Capitulo 1
El amanecer en Hiems no llegaba con luz, sino con silencio.
La nieve cubría los tejados como una segunda piel, y el humo de las chimeneas ascendía recto hacia el cielo gris, sin viento que lo perturbara. Kael se detuvo un instante antes de abrir la puerta de su casa. Apoyó la mano en la madera áspera, como si necesitara asegurarse de que aquello era real.
Dentro, la vida lo esperaba.
El calor del fuego envolvía la estancia. El olor a pan recién hecho y carne salada llenaba el aire. Su esposa se movía cerca del hogar, con las mangas arremangadas y el cabello recogido de forma descuidada. No levantó la vista de inmediato, pero sonrió al escuchar el sonido familiar de sus pasos.
—Llegas tarde —dijo, sin reproche.
—El entrenamiento se alargó —respondió Kael, dejando su espada junto a la pared—. El rey exige más cada día.
Ella asintió. En Hiems, nadie cuestionaba al rey. Mucho menos a la guerra.
Los niños estaban sentados en el suelo, tallando figuras de madera. El mayor levantó la cabeza primero, con los ojos brillantes.
—¡Padre!
El más pequeño lo imitó un segundo después, corriendo torpemente hacia él. Kael se agachó y los abrazó a ambos, sintiendo cómo el mundo exterior —el hierro, el frío, las órdenes— se desvanecía por un instante.
En ese hogar, Kael no era un guerrero.
Era padre.
—¿Qué han hecho hoy? —preguntó.
—Aprendí a contar hasta veinte —dijo el mayor con orgullo.
—Y yo hice un lobo —añadió el pequeño, mostrando una figura mal tallada, pero reconocible.
Kael la tomó con cuidado. Un lobo. Sonrió.
La tribu Lupi nunca lo abandonaba del todo.
Se sentaron a comer juntos. La conversación fue sencilla: el mercado, los rumores de caravanas, la llegada del invierno más duro de los últimos años. Nadie mencionó a Ver. Nadie mencionó la guerra que se acumulaba más allá de las fronteras.
Pero Kael la sentía.
Como un nudo en el pecho que no desaparecía.
—¿Volverás mañana? —preguntó su esposa mientras recogía los platos.
Kael dudó. Solo un segundo.
—Sí —mintió con suavidad—. Siempre vuelvo.
Ella lo miró, como si supiera que esa promesa era frágil, pero no dijo nada. En Hiems, las despedidas no se dramatizaban. El deber siempre estaba presente, como una sombra inevitable.
Esa noche, Kael se acostó junto a su familia. Escuchó la respiración tranquila de sus hijos. Sintió el calor del cuerpo de su esposa. Afuera, la nieve seguía cayendo.
Pensó en los lobos de su infancia. En cómo dormían juntos para sobrevivir al frío.
Pensó que, mientras estuvieran unidos, nada podría romperlos.
No sabía que ese era el último amanecer de su hogar intacto.
No sabía que Hiems ya estaba condenada.
Y el mundo, indiferente, guardó silencio.