Prólogo

—¿Cómo te llamas? —el niño de rizos castaños me miró con sus redondos ojos.
Me aferro más al muñeco de felpa que me regaló mamá.
Era un muñeco bonito, llevaba un lazo rojo alrededor de su cuello y cuando me lo regalo estaba muy limpio, pero ahora estaba casi destrozado, la señora de coleta rubia coció su cabeza la noche que el señor policía me llevo a su puerta, no pudo recuperar el ojo que le faltaba, y su pelaje se había curtido, pero al menos lo podía abrazar.
—¿Qué pasa? ¿Por qué no hablas? —preguntó él mientras mis piernas cuelgan de la silla en la que estoy. —Oye, mis tíos dicen que es de mala educación ignorar a las personas. —insiste y me abrazó más a mi oso mientras miro la puerta de vidrio del doctor Esteban.
Me pregunto cuanto faltara para que abra la puerta y anuncie cuál de nosotros será el siguiente en cita.
Desde que el señor policía me llevó con la señora rubia hace unas semanas, veníamos aquí cada dos días. El doctor Esteban es bueno conmigo, me da paletas, y no me obliga a hablar, nunca lo hace, pero me da hojas y dibuja conmigo.
—¿Qué te paso ahí? —preguntó el niño, me estremecí cuando pasó los dedos por mi frente. Levantó la mirada hacia él para ver sus ojos entristecer.
No, no, no.
No quiero ver ojos tristes.
Ya no, ¿qué hago?
—Tengo ocho. —dice esta vez. —Si me dices quién te hizo eso, lo golpearé.
Lo miro. Estoy más que segura que el monstruo que sale de la oscuridad lo devoraría en menos de dos segundos antes de que levante su huesudo brazo.
Levanto mis manos y formó un número con los dedos temblorosos.
—¿Tienes siete? ¡Qué bien! —dice entonces— Seamos amigos.
Mis ojos se agrandan y me quedo mirándolo. Nunca he tenido amigos, el monstruo se los comería si los tuviera.
—¿Quién te pegó? —pregunto más despacio.
Me aferro a mi muñeco con más fuerza.
Él se enfada conmigo si hablara, no puedo hablar, ni siquiera con mis dedos, como el doctor Esteban intentaba enseñarme.
¿Ya se llevó el ojo de mi osito, y si le quita algo más? Es lo único que me dejo mama.
—Está bien. No me digas. —dice luego de permanecer un largo rato en silencio. —Estarás bien, —sonrió y pude ver hoyuelos en su rostro— ya no te pegarán más, el doctor Esteban es muy bueno, no dejará que eso pase. Vas a estar bien.
La puerta del doctor Estaban se abrió y me sonrió de inmediato.
—Hola Zoey, anda ven. Tengo crayolas nuevas.
Le devuelvo una amplia sonrisa. Amo dibujar con crayolas.
Me levanté del asiento y caminé con el lindo vestido de bordados que me dio la señora rubia hacia el doctor Esteban.
—¡Adiós Zoey! —el niño vuelve a hablar y me giro hacia él para despedirme con la mano antes de seguir al doctor Esteban hacia adentro.
Lo vi desaparecer tras la puerta y miró al doctor Esteban, es alto, con una bata blanca, pero no logro leer bien las letras negras impresas en ellas, tiene el pelo canoso y una sonrisa amable pegada a sus labios.
Esa tarde el doctor Esteban me dejo usar las crayolas y cuando termine para mostrárselo dijo que era el dibujo más bonito que había visto.
Pero a pesar de que el doctor Esteban era tan amable y bueno conmigo, y a pesar de la fe ciega del niño en nuestro doctor, la verdad era que era un mentiroso de primera, mi dibujo no era el más bonito, tenía muchos dibujos en su pizarrón, mucho más bonitos que los míos, y el monstruo que había dicho que no volvería a lastimarme, sigue viniendo a visitarme cada noche.
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Holiii. A partir de aquí les invito a tomar sacar sus pañuelos, tomar asiento, y adentrarnos en esta historia. Los quiero, besitos💗
