Capitulo 1: Las sombras que salen de la boca
Mara descubrió su don a los ocho años, en una mañana que parecía tan normal que nadie habría sospechado que iba a marcarla para siempre.La cocina olía a café recién hecho y a pan tostado.
La radio sonaba bajito con una canción que su madre tarareaba mientras lavaba los platos. El sol de la mañana entraba por la ventana, dibujando rectángulos de luz dorada sobre el piso de madera gastada.Su padre estaba sentado a la mesa. Tenía una taza de café entre las manos, pero no bebía.
Sus ojeras eran profundas y su ceño estaba tan fruncido que parecía haber olvidado cómo relajar la cara. Mara estaba sentada frente a él, balanceando los pies bajo la silla, pensando en la tarea de aritmética que descansaba en su mochila.Fue entonces cuando su padre levantó la vista y dijo:—No fui yo quien rompió el florero.Las palabras sonaron normales. Demasiado normales.
Pero en el mismo instante en que la última sílaba salió de sus labios, algo negro, espeso como el humo, brotó lentamente de su boca.No fue un suspiro. No fue el vapor del café.
Fue una sombra.La sombra se retorció en el aire con una autonomía aterradora. Se estiró, se dobló sobre sí misma y luego se disipó, dejando tras de sí una sensación de presión, como si el aire se hubiera vuelto repentinamente difícil de tragar.Mara gritó.El sonido salió de su garganta antes de que pudiera procesarlo.
Su silla cayó hacia atrás. Su corazón martilleaba contra sus costillas con tanta fuerza que sintió un dolor agudo en el pecho.—¿Qué pasa? —preguntó su madre, girándose de golpe.
Pero nadie más vio nada. Su padre solo la miraba, confundido.
—¿Qué sombra, Mara? ¿De qué estás hablando?
Mara señaló con el dedo tembloroso el espacio vacío frente a la cara de su padre.
—De tu boca… salió algo negro… algo sucio.
Sus padres cruzaron una mirada de preocupación.
—Cariño, estás imaginando cosas —dijo su madre, acercándose para abrazarla.
Pero Mara no imaginaba. Ella sabía lo que había visto. Esa mañana, el mundo dejó de ser transparente. Desde ese día, supo que algo en ella estaba roto… o quizás, peligrosamente despierto.
Con el tiempo, Mara aprendió que la verdad tenía un solo rostro, pero la mentira tenía mil matices de oscuridad. Aprendió que no todas las sombras eran iguales.
Algunas eran delgadas, como hilos de humo que se desvanecían rápido. Eran las mentiras piadosas. Otras eran densas y pesadas, como manchas de brea. Esas nacían de secretos podridos, de cosas que la gente se decía a sí misma para poder dormir.
Y estaban las peores. Las que parecían quedarse pegadas a ella aunque cerrara los ojos.
Ahora, a los veintiún años, Mara evitaba mirar a las personas cuando hablaban. No por timidez, sino por supervivencia. Había aprendido a leer labios sin mirar directamente y a fingir que buscaba algo en el suelo cuando alguien decía algo importante. Ver mentiras todo el tiempo no te hacía más fuerte; te hacía más cansada.
Trabajaba en una pequeña librería de libros usados. El polvo, el olor a papel viejo y el crujido de las páginas eran su refugio. Allí, las mentiras eran pequeñas y manejables.
—Buenos días —dijo su jefe desde el mostrador.
Mara levantó la mirada solo un segundo. De su boca salió una sombra pequeña e inofensiva. Tal vez solo fingía estar de buen humor. Mara bajó la cabeza y siguió ordenando libros. Así era su vida. Controlada. Limitada. Cansada, pero estable. Hasta que la campanita de la puerta sonó.
Mara no miró de inmediato. Contó hasta tres.
Uno. Dos. Tres.
—Hola —dijo una voz masculina.
Mara levantó la vista y se quedó inmóvil. No había sombra. Ni humo, ni hilos, ni manchas. Nada. Era la primera vez en toda su vida.
El chico tenía el cabello oscuro, los ojos cansados y una pequeña cicatriz cerca de la ceja izquierda. La miraba con una mezcla rara de curiosidad.
—¿Estás bien? —preguntó.
Mara tragó saliva. Esperó la sombra. No apareció.
—Busco un libro —dijo él—. Sobre mentiras. O sobre personas que creen ver cosas que nadie más ve.
Mara sintió frío en la nuca.
—Están en el estante del fondo —dijo, señalando sin mirarlo.
El chico sonrió apenas.
—Gracias, Mara.
—¿Cómo sabes mi nombre?
Él señaló el libro de registro sobre el mostrador.
—Está ahí.
Era lógico. Pero cuando habló, no salió ninguna sombra. Nada.
Esa noche, Mara soñó con bocas abiertas que no expulsaban humo. Al despertar, tenía un mensaje de un número desconocido:
“No puedo mentirte. Eso es lo que me hace peligroso.”
Mara dejó caer el teléfono. Por primera vez en su vida, deseó con todas sus fuerzas que alguien le estuviera mintiendo.