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Soldier, Poet, King

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Summary

Te gustaría adentrarte en una historia de amor ambientada en la época de regencia? Ambos sabemos que sí, no te hagas el remolón/a... Te presento a Ginebra, una joven pianista con afán de vivir de su vocación. En un arrebato de valentía y tras discutir acaloradamente con sus padre, decide partir a Mura, la capital del reino de Tonez, a probar suerte. Por otro lado, el joven y apuesto príncipe Marcin ha vivido toda su vida rodeado de incontables lujos y placeres y, tras órdenes de su padre, ha "decidido" (por cuenta propia, por supuesto) sentar cabeza y contraer nupcias con alguna joven dama de alta cuna. ¿Qué les deparará el destino a estos dos personajes? ¿Amor, tal vez? ¿Fracaso, grandeza? Pues no lo sabrás hasta que leas, listo/a. Venga, que sé que te ha llamado la atención. Echa un vistacillo, no te arrepentirás.

Status
Ongoing
Chapters
16
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

Capítulo 1: El llanto de la luna

El salón de baile estaba bellamente decorado aquella noche. Los destellos dorados, las enredaderas agarrándose a las paredes, y aquellos exquisitos cuadros traídos de las regiones más exóticas de Francia.

Ginebra suspiró, recolocando su cuaderno de partituras en el bastidor del piano antes de continuar tocando la siguiente canción.

Era una velada espléndida. La mayoría de las familias de alta cuna se habían reunido allí, pues aquél era un evento extraordinariamente inusual: el príncipe, tras muchos años dándose a la buena vida y a las compañías informales, había decidido sentar cabeza y buscar a una joven dama para contraer nupcias. ¿Y quién no desearía al príncipe más joven de toda la alianza de Mavuef?

Había que ser una o un iluso para no caer ante tan hermoso semblante, tan bellos ojos… quizás también ante su desmesuradamente obvia fortuna.

Carraspeó, comenzando a acariciar las teclas, con la vista fija en la secuencia de notas que comenzaba a ejecutar. La melodía que estaba tocando se llamaba “El llanto de la Luna”, una sonata ajustada al ritmo lento de un vals, que evoca la belleza de la luna, pero la solitaria vida de esta.

“Quizás sea como su alteza se siente” Pensó, mirando de reojo al príncipe. El joven Marcin Mazur se recostaba en su asiento, ciertamente aburrido. El rey, ajeno a la indiferencia que parecía padecer su hijo, charlaba animadamente con varios de sus consejeros, con una copa del más exquisito vino en su mano. “Solo y triste, con la certeza de que es tan inalcanzable como una estrella”

Desde la pequeña plataforma en la que habían dispuesto su preciado piano blanco, Ginebra podía apreciar toda la magnitud del evento. Varias damas se acercaban ahora al soltero de oro, pero bastaron segundos para que el príncipe, sin siquiera levantarse de su asiento, las despachara con un obvio gesto de hastío. Fue después de ese momento que sus miradas se entrelazaron.

Tan solo fue durante un breve instante, pero sintió como si se volviese repentinamente pequeña y frágil bajo su mirada. Soltó un respingo, volviendo su vista a las últimas notas de la partitura.

“Bien, eso ha sido todo por ahora.”

Se levantó del banquito, intentando fingir unos modales con los que no había sido inculcada, e hizo una reverencia quizás demasiado tensa, que se vio respondida por una ronda de aplausos.

El maestro de ceremonias decretó un pequeño descanso, así que recogió sus partituras y, tras un breve “buen trabajo” del violinista con el que compartía evento, se dispuso a ir hacia la zona de los empleados. Había estado tocando durante tres horas seguidas, y lo cierto era que tanto tiempo dedicado al entretenimiento le pasaba factura. Sus dedos estaban adormecidos, y su garganta reclamaba algo de hidratación.

Echó un último vistazo al salón antes de aprovechar su descanso. Mónica Montgomery, una de sus más preciadas confidentes y, la persona que había hecho posible este trabajo para ella, estaba dando un pequeño paseo con su prima Samantha, cerca de ella. La saludó con un leve gesto de cabeza y una sonrisa antes de desaparecer entre las enormes columnas de mármol, rumbo al ala de palacio habilitada para la clase baja, mientras se masajeaba los dedos.

-Eh muchacha. Si vas a picotear, mejor coge alguno de estos.- La jefa de cocina le señaló la zona de la mesa donde se habían colocado los dulces con más desperfectos, con un deje de sequedad en su voz.

Ginebra frunció el ceño, dejando en su sitio el pastelito que tenía entre sus manos, acercándose al sitio mencionado.

-Claro, señora.

Entre varios de ellos, escogió una pasta para el té que, aunque su relleno había manchado el resto de la masa, lucía lo suficientemente presentable como para llevárselo a la boca. Escogió un lugar apartado, a medio camino entre la cocina y el pasillo, junto a un par de cajas vacías, y se sentó allí a comer. Tenía quince minutos para cubrir sus necesidades, exactamente el mismo tiempo que se había acordado en sala hasta que se reanudaran los bailes.

Desde allí veía cómo las mujeres de la cocina se dejaban la piel y los huesos, horneando una maravilla tras otra. No paraban, y en cierta parte eso la hacía sentir mal, pues ella podía estar sentada toda su jornada mientras ellas corrían de un lado a otro sin parar, teniendo siempre innumerables tareas que realizar.

Dio un mordisco a la pasta. Estaba simplemente deliciosa. Una explosión de sabor se apoderó de sus papilas gustativas. Dulce y agrio a la vez. Supuestamente así era como sabían las fresas, aunque Ginebra no podía asegurarlo, pues nunca había probado una antes.

Las mujeres comenzaron a alborotarse.

-Majestad ¿Q- qué hacéis aquí? - Titubeó la jefa de cocina. Sus mejillas, marcadas por la edad, comenzaron a enrojecer.

-Solamente… Ansiaba degustar de primera mano tan suculentas creaciones.

Toda la cocina se rindió ante la radiante sonrisa del príncipe. Las mujeres comenzaron a asesorarle, recomendándole varios tipos, siguiéndole a todos lados mientras él escogía.

El príncipe reparó entonces en ella, semi-escondida en su pequeño sitio. Ginebra se levantó, alterada bajo su presencia, y tuvo la mala suerte de que varios pedazos de galleta que anteriormente descansaban entre sus dedos, ahora se encontraban deslizándose por su falda, creando dos sendas de color bermellón en la tela de color cielo.

Hizo una reverencia, lamentándose en silencio, que el contrario contestó con un semblante inquisidor y una ceja en alto.

La mirada de su alteza subió desde la escena del crimen hasta sus ojos, fijándose en ellos durante unos segundos. Un atisbo de sonrisa apareció, fugaz, antes de despedirse del personal para volver a la sala principal.

En cuanto el joven Mazur desapareció, Ginebra salió disparada, buscando algún cuarto de aseo donde poder sofocar la horrible mancha.

Frotaba la tela, desesperada, apoyada contra la superficie del lavadero, mientras el agua corría.

Unas pequeñas gotas de sudor recorrían el trayecto de su cuello hasta su clavícula. Si bien el color había paliado, seguía siendo algo obvio el ahora violáceo tinte. Los minutos transcurrían, impasibles, y cada vez se acercaba más el momento de volver a mostrarse en sociedad para continuar tocando.

Ginebra gruñó, desesperada, resignándose a perder su vestido más presentable, y cerró la llave del agua. Aún debía de revisar las canciones pendientes, y ya había perdido demasiado tiempo allí.

Se secó las manos con la toalla y recogió sus materiales. Era hora de volver.

El salón seguía rebosante de energía. La gente aprovechaba este pequeño descanso para conversar, acompañando sus animadas charlas con una copa de vino y algún manjar. Ginebra se abrió paso entre la multitud para llegar a su puesto, intentando no atraer atención. El violinista, un señor de aproximadamente treinta años y aire altivo, le echó una mirada de reproche mientras afinaba las cuerdas.

Procuró no tomarse el gesto a pecho, aunque la vergüenza causara estragos en su rostro.

Apenas segundos después, el maestro de ceremonias reanudaba el baile.

Tras una espléndida ronda de aplausos, se dio por concluida la jornada. Ginebra se levantó finalmente de su asiento, acercándose a su compañero temporal, y juntos hicieron una profunda y lenta reverencia hacia los anfitriones, que ya habían apartado cualquier tipo de interacción social para volver a sus tronos. La reina, quien por desgracia había estado indispuesta, hizo su aparición estelar, situándose entre su marido y su hijo, posando una de sus manos encima del hombro del último.

Comenzaron a bajar del pequeño escenario, aprovechando que el bullicio de gente comenzaba a dirigirse hacia la familia real, cuando sintió como si alguien la observase. Miró a su alrededor, después de haber plantado bien el pie en el escalón, para notar de nuevo la mirada del príncipe sobre ella. Éste la analizaba mientras apoyaba su mentón sobre el dorso de su mano, acariciando sus labios con el dedo índice, sin intentar ocultar su curiosidad.

Poco tiempo pasó hasta que su campo de visión quedase completamente cubierto por el resto de los invitados.

Ya en el pasillo destinado al vestíbulo de la clase obrera, el hombre de incipiente calva se giró, sujetando el violín con la mano izquierda, y le tendió la derecha.

-Ha sido un placer tocar con usted, señorita…

-Jenks. El placer ha sido todo mío. Ha tocado usted maravillosamente.

-Jenks… Yo soy Jerry Bash. Si alguna vez decide usted volver a pasear por estos lugares, visite el establecimiento “Los naranjos” Estaré encantado de volver a verla y, si la suerte se da, volver a trabajar con usted, a pesar de su desafortunado accidente. -Murmuró aquello último, señalando su vestimenta.

EL hombre hizo una pequeña seña de despedida y se retiró, rumbo a la salida.

Ginebra volvió a suspirar, avergonzada, y tapó la mancha con sus bártulos. A lo lejos, Mónica la llamaba, caminando lo más rápido que le estaba permitido ir a una señorita de clase alta sin resultar indecorosa.

-¡Ginebra, querida!- La bella dama entrelazó los brazos de ambas, instándole silenciosamente a que diese un paseo con ella.

-¡Has estado fabulosa! He escuchado decir a varios de los invitados comentar lo magnífica que ha sido vuestra actuación, decantándose por tu parte en concreto.

-Ojalá su majestad opinara lo mismo…

-¡Por supuesto que sí, querida! En innumerables ocasiones vi como el mismísimo rey Osorio hacía manierismos al compás de la música.

-He de decir que extensa parte de ese crédito no me pertenece a mi. Creo recordar que fuisteis vos quien participó en la selección del repertorio.

-Sí, sin duda. Pero tú, Ginebra, eres quien da vida a las notas, quien las convierte en magia. Estoy segura de que, después de esta noche, abundantes habitantes reconocidos se lanzarán a tus pies solamente para que avives sus veladas.

-Ojalá esté en lo cierto, Mónica.

-Por lo más divino, querida, para de tratarme de usted.- Dijo la mujer. Su cabello, delicadamente recogido en un precioso moño del que caían varios mechones, coronado con una pequeña tiara adornada con perlas, realzaba sus ya de por sí finos rasgos.

Miró a ambos lados antes de seguir hablando.

-Ya no hay nadie cerca que pueda escucharnos, y sigo siendo la misma Mónica con la que creciste. Si lo sigues haciendo me sentiré aún más superficial y des-corazonada de lo que ya me hacen sentir las amistades de mi familia.- Fingió consternación, llevándose una mano al pecho.

-Claro, lo lamento... Simplemente estoy algo nerviosa. ¿Y si a nadie le ha interesado mi forma de tocar? ¿Y si nadie contrata mis servicios? Tendría que acabar volviendo a Alcantara. Odio esta incertidumbre.

-Y es completamente comprensible, créeme. Pero ahora… -La dama la hizo girar sobre sí misma, fingiendo bailar un vals. -Es tiempo de celebrar este fantástico éxito, ya tendremos tiempo para preocuparnos por futuros fracasos. ¡Hoy es noche de dicha!

Mónica la agarró de la cintura, tarareando una melodía mientras la guiaba. Se movía algo torpe, intentando seguir los pasos de su amiga.

Tras otra vuelta sobre sí misma Ginebra, que finalmente fue capaz de dejar a un lado esa comezón de desasosiego que la acosaba, soltó una risotada.

Mónica paró, finalmente, sonriente al ver a la pianista volver a ser ella misma.

-¿Y si vienes a casa y lo celebramos como es debido? Confío en que no pudiste probar el vino, dada tu posición. Si no recuerdo mal, tengo un par de botellas de vino que llevan años deseando ser degustadas.- La dama le apretó la mano, animándola. -No es tan exquisito como el que se ha servido esta noche, pero confío en que no será problema.

-Jamás sería capaz de rechazar una oferta así, “querida”.

Su amiga soltó una jovial carcajada, complacida.

-Pues en marcha. Aún tenemos por delante una noche magnífica. Le pediré a mi criada que se asegure también de que tu vestido quede impoluto para mañana.

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author

No tienen el presentimiento de que algo muy malo va a pasar? no se me da mala espina el principe.

7 months
1
author

me gustó el título del capítulo, y además, me da vibras ese principe del protagonista de "El príncipe malvado" espero que no sea al revés jajaja

7 months

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