido; es saber cuándo frenar y cuándo acelerar. Como en la vida, ¿sabes? Un error y terminas en la cuneta.
Yo la observaba, fascinado por su enfoque inquebrantable, cómo se concentraba en cada detalle con una intensidad que hacía que el mundo desapareciera a su alrededor, sus ojos verdes oscuros entrecerrados en concentración mientras probaba el motor con un rugido ensordecedor.
Competíamos en la colina detrás de su casa —ella siempre ganaba, pero me dejaba creer que estaba cerca, animándome con gritos de aliento—, y en esos momentos, con el viento azotándome la cara y el sol quemándome la piel, olvidaba los gritos en casa, el dolor sordo en mis brazos que persistía como un recordatorio constante. Teagan notaba cuando estaba distante, cuando succionaba el chupete en secreto bajo la manta por las noches, escondido de miradas curiosas.
—Está bien necesitar algo que te calme —me dijo una vez, sentándose a mi lado en el porche con una voz suave pero firme, sin un ápice de juicio en su expresión—. Todos tenemos nuestras armaduras, Matty. La mía es la pista; la tuya puede ser lo que sea que funcione.
Pero Derry no era un lugar para felices veranos eternos; era un pueblo que devoraba sueños como un monstruo acechante en las sombras. A medida que el otoño de 1960 llegaba, con hojas crujientes bajo los pies que crujían como huesos rotos y un frío que se colaba en los huesos como un presagio, las cosas en casa empeoraron. Papá perdía el trabajo con más frecuencia, sus “lecciones” se volvían más frecuentes y brutales, dejando moretones que Teagan notaba pero no comentaba directamente. Ella se convirtió en mi refugio; me llevaba a patinar con Wesley, donde el hielo parecía un mundo aparte, resbaladizo y liberador, o a ver a Jason y Oscar construir fortalezas de cartón en el jardín, risas que ahogaban el eco de los gritos.
—Somos un equipo, Matty —decía ella, con esa lealtad que la hacía inquebrantable, colocándome una mano en el hombro con una fuerza reconfortante—. Nadie te hace daño si yo estoy cerca. Y si lo intentan, les mostraré lo que es una carrera real.
Su competitividad salía a relucir en los juegos: empujaba a sus hermanos a dar lo mejor de sí, pero siempre con un toque de justicia, asegurándose de que todos tuvieran una oportunidad justa, corrigiendo trampas con una mirada severa que no admitía discusiones.
El invierno de 1960 trajo nieve profunda y un aislamiento que pesaba como una manta pesada. Teagan, ahora de quince y medio, equilibraba el karting con la escuela y cuidarme, su horario un torbellino de responsabilidades que manejaba con una gracia envidiable. Una noche, durante una tormenta que aullaba como un lobo herido, me encontró temblando en su porche, con un ojo morado que latía como un corazón expuesto. No preguntó nada; solo me envolvió en una manta gruesa y me llevó adentro, su presencia un muro contra el frío y el miedo.
—Quédate aquí —susurró, su voz firme como una promesa inquebrantable. Wesley preparó chocolate caliente con marshmallows derretidos, Jason contó chistes absurdos para distraerme hasta que reí a pesar del dolor, y Oscar me prestó su juguete favorito, un camión de metal abollado. Teagan se sentó a mi lado, sus ojos verdes oscuros llenos de una determinación feroz que ardía como fuego verde—. No estás solo. Nunca más. Somos familia ahora.
La primavera de 1961 floreció con promesas rotas y flores marchitas prematuramente. Mamá trabajaba turnos dobles en la fábrica, exhausta y distante, y papá... bueno, era peor, sus arrebatos como tormentas impredecibles. Teagan intensificó sus esfuerzos: me enseñaba a defenderme, no con puños ciegos, sino con palabras afiladas y astucia rápida.
—Sé fuerte, Matty, pero sé listo —decía, mientras practicábamos en el kart, el motor rugiendo como un desafío al mundo.
Su cabello ondeaba al viento como una bandera de rebelión, y su risa era como un bálsamo que curaba heridas invisibles. Pero yo soñaba con huir, con dejar Derry atrás, un pueblo que parecía tragarse a la gente entera. El chupete se convirtió en mi ancla constante, un recordatorio de que, a pesar de todo, era solo un niño asustado en un mundo demasiado grande.
Otoño, 1961. Seis meses antes.
Las hojas caían como lágrimas doradas sobre las aceras agrietadas, y el aire olía a humo de chimeneas lejanas, un aroma acogedor que contrastaba con la tensión creciente en el pueblo. Teagan, ahora de dieciséis, había ganado su primera carrera de karting real en un evento local, contra chicos que la subestimaban por su género y su edad, cruzando la meta con un rugido triunfal que hizo vibrar el aire.
— ¡Lo logré! —gritó, abrazándome con fuerza, su cuerpo temblando de adrenalina, sudor perlando su frente olivácea.
Su personalidad brillaba en ese momento: audaz en la pista, compasiva fuera de ella, siempre protegiendo a sus hermanos y a mí como si fuéramos su responsabilidad sagrada, un lazo inquebrantable. Wesley la felicitó con un golpe juguetón en el hombro, su risa resonando como un eco alegre; Jason y Oscar vitorearon como locos, saltando alrededor como cachorros excitados.
Pero en casa, el infierno se desataba con más furia. Una noche, escapé y corrí a la de los Novak, las calles oscuras y húmedas bajo mis pies. Teagan me encontró en la puerta, tiritando bajo la lluvia fina.
—Entra —dijo, su voz un muro sólido contra el miedo, jalándome adentro con una gentileza firme. Me cuidó, como siempre, con esa mezcla de fuerza indomable y ternura profunda que la definía, secándome el cabello y preparándome un lugar en el sofá mientras sus hermanos se unían en un círculo protector.
𝜗ৎ
Desde un comienzo...
Teagan acababa de ganar el campeonato por segunda vez consecutiva, el polvo de la pista aun asentándose en el aire seco mientras los demás niños observaban con rostros ceñudos, las mandíbulas apretadas en una mezcla de envidia y resentimiento. Que una niña, más pequeña y joven que muchos de ellos, les ganara era claramente un acto de vergüenza pública, un golpe directo a sus egos inflados. Los murmullos se extendían como ondas en un estanque: “¿Cómo lo hace?“, “Es trampa, seguro”, pero Teagan se erguía en el podio improvisado, con el trofeo de metal barato en las manos, su sonrisa un desafío silencioso que no admitía dudas.
Teagan Novak había crecido en una familia numerosa, con una gran herencia cultural entretejida en cada tradición: comidas checas cargadas de especias y cuentos británicos de heroísmo que su padre relataba junto al fuego. Era el orgullo de sus padres, una joven que había demostrado ser mejor que otros en la pista, superando barreras con una tenacidad que dejaba a todos boquiabiertos. Su único problema recurrente era un niño en particular, Donald Uris, un chico judío con una inteligencia aguda pero un ego que lo impulsaba a competir en todo. Según Teagan, Donald era la definición de egocéntrico, una persona que anhelaba superar al resto y encarnar la perfección constante en cada ámbito: en las carreras, en las discusiones escolares, incluso en juegos inocentes. Un niño odioso, si se lo preguntaban a ella. Ambos se repudiaban mutuamente, peleando constantemente para demostrar quién era mejor que el otro, sus encuentros cargados de una tensión eléctrica que atraía miradas curiosas. Aunque Donald despreciaba a Teagan por razones más profundas —había descubierto que, aparte de las herencias culturales que sus padres le habían brindado, la niña tenía descendencia alemana, algo que lo atemorizaba tras las historias relatadas por su padre acerca del Holocausto y la represión sobre la comunidad judía por el Estado Nazi. Aunque claramente Teagan no tenía en su familia a ningún nazi, Donald la miraba con recelo y furia, aparte de un miedo subyacente que lo hacía retroceder en momentos inesperados.
Teagan tenía un carácter que intimidaba a Donald: el simple hecho de no tener miedo de enfrentarse a otros, incluso si eran mayores o más fuertes que ella, o demostrar que era mejor que cualquiera con una confianza que rayaba en la audacia. Algo que su hermano mayor, Wesley Novak, había intentado moderar, bajándola de las nubes de la fantasía con consejos prácticos y recordatorios de la realidad dura, pero sin apagar su fuego interior. Sin embargo, Teagan no dejaba de ser imparable, con un gran potencial en la pista que la hacía volar sobre el asfalto como si estuviera destinada a ello.
La rivalidad entre Teagan y Donald había comenzado años atrás, cuando eran apenas niños de ocho años, en el verano de 1953, en un parque polvoriento de Derry donde los chicos del barrio organizaban carreras improvisadas con bicicletas oxidadas y karts caseros.
Teagan, con sus trenzas deshechas y las rodillas raspadas por caídas previas, había irrumpido en el grupo de chicos con una determinación feroz, exigiendo un turno en la pista. Donald, un niño alto para su edad, con cabello rubio claro que caía en mechones desordenados sobre una frente pálida salpicada de lunares, y una complexión robusta que lo hacía parecer más grande de lo que era, la miró con escepticismo, sus ojos azules entrecerrados en una mezcla de curiosidad y desdén.
—Las niñas no corren aquí —le espetó, cruzando los brazos sobre su pecho ancho, rodeado por sus amigos: George Bennett, un pelirrojo pecoso con una risa nerviosa; Connell Drake, un moreno delgado con ojos rápidos; y Joseph Ricciardo, un rubio desgarbado que siempre seguía la corriente.
Teagan no retrocedió; en cambio, se plantó frente a él con las manos en las caderas, su mirada verde oscura clavada en la suya como una daga.
—Pruébalo tú mismo —replicó, y antes de que Donald pudiera protestar, robó una bicicleta y pedaleó con furia, dejando una estela de polvo que lo hizo toser. Ganó esa carrera por un margen estrecho, pero suficiente para encender la chispa. Donald, humillado frente a sus amigos, juró venganza, y desde entonces, cada encuentro era una batalla: en el parque, en la escuela, incluso en juegos de mesa durante las fiestas del barrio.
A los diez años, en 1955, la rivalidad se intensificó durante un torneo local de karts organizado por el club juvenil. Teagan, ahora más hábil gracias a las lecciones de su padre en el garaje, manejaba su kart con una precisión instintiva, zigzagueando entre obstáculos con una gracia felina. Donald, con su kart pulido y meticulosamente mantenido —heredado de un tío que valoraba la perfección—, la seguía de cerca, su rostro pálido enrojecido por el esfuerzo, los lunares destacando como constelaciones en su piel. Sus amigos lo animaban desde el banquillo: George gritando consejos torpes, Connell calculando trayectorias en voz alta, Joseph riendo para aligerar la tensión. Pero Teagan cruzó la meta primero, y Donald, deteniéndose abruptamente, la acusó de cortar una curva.
— ¡Tramposa! —gritó, su voz quebrándose por la frustración.
Teagan se volvió hacia él, su cabello castaño pegado a la frente por el sudor, y respondió con calma—: Gana limpio la próxima vez, Uris.
Sus amigas —Claudia Gómez, una morena serena con dedos hábiles para el violín que siempre mediaba con palabras suaves; Maya McAllister, una pelirroja vivaz que añadía humor a las disputas; y Hattie Allen, una morena tenaz que defendía a Teagan con argumentos lógicos— se rieron, profundizando la brecha.
Para los doce años, en 1957, la competencia se había extendido más allá de la pista. En la escuela, competían por las mejores notas en matemáticas, Donald con su enfoque metódico y paciente, analizando problemas como rompecabezas complejos, mientras Teagan resolvía con intuición rápida y audaz. Donald traía a colación su herencia judía en discusiones, hablando de resiliencia histórica con una madurez que impresionaba a los maestros, pero Teagan lo contrarrestaba con historias de sus antepasados checos y británicos, enfatizando la superación personal.
Una vez, durante un debate escolar sobre héroes, Donald elogió figuras de perseverancia calmada, mientras Teagan defendía a los que actuaban con coraje inmediato. Sus hermanos y amigos se involucraban: Teddy Uris, el hermano menor de Donald, un chico de doce con cabello rubio claro, piel pálida y ojos verdes opacos que observaba todo con una seriedad prematura, apoyaba a su hermano con argumentos lógicos y reservados; Phil Malkin, un moreno de doce con ojos verdes brillantes y piel pálida, alto y enérgico, añadía chistes para desarmar tensiones, con una personalidad que mezclaba ingenio rápido y optimismo; Susie Malkin, de ocho, una morena pequeña con ojos marrones y piel pálida, animaba con entusiasmo infantil. Por el lado de Teagan, Jason y Oscar Novak aportaban caos juguetón y curiosidad técnica, respectivamente.
A los catorce, en 1959, la rivalidad alcanzó un pico durante el campeonato regional de karts. Donald, ahora más alto y robusto, con una presencia imponente que intimidaba a competidores menores, había mejorado su técnica, manejando con una gracia controlada y estratégica. Sus amigos lo respaldaban: George con estrategias improvisadas, Connell con cálculos precisos, Joseph con aliento constante. Pero Teagan, con su estilo agresivo y valiente, lo superó en la curva final, su kart rugiendo como una bestia liberada.
Donald, deteniéndose en boxes, la confrontó:
—Tu descendencia alemana te hace creer que puedes pisotear a todos —espetó, el miedo antiguo tiñendo sus palabras.
Teagan, jadeando pero erguida, replicó—: No es mi sangre, es mi habilidad. Supéralo, Uris.
Wesley, observando desde Afar, intervino para calmarla, recordándole que la victoria no lo era todo, mientras Leónidas Malkin, un moreno de dieciséis, capitán de lacrosse con una estatura imponente y complexión atlética como un muro viviente, felicitaba a Teagan con una palmada en la espalda, su personalidad equilibrada y leal mediando entre grupos. Leónidas, con cabello castaño corto y una sonrisa que desarmaba conflictos, era amigo de Wesley, junto con Izzie Marshall, una rubia con guitarra en mano, cuya energía vibrante y justiciera añadía ritmo a las discusiones; Charles Vázquez, un jugador de lacrosse rubio con una lealtad inquebrantable y fuerza técnica; Robert Lovat, un moreno pensativo con un enfoque estratégico y reservado; y Alexandra Lovat, una bailarina de ballet morena con gracia felina y astucia misteriosa.
A los quince, en 1960, la rivalidad era una danza constante de respeto forzado y antagonismo. En el último campeonato, Teagan ganó de nuevo, pero Donald la felicitó por primera vez, aunque con los dientes apretados:
—Buena carrera, Novak.
Teagan asintió, reconociendo su progreso, pero el fuego seguía ardiendo. Sus círculos se entretejían: los Malkin —Leónidas con su liderazgo natural, Phil con su ingenio relámpago, Susie con su entusiasmo burbujeante— y los amigos de Wesley añadían capas, convirtiendo Derry en un tablero donde cada movimiento era una jugada maestra. La tensión entre Teagan y Donald no era sólo personal; era un espejo de sus mundos colisionando, forjando caracteres en el calor de la competencia.








