Castlevania: Night Hunters

Summary

En la era Taisho, Tanjiro Kamado y los Cazadores de Demonios se alían con Micael Belmont, el último heredero de una famosa estirpe de cazadores de vampiros. Despojado de su arma legendaria, el látigo Vampire Killer (ahora en manos del linaje Morris), Micael llega a Japón persiguiendo una antigua amenaza familiar, solo para encontrar una plaga demoniaca completamente nueva liderada por Muzan Kibutsuji. Dos tradiciones de cazadores, nacidas en mundos opuestos, deberán unir sus fuerzas: la respiración y la compasión de los Cazadores de Demonios, frente al conocimiento arcano y la tenacidad implacable de los Belmont. Juntos, se enfrentarán a la noche más oscura de Japón, donde Micael descubrirá que el verdadero legado de su familia no es un arma, sino la voluntad indomable de luchar contra la oscuridad, sin importar la forma que esta adopte.

Genre
Action
Author
Alexander
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo

Advertencia: "Si bien esta historia se basa en Demon Slayer y Castlevania, no sigue el canon de sus respectivas series. Se trata, más bien, de una reinterpretación de los hechos".


La luna llena iluminaba el cielo estrellado.


Una calma antinatural ahogaba el bosque. Ni el viento se movía. Solo los sonidos mínimos de la vida entre los arbustos persistían, hasta que un nuevo latido se impuso a la distancia: el martilleo grave y constante de un caballo al trote, cada vez más cerca.


De entre la negrura del follaje, el caballo emergió primero, su aliento formando jirones de vapor en el aire frío. Sobre su lomo, la figura del jinete era un bulto compacto envuelto en un largo abrigo. Solo sus ojos quedaban al descubierto, dos puntos de luz fijos e implacables que cortaban la penumbra.


«No tienes escapatoria.»


El jinete desmontó con la fluidez de quien ha repetido el gesto mil veces. Dio una palmada seca en el cuello del animal, y el caballo, obediente, se diluyó entre los árboles como un fantasma. Solo entonces, el hombre se agachó. Sus dedos, enguantados, rozaron la tierra húmeda: un charco de sangre reciente, de un tono más negruzco


«Parece ser que hasta aquí llegaste. Se te acabo la suerte»


Se irguió. Sin vacilar, su silueta se disolvió en la espesura del bosque mientras seguía el rastro.


Avanzó entre los árboles, su respiración un leve susurro. El rastro se volvía más denso, casi palpable. Luego, de golpe, se esfumó. No en el aire, sino en el límite de un tronco desgarrado, como si la criatura hubiera atravesado la materia.


«Ese maestro forjador —masculló—. Ya está fabricando criaturas infernales aquí.»


El jinete se detuvo. El bosque contuvo el aliento. Fue entonces cuando la noche se partió en dos.


Una silueta desgarbada se abalanzó desde las ramas con un chillido desgarrador. Sus garras, largas y afiladas, surcaron el aire donde un instante antes había estado su cabeza. El hombre giró sobre su talón, esquivando el golpe por un centímetro. En el fugaz cruce de miradas, bajo la luz de la luna filtrada, vio unos ojos salvajes de pupilas verticales y unos cuernos falciformes brotando de lo que parecía ser su cabeza.


«Un momento. Esta no es la típica criatura infernal, ¿será un vampiro..?.»


Sin perder el ritmo, la criatura aterrizó y se lanzó a la carrera, alejándose en una estela de movimiento quebrado. No hubo una orden, solo instinto. El cazador se lanzó tras ella. La persecución los llevó fuera de la espesura, hasta donde los árboles se espaciaban y el olor a tierra húmeda empezaba a mezclarse con otro más familiar: carbón e incienso. Las primeras chozas del pueblo se recortaban contra el cielo menos oscuro de la noche abierta.


—¡Alto! —rugió el cazador, su voz resonando por los arboles—. ¡No dejaré que des un paso más!


La criatura se detuvo en seco. Giró lentamente. A la luz de la luna, el jinete vio los cortes limpios y humeantes que sus cuchillos habían dejado en sus brazos y torso. Heridas que no cerraban.

«¿Por qué no se desintegra?», pensó, y el frío de la duda le recorrió la espalda.


—Debo admitir que me sorprendes —dijo el cazador, midiendo cada palabra—. Otros de tu... clase... ya habrían sido polvo.


El demonio inclinó la cabeza, con una expresión bestial de genuina confusión. Sus fosas nasales se dilataron olfateando el aire.

—Tu olor... Es agrio. Extranjero. —Escupió las palabras como un veneno—. ¿Clase? ¿De qué hablas? Esos cuchillos... duelen. No dejan sanar. —Un gruñido bajo surgió de su garganta—. Pensé que serías una presa fácil.


—Si no eres una creación del forjador... —murmuró, más para sí que para la criatura, su agarre en el látigo se tensó—. Entonces, ¿Qué carajo eres?


La criatura sonrió, mostrando una hilera de colmillos afilados. La criatura se abalanzó contra él. No fue una carrera; fue un borrón que cerró la distancia antes de que el aire pudiera moverse.


«UGH, qué velocidad!»


El pensamiento fue un destello. Su cuerpo reaccionó antes que su mente. El brazo del cazador se convirtió en un torbellino: la mano cruzó el pecho, los dedos se cerraron alrededor del mango de la espada, la hoja salió de su vaina en un silbido de acero puro y se interpuso entre sus ojos y las garras que ya surcaban el aire hacia su rostro.


¡CLANG!


El choque fue seco, brutal: metal contra algo más duro que el hueso. La vibración recorrió su brazo hasta clavarse en el hombro. Había logrado detener el golpe.


El demonio quedó suspendido en el aire, frenado por la barrera de acero. Gruñó, sorprendido... pero no intimidado.


—¡JA! Estúpido. Una espada de acero común como la tuya no puede hacerme nada. ¿De verdad eres miembro de la cofradía de cazadores? No me hagas reír... aunque debo admitir que tus reflejos son decentes.


El cazador no entendía a qué se refería la criatura, pero sí comprendía algo esencial: no podía permitir que siguiera con vida. Si escapaba, el pueblo sería el siguiente.


«No puedo fallar... no debo fallar», se repitió.

«Si la espada no basta, usaré magia. Lo reduciré a cenizas».


—Ya me cansé de jugar contigo, cazador de pacotilla —bufó el demonio—. Ahora te mataré... y luego te devoraré.


La criatura se lanzó otra vez. Pero esta vez el hombre estaba preparado: se adelantó al ataque y, antes de que pudiera reaccionar, atrapó sus brazos con un agarre férreo.


—¿¡Qué...?! —graznó el demonio—. ¿De dónde sacaste esa fuerza? ¿Acaso ese es el poder de las respiraciones de los cazadores?


—¿Respiraciones? Qué tontería —respondió el cazador—. Una de mis habilidades aumenta mis capacidades físicas. Pero eso no es todo...


De pronto, los brazos del demonio comenzaron a arder. Las llamas brotaron sin aviso, envolviéndolo en un torbellino ígneo. La criatura se retorció, chillando de dolor.


—¡¿Qué me hiciste?! ¡Aaah!


—Te daré una última oportunidad —dijo, sin soltarlo—. Dime qué demonios eres y te carbonizaré más rápido. Tú eliges.


Sin embargo, la respuesta no llegó con palabras. Las quemaduras empezaron a cerrarse ante sus ojos, como si nunca hubieran existido. Y, sin previo aviso, el demonio lanzó un zarpazo directo al abdomen del cazador y lo arrojó varios metros atrás.


La criatura sonrió, convencida de su victoria.


Avanzó un paso, saboreando el momento, acercándose hacia su presa que yacía en el suelo.


—Patético... —murmuró—. Los humanos siempre creen que pueden desafiar la evoluci-


El demonio intentó terminar su frase, pero algo se lo impidió.


No fue dolor. Fue una sensación más profunda. De un instante a otro, el mundo se volvió denso, como si el aire hubiera adquirido peso. Cada intento de moverse se transformó en un esfuerzo inútil, y hasta el simple acto de respirar le resultó extraño.


Un escalofrío le recorrió la espalda. No oyó pasos. No sintió el impacto de un arma. Solo una presión repentina en la nuca... seguida de un frío que no pertenecía a la noche.


Parpadeó. El horizonte se inclinó.


La tierra comenzó a elevarse ante sus ojos con una lentitud imposible. El cielo giró con ella, arrastrando las sombras y la luz de la luna en un torbellino silencioso.


Confundido, intentó mover un brazo.


Nada respondió.


Fue entonces cuando lo vio.


Su cuerpo seguía de pie, aún con las garras extendidas, aún tenso por el combate... pero incompleto.


No tenía cabeza. La comprensión llegó con retraso. Había sido decapitado.


Detrás de aquel cuerpo inerte se hallaba un joven, inmóvil, con una katana aún empuñada. Vestía un uniforme azul decorado con nubes pálidas y una mascará color carmesí


—¿Q... qué... pasó...? —musitó el demonio, mientras su conciencia comenzaba a deshilacharse.


El joven no mostró júbilo ni furia. Solo una serenidad grave.


—Lo siento —dijo—. Tu historia termina aquí.


Avanzó un paso, sin apartar la mirada de la cabeza que se desvanecía.


—El cazador al que atacaste... también tenía personas esperándolo. Tu regeneración, ese olor a rabia y agonía... no pertenecen a una criatura que haya vivido sin devorar otras vidas.


Guardó silencio un segundo.


—Por eso tu muerte no es inmediata. Aún puedes oírme.


Su voz se volvió más firme.


—Lo que hiciste estuvo mal. Cada existencia que arrebataste tenía un valor incalculable. Ahora irás al infierno... pero antes, reza. Reza para no renacer como demonio otra vez. Encuentra paz... o al menos olvido.


El cuerpo sin cabeza comenzó a deshacerse. No cayó. No sangró. Se dispersó en el aire como ceniza arrastrada por el viento.


La noche volvió a quedarse en silencio.


El joven giró entonces hacia el cazador que yacía sobre la tierra. Inmóvil. Su abrigo estaba desgarrado, manchado de sangre seca. Durante un instante creyó que había llegado demasiado tarde.


Inclinó la cabeza. Juntó las manos y murmuró una oración, sin darse cuenta que la persona postrada en el suelo comenzaba a reincorporarse.


—Y tu quien eres?


Al escuchar esas palabras, el joven de la katana se quedó rígido por un instante.


Luego, un grito brotó de su garganta.


No fue un alarido de miedo ni de dolor, sino una exclamación cargada de asombro puro, tan intensa que rasgó el silencio del bosque y rebotó entre los árboles como un eco salvaje. Las aves ocultas en las copas alzaron el vuelo, y la noche pareció estremecerse con él.


Por un segundo, pareció como si su espíritu hubiera abandonado el cuerpo, arrastrado por la sorpresa.


—¿Q... qué rayos...?


La voz surgió como un gruñido áspero.


—¡Creí que estabas muerto! —exclamó el joven, retrocediendo unos cuantos metros.


El hombre se sacudió el polvo del abrigo y miró su propio torso.


—¿Y por qué iba a estarlo?


El joven señaló las marcas de garras.


—Vi...vi... como ese demonio te atravesó el estómago.


El cazador observó los jirones de tela con fastidio.


—Maldición... era mi camisa favorita.


El espadachín lo miró como si estuviera ante algo imposible.


—¿C...Cómo sobrevió?


—No me alcanzó del todo. Cubrí mi abdomen con una capa de hielo antes del impacto. Sabía que intentaría algo así.


—¿Hielo...? ¿M...magia?


—Exacto. Soy cazador de vampiros —dijo finalmente—.

Hizo una breve pausa, y su mirada se desvió hacia el lugar donde la criatura había desaparecido—. Pero eso... no se parecía a nada que haya visto antes.


El joven de la katana tardó en reaccionar. Seguía inmóvil, con los hombros tensos, como si su cuerpo aún no hubiera comprendido lo que había pasado.


—¿Tú... sabes qué era esa cosa? — interrumpió nuevamente el cazador


La voz le salió entrecortada.


—¿C-cómo puede decir eso después de haber sido golpeado por un demonio? ¿De verdad... está bien?


El cazador no respondió de inmediato. Frunció el ceño, pensativo.


—¿Demonio...? —repitió en voz baja—. No se parecía a los demonios comunes de los que hablaba mi padre...


Sus palabras se apagaron mientras su mirada se perdía entre los troncos oscuros del bosque, como si aún siguiera el rastro de la criatura que había huido. Durante un instante, el silencio volvió a adueñarse del lugar.


El joven de la katana abrió la boca para decir algo más, pero se detuvo al ver cómo el jinete ya había girado sobre sus talones. Su silueta se recortó contra la penumbra mientras daba los primeros pasos, dando a entender que la conversación había terminado.


—Gracias por la ayuda —dijo, sin volverse—. Ahora seguiré mi camino.


—¡Espere!


El cazador se detuvo.


No se giró de inmediato.


—¿Qué sucede?


—¿Cuál es su nombre?


El hombre frunció levemente el ceño.


—¿Para qué quieres saberlo?


El joven vaciló un segundo, como si la pregunta lo hubiera tomado desprevenido. Bajó un poco la voz antes de responder.


—Prefiero dirigirme a las personas por su nombre. Es... más respetuoso.


Se llevó una mano al pecho en un gesto instintivo.


—Mi nombre es Tanjiro Kamado. Un gusto conocerlo, señor...


El cazador lo observó en silencio. La rigidez de su postura se relajó apenas, como si aquellas palabras simples hubieran logrado atravesar la coraza de desconfianza que lo envolvía.


—Belmont —dijo finalmente—. Michael Belmont.

Nota de autor: Este fue el prólogo de la historia, planeo escribir esto a manera de pasatiempo porque me gusta escribir novelas, y justo ahora pensé en darle un intento a esto de los fanfics. Espero que les guste :)