Prólogo
Escribir esta antología fue un acto de supervivencia. No nació de la ficción, sino de mis memorias transformadas en metáforas, de mis cicatrices convertidas en poesía. Cada capítulo es un espejo de lo que viví, de lo que lloré, de lo que aprendí, y de lo que amé con una intensidad que me obligó a soltar.
El concepto que sostiene estas páginas es el Bup-Phae-Sanniwas, esa creencia tailandesa que habla de almas destinadas a reencontrarse una y otra vez. Lo adopté como raíz, pero lo hice mío: no como dogma, sino como símbolo. Porque aunque no creo en la reencarnación, sí creo en la fuerza de Dios y en la manera misteriosa en que el amor puede atravesar siglos, cuerpos y silencios para volver a encontrarse.
Kanda y Arin son nombres que no elegí al azar.
Kanda, “mujer amada”, es la voz que protege, que se sacrifica, que se atreve a soltar aunque duela.
Arin, “montaña de fuerza” y “iluminado”, es la luz que inspira cada poema, la presencia que se convierte en musa y en destino. Su neutralidad es intencional: Arin no tiene género definido, porque representa a cualquier ser que haya sido nuestra eternidad.
Y sobre nosotros, siempre las estrellas. La constelación de Géminis, con la historia de Cástor y Pólux, los gemelos que Zeus colocó en el cielo para que nunca se separaran. Dos mitades de un mismo todo, dos luces que brillan juntas incluso en la oscuridad más profunda. En mi narrativa, Géminis es el espejo de Kanda y Arin: dos almas que, aunque obligadas a soltar, siguen conectadas en el firmamento.
Este año aprendí que soltar también es amor. Lo entendí no como un fracaso, sino como la forma más valiente de amar. Amar no siempre es quedarse; a veces es retirarse para que el otro florezca en su propio suelo. Amar no siempre es poseer; a veces es liberar, aunque duela.
Por eso esta obra no es solo una historia: es un mapa de símbolos, un tejido de destinos, un canto al amor que se transforma en eternidad cuando se atreve a soltar.
Querido lector, te invito a entrar en estas páginas no como espectador, sino como cómplice. Porque cada palabra aquí escrita no busca solo narrar, sino recordarte que tú también has amado, que tú también has soltado, y que en ese acto de soltar hay una belleza que merece ser contada.
Este es el inicio de un viaje. No es un final, ni siquiera una conclusión. Es apenas la primera voz de una antología que seguirá creciendo, porque el amor —cuando es real— nunca se escribe en un solo volumen.