Limbo
Limbo
El sonido de la guitarra eléctrica vibraba en mis costillas, en mis huesos, en cada célula de mi cuerpo. La batería marcaba un ritmo frenético, palpitante, que se sentía más como un golpe directo al pecho que como un simple acompañamiento musical.
El club estaba abarrotado, una amalgama de cuerpos en movimiento, de cabezas agitándose al compás del rock, de manos alzadas que se extendían como si quisieran atrapar la esencia del momento. El aire era espeso, denso, saturado del aroma de cigarrillos, alcohol y sudor, una combinación embriagadora que intensificaba la sensación de estar en otro mundo, en un lugar donde nada más importaba salvo el rugido de la música.
Y allí, en el centro del escenario, él.
Laziel Hellprince.
No lo estaba viendo por primera vez, pero así se sentía.
Había pasado años recortando sus fotos de revistas, pegándolas en la pared de mi habitación. Había desgastado las cintas de casete de Laz & The Damned hasta conocer cada acorde, cada inflexión en su voz. Pero nada, absolutamente nada, se comparaba con estar aquí, en esta sala sofocante y oscura, viendo cómo su silueta se movía entre luces parpadeantes.
Dios, era hipnótico.
Su cabello negro, ligeramente húmedo por el calor del lugar, caía sobre su rostro cada vez que inclinaba la cabeza hacia el micrófono. Su voz grave y rasposa llenaba cada rincón del club, un sonido profundo, peligroso, que se deslizaba sobre la piel como un veneno dulce.
El cuero de su chaqueta crujió cuando dio un paso hacia el borde del escenario, inclinándose ligeramente, dejando que el público se embriagara con su presencia. Llevaba la prenda abierta, revelando la piel dorada de su pecho, adornada con cadenas de plata y una cruz invertida que brillaba cada vez que un rayo de luz roja la alcanzaba.
Parecía un demonio en carne y hueso.
Mi amiga me empujó con el codo, riendo con esa emoción febril de quien sabe que está presenciando algo histórico.
—¿Te das cuenta de lo cerca que estamos? —gritó por encima de la música—. ¡Podríamos tocarlo si estiramos la mano!
Pero yo no quería tocarlo.
No.
Yo quería que él me viera.
Que entre todas esas chicas que se lanzaban hacia el escenario con las uñas pintadas de negro y las medias rotas, él fijara sus ojos en mí.
Yo no tenía el look de una de sus groupies. No llevaba labios rojos mordidos de ansiedad ni ropa rasgada con la promesa de ser arrancada más tarde. Mi falda era más larga, mis botas menos imponentes, y mi cabello caía en suaves ondas castañas sin rastro de laca o colores llamativos.
Pero lo admiraba.
Dios, cómo lo admiraba.
Entonces, sucedió: fue solo un instante. Laziel bajó la mirada, barriendo el público con indiferencia, su expresión oscura y burlona.
Pero cuando sus ojos dorados se cruzaron con los míos, todo el aire pareció escaparse de mis pulmones. No fue un vistazo fugaz. No fue un simple barrido por la multitud.
Se detuvo.
Su sonrisa se curvó apenas. Una mueca entre diversión y desafío. Como si supiera algo que yo no. Como si me hubiera atrapado en un juego en el que ni siquiera sabía que estaba participando.
No podía apartar la mirada, y en ese momento lo supe.
Yo no había venido aquí solo por la música, había venido por él.
Escabullirme al backstage no fue difícil.
Mi amiga se había ido al baño y yo aproveché la confusión de la salida para deslizarme tras una de las puertas laterales. La adrenalina corría por mis venas mientras recorría el pasillo con las paredes cubiertas de carteles viejos y graffitis mal hechos.
No sabía qué esperaba encontrar.
Quizás una oportunidad de verlo de cerca. Quizás una confirmación de que lo que había sentido en el escenario no había sido solo una ilusión.
Empujé una puerta entreabierta y me encontré con un espectáculo que parecía sacado de una fantasía decadente.
El camerino estaba sumido en una bruma de humo y alcohol. Groupies con faldas cortas y labios rojos se reían sobre los sillones, con copas de whisky en la mano y marcas en el cuello que dejaban claro que su noche aún no terminaba.
Nate, el guitarrista, tenía una de ellas sentada sobre sus rodillas, murmurándole algo al oído mientras ella reía con coquetería. Mark, el baterista, estaba encendiendo un cigarro mientras se inclinaba sobre la mesa, donde varias líneas de cocaína descansaban listas para ser inhaladas.
Pero yo no estaba ahí por ellos.
Estaba por Laziel Hellprince.
Su postura era la de alguien que sabía que no había una sola alma en esa habitación que no lo deseara, y lo peor era que tenía razón. Se recargaba en el sofá como si fuese un trono, el Jack Daniel’s colgando descuidadamente de su mano, el cuello de su camisa entreabierto, mostrando más piel de la que debía ser legal.
Su sonrisa se ensanchó cuando me vio dar un paso dentro de la habitación.
—Así me gusta —murmuró, alzando la botella para dar un trago largo—. Una chica valiente.
Mi garganta estaba seca.
No sabía qué demonios estaba haciendo aquí. No sabía qué decir.
Pero él no parecía necesitar una respuesta. Me estudió con un interés perezoso, su lengua deslizándose por su labio inferior antes de que hiciera un gesto con la mano, indicándome que me acercara.
Dudé.
—¿Qué pasa? —dijo con burla—. ¿Tienes miedo?
Mis dedos se apretaron contra la tela de mi falda. No iba a ser una de esas chicas que se desmoronaban ante él.
Así que avancé.
Un murmullo se extendió por la habitación cuando crucé el umbral, como si estuviera rompiendo alguna regla no escrita. Las miradas de algunas groupies se posaron en mí con curiosidad mezclada con desdén. No me importó.
Mis botas resonaron contra el suelo mientras cerraba la distancia entre nosotros.
Laziel observó cada uno de mis movimientos con esa expresión de entretenimiento depredador, sus ojos dorados brillando con una intensidad que hacía que todo mi cuerpo se sintiera hipersensible.
Cuando estuve lo suficientemente cerca, extendió una mano y jugueteó con el borde de mi falda, sin llegar a tocarme realmente, pero lo suficientemente cerca como para hacer que mi piel se erizara.
—¿Y bien, preciosa? —susurró—. ¿Cómo te llamas?
—Leila.
Saboreó mi nombre en su lengua, como si lo estuviera probando.
—Leila... bonito nombre.
—Gracias —murmuré.
No podía creer que estuviera teniendo una conversación con él.
No podía creer que estuviera aquí, que su atención estuviera completamente en mí, como si yo fuera lo único que importaba en este momento.
—No pareces el tipo de chica que se cuela en camerinos —comentó, inclinando la cabeza—. ¿Eres una de esas groupies silenciosas que nos miran desde la multitud y se mueren por un autógrafo?
No supe si lo decía en burla o en simple curiosidad.
—No soy una groupie —respondí con firmeza.
Sus labios se curvaron.
—Ah, entonces eres una admiradora con clase.
—Soy fan de la banda. Eso es todo.
—¿Eso es todo? —Se humedeció los labios, sus ojos fijos en los míos—. No parecías tan indiferente cuando me mirabas en el escenario, preciosa.
El calor subió a mis mejillas.
No podía negarlo.
Lo había mirado.
Lo había mirado como si fuera lo único que existiera en el mundo.
—Me gusta cómo cantas —admití, desviando la mirada.
Laziel se rió suavemente, inclinándose hacia mí hasta que su aliento rozó mi piel. Olía a tabaco y whisky, una combinación que debería haber sido desagradable pero que, en él, era jodidamente adictiva.
—Solo cómo canto, ¿eh? —susurró, con un deje de diversión en su voz.
—Y la música —añadí, tragando saliva.
—Ajá.
No me creyó ni por un segundo.
Me quedé sin palabras, incapaz de leerlo, incapaz de entender qué era exactamente lo que veía en mí para seguir manteniéndome en su órbita.
—¿Cuántos años tienes, Leila?
—Veintiuno.
Su expresión pareció relajarse ligeramente, como si estuviera asegurándose de que no estaba metiéndose en problemas.
—¿Y qué haces en la vida cuando no te cuelas en los camerinos de bandas de rock?
—Trabajo en una librería.
Se echó a reír.
—Por supuesto que lo haces.
—¿Qué significa eso?
—Significa que tienes cara de buena chica.
—¿Y qué pasa si lo soy?
Su sonrisa se amplió con satisfacción.
—Entonces, tengo muchas cosas que enseñarte.
Mi corazón dio un vuelco.
Sus palabras no eran una simple provocación, sonaban como una promesa velada.
Sentí el peso de su mirada en mis labios, la cercanía de su cuerpo, la intensidad de su presencia envolviéndome como un veneno del que no quería escapar.
—¿Qué harás ahora, Leila? —su voz fue un susurro perezoso, su nombre en mis labios una burla.
La pregunta no tenía una respuesta sencilla.
Podría darme la vuelta y salir de allí. O podría quedarme.
Y por la forma en la que Laziel me observaba, sabía que él también estaba esperando a ver qué camino elegiría. Se estaba divirtiendo al verme indecisa.
Podría haberme ido. Podría haberle dicho que fue un error, que no tenía nada que hacer allí, que solo había sido un impulso irracional de una fan demasiado ilusionada.
Pero no lo hice.
Porque lo que había sentido en ese escenario, cuando sus ojos dorados encontraron los míos entre la multitud, no había sido una ilusión.
Laziel Hellprince me estaba mirando ahora con esa media sonrisa peligrosa, como si estuviera esperando a que tomara la decisión equivocada. Como si ya supiera que no tenía manera de escapar de esto.
Tragué saliva, sintiendo el latido de mi propio corazón en los oídos.
—No lo sé —respondí finalmente, mi voz más baja de lo que pretendía.
Laziel dejó escapar una breve carcajada y se acomodó mejor en el sofá, girando la botella de Jack Daniel’s en su mano con un movimiento despreocupado.
—Esa no es una respuesta, preciosa.
—¿Qué quieres que diga?
—Algo más interesante. Algo que me convenza de que no eres solo otra cría deslumbrada por la jodida magia del rock & roll.
Alzó la botella en mi dirección, ofreciéndomela con un gesto perezoso.
—Toma.
Lo dudé por un momento.
No porque no bebiera, sino porque sabía lo que significaba aceptar.
Esto era un juego, uno en el que yo acababa de entrar sin conocer las reglas cuando él era un maldito experto.
Mis dedos rozaron los suyos cuando tomé la botella. Un toque fugaz, pero suficiente para que mi piel se erizara.
Llevé el vidrio frío a mis labios y di un trago. El whisky quemó mi garganta, fuerte y abrasador, como si estuviera bebiendo fuego líquido.
Peleé conmigo misma por no hacer ninguna mueca.
Laziel me observó con una expresión que no supe descifrar, pero que parecía... entretenida.
—No está mal —murmuró—. Tal vez no seas una niña buena después de todo.
Mi pulso se aceleró.
—¿Eso es lo que crees?
Su sonrisa se ladeó con burla.
—Eso es lo que quiero averiguar.
La música seguía sonando en el fondo. Las groupies y los músicos continuaban con su mundo de besos embriagados y risas difusas. Pero en ese momento, solo existíamos él y yo.
Laziel tomó la botella de vuelta y dio otro trago, sus ojos nunca apartándose de los míos. Luego, la dejó a un lado y se inclinó hacia mí con calma, como un cazador que se acerca a su presa con la certeza de que no va a huir.
Mi respiración se volvió más superficial cuando su rostro se detuvo a escasos centímetros del mío.
—Dime, Leila... —susurró—. ¿Qué buscas realmente aquí?
La pregunta colgó entre nosotros, pesada y peligrosa.
Su aliento cálido rozó mi piel y el aroma a tabaco, alcohol y algo puramente suyo me mareó de la peor manera posible.
¿Qué estaba buscando?
Ni siquiera yo lo sabía con certeza.
Solo sabía que estar cerca de él hacía que todo dentro de mí se estremeciera, como si mi cuerpo supiera algo que mi mente aún no quería aceptar.
Podía detener esto ahora.
Podía alejarme antes de caer demasiado profundo.
Pero en lugar de eso, levanté la barbilla y sostuve su mirada con desafío.
—No lo sé —repetí en un susurro—. Pero creo que tú puedes decírmelo.
¿Qué coño estaba haciendo?
Laziel entrecerró los ojos, evaluándome, como si estuviera decidiendo si valía la pena el esfuerzo.
Y entonces, sonrió. Un brillo oscuro y travieso cruzó sus ojos dorados cuando llevó una mano a mi mentón y lo inclinó ligeramente hacia arriba con su pulgar.
—Preciosa, si te quedas esta noche... te prometo que cuando amanezca, lo sabrás.
Mi corazón martilleó dentro de mi pecho. Mi aliento se atascó en mi garganta.
No supe si fue por la insinuación en sus palabras, por el calor en su tono o por el mero hecho de que estaba aquí, tan cerca, en un mundo al que yo no pertenecía pero que anhelaba con cada fibra de mi ser.
Abrí la boca para responderle, pero antes de que pudiera decir nada, una voz resonó desde el pasillo.
—¡Leila!
El hechizo se rompió de golpe.
Me separé un paso de Laziel, mi cabeza girándose hacia la puerta entreabierta del camerino.
—¡Leila! ¿Dónde coño te has metido?
Era mi amiga.
Su voz estaba teñida de impaciencia y preocupación, demasiado cerca, demasiado real en un lugar que, hasta hace un segundo, se sentía como una fantasía intoxicante.
Parpadeé, el mundo volviendo a su lugar.
El humo, el alcohol, las groupies riendo en los sillones.
Laziel, recostado en el sofá con una expresión de entretenimiento puro, observándome como si esto fuera el mejor jodido espectáculo de su noche.
—Parece que te están buscando —comentó con burla.
—Sí... —Mi propia voz sonó más débil de lo que quería.
Respiré hondo, tratando de recuperar el control de mi cuerpo antes de retroceder un paso más.
—Tengo que irme.
Laziel no dijo nada al principio. Solo me miró con esos ojos que parecían ver demasiado.
Luego, alzó una ceja con diversión.
—¿Tan pronto, preciosa? —Su sonrisa se ensanchó—. Y yo que pensaba que íbamos a tener una conversación interesante.
Mi garganta se cerró. No podía quedarme. No debía quedarme.
—Otra vez será —dije con una seguridad que no sentía.
Laziel soltó una carcajada baja.
—Eso es lo que todas dicen.
No le respondí.
Me giré rápidamente y salí del camerino antes de cometer el error de quedarme un segundo más.
Al salir al pasillo, mi amiga me vio y puso los ojos en blanco con una mezcla de alivio e irritación.
—¡Joder, Leila! Pensé que te habías perdido o algo.
—Lo siento —mentí.
Ella entrecerró los ojos, escaneándome de arriba abajo.
—¿Dónde estabas?
—Solo... echando un vistazo.
Mi amiga suspiró y me tomó del brazo, guiándome fuera del club.
Y mientras nos alejábamos, con el estruendo de la música todavía vibrando en mis oídos, no pude evitar una última mirada hacia atrás.
Hacia la puerta del camerino que acababa de cerrar. Hacia el peligro del que había escapado. O, tal vez, hacia el peligro al que volvería.
Cuando llegué a mi habitación tras un largo paseo con mi amiga del brazo, el silencio fue lo primero que me golpeó.
Era tan distinto al caos del club, a la música ensordecedora, al eco de su risa raspando mis oídos. Aún podía sentir la vibración de la guitarra recorriéndome la piel, la calidez de la multitud apretujada, el humo de los cigarrillos en el aire y la mirada dorada de Laziel quemándome desde el otro lado de la sala.
Me dejé caer sobre la cama, sintiendo el cosquilleo residual de la adrenalina en mis extremidades, como si mi cuerpo se negara a soltar la euforia de la noche. Cerré los ojos y respiré hondo, pero no sirvió de nada. Lo tenía ahí, en mi cabeza. La forma en que su sonrisa se había torcido con ese gesto entre burlón y peligroso. Su voz grave, ese ronroneo que aún se aferraba a mis pensamientos.
“Preciosa, si te quedas esta noche... te prometo que cuando amanezca, lo sabrás.”
Me estremecí.
Extendí la mano y tomé mi diario del escritorio, deslizando la yema de los dedos por la tapa gastada antes de abrirlo con manos temblorosas. Pasé las páginas llenas de garabatos, de letras de canciones, de pensamientos desordenados, hasta encontrar una hoja en blanco.
“Hoy vi a Laz & The Damned en persona. Laziel me sonrió desde el escenario, pensé que mi corazón se iba a detener por unos instantes cuando nos miramos a los ojos y me dedicó esa sonrisa afilada que le caracteriza.”
Escribirlo hizo que mi corazón diera un vuelco. Como si plasmarlo en papel lo volviera real.
“Hoy él me miró. Me sonrió. Después, conseguí escaparme a su camerino y me habló. Me llamó preciosa, incluso.”
Me mordí el labio, conteniendo la sonrisa absurda que se formaba en mi rostro. No quería sonreír. No quería sentir esta emoción absurda, este temblor en los dedos, este nudo en la garganta.
Y, sin embargo, lo hice.
“Hoy sentí que existía. Mi ídolo reconoció que yo existía.”
El bolígrafo se deslizó más lento con la última palabra. Mi sonrisa se desvaneció.
La habitación se sintió más fría de repente, como si la ausencia de la música y la multitud me despojara de la única capa de calor que había tenido en todo el día.
Mis ojos se deslizaron hasta la mesita de noche.
Y ahí estaba.
La navaja.
El reflejo del metal capturó la tenue luz de la lámpara, devolviéndome un destello plateado que hizo que mi pecho se encogiera.
Por un instante, todo lo demás desapareció.
Ya no estaba en el club. Ya no había guitarras rugiendo ni voces coreando canciones. Ya no estaban las luces cegadoras ni la sensación de que, por una noche, era parte de algo más grande que yo.
Solo estaba yo. De nuevo, completamente sola en la casa en la que antes vivían también mis padres. Mi hermano mayor.
Yo y ese vacío que había conocido hace meses y que aún no me dejaba tranquila.
Me incliné, pasé la yema de los dedos por el filo. No lo suficiente para cortarme, solo para sentir el frío. El peso de la costumbre.
Mis labios se separaron con un temblor involuntario.
“No, no esta noche. No después de lo que había pasado.”
Aparté la mano y cerré los ojos con fuerza. Respiré hondo.
La navaja seguía ahí. El impulso seguía ahí, latente, como siempre.
Pero también lo estaba el recuerdo de su sonrisa, el sonido de su risa grave en mi oído. El cosquilleo en mi piel cuando sus ojos me recorrieron.
Lentamente, me tumbé en la cama, abrazándome a mí misma, como si pudiera mantenerme entera con solo la presión de mis propios brazos.
Mañana mejor.
Mañana decidiría si quería seguir aquí.