Asalto
La puerta se cierra detrás de ustedes y su boca ya está en la tuya.
Jimin besa apurado, con esa urgencia de hombre que tiene el tiempo contado. Su esposa vuelve en tres días y esta noche le perteneces.
Le sigues el ritmo porque sabes hacerlo, porque llevas meses en esto, porque a veces es más fácil dejarse llevar que pensar en lo que estás haciendo.
Sus manos te acorralan contra la pared del recibidor. El whisky en su aliento se mezcla con ese perfume caro que probablemente ella le regaló.
No piensas en eso. Nunca piensas en eso.
—Vamos arriba —dice contra tu cuello.
—Aquí —le respondes.
No quieres subir. No quieres ver la cama donde duerme con ella, las fotos en el velador, el closet con ropa de los dos. El living es territorio neutral. Casi.
Jimin no discute. Te toma de la mano y te lleva al sofá de cuero que cuesta más que tu sueldo de tres meses.
La casa es obscenamente grande, techos altos, cuadros que no entiendes, una foto de su matrimonio en el estante que pasas de largo sin mirar.
Ya la viste antes. Ya dejó de importarte.
Te baja el cierre del vestido despacio. La tela cae y te quedas en ropa interior frente a él. Negra con encaje. Lo elegiste a propósito.
—Me vuelves loco —murmura, y la frase te resbala porque la has escuchado cien veces.
Se quita la camisa, el cinturón, los pantalones, se deja caer en el sofá y te jala encima.
Te acomodas sobre él, una rodilla a cada lado, su erección presionando entre tus piernas mientras se besan. Sus manos suben por tu espalda buscando el broche del sujetador.
Y entonces todo se va a la mierda.
La puerta revienta. No literalmente, pero el golpe es tan fuerte que podrías jurar que lo hizo.
Jimin te empuja por reflejo, caes al costado del sofá, y cuando levantas la vista hay tres hombres en el living.
Pasamontañas negros. Guantes. Uno tiene un fierro en la mano. Otro una pistola.
El tercero te está mirando.
—¡Al suelo! —grita el del fierro.
Jimin obedece de inmediato. Manos en la nuca, cuerpo pegado a la alfombra, temblando en boxers como un animal asustado.
Tú no te mueves.
El que te mira avanza hacia ti. Es alto, delgado pero firme bajo la ropa oscura. Tiene una pistola en la mano y la levanta apuntándote al pecho.
—Contra la pared —dice.
Su voz es tranquila. Casi suave.
Te levantas despacio. Estás en bragas y sujetador frente a tres desconocidos y deberías estar muerta de miedo. Deberías estar llorando, suplicando, temblando como Jimin.
Pero no.
Caminas hasta la pared y te apoyas de espaldas. Brazos a los costados. Mentón en alto.
El cañón sigue fijo en tu pecho. El corazón te golpea con tanta fuerza que jurarías que él puede sentirlo a través del arma, ahí, rebotando bajo tu piel.
Pero no pestañeas. No le das el lujo.
Él se para tan cerca que puedes ver sus ojos a través del pasamontañas.
Oscuros. Fijos en ti.
Huele bien.
Demasiado bien para alguien que acaba de reventar una puerta con un arma en la mano.
No es sudor ni cigarrillo. Menos miedo.
Es perfume de hombre mezclado con shampoo.
Es... suave. Íntimo. Como si se hubiera duchado antes de venir a arruinarte la noche.
—No te muevas —dice, y no sabes si es amenaza o advertencia.
La sangre te zumba en los oídos. No sabías que se podía estar aterrada y altiva al mismo tiempo. Pero aquí estás.
Lo miras directo. No bajas la vista.
Algo cruza por sus ojos. Un destello que no logras descifrar.
Detrás de él, los otros dos revuelven todo.
Cajones que se abren, cosas que caen, muebles movidos sin cuidado.
Jimin gimoteando algo sobre documentos, sobre "llévense lo que quieran pero no me hagan daño".
Patético.
—¿Dónde está la caja fuerte? —pregunta uno.
—En el segundo piso... detrás del cuadro del pasillo. La clave es cero-cinco-dos-nueve
—responde Jimin sin levantar la cabeza.
Uno de los encapuchados sube de inmediato.
Jimin sigue ahí, en el suelo, temblando, con los hombros encogidos.
Pero el que tienes enfrente no se mueve. Sigue ahí, con la pistola apuntando, mirándote como si fueras un problema que no sabe cómo resolver.
—¡La encontré! —gritan desde el segundo piso.
Él parpadea. Retrocede un paso. Su mirada baja por tu cuerpo una última vez, sin vergüenza, sin apuro, y después camina hacia el sofá donde dejaste tu bolso.
Lo toma.
Tu billetera, tus llaves, tu celular.
Todo está adentro.
Quieres decir algo pero no eres estúpida.
El del fierro se acerca a Jimin y le pega con la culata en la sien. Un golpe seco, brutal.
Jimin cae de lado y se queda quieto.
—Vámonos.
Y se van.
La puerta queda abierta, el aire helado entra al living, y tú sigues contra la pared en ropa interior con el corazón desbocado y ese olor todavía en la nariz.
Te acercas a Jimin. Respira, tiene sangre en la sien, pero cuando lo tocas abre los ojos y te aparta de un manotazo.
—Tienes que irte.
—¿Qué?
—Que te vayas. —Se sienta mareado, tocándose la cabeza—. Tengo que llamar a la policía y no puedes estar aquí.
Lo miras. Estás semidesnuda, recién te apuntaron con un arma, y lo primero que piensa es en salvarse el pellejo.
—Jimin, me acaban de...
—¡Que te vayas, mierda! —Se levanta a medias, busca sus pantalones con manos temblorosas—. Si revisan las cámaras... si alguien se entera que estabas aquí... —Saca la billetera del pantalón y te tira unos billetes encima—. Para el taxi. Sal por atrás.
Los billetes caen sobre tu pecho.
No dices nada. No tiene sentido.
Te vistes en silencio. El vestido, los tacones, la dignidad guardada en algún lugar donde no moleste.
Jimin ya tiene el teléfono en la mano, preparando la versión de los hechos donde tú no existes.
Sales por la puerta de atrás.
La noche está helada y no tienes abrigo. Caminas hasta la calle principal con los brazos cruzados, los billetes arrugados en la mano.
Un taxi se detiene.
Te subes.
—¿A dónde?
Le das tu dirección con la voz más firme que encuentras.
El taxi arranca. La casa de Jimin se va perdiendo en el retrovisor.
Te hundes en el asiento trasero. La calefacción está alta, pero no puedes entrar en calor.
Empieza de a poco. Primero una imagen: el cañón de la pistola, en tu pecho.
Después, la pared fría en tu espalda.
La mirada detrás del pasamontañas.
Tú en ropa interior, quieta, haciéndote la valiente solo para no quebrarte antes de tiempo.
El temblor empieza en los dedos.
Después sube por los brazos, la mandíbula se afloja, las piernas.
Todo.
Un tiritar feo, desordenado, que no sabes cómo parar.
Te abrazas, pero no sirve.
Sientes frío.
Te da rabia.
Te dan ganas de vomitar.
Las lágrimas caen solas, sin ruido.
Ardes por dentro.
No por lo que pasó.
Por lo que pudo haber pasado.
Por lo cerca que estuviste.
Te podrían haber matado ahí mismo.
Semidesnuda.
En la casa de un tipo casado que te echó como si nada.
Ese habría sido tu final.
Ese, el titular.
Una más.
Aprietas los billetes con fuerza hasta que los nudillos te duelen.
Piensas en tu bolso. En tus llaves. En tu celular.
En tu nombre escrito en una billetera que ahora está en manos de un desconocido armado.
Ojalá te pudras, piensas.
Ojalá te atrapen.
Ojalá te pudras en la cárcel, maldito hijo de puta.
El taxista te mira por el retrovisor, pero no dice nada.
Mejor así.
...
El taxi se detiene frente a tu casa una hora después.
Pagas con los billetes arrugados que Jimin te tiró encima, sin mirar cuánto das, sin esperar el vuelto.
La casa está a oscuras. Pequeña comparada con la mansión de donde vienes, pero es tuya. La heredaste de tus padres y eso nadie te lo puede quitar.
Te agachas junto a las macetas de la entrada y buscas a ciegas hasta que tus dedos encuentran el metal frío.
La llave de emergencia.
Gracias a Dios.
Abres. Entras. Cierras con llave y pasas el cerrojo.
Por un momento te quedas ahí, en la oscuridad del recibidor, con la espalda apoyada contra la puerta.
Respirando.
Estás viva.
Estás en tu casa.
Estás a salvo.
Subes las escaleras sin prender las luces. Conoces cada peldaño de memoria.
Cada crujido. Cada pausa.
Al llegar al segundo piso, te detienes un momento.
El silencio pesa distinto aquí.
Como si tu casa también te estuviera mirando, preguntando qué mierda te pasó.
Entras al cuarto. Cierras la puerta.
Te sacas el vestido con manos torpes, como si quemara.
Los tirantes resbalan por los brazos, la tela cae sola.
Te quitas los tacones. El broche del sujetador. Todo va al suelo sin orden.
Te miras las manos. Todavía tiemblan.
Pero ya no sabes si de frío, de rabia, o de cansancio.
Vas al baño.
Abres la ducha.
El agua caliente golpea tu espalda y cierras los ojos.
No piensas.
No quieres pensar.
Solo dejas que el agua se lleve lo que pueda.
El olor a whisky.
El perfume caro que no era tuyo.
La casa ajena.
El miedo.
Todo eso que te sigue pegado a la piel como una segunda capa.
Te tallas más fuerte de lo normal.
No duele, pero debería.
Cinco minutos. No más.
No quieres darte el lujo de quebrarte ahora.
Sales.
Te secas rápido.
Te pones una polera vieja que te llega a medio muslo. La misma de siempre.
Apagas la luz.
Y la cama te recibe como un abrazo que no sabías que necesitabas.
Te metes bajo las sábanas y las jalas hasta el mentón.
Y ahí... recién ahí, el cuerpo empieza a rendirse.
El cansancio no te arrastra. Te hunde.
No hay sueños.
Solo oscuridad.
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Un sonido.
Familiar.
Lejano.
Tu alarma.
Te sientas de golpe. Los ojos pegados, la garganta seca.
El corazón se acelera sin razón clara.
Solo el sonido. Esa vibración repetitiva.
Tu tono de alarma.
Pero tu celular está en tu bolso.
Y tu bolso te lo robaron.
El cuerpo entero se te tensa.
Miras alrededor, sin entender.
El sonido sigue.
Insistente.
Ahí.
Cerca.
Giras la cabeza.
Y lo ves.
Tu bolso.
En el velador.
Al lado de tu cama.
Te quedas quieta.
Muy quieta.
Como si moverte fuera a romper algo.
Como si al parpadear fuera a desaparecer.
El celular vibra adentro.
La pantalla ilumina por dentro el cuero negro.
Tu alarma de las siete de la mañana sonando como si nada.
Estiras la mano.
Lo tomas.
Lo abres.
Billetera. Llaves. Celular. Labial.
Todo.
Revisas la billetera. El dinero está. Las tarjetas están. Tu identificación con tu nombre y tu dirección, ahí, intacto.
Todo está.
Cada cosa exactamente donde la tenías.
El estómago se te va al suelo.
El temblor te vuelve de a poco. No tan fuerte como anoche. Pero más profundo.
Alguien entró.
Mientras dormías.
Estuvo aquí.
Al lado tuyo.
Y te dejó esto.
Te levantas. Las piernas no responden bien, pero te obligas.
Revisas la ventana. Cerrada. El pestillo puesto.
Bajas las escaleras corriendo. La puerta de entrada. Cerrada, con llave, con el cerrojo que tú misma pasaste.
La puerta de atrás. Igual. Cerrada.
Las ventanas de la cocina. Del living. Del baño de abajo.
Todo cerrado.
Todo igual.
Como si nadie hubiera entrado.
Pero tu bolso está arriba. En tu velador. Al lado de donde dormías.
Vuelves a tu cuarto. Te quedas parada en la puerta, mirando el bolso como si fuera a explotar.
Él estuvo aquí.
Mientras dormías.
Tan cerca que pudo tocarte.
Pero no lo hizo.
Solo dejó esto. Un mensaje sin palabras.
"Sé quién eres. Sé dónde vives. Puedo entrar cuando quiera."
Te sientas en el borde de la cama. Las manos todavía tiemblan. El celular sigue en tu puño, la alarma ya apagada.
No sabes qué hacer.
No sabes a quién llamar.
No sabes nada.
Solo sabés que tiene tu nombre, tu cara, tu dirección.
Y que devolvió todo.
Todo.
Como si nunca hubiera querido robarte nada.