El camino a casa
El aire de la tarde olía a pan recién horneado y a tierra mojada. Lanis apretó la cesta de mimbre contra su cadera, sintiendo cómo los tallos de manzanilla y las hojas de menta se aplastaban un poco bajo su brazo. Había estado en el claro del bosque, el único lugar donde crecía la salvia plateada que su madre necesitaba para los tés calmantes. Ahora, con el sol comenzando a inclinarse, pintando el cielo de un color melocotón sucio, sabía que se había demorado demasiado.
Caminaba por el sendero de tierra batida que serpenteaba entre robles centenarios y pinos altos. Sus botas de cuero suave, ya desgastadas en los bordes, levantaban pequeñas nubes de polvo con cada paso. Llevaba una túnica sencilla de lino color crema, holgada pero que no podía ocultar del todo la curva de sus pechos, algo que siempre lo hacía sentirse incómodo. Se ajustó el cordón que la cerraba en el cuello, un gesto nervioso y repetitivo. A sus diecisiete años, su cuerpo se había desarrollado de una manera que atraía miradas, miradas largas y calculadoras de los alfas del pueblo que lo hacían querer encogerse, hacerse pequeño. Sus senos, redondos y firmes bajo la tela, eran un recordatorio constante de su designación omega, de su utilidad, de su futuro. Los odiaba un poco. Odiaba la forma en que tensaban la tela, la forma en que, cuando corría, un dolor sordo y persistente le recordaba su presencia. A veces, en la privacidad de su habitación, se envolvía el torso con tiras de tela, aplanándolos, fingiendo por un momento tener un pecho plano como los betas o los alfas. Pero el alivio era fugaz y luego venía la culpa por rechazar lo que era.
Su cabello, una maraña de rizos color caramelo que le caía hasta los hombros, se enredaba con las ramas bajas de los arbustos. Resopló, apartando una rama con la mano libre. Era bajito, no llegaba al metro setenta, y a veces el mundo parecía estar diseñado para gente más alta. Sus caderas anchas rozaban los laterales del sendero estrecho, y sintió el calor subirle a las mejillas. Demasiado. Todo en él era demasiado: demasiado curvo, demasiado suave, demasiado omega.
Su lobo interior, una presencia tímida y casi siempre dormida en el fondo de su pecho, se removió con un suave lamento. Era una sensación cálida y peluda, como acurrucarse junto a un cachorro. Su lobo no era feroz; era ansioso, cariñoso, siempre buscando aprobación. En ese momento, le transmitía una inquietud sutil, una punzada de alerta.
“Tranquilo,” pensó Lanis, dirigiendo el pensamiento hacia esa presencia interna. “Es solo el bosque. Es de día.”
Pero no era completamente de día. Las sombras se alargaban, fusionándose entre los árboles. El canto de los pájaros diurnos había cesado, reemplazado por el susurro del viento en las copas y el crujido ocasional de alguna criatura pequeña entre la hojarasca. El aroma a cedro y pino se intensificaba con el fresco de la tarde, pero había algo más, un matiz terroso y profundo que no lograba identificar.
Siguió caminando, sus pensamientos divagando hacia la cena. Esperaba que su madre hubiera hecho estofado. El pensamiento de la comida caliente lo hizo sonreír levemente, mostrando hoyuelos fugaces en sus mejillas. Luego recordó que su padre, un alfa de carácter áspero pero no cruel, esperaría un informe de su día. “¿Recogiste todo? ¿No te distrajiste? ¿Hablaste con alguien?” Las preguntas eran siempre las mismas. Las respuestas de Lanis también: “Sí, padre. No, padre. Solo con la señora Elara, para venderle la menta.”
No mencionaría el conejo. Se había encontrado con un conejo joven, de pelaje grisáceo, atrapado en una maraña de enredaderas al borde del claro. Había pasado quizás demasiado tiempo, sus dedos cuidadosos liberando las patitas temblorosas, susurrándole tonterías con su voz suave y dulce, esa voz que todos decían que sonaba a miel y campanillas. El conejo, una vez libre, lo había mirado un instante con ojos negros y brillantes antes de desaparecer entre los arbustos. Ese momento, esa pequeña conexión silenciosa, había valido la demora y el posible regaño. Le encantaban los animales. No lo juzgaban. No esperaban nada de él más que gentileza.
Un sonido lo sacó de sus pensamientos.
No era un sonido del bosque. Era una voz.
Baja. Grave. Como si surgiera de la tierra misma.
Lanis se detuvo en seco, sus dedos apretando el mimbre de la cesta hasta que le dolió. Contuvo la respiración, forzando a su cuerpo a quedarse quieto. El instinto omega, ese que le decía que se agachara, que se escondiera, que no llamara la atención, se apoderó de él.
El sendero hacía una curva pronunciada alrededor de un grupo de rocas musgosas y un viejo roble cuyo tronco estaba partido por la mitad, como abierto por un rayo. La voz venía de allí, desde el otro lado de la curva, cerca del arroyo que siempre cantaba en ese lugar.
No era el murmullo del agua. Eran palabras.
Con un cuidado extremo, Lanis dio un paso adelante, luego otro, pegándose al tronco del roble partido. La corteza rugosa se clavó en su hombro a través de la tela fina. Desde su posición, podía asomarse ligeramente.
Allí, a unos quince pasos de distancia, de pie en la orilla pedregosa del arroyo, había un hombre.
Lanis no pudo evitar un pequeño sobresalto interno. Nunca había visto a un alfa como ese.
Era… enorme. No solo alto, aunque lo era, mucho más de uno noventa. Era ancho de hombros, con una espalda que parecía tallada en granito bajo la camisa negra simple que llevaba. La tela, de un lino oscuro y de buena calidad, se tensaba sobre los músculos de sus brazos y espalda con cada pequeño movimiento. Llevaba el cabello largo, tan negro que parecía absorber la luz del atardecer, liso y grueso, cayéndole por encima de los hombros. No estaba recogido.
El hombre estaba de espaldas a Lanis, mirando el agua que fluía rápida y plateada. No estaba solo.
Frente a él, encorvado y temblando visiblemente incluso desde la distancia, había otro hombre. Este era del pueblo. Lanis lo reconoció: el herrero, un beta corpulento llamado Gregor. Pero ahora, Gregor parecía pequeño, encogido. Su rostro, visto de perfil, estaba pálido y cubierto de un brillo de sudor.
El hombre de cabello negro hablaba. Su voz no era fuerte, pero cada sílaba llegaba a Lanis con una claridad espeluznante, como si el bosque entero se hubiera callado para escuchar.
“…la desesperación es un contrato en sí misma, Gregor. Firmas con cada lágrima, con cada noche en vela.”
Gregor tragó en seco. Lanis vio el movimiento convulsivo de su garganta. “Yo… yo no quise…”
“Nadie quiere,” cortó la voz grave, sin impaciencia, solo con una frialdad absoluta. “Quieren el resultado. La riqueza. La salud. El amor perdido. Nunca quieren la letra pequeña. Pero la lees. La aceptaste.”
“¡Mi hija estaba muriendo!” La voz de Gregor se quebró, un grito desesperado que se ahogó en la densa atmósfera del lugar.
El hombre negro no se inmutó. No se movió. Su postura era de una quietud inquietante. “Y ahora vive. Y ahora el plazo vence. Hoy.”
Lanis sintió un frío que le recorrió la columna vertebral. No entendía completamente de qué hablaban, pero el terror de Gregor era tangible, un olor agrio que se mezclaba con el aroma a cedro y algo más… algo antiguo y oscuro que emanaba del hombre de negro. Almizcle. Madera vieja. Ceniza fría.
Su propio corazón latía con fuerza contra sus costillas, un ritmo acelerado y ruidoso que temía que pudieran escuchar. Se apretó más contra el árbol, sintiendo cómo sus senos se comprimían contra la corteza, un dolor sordo que lo anclaba a la realidad. ¿Debía irse? ¿Debía correr? Pero sus pies parecían clavados en la tierra. Una parte morbosa, curiosa, la misma que lo hacía observar a los insectos durante horas, lo mantenía pegado al lugar.
“No tengo nada más que dar,” sollozó Gregor, cayendo de rodillas en la gravilla del arroyo. Las piedras crujieron.
Por primera vez, el hombre de negro se movió. Inclinó ligeramente la cabeza, como un depredador examinando a su presa. Un mechón de su cabello negro se deslizó sobre su hombro. Lanis contuvo el aliento.
“Todo tiene un precio,” dijo la voz, y ahora sonaba casi cansada, como si repitiera una verdad obvia por milésima vez. “Lo sabías. Tu alma era el depósito. El plazo se acabó.”
“¡Por favor!” Gregor extendió las manos, sucias de hollín y lágrimas.
El hombre de negro no respondió. Simplemente extendió su propia mano, con la palma hacia arriba. No hubo destello de luz, ni fuego, ni trueno. Solo un silencio que se profundizó hasta doler en los oídos. Gregor dejó de sollozar. Su cuerpo se tensó, luego se desplomó hacia adelante, quedando inmóvil en la orilla.
Lanis llevó una mano a su boca para ahogar un grito. Sus ojos se abrieron desmesuradamente. ¿Estaba muerto? ¿Lo había matado? ¿Solo con… con palabras?
El asesino, porque eso era lo que debía ser, permaneció de pie un momento más, mirando el cuerpo inerte. Luego, giró lentamente la cabeza.
No miró a Gregor. Miró hacia el roble partido. Hacia la curva del sendero.
Hacia Lanis.
El mundo se detuvo.
Lanis no vio su rostro completo, solo un perfil: la línea de una mandíbula fuerte, implacable, el arco de una ceja oscura, la punta de una nariz recta. Y un ojo. Desde esa distancia, no podía distinguir el color, pero sintió el peso de esa mirada. No era una mirada de sorpresa o de ira. Era una mirada de… reconocimiento. Como si lo hubiera estado esperando.
El pánico, finalmente, estalló en el pecho de Lanis como una bandada de pájaros aterrados. Su lobo omega aulló en silencio, una sensación de frío absoluto en su vientre. Soltó la cesta. Las hierbas se esparcieron por el suelo, la manzanilla blanca contrastando con la tierra oscura.
Giró sobre sus talones y echó a correr.
No pensó. Solo corrió. Sus pies, en las botas suaves, golpeaban la tierra del sendero con un ritmo frenético. El aire le silbaba en los oídos. Las ramas le azotaban los brazos y la cara, dejándole finas marcas rojas. No miraba atrás. No podía. El terror le inundaba la boca con un sabor metálico.
Corrió hasta que el dolor en el costado se volvió una puñalada aguda y la falta de aire le quemó los pulmones. Solo entonces se atrevió a detenerse, agarrándose a un árbol delgado, doblando el cuerpo mientras jadeaba. El sudor le pegaba la túnica a la espalda, entre sus senos, en la estrecha cintura. Su cabello enmarañado le caía sobre la frente.
Se obligó a mirar hacia atrás, por encima de su hombro. El sendero estaba vacío. Solo las sombras largas de los árboles y el polvo que sus propias botas habían levantado, flotando lentamente en los rayos oblicuos del sol.
No lo seguía.
O… tal vez sí, y era tan silencioso que no podía oírlo.
La idea lo hizo estremecerse. Con un temblor incontrolable en las manos, se enderezó. Su cesta estaba allá atrás, con las hierbas. Su madre se enfadaría. Pero eso no importaba ahora. Tenía que llegar a casa. Tenía que llegar a donde hubiera gente, luz, normalidad.
Reanudó la marcha, esta vez a un paso rápido y nervioso, mirando a su alrededor constantemente. Cada crujido, cada movimiento de las hojas, lo hacía saltar. Su mente reproducía una y otra vez la escena: la voz grave, la caída de Gregor, el perfil afilado, el ojo que lo había visto.
¿Lo había visto realmente? Tal vez solo había mirado en esa dirección. Tal vez Lanis había imaginado el contacto. Pero la certeza en su estómago le decía que no. Lo había visto. Lo sabía.
Cuando las primeras casas de piedra y madera del pueblo aparecieron entre los árboles, Lanis sintió que le flaqueaban las piernas del alivio. El humo subía de las chimeneas, mezclando el olor de la leña quemada con el del estiércol y la comida. Sonidos familiares llegaron a sus oídos: el martilleo lejano de la herrería (¿vacía ahora?), el ladrido de un perro, las voces de los niños jugando.
Pasó por la plaza del pozo, evitando las miradas. Un grupo de alfas jóvenes, apostados junto a la taberna, dejaron de hablar cuando lo vieron pasar. Sintió sus ojos sobre él, recorriendo su figura, deteniéndose en sus caderas, en su pecho. Uno de ellos, un alfa rubio llamado Kael, hijo del granjero, sonrió mostrando los dientes.
“Eh, Lanis. Te ves… agitado.”
Lanis bajó la cabeza, apretando los brazos contra su torso, como si pudiera hacerse más pequeño. “Tengo prisa,” murmuró, su voz, tan dulce, sonando temblorosa y débil.
“¿Prisa por qué?” otro alfa se rio. “Tu alfa no te está esperando, ¿o sí?”
Una risotada general. Lanis sintió el calor de la vergüenza subiéndole por el cuello hasta las orejas. Avanzó más rápido, esquivándolos. Sabía que no lo seguirían, no aquí, a plena luz del día. Pero la sensación de vulnerabilidad era abrumadora.
Llegó a su casa, una cabaña de piedra más grande que la mayoría, con un pequeño huerto en la parte trasera. Su padre, como muchos alfas exitosos, era un comerciante. Empujó la pesada puerta de madera y entró, el olor a estofado de cordero y hierbas golpeándolo como un manto familiar.
Su madre, una beta de rostro sereno y manos siempre en movimiento, salió de la cocina, secándose las manos en el delantal. Al verlo, su expresión se suavizó, pero luego frunció el cejo.
“Lanis, ¿qué ha pasado? Estás blanco como la cal. ¿Y tu cesta?”
“Me… me caí,” mintió Lanis, la mentira saliéndole fácil y fluida. Era otra habilidad omega, la de evitar conflictos. “En el arroyo. Las hierbas se cayeron. Perdón.” Se mordió el labio, un gesto infantil que sabía que desarmaba a su madre.
Ella suspiró, acercándose. Le pasó una mano por el cabello enmarañado, apartando una hoja seca. “Ay, muchacho. ¿Te hiciste daño?”
“No. Solo… me asusté.” Eso, al menos, era cierto.
Su padre, Marten, apareció en el umbral del estudio. Era un hombre fornido, con el cabello entrecano y una barba cuidadosamente recortada. Sus ojos, de un gris frío, lo escudriñaron.
“Asustado por una caída,” dijo, su voz neutra. No era una pregunta, era una evaluación. “Los omegas son nerviosos por naturaleza, pero debes controlarlo, Lanis. Un exceso de timidez puede ser visto como debilidad.”
“Sí, padre,” murmuró Lanis, mirando al suelo de tablones de roble.
“Lávate,” ordenó su madre, dándole un suave empujón hacia la escalera que conducía a su habitación. “La cena estará lista pronto.”
Subió las escaleras, cada escalón un esfuerzo. Su habitación era pequeña, con una ventana que daba al huerto y una cama estrecha cubierta con una colcha hecha a mano. Se dejó caer en el borde del jergón, las manos todavía temblorosas.
Se miró las manos. Delgadas, con dedos largos, manchadas de tierra. Las levantó y se tocó la cara, los labios, la curva de su propia mejilla. Luego, sin querer, sus palmas se posaron sobre la curva de sus senos, sintiendo el latido acelerado de su corazón debajo. Un cuerpo omega. Un cuerpo diseñado para atraer, para nutrir, para someterse. Un cuerpo que, hoy, había sentido el peso de una mirada que no era de deseo común, sino de algo infinitamente más profundo y aterrador.
Cerró los ojos y la imagen volvió: el perfil fuerte contra la luz del arroyo, el cabello negro como la noche, la quietud absoluta.
Y ese aroma. Cedro y almizcle.
Lo había olido claramente en el aire quieto, justo antes de salir corriendo. Un aroma de alfa, sí, pero no como ningún otro. Era un aroma que prometía una sumisión no exigida, sino inevitable. Como el invierno promete frío.
Se estremeció y se levantó, acercándose al lavabo. Vertió agua fría de la jarra en la palangana y se lavó la cara, frotándose la piel hasta que enrojeció, como si pudiera limpiar la memoria, el miedo.
Abajo, el sonido de los platos y las voces bajas de sus padres subían por la escalera. La vida continuaba. Gregor, el herrero, tal vez estaba muerto junto al arroyo. O tal vez se había levantado y había ido a su casa. Lanis no lo sabía. No se atrevería a preguntar.
Se vistió con una túnica limpia, una azul pálido, y bajó a cenar. La comida fue silenciosa. Su padre hablaba de un cargamento de lana que llegaría la próxima semana. Su madre comentaba sobre el precio de la sal. Lanis movía la comida en su plato, sin apetito.
“¿Lanis?” la voz de su padre lo hizo alzar la vista.
“¿Sí, padre?”
“Mañana, irás a la mansión de las colinas. Lady Elara necesita un asistente para organizar su biblioteca. Es un trabajo adecuado para un omega de tu… sensibilidad. Pagará bien.”
Lady Elara era una beta viuda, rica y excéntrica, que vivía en una gran casa a una hora de camino del pueblo. Lanis había ido alguna vez con su madre a llevar hierbas. La biblioteca era famosa, llena de libros antiguos.
“¿Sola?” preguntó Lanis, su voz un hilo.
“Es un camino seguro. Y Lady Elara es una mujer respetable. Te hará bien salir, hacer algo útil. Demasiado tiempo en el bosque o en casa no es bueno para tu temperamento.”
Era una orden, no una sugerencia. Lanis asintió. “Sí, padre.”
Después de ayudar a limpiar, subió de nuevo a su habitación. Se acostó en la cama, mirando las sombras que bailaban en el techo de madera, proyectadas por la vela de su mesilla. El cansancio físico y el agotamiento emocional comenzaban a vencer el miedo.
Justo cuando sus párpados se cerraban, pesados, una brisa fresca entró por la ventana entreabierta.
Y con ella, débil pero inconfundible, flotó un vestigio de aroma.
Cedro. Almizcle.
Lanis se incorporó de golpe, el corazón galopándole de nuevo. Miró hacia la ventana, hacia la oscuridad profunda del huerto. No había nadie. Solo la noche y las estrellas frías.
Se levantó y cerró la ventana con un golpe seco, echando el cerrojo. Luego se volvió a acostar, envolviéndose en la colcha hasta la barbilla, temblando.
Fuera, en la oscuridad absoluta al otro lado del cristal, una figura alta e inmósl permanecía de pie junto al manzano viejo.
Samael observaba la ventana ahora cerrada, la débil luz de la vela que se apagaba tras los postigos de madera. Su rostro, finalmente iluminado por la luna creciente, era de una belleza severa y antigua: faciones marcadas, piel pálida, labios finos y una expresión impasible. Sus ojos, de un color dorado pálido como el whisky viejo, no reflejaban la luz de la luna. La absorbían.
Hacía siglos que no sentía… curiosidad. Hacía más siglos aún que no sentía el tirón instintivo, primitivo, que ahora tensaba cada músculo de su ser. El vínculo de almas gemelas no era un mito. Era una ley cósmica, y acababa de resonar en su pecho como el tañido de una campana de bronce, profundo y irrevocable, cuando aquel omega de rizos color caramelo y aroma a inocencia perdida había espiado desde detrás del árbol.
Su omega.
Tímido. Asustadizo. Hermoso de una manera que dolía, con esa curva suave y vulnerable, con esos ojos grandes que habían reflejado un terror puro y fascinante.
Había olido su miedo, agrio y dulce a la vez, mezclado con el perfume único de su esencia: cereza suave, caramelo de pera madura. Un aroma de vida simple, de hogar, de algo que él, el Rey del Infierno, había dejado de percibir hace eones.
Y el omega había corrido. Como un cervatillo.
Samael no lo había seguido. Había permanecido junto al arroyo, junto al cuerpo sin alma del herrero, cuyo contrato, al fin, había cobrado. Un trámite. Un trabajo rutinario, ahora empañado por el descubrimiento que cambiaba todo.
Observó la cabaña, la habitación en el piso de arriba. Podía sentir la agitación dentro, los latidos cardiacos acelerados, el torbellino de pensamientos confusos. Podía oler la sal de sus lágrimas secas.
Su lobo alfa, una bestia antigua y durmiente que llevaba milenios en perfecto control, se removió en su interior. No con furia. Con… interés. Con un instinto protector tan feroz que por un momento le cortó la respiración.
Apretó los puños, sintiendo las uñas clavarse en sus propias palmas. El movimiento hizo que los intrincados tatuajes negros que le cubrían el brazo derecho y se extendían por su pectoral, símbolos de pactos, de poder, de su historia, se tensaran sobre la piel.
No.
No aún.
No de esa manera.
El omega estaba asustado. El mundo de ese omega era pequeño, frágil, lleno de reglas sencillas y miedos cotidianos. Arrasar con eso, reclamarlo con la fuerza de su naturaleza, sería tan fácil como respirar. Pero sería incorrecto. Sería… una pérdida.
Samael, Lucifer, el Portador de Luz, el Príncipe de las Tinieblas, conocía el valor de la elección. Había luchado una guerra celestial por el derecho a elegir. No le arrebataría esa misma elección a su alma gemela.
Pero tampoco se iría.
El trabajo en la mansión de las colinas… Lady Elara le debía un favor. Un favor muy, muy antiguo.
Una esquina de su boca, firme y precisa, se elevó en la sombra, en algo que no era una sonrisa, sino la sombra de una posibilidad.
Dio media vuelta. Su silueta alta se fundió con las sombras del huerto y luego desapareció, sin un sonido, dejando solo el aroma fantasmal de cedro y almizcle que se disipaba lentamente en la brisa nocturna, y el latido constante, ansioso, de un corazón omega que, en sueños, seguía corriendo por un sendero oscuro.