El Precio Del Ganador
El Precio del Ganador.
Diciembre.
Las luces parpadeaban, y el sonido de las copas chocando en el pequeño apartamento de su amigo resonaba en el vacío de Marcos. Tenía una cerveza fría en la mano y una sonrisa calibrada en su rostro.
—¡Brindemos por Marcos! —gritó un amigo, levantando su vaso—. ¡El tipo que sobrevivió a las mil pruebas! ¡Pensamos que te ibas a volver loco, amigo!
Marcos rió, fuerte y genuina en apariencia.
—Nah, solo fue una racha. Saben que soy duro de roer —respondió, dándole un golpe amistoso en el hombro.
Internamente, la risa se sentía como un desgarro. “Duro de roer”. Solo ellos sabían una fracción de la verdad. La parte que nadie conocía era la lucha constante para no soltar la cuerda y dejarse caer al abismo.
El Cumpleaños.
Su cumpleaños, en Mayo, había sido el clímax de esa batalla interna. Los días previos fueron un infierno. Se sentía al borde del colapso.
El día de su cumpleaños, su familia lo obligó a tener una pequeña reunión por Zoom, ya que nadie logro llegar debido a la fuerte lluvia.
—¡Feliz cumpleaños, campeón! —le dijo su hermana, viendo la sonrisa que Marcos se había pegado con pegamento mental.
—¡Gracias!.
Esa noche, cuando la cámara se apagó y el silencio regresó, Marcos se desplomó contra la puerta. Las palabras se le pegaron a la garganta. Su “victoria” de ese día—mantener la sonrisa, fingir que el pastel sabía a algo más que ceniza—lo había vaciado por completo. Había llorado en silencio en la ducha, sintiéndose el fraude más grande del mundo.
El perdedor tiene que caer. Es simple y llanamente, ¿por qué debería quejarme?
El Peso del Ganador
Ahora, en diciembre, el mundo exterior lo veía como el triunfador que “dio la vuelta a la tortilla”. Había superado todo eso que lo atormentaba y, sobre todo, estaba presente.
Pero el premio de haber llegado al final del año sin que las circunstancias acabaran con él o, más importante, sin que él mismo acabara con todo, no era la alegría. Era el agotamiento crónico.
Marcos se alejó del grupo y se recostó un momento contra la pared de la cocina, cerrando los ojos.
La máscara que tenía que manejar ante sus amigos era sonreír, proyectar confianza y hablar del futuro.
Pero su realidad interna, era que quería un segundo de verdadera quietud, una pausa total donde no tuviera que fingir, ni pelear, ni justificar su existencia.
Sentía que llevaba un traje de armadura invisible hecho de trauma y tensión muscular. Había sido el único que peleó en su guerra, y ahora era el único que tenía que cargar con los cadáveres emocionales que dejó.
El ganador se lo lleva todo, incluso el dolor...
Sí. Marcos se había llevado el derecho a ver un nuevo año. Se había llevado la vida.
Pero también se había llevado todo el dolor de su ascqueroso de cumpleaños, de los días grises y de las noches de terror. Se había llevado la memoria de los momentos en que estuvo a un solo paso de renunciar.
Abrió los ojos. La música era alta. Sus amigos lo llamaban.
Puso la sonrisa de vuelta. Se enderezó. El ganador se lleva todo, incluso el dolor insoportable y el cansancio mortal. Y para Marcos, esa carga era la prueba silenciosa de que, a pesar de sentirse un perdedor exhausto, había hecho lo imposible para ganar.
Él era el campeón de su propia supervivencia, y su premio era el peso de su propia alma herida.
Marcos aguantó otra hora de conversaciones superficiales y brindis optimistas. Su sonrisa era profesional, pero sus ojos registraban el lento avance de las manecillas del reloj. Solo faltaban minutos para la medianoche.
Buscando una excusa, se deslizó silenciosamente hacia el balcón trasero del apartamento. La noche era fría, pero el aire fresco era un alivio bienvenido. La vista era espectacular.
A lo lejos, podía ver el centro de la ciudad preparándose para la celebración. Él se sentó en una silla de jardín de plástico, apartado, esperando el momento en que el mundo exterior colapsaría en ruido y luz.
El ganador se lo lleva todo.
Marcos se permitió que la sonrisa cayera por fin. El rostro le quedó flácido, revelando el cansancio y el dolor que había ocultado tan diligentemente desde Mayo, desde su cumpleaños de mierda y todas esas malas situaciones.
El Estallido de la Verdad
El reloj dio las doce.
¡BUM! ¡BUM! ¡BUM!
El cielo se desgarró con un estallido atronador. Cohetes verdes, dorados y rojos iluminaron la oscuridad. La gente gritó de alegría.
Marcos no se movió. El ruido externo era ensordecedor, pero él lo usó como un escudo acústico. Cada explosión vibrante sobre su cabeza era un recordatorio físico de las explosiones internas que él había contenido durante casi los doce meses de año.
El ganador se llevó la vida, pero también se llevó el dolor no expresado. Y ese dolor, esa carga de lágrimas no derramadas y gritos silenciados, pesaba más que cualquier trofeo.
Miró las luces brillantes explotar y desvanecerse en el humo. Era hermoso, vacío y fugaz.
Y entonces, sucedió.
No fue un llanto ruidoso. Fue un quiebre silencioso y profundo, como un dique que finalmente cede a la presión constante.
Una lágrima caliente y solitaria se abrió camino por su mejilla. Luego otra. Y otra más. Se llevó una mano a la boca, no para contenerse, sino para ahogar los pequeños sollozos que amenazaban con delatarlo.
Lloró por la quiebra. Lloró por el terror de estar solo. Lloró por el asco de cumpleaños. Lloró por todos los días en que fingió estar bien para que nadie tuviera que preocuparse. Lloró, sobre todo, por el hombre agotado que era ahora.
Las lágrimas no eran de tristeza, sino de pura liberación. Eran el pago de una deuda emocional que había estado acumulando todo el año.
Durante diez minutos, mientras los fuegos artificiales pintaban el cielo del Año Nuevo, Marcos se permitió ser el perdedor interno, el que se permitía la pena que el ganador había tenido que negar para sobrevivir.
Al terminar el espectáculo, solo quedó el olor a pólvora y un silencio renovado.
Marcos se limpió la cara con el dorso de la mano. Sentía la cabeza ligera, el pecho vacío, y la mandíbula tensa, pero por primera vez en mucho tiempo, sentía que estaba limpio.
El ganador se había llevado todo, incluso el dolor insoportable. Y al llevarlo y al fin liberarlo, se había ganado algo más valioso: el derecho a empezar, limpio, el próximo capítulo.
Se puso de pie, enderezando la espalda. La sonrisa no regresó de inmediato, pero la mirada en sus ojos era diferente. Ya no era la máscara; era la de un hombre que, aunque exhausto y herido, había sobrevivido a su guerra y ahora estaba listo para descansar.
FIN.
Gracias por Leerme 💗
Feliz Navidad 🎄
Feliz Año Nuevo 🎊🎉
Espero Disfruten Estas fechas
Y Tomen Agua