Capítulo 1: Donde nadie debería quedarse
Kawin siempre creyó que para ser visto debía estar en todas partes… pero nadie lo notaba realmente.
El estacionamiento subterráneo de la universidad estaba casi vacío.
Las luces blancas caían como líneas rectas sobre el cemento, limpias y frías, como si no hubiera lugar para errores ni emociones.
Kawin ajustó la gorra y bajó un poco más la mascarilla al salir del ascensor.
Aún tenía el eco de los aplausos en los oídos.
No eran reales.
Nunca lo eran.
Eran ruido.
Imagen.
Presencia fabricada.
Bajo el brazo llevaba un tubo con planos de arquitectura.
Pesaban más de lo que deberían, como si cada hoja contuviera algo que no sabía si quería construir.
Caminó despacio.
No tenía prisa.
Tampoco ganas de llegar a casa.
Había aprendido a moverse sin llamar la atención, incluso siendo alguien que aparecía en todas partes.
Pantallas, anuncios, fotografías gigantes con su rostro impecable.
Y aun así, en lugares como ese, Kawin volvía a sentirse pequeño.
Invisible.
El sonido llegó primero.
Un motor grave, profundo, que no buscaba impresionar a nadie.
Kawin se detuvo.
No miró de inmediato.
Desde niño había aprendido que mirar primero era una forma de exponerse.
El auto estaba estacionado unos metros más allá.
Negro. Bajo. Perfectamente quieto.
Un hombre apoyado en el costado, revisando algo en su teléfono, como si el mundo entero pudiera esperar.
Kawin dio un paso más.
El tubo de planos se le resbaló de las manos.
El sonido al caer rompió el silencio con una violencia absurda.
Las hojas se deslizaron por el suelo, abiertas, desordenadas.
—… —exhaló, cansado.
Antes de que pudiera agacharse, el hombre ya estaba allí.
Se movía con calma.
No con prisa.
No con curiosidad.
Recogió los planos uno por uno, los acomodó con precisión y se los devolvió, sosteniéndolos por el borde, sin rozar su mano.
Kawin levantó la mirada.
El rostro del desconocido era tranquilo.
Demasiado.
Ojos oscuros, atentos, como si siempre estuviera midiendo algo que los demás no veían.
No sonreía.
—Gracias —dijo Kawin, en voz baja.
El otro asintió apenas.
Durante un segundo, ninguno se movió.
Kawin sintió esa incomodidad extraña, como si hubiera entrado en un espacio que no le pertenecía.
Como si el hombre frente a él supiera cosas que no había dicho.
—Este lugar no es tan seguro de noche —dijo el desconocido, sin dureza.
Kawin parpadeó.
—Nunca lo es.
El silencio volvió a caer entre ellos, más pesado que antes.
El hombre dio un paso atrás, se giró y caminó hacia el auto.
Cuando encendió el motor, el sonido llenó el estacionamiento como un latido constante.
Kawin se quedó quieto, observándolo desaparecer por la rampa.
No sabía por qué, pero tuvo la certeza de algo incómodo.
Ese no era alguien que se cruzaba dos veces por casualidad.
Y eso…
le asustó más de lo que quería admitir.