Nieve roja
La nieve no debería ser roja.
Ese fue el último pensamiento de Elena mientras se arrastraba por el suelo helado, apretando con sus manos su vientre de ocho meses. A pocos metros, el silencio era absoluto, un silencio que solo queda después de una masacre. Su manada, la orgullosa estirpe capitaneada por un Antiguo, Sebastián, los Cazadores de la Luna, había caído. El cuerpo de su compañero, el Alfa que había prometido protegerla, yacía inerte tras haber luchado contra una docena de sombras sedientas de sangre.
Los vampiros no buscaban territorio. La buscaban a ella.
—Por favor... —susurró Elena, sintiendo que la vida se le escapaba por una herida en el cuello.
Sentía que su bebe se habría paso dentro de ella. Notaba que quería salir. Se había puesto de parto. No sabía como era posible pero así era.
Unas botas de cuero negro se detuvieron frente a su rostro. Viktor, un Antiguo, el líder de un clan, se inclinó con una elegancia aterradora. Observó el vientre prominente de la mujer; podía oír dos corazones. Uno latía con la fuerza de un lobo, el otro era un compás humano, débil y aterrorizado.
Desde el inicio de los tiempos, el equilibrio del mundo sobrenatural ha sido custodiado por los Antiguos. La leyenda cuenta que la propia Diosa Primordial, Madre de la Noche, engendró a cuatro pilares por cada raza: cuatro vampiros de sangre eterna, cuatro lobos de fuerza telúrica y cuatro brujas de sabiduría elemental. Todos ellos inmortales. O eso se pensaba…Durante eones, estas doce deidades menores mantuvieron las fronteras de sus especies separadas, creado clanes, manadas y aquelarres por todo el mundo, pues la unión de sus sangres estaba prohibida bajo pena de caos absoluto.
Sin embargo, las profecías olvidadas hablaban de una grieta en el destino: la llegada de una Mestiza de la Tríada. Un ser que poseería la agilidad del vampiro, la fuerza indomable del lobo y la capacidad de canalizar la magia de las brujas. Una criatura tan poderosa que los Antiguos la temían como el heraldo del fin de su era.
Muchos buscaron crearla, pero todos fallaron. Hasta que llegó Viktor.
Viktor era un Antiguo, delgado, de piel apergaminada y con el cabello blanco rígidamente repeinado hacia atrás, escondía bajo su apariencia de anciano aristócrata una mente retorcida por la sed de poder. Él no quería equilibrio; quería un arma que pudiera destruir a los Antiguos y poner al mundo a sus pies. Y encontró la oportunidad en una masacre.
—El cachorro de Alfa no morirá hoy, pequeña bruja —dijo Viktor con una sonrisa gélida—.
Elena sintió el pinchazo en su cuello antes de poder gritar. No fue un mordisco de pasión, fue una inyección de veneno. La sangre de vampiro, cargada de una magia oscura y antigua, entró en sus venas como lava ardiente, luchando contra su propia naturaleza lupina que la rechazaba.
El cuerpo de Elena convulsionó. Dentro de ella, el feto recibió el impacto. El ADN de lobo, que apenas empezaba a formarse, fue envuelto y sellado por la ponzoña del vampiro. La vida y la muerte colisionaron en un solo vientre.
Elena emitió un pequeño suspiro y su corazón dejó de latir. Su bebe seguía dentro así que Viktor dio la orden.
No hubo llanto de bebé, solo un siseo bajo y letal. La niña abrió los ojos: no eran dorados como los de un lobo, ni rojos como los de un vampiro. Eran de un plata líquido, tan brillantes como el sol que, según las leyes de la naturaleza, debería matarla al instante.
Viktor la tomó en brazos y sonrió. La madre ya no era más que una cáscara vacía, una recién convertida sin alma. Pero la criatura... la criatura era perfecta.
—Te llamaré Olimpia —susurró el monstruo—. Serás mi guerrera. El arma que caminará bajo el día.
Olimpia no creció conociendo el calor de un abrazo, ni el honor de una manada. Solo conocía el frío del acero y el sabor de la sangre. El instinto de loba quedó sepultado bajo capas de hielo, duro entrenamiento y brujería esperando a que, algún día, el corazón correcto la obligara a despertar.